Vida

de los

Santos Apóstoles

 


Contenido:

San Andrés el Primer Llamado.

San Bartolome.

San Felipe.

San Jacobo (Santiago), Hermano del Señor.

San Jacobo, hijo de Alfeo.

San Jacobo (Santiago), hijo de Zebedeo.

San Juan el Teologo.

San Judas hermano del Señor.

San Lucas.

San Marcos.

San Matias.

San Pablo.

San Pedro.

San Simon el Cananeo.


 

San Andrés

El Primer Llamado

(30 de Noviembre)

El santo Andrés, el primer apóstol llamado por Cristo, fue hijo de un hebreo de nombre Jonás y hermano del preeminente santo apóstol Pedro; y nació en el pueblo galileo de Betsaida. Desdeñando la vanidad de este mundo y prefiriendo la castidad al matrimonio, renunció a casarse; y habiendo oído que el santo Precursor Juan predicaba el arrepentimiento por el Jordán, abandonó todo y se fue con él para convertirse en su discípulo. Cuando el santo Precursor, señalando a Jesús que estaba ahí pasando, le dijo: "He ahí el Cordero de Dios" (Juan 1:36), San Andrés, junto a otro discípulo del Precursor (de quien muchos piensan que se trata del evangelista Juan), abandonó al Bautista para seguir a Cristo. Buscó a su hermano Simón Pedro y le dijo: "Hemos encontrado al Mesías" (que traducido, es el Cristo, verso 41), y lo llevó donde Jesús. Después, cuando estaba pescando con Pedro a lo largo de la costa del mar de Galilea, y Jesús los llamó, diciendo: "Seguidme, y os haré pescadores de hombres" (Mateo 4:19), Andrés dejo inmediatamente sus redes y siguió a Cristo junto con su hermano Pedro (verso 20). A Andrés se lo conoce como el Primer Llamado porque fue el primer seguidor y discípulo de Jesús antes que cualquiera de los apóstoles.

Cuando, después de la pasión voluntaria del Señor y su resurrección, el santo Andrés, con los demás apóstoles, recibió el Espíritu Santo, quien descendió en él en forma de una lengua de fuego, y cuando entre ellos se dividieron los países, a Andrés le tocó difundir el Evangelio en Bitinia, Propontis, Calcedón, Bizancio, Tracia, Macedonia, en toda la región del Mar Negro y el río Danubio, así como en Tesalia, Helas, Acaya, Amiso, Trapezo, Heracles y Amastris. El santo apóstol pasó por todas estas tierras y ciudades, predicando la fe cristiana, debiendo en cada lugar pasar por muchas aflicciones y dolor; pero, fortalecido por la omnipotente ayuda de Dios, soportó alegremente todas estas tribulaciones por Cristo.

En Amiso, ciudad al oriente del Mar Negro y a unas 76 millas de Sinope, el apóstol encontró a muchos judíos que estaban sumidos en la ignorancia espiritual y la impiedad. No obstante esto, la gente de ese lugar se sentía complacida en ofrecer su hospitalidad, recibiendo a todos los viajeros foráneos en su ciudad y sus hogares y dándoles lo necesario mientras podían. Así, cuando el santo Andrés llegó a Amiso, lo acogió cierto judío en su casa. Entonces el santo le hizo saber sobre cómo convertiría allí a una gran cantidad de personas.

A la mañana siguiente, el apóstol fue a la sinagoga de los judíos, donde le preguntaron directamente quién era, por qué había venido donde ellos, y qué era lo que predicaba. El santo Andrés, les habló sobre las enseñanzas de Jesús, y de Moisés y los profetas, y les demostró que Jesús era el Mesías predicho por los profetas y les señaló que Él venía a salvar a la humanidad. Entonces, ¡Oh milagro! Se cumplió la palabra de Cristo, quien dijo: "Os haré pescadores de hombres" (Mateo 4:19). Los judíos escucharon con atención las palabras y la enseñanza del apóstol de Cristo e inmediatamente se arrepintieron, creyeron y se bautizaron, convirtiéndose en siervos de nuestro Señor. Después, llevaron donde el apóstol a todos sus enfermos, a quienes él sanó de todas las enfermedades que los afligían. Así, el santo apóstol no solamente era médico de cuerpos, sino que también de almas. En ese lugar edificó una iglesia y ordenó a uno de ellos al sacerdocio.

De Amiso, se trasladó a Trapezo, donde enseñó y bautizó a muchos conversos, así como ordenó a sacerdotes. Lo mismo hizo también en Laziki, en donde innumerables griegos y judíos se convirtieron a Cristo. Luego se decidió ir a Jerusalén, no sólo por la fiesta de Pascua que se acercaba, sino porque deseaba ver a su hermano Pedro. También tenía gran deseo de ver al apóstol Pablo, de quien sabía que iba a ser el apóstol ante los gentiles. Así, regresó a Efeso con San Juan el Teólogo, a quien le había tocado trabajar en esa ciudad; pero cuando llegó a dicho Jugar, recibió una revelación de Dios instruyéndole ir y predicar el Evangelio en Bitinia. Inmediatamente partió a la ciudad de Nicea, en donde enseñó a muchos griegos y judíos y realizó milagros, llegando estos a convertirse a Cristo. Allí también, sanó al instante a muchos enfermos y con su bastón de hierro, el cual llevaba el emblema de la cruz, expulsó a algunas de las bestias salvajes que agobiaban a las personas y mató a otras bestias de esa clase. Por otra parte, destruyó los cimientos de los templos paganos dedicados a las falsas deidades Afrodita y Artemisa.

Entre tanto, los griegos que se habían resistido a las enseñanzas del apóstol fueron poseídos por malos espíritus, los cuales entraron en ellos y los atormentaron como justo pago por su obstinación y descreimiento; estos quedaron tan vejados que comenzaron a morderse su propio cuerpo. No obstante, Andrés, como discípulo de Quien había llegado para salvar a los pecadores, se apiadó de ellos y expulsó a los demonios de ellos; entonces, oh milagro, ellos comenzaron a creer y se bautizaron. El apóstol se quedó dos años en Nicea, ciudad para la cual ordenó a un sacerdote. Después se trasladó a Nicomedia, que era una ciudad populosa, donde bautizó a griegos; antes de trasladarse a Calcedón, cercano a Proponto; a Escutari, cerca de Bizancio; y, finalmente, a Neocastra, en donde convirtió y bautizó a muchos. También viajó a Pontoheráclea; y de allí, a Amastrida, ciudad de la provincia de Bitinia, y sus alrededores. Luego de ordenar allí a sacerdotes, viajó a Sinope, ciudad de Ponto, a donde se dice que su hermano Pedro fue a verlo. Hasta hoy, los cristianos de Sinope muestran dos tronos de mármol en donde, según afirman ellos, — se sentaron estos apóstoles. Ellos muestran también un antiguo Icono del santo apóstol Andrés que hace milagros.

Pero antes que llegara Andrés, ya había ido a Sinope el apóstol Matías, uno de los doce, quien fue escogido para tomar el lugar de Judas. Pero apenas hubo comenzado a predicar en esa ciudad, fue encarcelado. Cuando el apóstol Andrés llegó y oyó que su condiscípulo estaba en la prisión, rezó por su bien, entonces los grilletes con que Matías estaba atado se soltaron al instante y se abrió el portón de la prisión, de donde salió libre. Sin embargo, por ese tiempo Sinope estaba poblado por gente feroz y descreyente. Cuando vieron que Andrés había vulnerado la firmeza de su prisión, lo rodearon; algunos pedían quemar la casa donde permanecía, otros planeaban cómo lo tomarían. Finalmente, lo agarraron de las manos y pies y, empujándolo, lo condujeron por el camino, golpeándolo entre tanto sin piedad. Al salir de la ciudad, lo arrojaron a un lugar lleno de estiércol, confiando en que hubiese muerto a causa del maltrato. Sin embargo, el apóstol soportó pacientemente todos estos abusos, emulando a su maestro, Cristo. Entonces, el Señor no permitió que su discípulo continuara en mal estado y padeciendo de esta manera, por lo cual se le apareció para sanarlo y exhortarle a tener buen ánimo. A pesar que esta gente bárbara le habían roto al apóstol los dientes y cortado los dedos, éste recuperó completamente su salud. Después de bendecirlo y pedirle que no cesara en sus esfuerzos para enseñar y convertir a los impíos, el Salvador ascendió a los cielos.

A la mañana siguiente, el apóstol regresó muy temprano a Sincope; lleno de salud, sin ningún rastro de heridas o golpes en su cuerpo y con un semblante lleno de gozo y alegría. Los habitantes del lugar se maravillaron enormemente por la resistencia sobrehumana y por el gran milagro que había obrado Cristo; porque estaban convencidos de la muerte del apóstol. Pero ahora, todos vieron que sus heridas desaparecieron durante la noche, por lo cual se arrepintieron y se postraron ante Andrés, pidiéndole perdón. Entonces él les enseñó la palabra de la verdad y los bautizó en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, porque ellos aceptaron la fe cristiana y creyeron en el salvador y redentor de su cuerpo y su alma. En esa ocasión, el santo apóstol realizó un maravilloso milagro. Cierta mujer, cuyo único hijo había sido asesinado por un enemigo, se postró ante el apóstol, confesando su creencia en Cristo con todo su corazón y toda su alma. Apiadado, el santo resucitó a su hijo de entre los muertos, a fin que el recién convertido pudiera conocer al verdadero Dios. Al ver esto, todos los demás también se convirtieron.

Después de ordenar sacerdotes, el divino apóstol visitó por segunda vez Amiso y Trapezo, para bautizar a las pocas personas restantes que habían renunciado a su falsa concepción. De paso a Samosata, fue a Neocesárea, en donde muchos griegos se consideraban a sí mismos como los hombres más sabios de la tierra. No obstante ello, la sabia predicación del apóstol cortó el razonamiento helénico de sus rétores como si fuera una tela de araña, mostrándoles su engaño; entonces ellos se convencieron tanto por las palabras como de los milagros del santo y todos se arrepintieron y recibieron el bautismo. Después, se trasladó a Jerusalén para reunirse con los demás apóstoles y celebrar la Pascua cristiana. Allí convocaron a un sínodo, el cual es mencionado en el libro de los Hechos de los Apóstoles, según señala el divino evangelista Lucas: "Entonces se reunieron los apóstoles y los ancianos para considerar este asunto (sobre si era necesario circuncidar a los conversos)" (Hechos 15:6).

Después de la fiesta de Pascua, el santo Andrés, acompañado por los apóstoles Matías y Tadeo, partió hacia la ciudad de Corasán, en la región colindante con Mesopotamia. Andrés, sin embargo, se quedó con ellos sólo por unos días, dejándolos para que predicasen en esa región; en tanto que él continuó hacia el oriente del Mar Negro, a Alani y los Abasgianos. En las ciudades de estos lugares, convirtió a muchos a la fe cristiana. Después visitó los pueblos de Cigi, Bósforo y los estrechos de Kafa; en donde se quedó por mucho tiempo predicando y enseñando a todos, por lo cual muchos comenzaron a creer en Cristo y se bautizaron. Su siguiente centro de actividad fue la ciudad de Bizancio, en donde realizó muchos milagros e instruyó a muchos en el conocimiento de Dios. En realidad, el pueblo de Bizancio no solamente abrazó la luz de la verdad, sino que edificó incluso una imponente iglesia en honor a la santísima Madre de Dios. El apóstol consagró como obispo de ese lugar a Estaquio, uno de los setenta apóstoles, a quien San Pablo menciona en su Epístola a los Romanos (ver Romanos 16:9). Posteriormente viajó a la cercana Heráclea de Tracia, que está situado al oeste de Bizancio, convirtiendo allí a muchos hacia la fe ortodoxa y ordenando como obispo a Apeles.

Posteriormente, realizando labores apostólicas y pasando penurias al difundir el evangelio de Cristo, Andrés viajó por Ponto, a orillas del Mar Negro, y luego por Sitia y Quersones. Gracias a la Divina Providencia, llegó al río Dnieper en la tierra de Rusia; deteniéndose en la orilla del mismo, bajo las colinas de Kiev, se quedó a descansar allí. Cuando despertó en la mañana, les dijo a sus discípulos que lo habían acompañado: "Creedme, en estas colinas brillará la gracia de Dios. Aquí habrá una gran ciudad y el Señor edificará muchas iglesias e iluminará toda la tierra rusa con el sagrado bautismo." Después subió a la cima de las colinas, en donde, después de bendecirlas, plantó una cruz, profetizando que los habitantes de ese lugar recibirían la fe de la sede apostólica que él había establecido en Bizancio.

Luego de visitar por las ciudades rusas que quedaban hacia el norte, en donde ahora se encuentra Novgórod el Grande, viajó a Roma. Después se trasladó a la región griega de Epiro y a Tracia, lugares en donde reafirmó a los cristianos en su fe y ordenó obispos y guías para ellos. Habiendo pasado por muchos países, llegó hasta el Peloponeso y en la ciudad acayana de Patras se hospedó donde cierto respetable hombre llamado Sosio. Lo levantó de su lecho de enfermo y luego convirtió a toda la ciudad de Patras a Cristo.

Por esa ocasión, Maximilia, quien era mujer del procónsul Egeates, cayó presa de una dolorosa aflicción a los ojos. A pesar de visitar a todos los médicos, no se mejoró en nada con las recetas de éstos y lo único que consiguió fue gastar casi todo su caudal en honorarios y medicamentos. Egeates, viendo el manifiesto empeoramiento de su esposa, cayó en la desesperación, porque ni con su gran riqueza podía comprar la salud de ella. Cuando Maximilia ya estaba cerca de morir, él quedó tan abatido que comenzó a pensar en suicidarse.

Uno de sus parientes, sin embargo, se acordó del apóstol, porque éste le había curado las manos antes; entonces fue apresuradamente en busca de su ayuda para la mujer de su amo. Cuando el santo llegó, éste le colocó la mano sobre ella y le devolvió la salud de inmediato, pudiendo ella levantarse de su lecho.

Viendo Egeates este milagro, trajo una gran suma de dinero y se la colocó a los pies del santo. El se arrodilló para rogarle que aceptara el ofrecimiento en gratitud por la curación; pero el apóstol, deseando sólo el arrepentimiento de la gente de Acaya y Patras, rechazó el dinero y cualquier otra recompensa. Le dijo a Egeates: "Nuestro Maestro ha dicho: de gracia recibisteis, dad de gracia" (Mateo 10:8), y después le enseñó muchas cosas más antes de partir.

Cuando pasaba por la ciudad, encontró en su camino a un paralítico que había sido privado de sus miembros. Su infortunio era realmente grande, porque nadie se preocupaba de él ni se apiadaba de su estado. Pero el apóstol se conmovió y le colocó su mano derecha encima del desdichado; éste se levantó y comenzó a caminar. a causa de esto, el nombre del santo se hizo conocido por toda la ciudad. Muchos de los enfermos acudían donde él y se postraban ante sus pies; y él los sanaba a todos. A los ciegos los sanaba mediante la imposición de manos; otros sufrían de lepra o de otras horribles enfermedades, pero él los purificaba y sanaba. Por otra parte, a todos los conversos los bautizaba en el mar, en el nombre de la santísima Trinidad. Por esos tiempos, en las afueras de la ciudad había leprosos que vivían en las arenas; cuando éstos supieron del santo Andrés, comenzaron a creer y se sanaron de su mal. Uno de ellos, que se llamaba Job, fue bautizado y después siguió al apóstol por todas partes, proclamando a viva voz el poder del santo y de la fe cristiana, como si fuese un heraldo. Gracias a la enseñanza de Andrés y a sus numerosos milagros, los habitantes de Patras llegaron a conocer al Dios verdadero. El santo se regocijó por esto y se puso extremadamente contento por la salvación de estas almas y siguió glorificando a Dios, el dador de todas las cosas buenas.

Los mismos cristianos demolieron los templos de los ídolos y destruyeron las imágenes que había en estos. Algunos de ellos juntaron un gran tesoro y lo pusieron a los pies de Andrés. El apóstol de Cristo rechazó su ofrecimiento, pero reconoció su atención y buena voluntad. A los que reunieron los caudales, les ordenó distribuirlos entre los pobres y los mendigos, pero dejando una parte para la construcción de la iglesia a donde los cristianos pudiesen entrar para glorificar a Dios. Con el tiempo se edificó una magnífica iglesia, a donde todos acudían para escuchar las dulces enseñanzas del santo, cuando éste les hablaba del significado de las escrituras y las sagradas profecías, demostrando que Cristo era el único Dios, el cual descendió de los cielos y se encarnó a través de la santísima Madre de Dios y la siempre Virgen María, para la salvación de la humanidad.

Poco después, el mencionado procónsul Egeates viajó a Roma para informarle al César sobre su administración y recibir de éste más instrucciones. En su ausencia, dejó como regente a su hermano Estrátocles, quien era un hombre sabio y se dedicaba a las matemáticas. Como éste vivía en Atenas, durante su viaje a Patras, uno de sus fieles siervos, a quien él quería como a un hermano por ser sensible y sincero, sufrió un violento ataque epiléptico, ocasionado por la acción de los demonios. El muy angustiado Estrátocles comenzó a llorar, porque ningún médico era capaz de ayudar al infortunado. Al saber esto su cuñada Maximilia, lo invitó a su casa, donde le dijo: "Cuñado, es imposible que tu siervo se sane, ni siquiera con todas las ayudas de los médicos y todas las medicinas de este mundo. En realidad, estás perdiendo tu dinero en vano. Sin embargo, en la ciudad tenemos a un médico de fuera, llamado Andrés, quien cura todas las enfermedades y no cobra nada. Si quieres, ve donde él. Confío en que curará de inmediato a tu siervo de esta penosa enfermedad. Yo misma estuve gravemente mal, pero no pudieron salvarme ni siquiera una miríada de sacrificios a los dioses ni ningún médico o medicina; sin embargo, este médico me sanó inmediatamente solamente mediante su palabra." Entonces el sabio y erudito Estrátocles de Atenas mandó a llamar al santo, y cuando éste apenas entró en la casa, oh milagro, los demonios se alejaron y el siervo recuperó su salud. Cuando Estrátocles y Maximilia vieron el milagro, repudiaron sin demora su antigua impiedad y comenzaron a glorificar al Dios verdadero, convirtiéndose en cristianos. Ellos fueron bautizados por el apóstol y se unieron a él para siempre, deseando escuchar cada palabra y enseñanza de la fe cristiana.

No mucho después, Egeates regresó de Roma. Maximilia quería evitar toda relación con su esposo descreyente, pero era imposible guardar para siempre su secreto. Ciertos eunucos y otras personas entonces le dijeron a aquél: "Desde el día de tu partida a Roma hasta ahora, ella no ha tomado sus alimentos, y ha seguido más bien un estricto ayuno. Ella blasfema contra nuestras deidades, prefiriendo adorar al Cristo que el extranjero Andrés anuncia. La verdad que su pensamiento y su corazón están fijos en ese Dios y sólo en Él." Egeates se quedó perplejo y atónito al oír esto; de inmediato los demonios se apoderaron de él y comenzó éste a actuar como si hubiera perdido la razón, profiriendo insultos y amenazas contra el apóstol del Señor. Luego ordenó a su guardia arrestar al santo, en tanto que urdía la manera cómo le daría muerte.

Pero a la medianoche, Estrátocles fue a buscar a Maximilia y ambos fueron apresuradamente a la prisión donde se encontraba el santo, bajo la vigilancia de los centinelas de Egeates. El santo los hizo entrar cuando escuchó el suave toque de la puerta; adentro, los dos se postraron a sus pies, implorando al apóstol que los fortaleciera y los apoyara en la fe verdadera de Cristo. El santo Andrés le aconsejó extensamente y después procedió a ordenar a Estrátocles como obispo de la Antigua Patras. Luego de bendecirlos y enviarlos en paz, él cerró la puerta de la celda mediante el poder de su oración, quedando tan firme como si estuviese con llave. Después se sentó, esperando pacientemente el juicio del perverso Egeates. Entretanto, el procónsul se convenció que era imposible compartir la alcoba con Maximilia, a pesar de sus ruegos y amenazas; por eso, Satanás se apoderó de su corazón y lo cegó de rabia, y al apóstol lo hizo atar a una cruz. Este acontecimiento lo describen los sacerdotes y los diáconos de la tierra acayana de la manera siguiente:

"Todos nosotros, sacerdotes y diáconos de la iglesia de Acaya, estamos escribiendo sobre el sufrimiento del santo apóstol Andrés, el cual vimos con nuestros propios ojos, a todas las iglesias de los cuatro vientos. La paz sea contigo y con todos los que creen en Dios, perfecto en la Trinidad: el verdadero Dios Padre, el verdadero Hijo engendrado, el verdadero Espíritu Santo que proviene del Padre y descansa en el Hijo. Esta fe la aprendimos del santo Andrés, el apóstol de Jesucristo, cuyo sufrimiento, del cual fuimos testigos presénciales, estamos describiendo.

"El antipatro Egeates, cuando llegó a la ciudad de Patras, intentó obligar a los creyentes de Cristo a ofrecer sacrificios a los ídolos. Pero el santo Andrés, apareciendo ante él en el camino, le dijo: "A ti, que erez juez de hombres, te conviene reconocer a tu Juez que está en los cielos y, reconociéndolo, adorarlo; y adorando al verdadero Dios, alejarte de las falsas deidades."Egeates le contestó: "¿Eres tú ese Andrés que destruye los templos de los dioses y seduce a la gente hacia esa mágica religión que sólo recién apareció y que los emperadores de Roma han ordenado extirpar?"

"El santo Andrés le replicó: "En realidad, los emperadores de Roma no reconocen lo que el Hijo de Dios, que bajó a la tierra para la salvación del hombre, dijo a nosotros: Estos ídolos no sólo no son dioses, sino que son demonios inmundos, llenos de maldad con la raza humana, que enseñan a los hombres a odiar a Dios y hacerlo alejar de ellos para que no los escuche. Y cuando Dios se aparta de ellos de ira, los demonios los retienen para hacerlos sus esclavos y engañarlos, hasta que sus almas emerjan desnudas de su cuerpo, poseídas de la nada excepto sus propios pecados."

"Egeates le dijo entonces: "Cuando Jesús predicó estas fábulas y vacías palabras, los judíos lo clavaron a la Cruz." Pero Andrés le replicó: "Oh, si pudieras sólo comprender el misterio de la Cruz, cómo el Creador de la raza humana, en su amor por nosotros, voluntariamente soportó los sufrimientos en la cruz; porque El sabía ya que iba a padecer; profetisó su resurrección al tercer día; en la cena mística anunció que iba a ser traicionado, hablando tanto del futuro como del pasado; y fue por voluntad propia al lugar donde seria entregadoa manos de los judios."

Me asombra, exclamó Egeates — que una persona inteligente como tú sigas a alguien que fue crucificado; lo mismo es si fue voluntaria o involuntariamente. El apóstol le contesto: ‘Grande es el misterio de la cruz; y si te dignaras en escuchar, te lo contaría. Egeate le replicó: "Eso no es ningún misterio, sino sólo la ejecución de un malefactor." Pero el santo Andrés le respondió: "Este misterio es la ejecución de la renovación del hombre; sólo dígnate en escucharme pacientemente. "Lo haré, — le contestó; pero si no haces lo que te ordeno, te haré aplicar el mismo misterio de la cruz." El apóstol le contestó: "Si temiera a la crucifixión, nunca glorificaría la cruz." Egeates le dijo: "Si en tu insanidad alabas a la cruz, en tu audacia no temes a la muerte." El apóstol le replicó: "No temo a la muerte, no por audacia, sino por mi fe; porque preciosa es la Muerte de los santos y funesta es la muerte de los pescadores. Quiero que escuches lo que tengo que decir sobre el misterio de la cruz, para que, reconociendo la verdad, creas; y al creer puedas ganar tu alma." Pero Egeates le dijo: "Tú buscas un alma perdida. ¿Está realmente mi alma perdida como para que ordenes encontrarla mediante la fe? ¿No sé cómo?"

"El santo Andrés le respondió: "Esto es lo que puedes aprender de mí: Te mostraré dónde se pierde el alma de los hombres, para que puedas reconocer la salvación de ella, la cual se ha hecho a través de la cruz. El primer hombre trajo la muerte al mundo a través del árbol de la desobediencia; y fue necesario para la raza humana que esa muerte sea abolida mediante el árbol del sufrimiento. Y como el primer hombre, que trajo la muerte al mundo mediante el árbol de la desobediencia, fue moldeado de tierra pura e inmaculada, entonces era digno que Cristo, el hombre perfecto que al mismo tiempo es el Hijo de Dios que formó al primer hombre, naciera de la Virgen pura, a fin que pudiera restituir la vida eterna que perdieron todos los hombres; y como el priiner hombre pecó, extendiendo sus manos hacia el árbol del conocimiento del bien y del mal, fue digno para la salvación del hombre que el Hijo de Dios extendiera también sus manos hacia la cruz, debido a la incontinencia de las manos de los hombres, y que para la dulce fruta del árbol prohibido tomara la amarga hiel."

"Egeates le respondió: "Di esas cosas a quienes te escuchen. Pero si no me obedeces y si te niegas a ofrecer sacrificios a los dioses, ordenaré que te claven a la cruz que glorificas, luego de haberte hecho azotar con garrote." Andrés le respondió: "Todos los días ofrezco al único, Verdadero y Omnipotente Dios no el humo del incienso, ni la carne de bueyes, ni la sangre de cabras, sino el Inmaculado Cordero que fue ofrecido como sacrificio en el altar de la cruz. Todos los creyentes fieles comulgan de su purísimo Cuerpo y participan de su Sangre, aunque este cordero permanezca entero y vivo, aun cuando sea verdaderamente sacrificado; todos ellos comen realmente su Carne y beben su Sangre, aun cuando, como digo, él siempre permanezca entero, inmaculado y vivo."

Entonces Egeates le dijo: "¿Cómo puede ser una cosa así?" Andrés le respondió: "Si deseas aprender, hazte discípulo a fin que puedas saber lo que preguntes." Egeates le replicó: "Te sacaré esa enseñanza con la tortura." el apóstol le respondió: "Me asombra que un hombre educado como tú, hable irreflexivamente. ¿Podrías aprender de mí los misterios de Dios torturándome? Ya has escuchado hablar sobre el misterio de la cruz y también sobre el misterio del sacrificio. Si llegaras a creer que Cristo, el Hijo de Dios que fue crucificado por los judíos, es el verdadero Dios, te revelaré cómo él vive después de haber muerto y cómo permanece entero en su reino después de haber sido ofrecido como sacrificio y comido."

"Entonces Egeates se enfureció y mandó echar al apóstol a la cárcel. Cuando fue enviado a una mazmorra, de todas partes vino mucha gente en su defensa e intentó matar a Egeates y liberar a Andrés de su reclusión. Pero el santo Andrés se los prohibió, y les dijo reprendiéndolos: "No convirtáis la paz de nuestro Señor Jesucristo en un tumulto diabólico; porque cuando nuestro Señor Jesucristo fue entregado a la muerte, Él mostró una gran paciencia. Él no contradijo, ni clamó, ni su voz fue oída en las calles. Entonces, vosotros debéis también guardar silencio y permanecer tranquilos. Os prohibo ofrecer ninguna oposición a mi martirio, pero sí preparaos como buenos atletas y guerreros de Cristo, a soportar pacientemente toda clase de heridas y torturas en vuestro cuerpo. Si vais a tener que temer tormentos, temed sólo a los que son eternos y sabed que los terrores y amenazas de los hombres son únicamente como el humo: apenas se aparecen, se esfuman. Si vais a tener que temer los sufrimientos, temed sólo a los que comienzan pero que nunca terminan. Los sufrimientos pasajeros, cuando son insignificantes, se soportan fácilmente; y cuando son grandes, terminan rápidamente, liberando el alma del cuerpo. Pero terribles son los sufrimientos eternos. por eso, estad preparados para pasar, mediante los sufrimientos pasajeros, al gozo eterno, donde os regocijaréis, floreceréis y reinaréis con Cristo."

El santo se pasó así la noche entera enseñando a la gente. A la mañana siguiente, Egeatas mandó a llevar a Andrés al tribunal, donde aquél se encontraba y le dijo: "¿Te has resuelto abandonar esta necedad y a dejar de anunciar a Cristo para que puedas compartir nuestra felicidad en esta vida? Porque sería Una gran locura ser torturado y quemado voluntariamente." Pero el santo le replicó: "Preferiría compartir tu felicidad si creyeras en Cristo y rechazaras los ídolos; porque El me ha enviado a esta tierra, donde he ganado para El a no poca gente."

"Entonces Egeates le señaló: "Te haré sacrificar, para que los que han sido engañados por ti puedan abandonar la vanidad de tu enseñanza y ofrezcan sacrificios que agraden a los dioses; porque no hay ciudad en Acaya donde ellos no hayan abandonado los templos de los dioses. Por eso, resulta necesario que se les devuelva, a través tuyo, el honor concedido a ellos, para que las deidades a quienes tú enfureciste, se apacigüen y tú puedas permanecer con nosotros en amor fraterno. Y si no, por deshonrarlos, serás sometido entonces a diversas torturas y serás colgado en una cruz, igual como el que tu glorificas."

El santo replicó a esto: "¡Escucha, oh fruto de la muerte, condenado al tormento eterno! ¡Escucha a este siervo del Señor, apóstol de Jesucristo! Hasta ahora he conversado contigo humildemente, queriendo enseñarte la santa fe, para que tú, como persona inteligente, puedas reconocer la verdad y, rechazando los ídolos, adorar al Dios que vive en los cielos. Pero como sigues obstinado y te imaginas que voy a tener miedo a tus torturas, sométeme a las más terribles torturas que conozcas; porque cuanto más agrade a mi Rey, más penosos serán los tormentos que soportaré por El."

Entonces Egeates ordenó hacer extender al santo y luego azotarlo. Y después de alternarse siete veces quienes lo azotaban, tres por vez, lo hicieron poner de pie al santo y lo llevaron ante el juez. Entonces este le dijo: "Escúchame, oh Andrés, no derrames en vano tu sangre; porque si no me obedeces, te haré crucificar en una cruz."

A este el santo respondió: "Yo soy esclavo de la cruz de Cristo y deseo morir en una cruz. Tú puedes escapar del tormento eterno si, luego de haber probado mi resistencia, creyeras en Cristo; porque tu condenación me duele más que mis propios sufrimientos. Mis padecimientos se acabarán en un día, o a lo mucho en dos; pero los tuyos no se terminarán ni después de mil años. Por eso, no aumentes tus tormentos; ni enciendas en ti el fuego eterno."

Furioso, Egeates ordenó entonces crucificar al santo, con sus manos y pies atados. No quiso hacerlo clavar para que no muriera pronto; porque pensaba que colgándolo atado, podría someterlo a mayores torturas.

Cuando los siervos del tirano lo llevaron al lugar de crucifixión, la gente se agolpó, gritando: Como ha pecado este justo hombre y amigo de Dios? ¿Por qué lo quieren crucificar? Pero Andrés instó a la muchedumbre a no estorbar su sufrimiento; y se fue caminando alegremente hacia su tormento, sin detener un momento su enseñanza. Cuando llegó al lugar de crucifixión, divisó a cierta distancia la cruz que le habían preparado, y exclamó en voz alta: "¡Regocíjate, oh cruz, santificada por la carne de Cristo y adornada con sus miembros como perlas! Hasta que el Señor fue crucificado sobre ti, fuiste algo abominable para los hombres; pero ahora ellos te aman y te abrazan con anhelo: porque los fieles saben del gozo que contienes y de la recompensa que es ofrecida por soportarte. Con valor y alegría voy hacia ti. Acéptame con júbilo, porque soy discípulo del que fue suspendido sobre ti. Recíbeme, porque siempre he querido y deseado abrazarte; oh preciosa cruz, que resibiste de los miembros del Señor el bello y glorioso adorno, belleza largamente deseada y ardientemente querida, que yo busqué sin cesar. Tómame de entre los hombres y entrégame a mi Maestro, para que el que me redimió a través de ti, pueda recibirme.’

Diciendo esto, se quitó su vestimenta y se la dio a sus torturadores. Estos lo subieron a la cruz y le ataron los pies y las manos con cuerdas; así lo crucificaron con la cabeza hacia abajo y lo suspendieron. a su alrededor se agolpó toda una muchedumbre de alrededor de veinte mil personas, entre los que se encontraba Estrátocle, hermano de Egeates, que exclamaba junto con la demás gente, diciendo: Injustamente sufre así este santo. Pero Andrés fortalecía a los que creían en Cristo y les exhortaba a soportar los sufrimientos pasajeros, enseñando que ningún tormento puede compararse con la recompensa ganada mediante éste.

Después la gente fue a casa de Egeates, donde le exclamó: "Este honorable santo y sabio maestro, bondadoso, bueno y humilde, no debe sufrir y debe ser bajado de la cruz; porque, a pesar que ya es el segundo día que está allí, sigue enseñando la verdad."

Entonces Egeates sintió temor e inmediatamente fue junto con ellos donde estaba Andrés para sacarlo de la cruz. Al verlo el santo, le dijo: "¿Por qué razón vienes aquí, Egeates? Si deseas creer en Cristo, el portal de la gracia te será abierto como te lo prometí. Pero si vienes solamente a bajarme de la cruz, no quiero salir de ésta vivo; porque ya estoy viendo a mi Rey, ya lo estoy adorando, ya estoy ante El. Pero estoy sufriendo por ti, porque la eterna perdición preparada para ti te está esperando. Cuídate mientras puedas, a menos que desees comenzar citando ya no puedas hacerlo así ***

Cuando los siervos fueron a desatarlo de la cruz, no pudieron tocarlo; muchos otros trataron de hacerlo, uno tras otro, pero tampoco pudieron, porque sus manos se entumecieron. Entonces el santo Andrés gritó con fuerza: "Oh Señor Jesucristo, no permitas que me bajen de la cruz en la que he sido suspendido en Tu nombre; si no más bien recíbeme, oh Maestro, a Quien he amado, a Quien he conocido, a Quien confieso, a Quien deseo ver, por Quien me he vuelto como soy. Oh Señor Jesucristo, recibe mi espíritu en paz, porque me ha llegado el momento de ir donde Ti, y mirarte a Ti, a quien he deseado tan fervorosamente Recíbeme, oh buen Maestro, y no permitas que me bajen de la cruz antes que tú recibas mi espíritu."

Cuando dijo todo esto, del cielo vino una luz como de relámpago que lo iluminó ante la vista de todos y brilló a su alrededor, de modo que los ojos del impuro no lograron verlo. Esta luz celestial brilló a su alrededor por el espacio de medía hora y cuando desapareció, el santo apóstol entregó su espíritu y partió en medio de la brillante luz, para permanecer delante del Señor.

Cuando Andrés hubo partido donde el Señor, Maximilia, mujer de noble linaje y virtuosa y santa vida, con gran honor postró su cuerpo y, luego de embalsamarlo con costosos ungüentos, se echó en la tumba donde trató de enterrarse.

Egeates se enfureció con la gente, y se puso a planear cómo infligir venganza en ellos y castigar a quienes lo habían abiertamente desafiado. En cuanto a Maximilia, quería denunciarla ante el emperador. Pero en eso, un demonio repentinamente se posó en él y comenzó a atormentarlo; a causa de ello, Egeatos murió en el medio de la ciudad. Citando su hermano Estrátocles se enteró de esto, ordenó que lo enterraran; pero él no tocó nada de la propiedad de éste, diciendo: "Oh mi Señor Jesucristo haz que no toque nada de los tesoros de mi hermano para no mancharme con su pecado; porque él, por amar los vanos bienes se atrevió a matar al apóstol del Señor." Por eso, decidió distribuir todas las riquezas de su hermano a los pobres y los indigentes; y con el mismo dinero, hizo construir una casa diocesana en el lugar donde reposan las reliquias del santo. Con el tiempo, él también descansó como buen pastor del rebaño dotado de razón. Maximilia, asimismo, distribuyó su oro a los pobres; y en un lugar separado, fundó dos monasterios, uno para hombres y otro para mujeres. Después de haber vivido una vida buena y agradable a Dios, ella también partió a las mansiones del cielo.

"Esto ocurrió el último día del mes de noviembre, en la ciudad de Patras, en Acaya, donde desde entonces el pueblo es beneficiado con muchos favores, gracias a las oraciones del apóstol. El temor a Dios estaba en todos y no había nadie que no creyera en nuestro Dios y Salvador, aquel que quiere salvar a todos los hombres y llevarlos al conocimiento de la verdad, a Quien sea para siempre la gloria. Amén."

Después de muchos años, las reliquias del apóstol Andrés fueron trasladadas a Constantinopla por el mártir Artemio, por orden del santo emperador Constantino el Grande, donde fueron guardadas en un relicario junto con las de los santos evangelistas Lucas y Timoteo, discípulo del santo apóstol Pablo, en la más espléndida iglesia de los apóstoles, dentro del altar.

Mediante las oraciones de tu apóstol, oh Cristo Dios, afirma en la ortodoxia a tus fieles siervos y salvanos a todos nosotros. Amén.

 

Tropario Tono 4: Como el primer llamado de los apóstoles y hermano dcl líder, Tú. Andrés, suplica al maestro de todos, que la paz sea conferida al mundo y a nuestras almas la gran misericordia.

Kontaquio Tono 2: Alabemos al sinónimo de coraje, que nos habló de Dios, el seguidor de la iglesia, el hermano del líder Pedro, pues como en el antaño, hoy nos dice también: Venid, hemos encontrado el Deseado.

Megalinarion: Del coro apostólico del Señor, oh bendito, tú fuiste el primero en ser llama do y en seguirlo. Con tu santo hermano, oh Andrés, dejaste a todos para predicar a Cristo a todas las naciones, para que todos pudiesen alabar Su Nombre.

 

 

San Bartolome

(25 de Agosto)

El Santo Apóstol Bartolomé fue uno de los doce Apóstoles de Cristo. Después de recibir el Espíritu Santo, que descendió sobre los Apóstoles en forma de lenguas de fuego, el Santo Bartolomé, junto al Apóstol Felipe, le tocó predicar el Evangelio en Siria y Asía Menor. Ambos se trasladaron allí, primero predicando juntos y después por separado, a través de varias ciudades, luego juntándose de nuevo, llevando a la gente a la salvación a través de la fe en Jesucristo.

En Asia Menor, el Apóstol Felipe se separó del Santo Bartolomé por un tiempo, en donde convirtió a Cristo a los fieros y salvajes habitantes de Lidia y Misia. Por ese tiempo, el Santo Bartolomé, que anunciaba a Cristo en las ciudades vecinas, recibió un mandato del Señor para ir en ayuda del Santo Felipe. Una vez reunidos, el Santo Bartolomé se esforzó en sus tareas apostólicas junto a él en una sola unión de pensamiento. Felipe fue seguido por su hermana, la virgen Mariamna, y todos juntos comenzaron a trabajar por la salvación de la raza humana. Durante su paso por las ciudades de Lidia y Misia y al difundir las buenas nuevas de la palabra de Dios, tuvieron que soportar muchas pruebas, azotes y tribulaciones a manos de los infieles; fueron encarcelados y apedreados; pero a pesar de todas estas persecuciones, mediante la gracia de Dios, siguieron con vida para las tareas que les esperaban en la difusión de la fe cristiana.

En una de las aldeas de Lidia se encontraron con San Juan el Teólogo, el querido discípulo de Cristo, y con él viajaron a la tierra de Frigia. Al entrar a la ciudad de Hierápolis anunciaron a Cristo. Por ese entonces, la ciudad estaba llena de ídolos que todos sus habitantes adoraban; y entre estas falsas deidades había una inmensa víbora, para la cual habían construido un templo especial. Allí le llevaban comida y le ofrecían innumerables y variados sacrificios. Estos irracionales adoraban de igual forma a otras serpientes y víboras. El Santo Felipe y su hermana se protegieron a sí mismos con oraciones contra la víbora, y fueron ayudados por el Santo Bartolomé y Juan el Teólogo, quien todavía se encontraba con ellos en ese momento. Todos juntos vencieron a la serpiente mediante la oración, como si esta fuera una lanza, y a través del poder de Cristo la mataron. Posteriormente, Juan el Teólogo se separó de ellos, dejándoles Hierópolis para que allí anunciaran la palabra de Dios, en tanto que él se marchó a otras ciudades para difundir las jubilosas sagradas nuevas. Felipe, Bartolomé y Mariamna se quedaron en Hierápolis, esforzándose con empeño por eliminar la oscuridad de la idolatría, a fin que la luz del conocimiento de la verdad pudiera brillar entre los descarriados. En esto trabajaron día y noche, enseñando la palabra de Dios a los incrédulos, fustigando a los necios y encaminando a los errantes por el camino de la verdad.

En esa ciudad había un hombre llamado Estaquio, el cual era ciego desde hacía Cuarenta años. Los Santos Apóstoles, mediante el poder de la oración, dieron luz a sus ojos corporales, y predicando a Cristo, iluminaron también su ceguera espiritual. Después de bautizar a Estaquio, los Santos se quedaron en casa de éste. Al difundirse por la ciudad el rumor que el ciego Estaquio había recuperado la vista, una gran multitud de gente comenzó a agolparse en la casa. Los Santos Apóstoles enseñaron a todos los llegados la fe en Cristo Jesús. Muchos enfermos fueron también llevados, y los Santos Apóstoles sanaron a todos con la oración y expulsaron demonios, de modo que un gran número de personas llegáron a creer en Cristo y se hicieron bautizar.

La esposa del gobernador de esa ciudad, un hombre llamado Nicanor, fue mordida por una serpiente y yacía enferma, a punto de morir. Al saber que los Santos Apóstoles se alojaban en casa de Estaquio y que ellos sanaban toda clase de males tan sólo con una palabra, en ausencia de su marido ella se hizo llevar con sus esclavos donde ellos. Allí recibió una doble curación: en el cuerpo, de la mordida de la serpiente; y en el espíritu, del engaño demoníaco; porque al recibir las enseñanzas de los Santos Apóstoles, llegó a creer en Cristo. Cuando el gobernador regresó, sus esclavos le informaron que a su mujer le habían enseñado a creer en Cristo unos extranjeros que vivían en casa de Estaquio. Con gran furia, Nicanor ordenó arrestar inmediatamente a los Santos Apóstoles y quemar la casa de Estaquio, órdenes que fueron cumplidas. Después se congregó una gran cantidad de gente, y arrastraron por la ciudad a los Santos Apóstoles Felipe y Bartolomé, e incluso a la santa virgen Mariamna, mofándose de ellos, golpeándolos y, finalmente, encarcelándolos. Posteriormente, el gobernador de la ciudad tomó su sitio en el tribunal, para presidir el juicio a los que anunciaban a Cristo. Se presentaron todos los sacerdotes de los ídolos y los sacerdotes de la serpiente muerta y expusieron sus quejas contra los Santos Apóstoles, diciendo: "Oh Señor, venga el deshonor hecho a nuestros dioses; porque desde que estos extranjeros se aparecieron en nuestra ciudad, los altares de nuestros grandes dioses permanecen olvidados y la gente ya no se acuerda de ofrecerles sus sacrificios acostumbrados; nuestra reconocida diosa, la serpiente, ha muerto, y la ciudad entera se llena de iniquidad. Por lo tanto... ¡Da muerte a estos hechiceros.

Entonces el gobernador de la ciudad ordenó que despojaran a Felipe de sus vestimentas, pensando que dentro se encontraban sus mágicos encantos; pero cuando se lo quitaron, no encontraron nada. Lo mismo hicieron con el Santo Bartolomé, pero tampoco encontraron nada en su ropa, y cuando se acercaron a Mariamna con la misma intención es decir, quitarle la vestimenta y dejar desnudo su virginal cuerpo, repentinamente ella se transformó en una ardiente llama ante la vista de todos, por lo que los impíos tuvieron que huir atemorizados. Los Santos Apóstoles fueron condenados por el gobernador a la crucifixión.

El primer en sufrir fue San Felipe. Le perforaron orificios entre los huesos del tobillo, por donde hicieron pasar cuerdas, y lo crucificaron en una cruz con la cabeza hacia abajo, delante del portal del templo de la serpiente, y entre tanto le arrojaban piedras. Después crucificaron al Santo Apóstol Bartolomé en la pared del templo. Repentinamente, un gran terremoto sacudió la tierra; esta se abrió y se tragó al gobernador, a todos los sacerdotes y a una gran cantidad de infieles. Todos los que permanecieron con vida, tanto creyentes como paganos, se sobrecogieron de temor y, lamentándose, rogaron a los Santos Apóstoles que se apiadaran de ellos, suplicaron al verdadero Dios que no permitiera que la tierra se los tragara a ellos también. Apresuradamente se pusieron a sacar de la cruz a los Apóstoles. San Bartolomé no estaba suspendido muy por encima del suelo, por lo cual pudo ser sacado pronto. Pero a Felipe no lograron sacarlo, porque estaba suspendido muy arriba, particularmente porque era la voluntad de Dios que su Apóstol, después de estos sufrimientos y muerte en la cruz, pasara de la tierra al cielo, a donde se habían dirigido sus pasos durante toda su vida. Colgado de esta manera, el Santo Felipe oró a Dios por sus enemigos, para que él los perdonara de sus pecados e iluminara su mente a fin que aprendieran el conocimiento de la verdad. El Señor accedió a su petición e inmediatamente hizo que la tierra echara con vida a las víctimas que se había tragado, con excepción del gobernador y los sacerdotes de la serpiente. Entonces todos confesaron y glorificaron en voz alta el poder de Cristo, expresando su deseo de ser bautizados. Cuando se aprestaban para sacar al Santo Felipe de la cruz, se dieron cuenta que ya había entregado su santa alma en manos de Dios, entonces lo bajaron muerto. Su hermana, la santa Mariamna, que había presenciado en todo momento los sufrimientos y la muerte de su hermano Felipe, abrazó y besó con amor su cuerpo, cuando lo bajaron de la cruz y se alegró que él hubiese sido honrado con sufrir por Cristo. San Bartolomé bautizó a los que llegaron a creer en el Señor y ordenó como obispo a Estaquio. Los recién conversos cristianos enterraron con gran honor el cuerpo del Santo Apóstol Felipe. En el lugar donde se derramó la sangre del Santo Apóstol, creció en tres días una vid, como señal que San Felipe estaba disfrutando de la dicha eterna junto a su Señor en su Reino por la sangre que había derramado en nombre de Cristo.

Después del entierro del Apóstol Felipe, San Bartolomé y la bendita virgen Mariamna se, quedaron unos cuantos días más en Hierápolis, a fin de afirmar en la fe de Cristo la recién fundada iglesia, y después se separaron. La santa Mariamna fue a Licaonia, en donde después de anunciar triunfalmente la palabra de Dios, descanso tranquilamente en el Señor (conmemorándosela el 7 de febrero). En tanto que el Santo Bartolomé fue a la tierra de India, en donde pasó mucho tiempo trabajando en la predicación de Jesucristo, pasando por ciudades y aldeas y sanando en su nombre a los enfermos. Después de iluminar a muchos, paganos y establecer iglesias, tradujo a la lengua local el Evangelio según San Mateo, el cual había traído consigo, y se los mostró. También les dejó un Evangelio escrito en lengua hebrea, el cual fue llevado a Alejandría un siglo después por el filósofo cristiano Panteno. De la India, San Bartolomé fue a Armenia Mayor. Al llegar a dicho lugar, los ídolos, o mejor dicho, los demonios que moraban en éstos, se callaron, lamentando con sus últimas palabras que Bartolomé los estaba atormentando y que pronto los expulsaría. En realidad, los espíritus inmundos fueron expulsados no sólo de los ídolos, sino que también de la gente, con la sola aproximación del Apóstol; por esta razón muchos se convirtieron a Cristo.

Polimio, el rey de esa tierra, tenía una hija que estaba poseída por el demonio, quien exclamaba por los labios de ella: "Bartolomé, ¿también nos echarás de este lugar?" el rey, al oír esto, ordenó buscar inmediatamente a Bartolomé; y cuando el Apóstol de Cristo estuvo al lado de la muchacha poseída, el demonio huyó al instante, siendo sanada la hija del rey. El rey, deseando mostrar su gratitud al Santo, le llevó camellos cargados de oro, plata, perlas y distintas piedras preciosas. El Apóstol, en su gran humildad, no guardó nada de lo que había recibido, sino que devolvió todo al rey, diciendo: "Yo no busco estas cosas, sino más bien el alma de los hombres; y si las consiguiera y las llevara a las mansiones del cielo, seré un gran mercader ante los ojos del Señor." El rey Polimio, impactado por estas palabras, comenzó a creer en Cristo junto a toda su familia y recibió el bautismo del Santo Apóstol, junto con la reina y la hija que el Santo había sanado, además de una gran cantidad de nobles y gente de esa tierra; en esa ocasión recibieron también el Santo bautismo tantos como diez ciudades, siguiendo el ejemplo de su rey.

Sin embargo, al ver esto los sacerdotes idólatras se encolerizaron contra el Santo Apóstol, lamentándose profundamente por la destrucción de sus dioses, la caída de la idolatría y el abandono de los templos, de donde había obtenido su medio de vida. Entonces convencieron al hermano del rey, Astiago, para que infligiera venganza a él por la ofensa hecha a sus deidades. Astiago, esperando el momento preciso, apresó al Santo Apóstol en la ciudad de Albano y lo hizo crucificar con la cabeza hacia abajo. El Santo Apóstol sufrió con dicha por Cristo y, así suspendido de la cruz, no dejó de proclamar la palabra de Dios. Hizo que los fieles fueran firmes en su fe y exhortó a los descreyentes que conocieran la verdad y se alejaran de la oscuridad de los demonios hacia la luz de Cristo. El tirano se rehusó escuchar esto y, en lugar de ello, ordenó desollar vivo al Apóstol; sinembargo, el Santo, soportando todo con gran paciencia, no se quedó callado, sino que enseñó a todos sobre Dios y ofreció a él la glorificación. Finalmente, el tirano mandó arrancar la cabeza del Santo Bartolomé de su cuerpo, junto con su piel. Sólo entonces sus labios se aquietaron; aunque su cuerpo, al ser sacada su cabeza, permaneció colgado de la cruz; en tanto que sus piernas, que fueron colocadas hacia lo alto, daban la impresión de apuntar el camino del Apóstol hacia el cielo. Así concluyó la vida terrenal de Bartolomeo el Apóstol de Cristo, que había pasado por mucho dolor, hacia la gloria de su Señor (alrededor del año 90 d.C.). Los fieles que estaban presentes en el momento del descanso del Santo Apóstol, sacaron su cuerpo de la cruz, así como su cabeza y piel, lo colocaron en un ataúd de plomo y dispusieron su entierro en la Ciudad de Albano (ahora Baku) en Armenia Mayor. Con sus reliquias los enfermos recibieron curaciones milagrosas, razón por la cual muchos descreyentes se convirtieron a la Iglesia cristiana.

Por el año 508 d.C., durante el reinado del emperador Anastasio, las reliquias del Santo Apóstol Bartolomé fueron trasladadas de Albano a la ciudad de Dura, en Mesopotamia. Cuando los persas tomaron control de la ciudad en el año 574, los ciudadanos de Dura llevaron tales reliquias a las costas del Mar Negro, en donde sus enemigos los cogieron desprevenidos. Allí, los infieles echaron las reliquias al Mar Negro, junto a los restos de otros cuatro Santos — los mártires Papias, Luciano, Gregorio y Acacio. Dios, en su providencia, dispuso que ellos santificaran grandes extensiones del mar que atravesaron hasta llegar a las tierras que irían a recibirlos. Las reliquias del Santo Apóstol Bartolomé recorrieron el profundo abismo del Mar Negro, el angosto estrecho del Helesponto, los abiertos mares Egeo y Jónico, hasta la pequeña isla de Lipari, lejos de la costa norte de Sicilia. En este lugar, las reliquias de San Papias fueron a Amila en Sicilia, las de San Luciano a Mesina, las de San Gregorio a Colimi, una ciudad de Calabria, y las de San Acacio a la ciudad de Ascalo.

El divino Apóstol envió entonces una visión al obispo local, Agatón, revelándole que sus reliquias habían llegado a Lipari. El obispo inmediatamente partió con prisa a la costa junto con su clero y toda la gente. Al ver las reliquias del Santo Apóstol, el piadoso jerarca y todos quienes lo acompañaban se maravillaron profundamente que el ataúd de plomo no se hubiera hundido por debajo de las olas y que hubiera navegado tan lejos por el mar como la más liviana de las embarcaciones. El obispo exclamó: "¿Por qué razón y para qué, oh isla de Lipari, llegas a poseer esta riqueza y gran tesoro? ¡Te han honrado en extremo! ¡Grande es esta gloria! Por eso, alborózate y salta de alegría; toma con tus manos este tesoro y grita fuerte: ¡Bienvenido, bienvenido, oh Apóstol del Señor."

Deseando guardar en un relicario el sagrado cofre en un lugar de honor, pensaron construir una iglesia para la gloria del renombrado Apóstol. El cofre de plomo era bastante grande, y aunque varias veces intentaron moverlo a diversos lugares, este permaneció en su sitio. Entonces Agatón recibió una revelación divina indicándole que debían atarlo con cuerdas y hacerlo llevar con dos vaquillas hasta el lugar donde el Santo quiso quedarse. Mientras las vaquillas arrastraban el cofre, la vecina isla de Priano expulsaba permanentemente agua hirviendo que dañaba a Lipari. Pero por el poder de Dios, esto se trasladó como a una milla de distancia y dejó de implicar amenaza a Lipari. ¡Oh maravilloso milagro! ¿Quién ha escuchado alguna vez semejante hecho? Cuando todas estas cosas pasaron el obispo Agatón erigió una hermosa iglesia. La santa Iglesia conmemora la milagrosa traslación de las preciosas reliquias de San Bartolomé el 25 de agosto.

Posteriormente, la isla fue capturada por los árabes, quienes diseminaron las reliquias del Apóstol Bartolomé; pero éstas se volvieron a juntar de una manera milagrosa; porque San Bartolomé se apareció a cierto monje y le indicó el lugar donde ellas serían encontradas. Después las reliquias del Santo Apóstol fueron trasladadas a la ciudad de Benevento, cerca de Nápoles (en el siglo IX), de donde fueron llevadas (aunque sólo una parte) a Roma, en el siglo X.

No se puede dejar de mencionar un incidente que ha sido registrado en la vida del venerable José el Hinmógrafo. Cierto día, en Tesalia, el venerable José recibió una parte de las reliquias del Santo Apóstol Bartolomé de cierto virtuoso hombre conocido de él. Luego de llevarlas a su monasterio, que estaba cerca de Constantinopla, José hizo construir una iglesia especial en honor del Santo Apóstol Bartolomé, en donde guardó la parte de las sagradas reliquias que había recibido. Por el gran amor y la fe en el Santo Apóstol, a menudo tenía el privilegio de ver en visiones en sus sueños, razón por la cual adornó la fiesta del Santo Apóstol con himnos de oración; sin embargo, resolvió no hacerlo así, ya que dudaba si esto agradaría o no al Santo; entonces rogó intensamente a Dios y a su Apóstol para que le revelaran su voluntad y le dieran la sabiduría desde arriba para componer los versos de oración que fueran apropiados para el Santo Bartolomé. Haciendo ayuno e implorando con lágrimas, el venerable José oró durante cuarenta días; entonces cuando faltaba muy poco para el día de la conmemoración del Apóstol, en la víspera de la solemnidad, en una visión presenció al Santo Bartolomé aparecerse en el santuario, ataviado con sus vestimentas de deslumbrante blancura. El Santo abrió la cortina del santuario y le indicó que se acercara; y cuando el venerable José lo hizo, el Santo Apóstol tomó de la mesa del altar el Santo Evangelio y lo colocó cerca del pecho de José, diciendo: "¡Qué la mano derecha de Dios Todopoderoso te bendiga y que las aguas de la sabiduría celestial rocíen tu lengua; que tu corazón sea un templo del Espíritu Santo y que tu canto de himnos agrade a todo el mundo!"

Hablando así el Santo Apóstol Bartolomé, se hizo invisible; pero el venerable José, sintiendo dentro de sí la gracia de la sabiduría, se llenó de un inexplicable júbilo y agradecimiento. Desde ese instante, comenzó a componer himnos y cánones sacros, con los que adornó las fiestas no sólo del Santo Bartolomé, sino que también de muchos otros Santos. El es conocido principalmente por la gran cantidad de cánones que compuso en honor a la purísima Madre de Dios y el Santo jerarca Nicolás. Adornó la santa Iglesia con su abundante himnografía, por lo cual se lo conoció como el "Himnógrafo" y se lo conmemora el 3 de abril (aunque según algunos calendarios, el día 4). Por todo esto, gloria sea a Cristo nuestro Salvador, con el Padre y el Espíritu Santo, por los siglos de los siglos. Amén.

Hay algunos que piensan que Bartolomé es Nataniel, a quien Felipe llevó donde Cristo. Para corroborar esto, sostienen que el nombre del Apóstol de Cristo era Nataniel; pero que su nombre de familia, derivado del de su padre, era Bartolomé, o sea, el hijo de Tolomeo. La palabra "bar" en hebreo significa "hijo," tal como el Señor Cristo también la usó en referencia al Apóstol Pedro, cuando dijo: "Bendito eres tú, Simón Barjona" (Mateo 16:17), que significa "hijo de Jonás." También el ciego de Jericó fue llamado Bartimeo, o sea, hijo de Timeo. Así pues, consideran que Bartolomé fue llamado hijo como un patronímico, hijo de Tolomeo; porque Tolomeo era un antiguo nombre entre los judíos y era usado con frecuencia. Sostienen que existen fundamentos para esto porque en ninguno de los Evangelios se habla de los llamamientos de Bartolomé al apostolado a menos que se considere la narración de Nataniel como tal. Por otra parte, los tres primeros evangelistas — Mateo, Marcos y Lucas, que mencionan a Bartolomé, no dicen nada sobre Nataniel; en tanto que el evangelista Juan, que sí menciona a Nataniel, no habla nada sobre Bartolomé; y cuando se refiere a la recolección de peces en la aparición del Salvador resucitado, menciona a Nataniel como entre los hombres más próximos a los Apóstoles. Para precisar, señala: "Estaban juntos Simón, Pedro y Tomás, llamado el Didimo, y Nataniel, el que era de Caná de Galilea, y los hijos de Zebedeo y otros dos de sus discípulos" (Juan 21:2).

 

Tropario Tono 3: Instrumentos divinos del Espíritu Santo y divulgadores de Dios Verbo ser oh Apóstoles y profetas de Dios: Bartolomé, bendito compañero de los doce, y Bernabé, hijo de la consolación. Oh alabadísimos, rogad a Cristo Dios que nos conceda la gran misericordia

Tropario Tono 1: Como una radiante aurora que despunta del este tus sagradas reliquias se asoman hacia el oeste, oh sabio Bartolomé; porque ellas brillan con la gracia del lucero de la vida, y disipan las tinieblas de toda clase de males en aquellos que han recurrido a ellas con fe, y esperanza.

Kontaquio Tono 4: Te has aparecido a la iglesia como un gran sol, iluminando con el resplandor de tus enseñanzas y con los maravillosos milagros a los que te cantan, oh Bartolomé, Apóstol del Señor.

Megalinarion: En toda la tierra vuestro son se ha oído y las jubilosas nuevas vosotros anunciasteis a toda la humanidad, oh divinos Apóstoles Bartolomé, de divino reconocimiento, y Bernabé, principal entre los setenta Apóstoles de Cristo Dios.

Megalinarion: Recorrieron al oeste por el mar, como una embarcación navegante empujada por la brisa del Espíritu, tus más preciadas reliquias han bendecido todas las costas y aguas, y santificado el arca de Cristo, oh afamadísimo Bartolomé.

 

 

San Felipe

(14 de Noviembre)

Junto al mar de Galilea, en las márgenes del lago de Genesaret y Capernaum, se encontraba el pueblo de Betsaída. En este pueblo nacieron tres de los doce apóstoles de Cristo: Pedro, Andrés y Felipe. Los dos primeros eran pescadores, ocupación que desempeñaron hasta cuando los llamó Cristo; en tanto que Felipe desde su niñez se había dedicado al estudio teórico. Después de leer y estudiar asiduamente las Sagradas Escrituras y las profecías que hablaban del anhelado Mesías, le vino repentinamente a él un ferviente amor por Aquél y un intenso deseo de presenciar al Señor estando frente a frente. Como él todavía no lo había visto, no sabía que ese a quien muchos deseaban ver ya estaba en la tierra.

Mientras que Felipe estaba enfervorizado de amor por el Mesías, Cristo entró por los alrededores de Galilea y allí encontró a aquél. "Sígueme!" Le dijo Cristo a Felipe. Este, al escuchar el llamado del Señor, creyó con todo su corazón que El era en verdad el Mesías, prometido por Dios a través de los profetas; y entonces lo siguió. Prestando oído a la santísima vida del Señor, Felipe se esforzó por emularlo y aprender de El la divina sabiduría, mediante cuyo poder él pudo después someter la necedad de los paganos. Sintiendo regocijo por haber descubierto este Tesoro, por el cual el mundo entero sería redimido, Felipe no quiso guardar para sí solo este tesoro, sino que deseaba compartirlo con los demás. Al encontrarse con su amigo Nataniel, jubilosamente le anunció él: "Hemos encontrado a El, de quien Moisés en la ley y los profetas escribieron: Jesús de Nazaret, el Hijo de José." Pero Nataniel, dudando que un pueblo insignificante y una gente sencilla pudieran dar origen al Mesías, el Rey de Israel, dijo: "¿Puede algo bueno provenir de Nazaret?" Felipe, sin responderle, le aconsejó que sólo lo viera a El. "Ven y ve," le dijo. Tuvo la sensación que Nataniel necesitaba sólo ver a Jesús y escuchar sus palabras de salvación, a fin de creer que el era el Mesías; y fue así como realmente ocurrió. Cuando ambos fueron donde Jesús, el Señor, quien pone a prueba los corazones y refrena, y lee los pensamientos ocultos del corazón de los hombres, al ver venir a Nataniel hacia El, lo reconoció y le dijo: "He aquí un israelita de verdad, en quien no hay engaño." Al escuchar Nataniel estas palabras, se quedó muy asombrado y le dijo a Jesús: "¿Cómo me conoces?" el Señor le replicó: "Antes que Felipe te llamara, cuando estabas debajo de la higuera, yo te vi." Porque cuando Nataniel estaba sentado allí, estaba pensando en el Divino Mesías, en quien se encarnaban todo el júbilo y la alegría de los fieles sirvientes de Dios; y en ese momento Dios le concedió el arrepentimiento de corazón y fervientes lágrimas, lo que añadió a su sincero ruego para que el Señor cumpliera lo que había prometido en tiempos pasados a sus padres y enviara a la tierra al Salvador del mundo. Dios, que todo lo ve, observó en ese momento a Nataniel, porque entonces albergaba un espíritu de compunción. Fue por esta razón que el Señor le dijo a Nataniel que El lo había visto cuando este se encontraba debajo de la higuera. Con estas palabras Nataniel se asombró todavía más. Se puso a recordar lo que estuvo pensando cuando estuvo bajo el árbol, así como la compunción con la que había implorado a Dios para que enviara al Mesías. Concluyó también que en ese momento no había nadie más que pudiera haberlo visto y captado sus pensamientos excepto Dios. Por eso que Nataníel creyó inmediatamente que Jesús era el Mesías, a quien Dios había prometido enviar para salvar la raza humana, y reconoció la divina esencia en Jesucristo, quien había visto los secretos de su corazón; por tal razón, exclamó: "¡Rabí, Tú eres el hijo de Dios; Tú eres el Rey de Israel!" (Juan 1:43-49).

Cuantos sentimientos de gratitud experimentó después Nataniel hacia Felipe por haberle anunciado éste la venida a la tierra del Salvador y haberlo conducido hasta donde el Mesías prometido! el santo Felipe sintió júbilo en su corazón porque la gente había encontrado su divino Tesoro escondido en las profundidades de la naturaleza humana, por lo cual su amor por el Señor creció todavía con mayor fervor. No obstante, el santo Felipe veía en su divino Maestro sólo las sobresalientes perfecciones humanas y no se daba cuenta que El a la vez era Divino. Por tal motivo, Cristo resolvió sacarlo de su error. Un día, cuando el Señor pasaba al otro lado del mar de Tiberias junto a cinco mil personas, deseando alimentar a sus seguidores de una manera milagrosa, Jesús le preguntó a Felipe: "¿Dónde podemos comprar pan para que éstos puedan comer?" Le dijo esto para probarlo, porque sabía de antemano lo que Felipe diría como respuesta. Por tal razón, le preguntó a Felipe sobre esto, a fin que éste lo llegara a conocer más y, avergonzado de su falta de fe, él saliera de su error. En efecto, Felipe no estaba consciente de la omnipotencia de Jesucristo, ni tampoco iría a decir "Tú puedes hacer todas las cosas, oh Señor; no viene al caso hacer esta pregunta a alguien. Sólo deséalo y al instante todo te será satisfecho. Cuando abras tu boca, todas las cosas se llenarán de bondad" (Salmos 103:28).

Felipe no dijo esto, sino que, tomando a su Señor como a un hombre y no como a Dios, señaló: "Doscientos denarios de pan no les bastarán, para que cada uno de ellos tome un pedazo" (Juan 6:7), y posteriormente, con los otros discípulos, dijo él: "Envíalos para que vayan a los cortijos y aldeas de alrededor, y compren para sí pan; porque no tienen qué comer" (Marcos 6:36). Pero cuando Jesús partió los cinco panes y los dos peces para las cinco mil personas, Felipe vio que de la mano del Señor, como si fuera un granero inagotable, cada uno recibía la comida suficiente, hasta que todos se saciaron. Entonces el discípulo se sintió muy avergonzado por su falta de fe y, fortalecido en su alma, con los demás él glorificó el poder de Dios en Cristo Jesús.

Posteriormente, el Señor lo eligió para el coro de sus doce apóstoles, le otorgó la gracia, y le dio el honor de permanecer en su cercana compañía. Aconteció que un día de fiesta se reunieron en Jerusalén algunos griegos. Estos no podían acercarse a Jesús, porque eran paganos sin fe; por tal motivo, se acercaron a Felipe y le pidieron hacerlos ver a Jesús. Este fue a informar primero a Andrés, y juntos se atrevieron a decirle al Señor del deseo de los griegos, alegrándose que hasta los paganos estuviesen tratando de ver y escuchar a su Señor y Maestro. Después él escuchó de Jesús la maravillosa enseñanza y profecía sobre los gentiles que llegarían a creer en El, aunque no entonces, sino después de su muerte. "Ha llegado la hora en que el Hijo del hombre ha de ser glorificado... Que si el grano de trigo no cae en la tierra y muere, dijo él, — queda solo; pero si muere, mucho fruto lleva" (Juan 12:21-24). De esta manera Cristo realmente estaba diciendo: "Mientras esté en la tierra, no tendré más que una parte de la casa de Israel; pero si muero, tendré no sólo la casa de Israel, sino que también muchos de los gentiles creerán en Mí."

En otra ocasión, después de la cena mística, Felipe se atrevió a preguntar al Señor sobre el gran misterio de su divinidad, cuanto éste suplicó que el Padre se manifestara a través de El, diciendo: "Señor, muéstranos al Padre, y nos basta" (Juan 14:8). Al hacer esta pregunta, él hizo mucho bien a la iglesia de Cristo; porque desde entonces hemos aprendido a reconocer la consustancialidad del Padre y del Hijo, y a refrenar la boca de los herejes que rechazan la Verdad Divina. Porque el Señor, con un suave reproche, le replicó a Felipe: "¿Tanto tiempo hace que estoy con vosotros, y todavía no me conoces, Felipe? el que Me ha visto, ha visto a Mi Padre. ¿Cómo, pues, dices tú: Muéstranos al Padre? ¿No crees que yo estoy en el Padre y que el Padre está en Mí? Las palabras que yo os digo, no las hablo de mí mismo; mas el Padre que está en mí, él hace las obras. Creedme que Yo estoy en el Padre, y el Padre, en Mí; de otra manera, creedme por las mismas obras" (Juan 14:9-11). Esta respuesta del Señor enseñó al santo Felipe, y por él, a toda la Iglesia católica apostólica, a creer como se debe en la igualdad de la divinidad del Padre y el Hijo, denunciando la blasfemia de Ario, quien señaló que el Hijo de Dios es una criatura y no el Creador.

Después de la pasión y resurrección voluntarias del Hijo de Dios, el santo Felipe, junto con los demás apóstoles, vio a su Señor en su cuerpo inmortal y glorificado, recibió de El su paz y bendición, y también presenció su Ascensión. Después, fue honrado con la gracia del Espíritu Santo y se convirtió en predicador de Cristo entre los gentiles, porque a él le tocó anunciar la Palabra en Asia Menor y Siria. Sin embargo, primero fue a evangelizar a Galilea. Allí, una vez aconteció que se le acercó una mujer que llevaba en sus brazos a su niño muerto y se lamentaba desconsoladamente. Al verla, él se apiadó; entonces estiró su mano poniéndola sobre el niño y le dijo: "¡Levántate! Es Cristo quien te lo ordena; porque es a El a quien yo anuncio." Al instante el niño regresó a la vida. La madre, viendo a su hijo con vida y bueno, se llenó de júbilo y se puso a los pies del apóstol, expresándole su gratitud por haber éste resucitado a su hijo y luego le pidió que la bautizara; porque ella había llegado a creer en el Señor Jesucristo a quien él anunciaba. El apóstol bautizó a la madre y el hijo, luego de lo cual partió hacía tierras paganas.

Durante su predicación del Evangelio en Grecia, el apóstol realizó numerosos milagros, curó enfermedades, y resucitó a un muerto a través del poder de Cristo. Este último milagro dejó asombrados a los judíos que allí vivían, lo cual informaron a Jerusalén, a los sacerdotes principales y los príncipes de los judíos, diciendo que allí había llegado un extranjero de nombre Felipe, para anunciar el nombre de Jesús, mediante el cual expulsaba los demonios, sanaba todas las enfermedades e, incluso, había resucitado a un hombre de entre los muertos mediante el mismo nombre de Jesús; y que muchos habían llegado a creer en Cristo.

Pronto llegó de Jerusalén a Grecia un sacerdote jefe, acompañado por escribas, el cual fulminó amargamente a Felipe. Ataviado con sus vestimentas clericales, el apóstol se sentó en el tribunal, en presencia de una gran cantidad de gente, tanto de judíos como de gentiles. Luego lo llevaron más allá, en medio de aquel grupo. El sacerdote jefe, fijándole una mirada amenazadora, le dijo airadamente: "¿Acaso no basta haber engañado a esta gente sencilla e ignorante de Judea, Galilea y Samaria? Pero tú has ido más allá hasta donde los sabios griegos, para difundir las malas enseñanzas que aprendiste de Jesús, el adversario de la ley de Moisés, por lo cual fue condenado, crucificado y pereció de una muerte ignominiosa. Lo enterraron sólo gracias a la fiesta de Pascua; y vosotros, sus discípulos, robasteis en secreto Su cuerpo, y para engañar a muchos, difundisteis la palabra por todas partes diciendo que el mismo había resucitado de entre los muertos." Al escuchar estas palabras del sacerdote jefe, la multitud comenzó a exclamar contra Felipe: "Qué tienes que decir en respuesta a esto, Felipe?" Se produjo un fuerte rumor entre la gente; algunos pedían que inmediatamente dieran muerte a Felipe; otros, que fuese enviado a Jerusalén para ser ejecutado. Entonces el santo Apóstol le dijo al sacerdote jefe: "¡Injustamente amas la vanidad y dices falsedades! ¿Cómo es que tu corazón es duro y por qué no quieres confesar la verdad? ¿Acaso vosotros no habéis sellado la tumba y colocado allí una guardia; y cuando el Señor se levantó de entre los muertos sin romper el sello de la tumba, acaso no le dieron dinero a la guardia para que se culpen a sí mismos, diciendo que mientras ellos dormían los discípulos habían robado el cuerpo de Él? el día del juicio, los mismos sellos de la tumba serán los que desenmascararán abiertamente vuestra falsedad; porque ellos fueron una indiscutible evidencia de la verdadera resurrección de Cristo."

Al escuchar esto, el sacerdote jefe se encolerizó todavía más y, en un arranque de insana maldad, se abalanzó sobre el apóstol con la intención de agarrarlo y matarlo; pero en ese instante se quedó ciego, volviéndose negro. Los que estaban presentes, al ver lo ocurrido, atribuyeron este hecho a la hechicería, entonces también se abalanzaron sobre Felipe para eliminarlo, como si fuera un hechicero; pero todos ellos sufrieron el mismo castigo del sacerdote jefe. Entretanto, la tierra comenzó a temblar fuertemente, entonces todos se estremecieron de miedo y llegaron a conocer el gran poder de Cristo. El apóstol Felipe, al ver en ellos la ceguera de su espíritu y su cuerpo, comenzó a llorar por ellos y luego se volvió hacia Dios para rezar, rogándole que los perdonara. Y, ¡qué maravilla! con las oraciones del santo, de arriba llegó la curación sobre todos aquellos que estaban afligidos. Este milagro hizo que muchos se convirtieran a Cristo y creyeran en El. Sin embargo, el sacerdote jefe, cegado más que todo por maldad, no sólo que no quiso enmendar su comportamiento después del castigo infligido a él, sino que comenzó a proferir blasfemias contra nuestro Señor Jesucristo. Entonces sobre él cayó un castigo todavía más grande. Repentinamente la tierra se abrió y lo tragó vivo, tal como una vez sucedió con Datán y Abirón (Números 16:1-3).

Después que el sacerdote pereció, allí San Felipe bautizó a muchos y designó como obispo a cierto respetado y digno hombre llamado Narciso; después de lo cual partió hacia Partia. Durante el camino, el apóstol pidió a Dios que lo ayudara en sus tareas. Entonces, ¡maravilla!.. en el momento en que se estaba arrodillando para orar, del cielo se le apareció la figura de un águila que extendía sus piñones formando la cruz de Cristo. Fortalecido por esta manifestación, San Felipe salió de nuevo a predicar; y después de recorrer los pueblos de Arabia y Candacia, resolvió cruzar el mar hasta la ciudad Siria de Azoto. Pero en la noche sobrevino en el mar una fuerte tormenta, que hizo desesperar a todos por salvar su vida. Entonces el santo Apóstol comenzó a orar, e inmediatamente en el cielo se apareció la señal de la cruz portadora de luz, la cual brilló a través de la oscuridad de la noche; y el mar al instante se calmó y sus olas se extinguieron poco a poco. Cuando el barco echó anclas en la costa de Azoto, Felipe se desembarcó allí, en donde fue recibido en casa de cierto hospitalario hombre de nombre Niocledes, quien tenía una hija llamada Caritina, la cual sufría de una enfermedad que le afectaba a uno de sus ojos. Después de escuchar la prédica del apóstol, todos llegaron a creer y a aceptar el sagrado bautismo. Después, Niocledes le pidió a Felipe que sanara el ojo de su hija. Entonces el apóstol le dijo a la muchacha: "Caritina, para revelar el milagroso poder inherente al sagrado bautismo, quiero que tú sanes tu propio mal. Por lo tanto, por la mañana, coloca tu mano derecha en tu ojo, e invoca el nombre de Cristo, el Maestro Salvador de almas, para que puedas sanarte." Al seguir las instrucciones del santo, Caritina se sanó del mal, por lo cual agradeció al Señor. Entonces el apóstol se marchó.

De Azoto, el apóstol Felipe viajó a Hierápolis de Siria. Allí, al predicar a Cristo, despertó la enorme ira de la gente, la cual lo amenazó matarlo mediante apedreamiento. Sin embargo, el auxilio del gobernante, un hombre llamado Iro, lo salvó de la indignación de la muchedumbre. "¡Ciudadanos — les habló a ellos, — escuchad mi consejo! No hagamos daño a este extranjero hasta que no nos cercioremos si su doctrina es cierta; pero si resulta que no es así, entonces lo mataremos." La multitud no se atrevió a oponerse a Iro, entonces éste llevó a Felipe a su casa. Pero cuando ellos llegaron a la casa juntos, la mujer del gobernante, Marcela, se ofendió por esto. Ella le pidió que la dejara libre de sus lazos conyugales y que le devolviera la dote, si no echaba a Felipe de su casa. El apóstol, viendo que el gobernantes estaba lleno de consternación, lo instó a que permaneciera firme en la fe; después, se ofreció para suplicar a Marcela. En tales circunstancias, la doncella de Iro había escuchado hablar al apóstol, entonces le dijo a su amo: "¿De dónde viene este maravilloso hombre? ¡Cuán dulces son sus palabras y cuán loable es su carácter!" el gobernante le contestó: "Mujer, este es el heraldo del gran Dios y el embajador del Eterno Reino. Por lo tanto, creamos en sus palabras." La doncella fue inmediatamente donde Marcela para contarle sobre la gran virtud de Felipe. Después de escuchar ésta las palabras de aquélla, Iro y toda su familia le rindieron honores al apóstol y se hicieron bautizar, en conjunto con muchos de sus vecinos.

Cuando la gente se enteró que Iro había aceptado el bautismo, ellos se reunieron en la noche y rodearon la casa, con la intención de incendiarla mientras Iro, el apóstol y todos sus sirvientes dormían. Sin embargo, el Espíritu Santo le avisó esto al apóstol, quien se presentó ante ellos sin temor; pero éstos, haciendo crujir sus dientes como bestias salvajes, se abalanzaron sobre él y lo llevaron al lugar de reuniones. Cuando el cabeza de la turba, que se llamaba Aristarco, vio al apóstol, le dijo: "Sé que ellos quieren quemarte por tus hechicerías. Si tú no repudias espontáneamente estas cosas, te haré apedrear hasta que mueras. Así como al Dios crucificado, te interrogaré sobre Él en una ocasión posterior." Diciendo esto, estiró su mano y agarró el pelo del apóstol y, para ponerlo en ridículo, lo tiró a él de un lado a otro. El apóstol, con el fin de corregir la mala actitud de Aristarco, o quizá para que todos conocieran el poder de los sirvientes de Dios, exclamó en una voz fuerte, como para que escucharan todos, diciendo: "Oh Señor, Tú que has formado nuestro corazón y conoces nuestras acciones y pensamientos, escucha a mis palabras, que no provienen de la ira de la corazón, sino del deseo de corregir a los demás. ¡Paraliza el brazo de este revoltoso, que se atreve a levantar la mano contra la cabeza que Tú has bendecido!" Y... ¡Milagro!.. en ese mismo instante su brazo se comenzó a secar, y dejó de ver y oír. La actitud del gentío cambió: su ira se convirtió en asombro al ver este milagro. Entonces le suplicaron al apóstol que sanara a su exarca Aristarco; pero este les dijo: "Si él no está dispuesto a creer en el Dios a quien yo predico, él no se sanará."

En ese momento comenzó a pasar un funeral, entonces la gente, deseando burlarse del apóstol, le dijo: "Si tú resucitas a este muerto, Aristarco y todos nosotros vamos a creer en tu Dios." El apóstol, entonces, levantó la mirada hacia el cielo, rezó un momento y, luego, volviéndose al muerto, le dijo: "Teófilo." El muerto inmediatamente se sentó en el féretro y abrió los ojos. Luego Felipe le volvió a decir: "Cristo te ordena: ¡Levántate y habla con nosotros!" El hombre salió del ataúd y se puso a los pies del apóstol, diciendo: "¡Te agradezco, oh santo sirviente de Dios, que me hayas librado en esta hora de este gran daño; porque dos malvados moros negros me agarraron y me arrastraban; pero si tú no lo hubieses impedido y me hubieses librado de ellos, yo ya habría sido arrojado al oscuro hades!" Al presenciar este glorioso milagro, todos sintieron temor y admiración; porque Felipe conocía el nombre del muerto, al cual nunca antes había visto, y lo resucitó al instante; entonces todos comenzaron a glorificar el verdadero Dios que anunciaba Felipe.

Después el apóstol hizo callar a la gente moviendo su mano, y ordenó a Iro, el cual había llegado, que hiciera la señal de la cruz con su mano sobre los miembros enfermos de Aristarco. Tan pronto como lo hizo éste, el brazo seco del exarca recuperó su forma inmediatamente, el cual recuperó también su visión y oído, quedando completamente sano. Con esto, la gente disipó toda duda y vacilación, y comenzaron a creer en Cristo, exclamando: "Ese a quien tú predicas, oh maravilloso hombre, es el único Dios verdadero y todopoderoso, el cual ha hecho todos estos maravillosos milagros. A el todos nosotros lo alabamos y en el creemos firmemente." Luego, él volvió a calmar el tumulto haciendo un gesto y ordenó a Aristarco que hiciera la señal de la cruz e invocara el nombre de la Santísima Trinidad. Al hacerlo así, éste se recuperó totalmente. Después él fue uno de los primeros en recibir el bautizo redentor, junto con Prefecto, padre del hombre resucitado, el cual era un anciano de esa ciudad. Aristarco llegó a creer en Cristo con toda su alma, por lo cual entregó al apóstol el oro sacado de doce ídolos que él tenía, el cual fue distribuido entre los pobres. Además de esto, se deshizo del resto de su caudal y conservó la fe hasta el final, acabando su vida de una manera que agradaba a Dios. Después el apóstol afirmó y confirmó en ellos la fe ortodoxa. A Iro, esposo de Marcela, lo ordenó como obispo; y entre los otros designó a presbíteros y diáconos, mandándoles que erigieran una iglesia. Finalmente, con sus enseñanzas les dio fortaleza, antes de partir a anunciar a Cristo en otras tierras.

Después de fundar la iglesia en Hierápolis de Siria y de afirmarles en la fe a los recién iluminados San Felipe partió a otros lugares, pasando por otras regiones de Siria y de las regiones montañosas de Asia. En Lidia y Misia, cuando atravesaba estas tierras, convirtió a Dios a los paganos descreyentes. Allí se juntó con el santo apóstol Bartolomé, quien por ese tiempo predicaba en las ciudades vecinas y fue enviado por Dios para ayudar a Felipe. A Felipe también se le unió su hermana Mariana (conmemorada por la Iglesia el 17 de febrero), y todos ellos comenzaron a trabajar juntos por la salvación de la raza humana. Durante su paso por Lidia y Misia proclamando las buenas nuevas de la palabra de Dios, ellos tuvieron que soportar muchas aflicciones, azotamientos y tribulaciones a manos de los descreyentes. Fueron encarcelados, apedreados y flagelados; pero a pesar de todas estas persecuciones, por la gracia de Dios, ellos siguieron viviendo para cumplir con su tarea señalada de difundir la fe de Cristo.

Es una de las aldeas de Lidia ellos se encontraron con San Juan el Teólogo, el querido discípulo de Cristo, y con él partieron a la tierra de Frigia. Allí visitaron una ciudad también conocida como Hierápolis, donde predicaron a Cristo. Esta ciudad albergaba a numerosos ídolos, a los cuales toda la gente adoraba; además de estos dioses, ellos tenían una víbora para lo cual le habían construido un templo especial. Le llevaban comida y le ofrecían muchos y variados sacrificios. Pero esta gente necia adoraba también a otras víboras y serpientes. San Felipe y su hermana primeramente se protegieron con oraciones; San Juan el Teólogo, que los acompañaba en ese momento también los ayudó. Juntos, lograron matar a la víbora mediante la oración, como si ésta fuera una lanza, dándole muerte a través del poder de Cristo. Después de esto, San Juan tomó su propio camino, dejando a ellos Hierápolis como terreno para sus actividades misioneras, en tanto que él se fue a otras ciudades, difundiendo por todo lado el santo evangelio. San Felipe se quedó en dicha ciudad junto con el santo Bartolomeo y Mariamna, tratando con tesón de destruir la oscuridad de la idolatría, a fin que la luz del conocimiento de la verdad brillara en aquellos que se fueron por el mal camino; para lo cual trabajaron día y noche, enseñando a los descreyentes sobre la palabra de Dios, educando a los ignorantes y haciendo volver a los descarriados por el recto sendero. El apóstol les enseñó quién era el verdadero Dios, único autor de la creación y el universo, de todas las cosas visibles e invisibles, y de cómo éste había modelado al hombre. Además, les explicó la condescendencia divina de Dios al convertirse en hombre, su salvadora crucifixión, resurrección y ascensión. También les contó que el Hijo y Verbo de Dios, nuestro Señor Jesucristo, vendría de nuevo y resucitaría a la raza humana y recompensaría a cada cual según sus obras. Todos aquellos que se bautizaron en nombre de Dios y guardaron sus mandamientos, heredarán la dicha eterna. Pero aquellos que hubiesen desobedecido su ley, serán condenados al tormento eterno. Con estas y otras palabras de salvación, el apóstol catequizó a la gente. Bautizó a todos aquellos que, según como él se percatara, hubieran aceptado sus palabras de fe en su corazón. y luego ordenó para ellos obispos y presbíteros.

En aquella ciudad vivía un hombre llamado Estaquio, quien era ciego desde hacía cuarenta años. Mediante el poder de la oración, los santos apóstoles dieron luz a sus ojos corporales, en tanto que con la predicación sobre Cristo iluminaron también su ceguera espiritual. Después de bautizar a Estaquio, los santos se quedaron en casa de éste. Al difundirse el hecho que el ciego Estaquio hubiese recuperado la visión, numerosas personas comenzaron a juntarse en su casa. Los santos apóstoles enseñaron a todos a creer en Cristo Jesús. Muchos enfermos habían sido llevados donde ellos, y éstos los sanaron mediante la oración y expulsaron demonios, de modo que un gran número de personas llegaron a creer en Cristo y se bautizaron.

La mujer de Nicanor, el alcalde de la ciudad, fue mordida por una serpiente y yacía enferma a punto de morir. Al enterarse ella de los santos apóstoles que estaban en casa de Estaquio, y de que con su sola palabra estos sanaban toda clase de enfermedades, ordenó a sus esclavos que la llevaran donde ellos mientras su marido se encontraba ausente. Una vez allí, ella se sanó milagrosamente: en su cuerpo, de la mordida de la serpiente; y en su espíritu, del engaño de los demonios; y luego de ser instruida por los santos apóstoles, llegó a creer en Cristo. Cuando el alcalde regresó a casa, sus esclavos le informaron que su mujer había llegado a creer en Cristo debido a unos extranjeros que estaban viviendo en casa de Estaquio. Enfurecido, Nicanor ordenó arrestar inmediatamente a los apóstoles e incendiar la casa de Estaquio, todo lo cual fue realizado con prontitud. Después de reunirse una gran multitud, los santos apóstoles Felipe y Bartolomeo y la santa doncella Mariamna fueron arrastrados por las calles de la ciudad, golpeados y humillados y finalmente encarcelados.

Después el alcalde tomó su sitio en el tribunal para juzgar a los predicadores de Cristo; hizo llamar a todos los sacerdotes paganos y los sacerdotes de la víbora muerta y les dejó que presentaran sus quejas contra los apóstoles. Estos señalaron: "Señor, venga ver el deshonor mostrado a nuestros dioses; porque desde que estos extranjeros se han aparecido en nuestra ciudad, se han vaciado los altares de nuestros grandes dioses y a la gente ya no le importa ofrecerles sacrificios. Nuestra renombrada diosa víbora ha muerto y la ciudad entera se ha llenado de iniquidad. Por eso... ¡Da Muerte a estos hechiceros!"

Entonces el alcalde mandó a quitar las vestiduras de San Felipe, pensando que los encantos mágicos pudieran ocultarse dentro; pero no encontró nada. Tampoco se encontró nada debajo de las vestiduras de San Bartolomeo. Sin embargo, cuando se acercaron a Mariamna, con la intención de sacarle su vestimenta y desnudar su virginal cuerpo, repentinamente ella se transformó ante ellos en una ardiente llama, por lo que los impíos huyeron de miedo. El alcalde condenó a los santos apóstoles a ser crucificados. El primero en sufrir fue San Felipe. Después de perforarle hoyos entre los huesos del tobillo y de pasar por ahí cuerdas, lo crucificaron sobre una cruz con la cabeza hacia abajo, frente a los portales del templo de la víbora; allí todos le lanzaron piedras. Después crucificaron a San Bartolomeo en la pared del templo. Repentinamente se produjo un gran terremoto y la tierra se abrió, tragándose al alcalde junto con todos los sacerdotes paganos y una gran cantidad de impíos. Todos los que quedaron vivos, tanto creyentes como paganos, sintieron un gran temor y, lamentándose, suplicaron a los santos apóstoles que se apiadaran de ellos y también rogaron a su Único y Verdadero Dios, sino la tierra se los tragaría a ellos también. Apresuradamente corrieron a bajar de la cruz a los apóstoles. San Bartolomeo estaba suspendido a sólo una corta distancia de la tierra, por lo que pudieron sacarlo con poca dificultad. Pero no pudieron bajar rápidamente a Felipe; porque éste estaba colgado arriba, debido especialmente a la particular voluntad de Dios deseando que su Apóstol, mediante tales sufrimientos y su muerte en la cruz pudiera pasar de la tierra al cielo, a donde se habían dirigido sus pasos a lo largo de toda su vida. Colgado de esta manera, San Felipe oró a Dios por sus enemigos, a fin que el Señor los perdonara de sus pecados e iluminara su mente con la comprensión de la verdad. El Señor escuchó esta súplica e inmediatamente ordenó a la tierra que vomitara vivos a las víctimas que se había tragado, con excepción del alcalde y los sacerdotes de la víbora. Después todos se confesaron y glorificaron en voz alta el poder de Cristo, expresando su deseo de ser bautizados. Pero cuando fueron a bajar a Felipe de la cruz, se dieron cuenta que éste ya había entregado su santa alma en las manos de Dios, por lo que lo sacaron ya muerto. La santa Mariamna, su hermana, que había presenciado en todo momento el sufrimiento y la muerte de su hermano San Felipe, abrazó y besó con amor su santo cuerpo cuando éste fue sacado de la cruz, y se alegro que Felipe hubiese sido honrado con el sufrimiento por Cristo. El apóstol Felipe descansó en el martirio en el año 71 d.C.

El santo Bartolomeo bautizó a todos que llegaron a creer en Cristo, y designó a Estaquio como su obispo. La gente recién convertida enterró después con honor el cuerpo del santo apóstol Felipe. En el lugar donde se derramó la sangre del santo apóstol creció en tres días una vid, como señal que San Felipe, debido a que derramó su sangre por el nombre de Cristo, disfrutaba de la santidad eterna junto a su Señor en Su Reino. Sucedió esta preciosa muerte el 1 de mayo del año 94 según Baronio, o hacia el año 90, en opinión de los que dan a San Felipe ochenta y siete años.

Luego del entierro de San Felipe, San Bartolomeo y la bendita virgen Mariamna se quedaron en Hierápolis durante un breve tiempo y, después de establecer la recién fundada iglesia en la fe de Cristo, se fueron a la ciudad de Albano, en Armenia Mayor, donde sería crucificado San Bartolomeo. Santa Mariamna viajó a Licaonia, en donde descansaría en paz después de convertir a muchos a la santa fe.

Por el año 560, las reliquias del santo apóstol Felipe fueron trasladados a Roma, en donde ahora descansan en la iglesia de los doce apóstoles. Uno de los brazos del santo fue conservado en Constantinopla, en la iglesia de la Deípara Pammacaristos.

 

Tropario Tono 2: Cuando recibiste la iluminación divina del Espíritu Santo, llegaste al mundo como una radiante estrella; y con la luz divina dísípaste la oscuridad de la ignorancia, oh apóstol Felipe por eso, te suplicamos que intercedas ante Cristo Dios para que nos conceda la gran misericordia

Kontaquio Tono 4: El inspirado Felipe, discípulo, amigo y émulo de tu pasión, oh Dios, te predicó ante el mundo. Por sus, súplicas, guarda a tu iglesia de los desenfrenados enemigos, por las oraciones de la Deipara oh Misericordíosisimo.

Megalinarion: Como verdadero discípulo y amigo de Dios, oh Felipe, tú predicaste a Cristo al mundo. Por eso, como apóstol y testigo del Salvador, soportaste los tormentos y la muerte por su nombre.

 

 

San Jacobo (Santiago),

Hermano del Señor

(23 de Octubre)

Jacobo, hermano del Señor y Apóstol divino, fue el primer obispo de Jerusalén. Provenía de Judea y fue hijo de San José el Desposado. No había nadie tan fervoroso de piedad y dulce en virtudes como Jacobo el Justo, el cual vivió de acuerdo a su apelativo en forma plena y merecidamente fue llamado hermano de Cristo. Como se ha dicho, él fue uno de los hijos de José con su primera esposa, Salomé. Siendo anciano y viudo, José fue desposado a la Virgen Maria, qué era virgen antes y después del nacimiento de Su Hijo. Jacobo, que era Santo desde su nacimiento, se llamó primero Joblián, que en lengua hebrea significa "justo," porque incluso de niño mostró tener control sobre todos sus sentidos y miembros, lo cual era realmente extraordinario. Sus ojos se dirigían sólo a cosas buenas y le fue concedida la misericordia Divina. Sus oídos se abrían a las lecturas salvadoras del alma y su boca se regocijaba con la ley. Su mano derecha siempre estaba dispuesta para dar una limosna y sentía simpatía por todos. Controlaba su apetito y no usaba nada superfluo o innecesario. En toda su vida no consumió nada viviente, o sea, carne, pescado o crustáceos. Nunca bebió vino, sólo agua para aplacar su sed. Subsistía con pan y lágrimas. Por sus postraciones, sus rodillas estaban desgarradas hasta los huesos y su apariencia corporal revelaba un extremo escepticismo. Usaba una camisa de crin, pero se ponía una túnica de lino cuando entraba al Santuario. Oraba y trabajaba incansablemente. Era querido tanto por parientes como por amigos, y los extranjeros y los que venían de lejos lo veneraban por sus virtudes. Entre éstos no solamente había devotos, sino paganos inclusive, quienes le tenían gran estimación.

Jacobo, el justo, fue el primer escogido por nuestro Salvador y los Apóstoles para el episcopado de la Iglesia de Jerusalén. Estaba adornado con todas las virtudes, pero tenía dos de ellas en especial: era capaz de guiar a los hombres hacia la perfección tanto en la teoría como en la práctica. Era tanto humilde como moderado. Su nombre lo decía: "Jacobo, siervo de Dios y el Señor Jesucristo." De su propia experiencia personal comprendió la paciencia que deriva de las aflicciones y alentaba a los demás con estas palabras: "Hermanos míos, tened por sumo gozo cuando cayereis en diversas pruebas... Bienaventurado es el varón que sufre la tentación; porque cuando fuera probado, recibirá la corona de vida" (Jac. 12:2, 12).

Corregía a aquellos que decían que el pecado es natural, declarando así que Dios es autor del mal. Como un médico sobresaliente, curaba a estos insensatos con estas palabras: "Cuando alguno es tentado, no diga que es tentado de parte de Dios; porque Dios no puede ser tentado por el mal, ni él tienta a nadie; si no que cada uno es tentado, cuando de su propia concupiscencia es atraído y seducido" (Jac. 1:13-14). Les enseñaba que Dios no era la causa de las enfermedades del hombre y les prevenía que reconocieran su propia indolencia y debilidad, fueran humildes y pidieran perdón. También decía que sin la gracia Divina, somos incapaces de hacer una sola buena cosa, porque "toda buena dádiva y todo don perfecto desciende de lo alto, del Padre de las luces" (Jac. 1:17). Instaba a todos a dar limosnas a los necesitados, para poder encontrar misericordia del juez a la hora del juicio, y señalaba: "Porque juicio sin misericordia se hará con aquél que no hiciere misericordia; y la misericordia triunfa sobre el juicio" (Jac. 2:13). El justo decía también que la fe sola no beneficia a aquellos que no guardan los mandamientos de Dios; porque sin obras, éstos son considerados muertos, igual como si el cuerpo estuviese muerto y exánime sin alma. Sobre este punto, señala: "¿Más quieres saber, hombre vano, que la fe sin obras es muerta?" (Jac. 2:20). También enseñaba a los hombres a refrenar las palabras, y a no proferir mentiras, palabrerías, insultos o juicios, pero muy especialmente a apartarse del falso testimonio, el cual es muy dañino para el alma. En realidad, no solamente debe proferirse esta clase de perjurios, sino tampoco siquiera enjuiciamientos verdaderos. Los hombre no deben jurar por el cielo ni por la tierra ni por ninguna cosa creada. Estas y muchas otras dulces enseñanzas salían de boca del Apóstol Jacobo, jerarca y hermano de nuestro Señor, las que se encuentran en su epístola.

Todos los Apóstoles veneraban a Jacobo y consideraban su palabra como ley. Su opinión prevaleció en varias situaciones en los Hechos de los Apóstoles, como en el asunto de si era o no necesario circuncisar a los gentiles. Cuando los Apóstoles y ancianos se reunieron para discutir sobre este asunto, Jacobo les respondió, una vez que hubieron hablado Pedro, Pablo y Bernabé, diciendo: "Por lo cual yo juzgo, que los que de los gentiles se convierten a Dios, no han de ser inquietados; sino escribirles que se aparten de las contaminaciones de los ídolos, de fornicación, de ahogado y de sangre" (Hechos 15:19-20). Su voz y su voto tenían validez, porque los Apóstoles lo veneraban por encima de todos. Para demostrar aún más su preeminencia entre ellos, San Pablo fue con los demás Apóstoles a ver a Jacobo, cuando los ancianos estaban presentes, con el fin de declarar las cosas que Dios había obrado entre los gentiles a través de su ministerio; y luego glorificaron a Dios.

Sólo a Santigo, el Justo, se le permitió ingresar al lugar sagrado y entró solo al santuario. Según Hegesípo, al santuario podían entrar solamente los sacerdotes del linaje de Aarón, aunque se concedieron también privilegios sacerdotales a los nazarenos. A menudo lo encontraron arrodillado, ofreciendo súplicas por el perdón de la gente, especialmente de aquellos que estaban bajo la ley de Moisés; sus rodillas tenían callos como los camellos. El extraordinario Jacobo contaba realmente con el alto favor de Dios por la conducta de su vida.

Sin embargo, unos miembros de una de las sectas herejes de los judíos en una ocasión se atrevieron, por instigación de Ananías, el sumo sacerdote, a rodear a Jacobo para pedirle que renunciara a su fe en Cristo. Los enemigos de Cristo le preguntaron: "Dinos, oh Justo, ¿qué significa la "puerta de Jesús?" él replicó: "Esto es Jesucristo, el Hijo de Dios, de una sola esencia con el Padre." Por cierto, algunos llegaron a creer únicamente gracias a Jacobo y aceptaron sus justas palabras de la verdad. Algunos de diversas sectas estaban en su contra; sin embargo, y lo consideraban engañado; porque ellos no creían en la resurrección ni que todos fueran a recibir una recompensa por sus acciones. Por eso, se produjo un gran murmullo entre los fariseos y escribas, quienes estaban convencidos de que había el peligro de que todo el mundo creeria en Cristo. Entonces fueron donde Jacobo y le dijeron: "Te rogamos, oh Justo, que enseñes a la gente, porque ellos se ha apartado del camino y creen en Jesús diciendo que él es Cristo. Por eso, en la fiesta de Pascua, cuando todos se hayan reunido, convéncelos de que no sean engañados por un simple hombre. Te imploramos, sé bueno para hacer esto, porque todos reconocemos que eres un hombre justo e imparcial. Por eso, te rogamos que asciendas al parapeto del templo, donde la gente te vea fácilmente y escuche tus justas palabras, para que los instruyas."

En la fiesta de Pascua, todas las tribus se reunieron, habiendo incluso cristianos allí. Fue entonces que los desvergonzados embusteros, creyendo que Jacobo compartía sus creencias, lo hicieron parar sobre el parapeto del templo y para que todos los presentes escucharan, gritaron en voz alta: "Como todos te aceptamos, oh justo, dinos: ¿Qué opinas tú de Jesús, que fue crucificado por Pilatos y después del cual la gente se ha apartado del camino, pensando que él es Cristo, creyendo incluso que él es Dios? ¡Acláranos ésto y proclama la verdad!" Cuando llegó el momento de decir la verdad en contra de los falsos, Jacobo no retrocedió de miedo ante la muerte ni negó la verdad, sino que más bien, contrariamente a las expectativas de aquellos, levantó la voz y con un espontáneo espíritu y palabra, replicó:

"¿Por qué me preguntáis sobre Jesús? El está sentado en el cielo a la derecha de su Padre con los poderes celestiales, y vendrá nuevamente sobre las nubes del cielo para juzgar al mundo con justicia." Al testimoniar ésto, muchos se convencieron y exclamaron: "¡Hosanna al Hijo de David!" Pero los obcecados fariseos y escribas se quejaron de que ellos habían permitido a Jacobo dirigirse a esta audiencia, porque éste no había dado la respuesta que esperaban. Llenos de cólera, se dirigieron a la multitud diciendo: "¡Hasta el justo se ha apartado del camino.. Después subieron al parapeto y lo agarraron como bestias salvajes, arrojándolo hasta el suelo; pero el bendito no expiró. Entonces comenzaron a apedrearlo; éste recibió las piedras con tranquilidad, como si fuera un precioso tesoro, se arrodilló y oró: "Señor Dios y Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen."

¡Oh alma bendita! ¡Oh maravillosa humildad! Estas fueron las auténticas palabras pronunciadas tanto por el Maestro en la cruz como por el largamente sufrido protomártir Esteban. Así también oró Jacobo, el puro hermano del Señor, por sus despiadados asesinos. a pesar que algunos lograron oírle rezar por ellos, los ingratos no tuvieron respeto por su clemencia y siguieron arrojándole piedras. Uno de los descendientes de Recab, el hijo de Racabim, de la casta sacerdotal, exclamó: "¡Basta! Malvados, ¿qué estáis haciendo?" ¡El justo está rezando por nosotros, injustos como somos y que lo apedreamos!" Entonces uno de los atacantes tomó un garrote de batán, que se usa para golpear sobre tela, y golpeó a Jacobo fuertemente sobre la cabeza, a lo cual el justo entregó su espíritu. Lo enterraron cerca del santuario. A su muerte, como obispo fue designado Simeón, el hijo de su tío Cleopas, porque éste era primo del Señor y debido a un deseo unánime de que debía ser el próximo.

Había algunos judíos compasivos y justos que secretamente enviaron una carta sobre esta impía muerte al tetrarca Agripa, que era sucesor de Herodes. En la carta, ellos pedían que ordenara a Ananías que nunca más convocara a concilio sin la autorización de ellos. El rey Agripa había nombrado a éste como sumo sacerdote, pero no estuvo en el puesto más de tres meses, cuando fue reemplazado por otro, Jeshua ben Dammeo.

Después del descanso de Jacobo, muchos judíos consideraron que las calamidades que sobrevino a ellos fueron la retribución por la vil muerte de ese justo hombre; porque en el año 67 d.C. Vespasiano tomó por asalto Jerusalén. De esta forma se concluye esta narración, porque Josefo registró los hechos posteriores en sus escritos.

Por eso, mediante las oraciones de Jacobo, Apóstol, jerarca, justo, mártir y hermano del Señor, cuya alma estaba adornada de toda virtud, oh Señor Jesucristo, Hijo de Dios, ten misericordia de nosotros.

 

Tropario Tono 2: Oh justo, como discípulo del Señor recibiste el Evangelio; como mártir nunca eres rechazado; como hermano de Dios tienes osadía; como jerarca puedes interceder. Ruega a Cristo Dios que salve nuestras almas.

Kontaquio Tono 4: el Dios Verbo, hijo único del Padre, llegó a nosotros en los últimos días, oh Jacobo inspirado divinamente, y te hizo el primer pastor y maestro de Jerusalén, fiel constructor de los misterios espirituales. Por eso, todos nosotros te honramos, oh Apóstol.

Megalinarion: Dignísimo y santísimo Jacobo, tanto de nombre y de hecho te conocieron como hermano del Señor Dios; y como jerarca de Sión y gran pastor divino, entregaste tu vida por tu rebaño, oh bendito.

 

 

San Jacobo,

Hijo de Alfeo

(9 de Octubre)

El Santo Apóstol Jacobo fue hijo de Alfeo y hermano del Apóstol y evangelista Mateo, quien anteriormente era publicano. Cuando nuestro Señor Jesucristo, durante su permanencia física en la tierra, escogió a hombres sencillos y piadosos para la dignidad del apostolado, a fin de enviarlos a predicar el Evangelio por el mundo entero, también escogió a Jacobo y lo incluyó en el coro de los Apóstoles como digno de ello. Jacobo se convirtió en uno de los doce Apóstoles, testigo y ministro de Cristo, predicador de sus misterios y su seguidor.

Luego de recibir junto con los demás Apóstoles el Espíritu Santo, que descendió sobre ellos en forma de lenguas de fuego, fue donde los gentiles a predicar a Cristo y guiar a los descarriados en el camino de salvación. Inflamado por la llama del celo divino, destruyó quemando las espinas de la impiedad, destrozó en pedazos los ídolos, derribó sus templos, sanó diversas enfermedades, expulso de la gente espíritus malignos y convirtió a una gran cantidad de personas a Cristo, por quien se le adoptó un nuevo hombre: la "Divina Semilla." Porque sembró — la semilla de la Palabra de Dios en el corazón de los hombres, plantó la fe y cultivó la piedad, por cuya causa fue llamado "Divina Semilla."

Al visitar muchas tierras, sembró la semilla del cielo, juntó la cosecha de salvación de los hombres y concluyó su tarea terrenal siguiendo los pasos de Cristo; emulando los sufrimientos de Cristo, entregó su espíritu en manos de Dios al ser clavado en una cruz en Egipto.

Después esta "Semilla Divina," el Santo Apóstol, fue reunida en el granero celestial con los frutos que él produjo cien veces. Allí, regocijándose al presenciar el semblante de Dios, él intercede por nosotros con sus súplicas, para que nosotros también podamos ganar dicho regocijo.

 

Tropario Tono 4: Como Apóstol divino, oh glorioso Jacobo, recibiste tú la flameante gracia del Espíritu en tu alma Brillaste en el mundo como la estrella de la Mañana terminando con la politeísta noche de la idolatría Ahora tú oras sin cesar por nuestras almas.

Kontaquio Tono 4: Habiendo demostrado ser el mas prodigioso para ganarte las naciones y mostrando ser 1,1 compañero más honorable tic los discípulos, o Jacobo, tú dispensas la riqueza de las curaciones al mundo y proteges a quienes te alaban. por eso, con una sola voz te, clamamos "Sálvanos a todos con tus mediaciones, oh Apóstol

Megalinarion: Oh Jacobo, gran Apóstol y profeta de Dios, tú enseñaste a las naciones y les llevaste la luz. Como eres el discípulo divino y bendito del Maestro, vela por nosotros, que honramos tu santa memoria.

 

 

San Jacobo (Santiago),

Hijo de Zebedeo

(30 de Abril)

El Santo Jacobo, el hijo de Zebedeo y hermano del Santo evangelista Juan el Teólogo, fue uno de los doce Apóstoles elegidos por el Señor entre los sencillos pescadores, para que fuera su discípulo. Llamado por Jesucristo, Jacobo, junto con su hermano, abandonó a su padre, el bote y las redes de pescar, y se unió a Cristo (Mateo 4:21-22), siguiéndolo por todas partes, escuchándole su predicación y viendo los milagros que él obraba. El Señor llegó a estimar tanto a ambos hermanos que a Juan le permitió reclinarse en su seno (Juan 13:23) y prometió dar de beber a Jacobo en el mismo vaso que el había usado (Mateo 20:22-23). Los Apóstoles también llegaron a querer tanto a su Señor y le demostraron su lealtad queriendo hacer caer fuego del cielo sobre los descreyentes para destruirlos (Lucas 9:54); lo habrían hecho si no hubiese sido por nuestro misericordioso Señor Jesucristo, quien se los prohibió. El Señor daba preferencia a estos dos Apóstoles, Jacobo y Juan, así como al Apóstol Pedro, cuando les reveló principalmente Su carácter divino y sus misterios; como cuando sucedió, por ejemplo, en el monte Tabor, cuando el Señor, deseando demostrar la gloria de Su divinidad, llevó a Pedro, Jacobo y Juan allí, donde se transfiguró ante ellos (Mateo 17:1 y ss.).

Después del sufrimiento voluntario y de la resurrección y ascensión de nuestro Señor, y del descenso del Espíritu Santo, el Santo Apóstol Santiago viajó a España y otros países para predicar la palabra de Dios. Posteriormente regresó a Jerusalén, donde se convirtió para los judíos en una amenaza como el trueno (Marcos 3:17), porque con valentía y abiertamente anunciaba a Jesucristo, proclamándolo como el verdadero Mesías, el Salvador del mundo. Jacobo se ponía a discutir con los fariseos y los escribas, denunciándolos y reprochándoles por su corazón duro y su descreimiento. Sintiéndose incapaces de enfrentarse con él, llamaron a cierto hechicero de nombre Hermógenes para que debatiera con él y lo pusiera en vergüenza. Pero el mago se rehusó a hacerlo porque era una persona orgullosa y en su lugar envió a un discípulo suyo, llamado Fileto, diciendo: "No sólo yo mismo, sino que hasta mi discípulo hará que Jacobo sea incapaz de ganar en discusiones."

Cuando Fileto fue a conversar con el Santo Apóstol, vio que no tenía base para oponer a la sabiduría del Espíritu Santo, con la que se había llenado el Apóstol, y se quedó mudo y no podía ni siquiera abrir la boca para expresarse. Reconociendo la verdad, Fileto se humilló y, cuando regresó donde su maestro, le informó que nada había podido vencer a Jacobo, quien hasta le confirmó sus palabras con milagros. Además, Fileto le aconsejó a su maestro que abandonara sus conocimientos de hechicería y se convirtiera en discípulo de Jacobo. Pero el orgulloso Herniógenes llamó mediante sus conjuros a los demonios, a quienes les ordenó que retuvieran con ataduras a Fileto en cierto lugar, para que no pudiera moverse de este sitio, y agregó: "Veamos cómo va a librarte tu Jacobo."

Secretamente Fileto hizo saber al Apóstol que estaba aprisionado por los demonios, por causa de los conjuros de Hermógenes. Al saber esto, el Apóstol le mandó su paño, indicándole que lo tomara y pronunciara las palabras, "El Señor suelta a los encadenados; el Señor levanta a los caídos" (Salmos 145:81). Apenas Fileto dijo estas palabras, cuando inmediatamente quedó libre de las invisibles ataduras porque los demonios, aterrorizados por el paño del Apóstol y por el poder de las palabras pronunciadas, soltaron de sus ataduras a Fileto y huyeron de él. Entonces Fileto, riéndose de Hermógenes, fue donde el Santo Jacobo y, luego de aprender de él la sagrada fe, se hizo bautizar.

No obstante, Hermógenes, lleno de gran ira y cólera, evocó a los demonios que le servían y les ordenó que a Jacobo y Fileto los llevaran atados donde él. Pero cuando los demonios se aproximaron a la morada donde estaban el Santo Jacobo y Fileto, el ángel del Señor inmediatamente atrapó por orden de Dios a los demonios y, una vez que les puso ataduras invisibles, comenzó a atormentarlos. Entonces los demonios, torturados por el poder de Dios, imploraron para que todos oyeran: "Jacobo, Apóstol de Cristo, ten misericordia de nosotros; porque nosotros vinimos a atraparte a ti y a Fileto por órdenes de Hermógenes; y mira, ahora nosotros estamos fuertemente atados y sufrimos crueldad." El Santo Jacobo les dijo entonces a los demonios: "¡Que el ángel de Dios, que los ató, los suelte de vuestras ataduras, para que vayáis y traigáis donde mí a Hermógenes, sin hacerle daño!" Los demonios inmediatamente se soltaron de sus ataduras, y fueron donde Hermógenes y lo prendieron; atado, lo llevaron ante el Apóstol en un abrir y cerrar de ojos y luego le pidieron a este que les permitiera vengar sus aflicciones en el malvado. El Apóstol les preguntó a los demonios por qué no lo habían atado como Hermógenes se los había ordenado. Los demonios le contestaron: "Nosotros no podemos tocar ni siquiera a una mosca en tu casa."

Entonces el Apóstol le dijo a Fileto: "Nuestro Señor nos ha ordenado hacer el bien por el mal; por eso, suelta a Hermógenes y líbralo de los demonios." Después el Apóstol le dijo a Hermógenes: "Nuestro Señor no desea tener siervos a la fuerza, sino que desea tener siervos voluntarios, por lo tanto, vete a donde quieras. Pero Hermógenes le contestó: "Apenas salga de tu casa, los demonios me van a matar, porque sé cuán grande es su ira y también sé que me será imposible escapar de ellos si tú no me defiendes." Entonces el Apóstol le entregó el bastón que había usado en sus viajes. Hermógenes fue con este bastón a su casa, por lo cual en el camino no sufrió ningún mal a manos de los demonios. Así, reconociendo el poder de Cristo y viendo la impotencia de los demonios, Hermógenes reunió todos sus libros de hechicería, se los llevó al Santo Jacobo y, cayendo ante sus pies, le imploró: "Verdadero siervo del verdadero Dios, que libras a las almas de la perdición, ten piedad de mí y acepta a tu enemigo como discípulo." Luego de aprender de Jacobo la sagrada fe, Hermógenes recibió el bautismo, quemó sus libros de hechicería por órdenes del Apóstol y se convirtió en verdadero siervo de Cristo, a tal punto que llegó a realizar milagros mediante el nombre de Jesucristo.

Los judíos, al ver lo acontecido, se encolerizaron mucho y convencieron al rey Herodes Agripa para que iniciara una persecución contra la Iglesia de Cristo e hiciera matar a Jacobo. Entonces "Herodes echó mano a maltratar a algunos de la Iglesia para maltratarles. Y mató a espada a Jacobo, hermano de Juan. Y viendo que esto había agradado a los judíos, procedió a prender también a Pedro" (Hechos 12:1-3).

Eusebio, el obispo de Cesárea de Palestina, refiriéndose a Jacobo, escribe que cuando fue condenado a muerte por Herodes, cierto hombre llamado Josías, uno de los que calumnió al Apóstol ante Herodes, viendo el valor y osadía del Santo Jacobo y reconociendo su inocencia y santidad, así como la verdad de las palabras que decía con respecto a la llegada de Cristo el Mesías, comenzó a creer en Cristo y se convirtió en confesor del Señor. Pero fue inmediatamente condenado a muerte, junto con Jacobo. Cuando ambos se dirigían al lugar de ejecución, encontraron a un paralítico que reposaba a un lado del camino, y el Santo Apóstol lo sanó. Cuando ellos reclinaban su cabeza bajo la espada, Josías suplicó al Santo Jacobo para que le perdonara el pecado que había cometido en su descreimiento; es decir, cuando lo había calumniado ante el rey. El Apóstol, abrazándolo y besándolo, le dijo: "¡La paz sea contigo." Luego ambos, colocando su cabeza bajo la espada, terminaron su vida juntos. Esto aconteció por la providencia de Dios en el año 44 d.C.

Después de la decapitación, el cuerpo del Santo Apóstol Jacobo fue tomado por sus discípulos y, como Dios lo permitió, fue llevado a España, donde hasta hoy día se producen curaciones y milagros en su tumba, para la gloria de Cristo Dios, quien, con el Padre y el Espíritu Santo, es glorificado por siempre por toda la creación. Amén.

 

Tropario Tono 3: Fuiste discípulo elegido del Señor y hermano unigénito del Teólogo querido, alabadísimo Jacobo (Santiago), a los que te cantan, pide la remisión de los pecados y gran misericordia a nuestras almas.

Kontaquio Tono 2: al oír la divina voz que te llama, oh glorioso Jacobo, desatendiste el amor de tu padre y acudiste con tu hermano donde Cristo; y ambos fueron honrados para presenciar la divina transfiguración del Señor.

Megalinarion: En el monte Tabor, oh Santo Jacobo, escuchaste al Señor Dios proclamar abiertamente a su Hijo. A él anunciaste con coraje ante los hijos de Judá, oh mártir, Apóstol y verdadero iniciado.

 

 

San Juan el Teologo

(26 de Septiembre)

El Santo Apóstol y evangelista Juan el Teólogo fue hijo de Zebedeo y Salomé, la hija de José el Prometido (José el Prometido tenía cuatro hijos, Jacobo, Josías, Judas y Simeón; y tres hijas, Ester, Marta y la mencionada Salomé. Por lo tanto, el Señor era también tío de Juan.). También Juan se alejó de las redes de pescador para predicar el evangelio cuando nuestro Señor Jesucristo, andando a orillas del mar de Galilea, escogió a sus Apóstoles entre los pescadores. Después de haber llamado a los hermanos Pedro y Andrés, el Señor se fijó en otros dos hermanos, Jacobo y Juan, los hijos de Zebedeo, quienes estaban remendando sus redes en un bote junto a su padre, y entonces los llamó también. Estos abandonaron inmediatamente su bote y a su padre y se fueron tras Jesús.

En el mismo instante en que fue llamado, el Señor le puso a Juan el nombre de "hijo del Trueno," debido a que su teología se escucharía como el trueno por todo el mundo y llenaría la tierra entera. Juan siguió al bendito Maestro, aprendiendo la sabiduría que salía de sus labios; y fue muy querido por Cristo, su Señor, por su total falta de falsedad y su pureza inmaculada. Juan fue honrado por el Señor como el más justo de los doce Apóstoles y fue uno de los tres discípulos más vinculados a Cristo, quien le reveló muchas veces sus divinos misterios. Así, cuando el Señor fue a resucitar a la hija de Jairo, no permitió que nadie lo acompañara, salvo Pedro, Jacobo y Juan. Tampoco Juan estuvo ausente cuando el Señor oró en el jardín, porque este dijo a sus discípulos: "Sentaos aquí, entre tanto que voy allí y oro. Y tomando a Pedro y a los dos hijos de Zebedeo" (Mateo 26:36-37); o sea, a Jacobo y a Juan. Asimismo, cuando él deseó mostrar la gloria de su divinidad en el monte Tabor, llevó también sólo a Pedro, Jacobo y Juan.

Como discípulo querido del Maestro, Juan nunca se separó de Cristo. El gran amor de Cristo se hace evidente en el hecho que Juan descansó su cabeza sobre el pecho de Aquél. Porque en la mística cena, cuando el Señor dijo que iba a ser traicionado y los discípulos se miraban unos a otros con perplejidad, preguntándose de quién hablaba él, Juan puso su cabeza en el pecho de su querido Maestro, como él mismo relata en su evangelio: "Y uno de sus discípulos, al cual Jesús amaba, estaba recostado al lado de Jesús. A este, pues, Simón Pedro hizo señas para que preguntase quién era aquel de quien hablaba. El entonces, recostádo cerca del pecho de Jesús, le dijo: Señor, ¿quién es?" (Juan 13:23-25). El Señor amaba tanto a Juan que sólo éste podía poner sin temor su cabeza en el pecho de El y preguntarle abiertamente sobre este secreto. Juan también le expresaba un amor reciproco a su amado Maestro, más intenso que el de los demás Apóstoles; porque en el momento del sufrimiento voluntario de Cristo, todos le dieron la espalda, olvidando a su Pastor. Solamente él presenció todos los tormentos de Cristo, sufriendo con el en su corazón, llorando y lamentándose junto a la purísima Virgen María madre del Señor. Ellos permanecieron al lado del Hijo de Dios que sufrió por nosotros, hasta que murió en la cruz; por tal razón, el Señor lo entregó como hijo a la purísima Virgen María. "Cuando vio Jesús a Su madre y al discípulo a quien él amaba, que estaba presente, dijo a su madre: Mujer, he ahí tu hijo. Después dijo al discípulo: He ahí tu madre. Y desde aquella hora el discípulo la recibió en si casa" (Juan 19:26-27). Y él la miró como a su propia madre y le sirvió con mucho respeto.

Cuando los Apóstoles se dividieron las tierras para predicar, Juan se puso cabizbajo cuando escogió la última tierra, la del Asia Menor, y suspiró tres veces. Con lágrimas, se arrodilló en la tierra y reverenció a todos los Apóstoles. Entonces Pedro lo tomó de la mano y lo levantó, diciéndole: "Todos te tenemos como a un padre y a tu paciente firmeza como nuestro apoyo. ¿Por qué nos has hecho problemas con esta tu acción y has confundido a nuestros corazones?" Juan respondió, llorando y quejándose amargamente: "He pecado hermanos; porque en este momento he visto que graves peligros me esperan en el mar, justo cuando me tocó la parte de Asia. Esto lo recibí con gran abatimiento, no pudiendo recordar a nuestro Señor cuando dijo: ‘No se destruirá ni un pelo de tu cabeza.’ Porque sin el permiso de Dios, no se pierde ni un solo pelo. Os ruego, por lo tanto, queridos hermanos, que rueguen por mí ante el Señor para que me perdone este pecado." Entonces todos los Apóstoles se pusieron de pie mirando hacia el este y pidieron a Jacobo, el hermano del Señor, que hiciera una súplica. Una vez hecho esto, todos se turnaron, de acuerdo a su precedencia, para abrazarse unos a otros y se marcharon en paz; cada cual con su parte de tierra asignada y con un Apóstol de los Setenta como ayudante.

El Apóstol Juan, sin embargo, no partió inmediatamente al Asia Menor, sino que cuidó a la madre de Dios hasta su venerado y glorioso reposo. El día en que su precioso y Santo cuerpo fue llevado por los Apóstoles para enterrarlo, San Juan fue por delante de su féretro con un cetro real que brillaba con luz, el cual había entregado el Arcángel Gabriel a la purísima Virgen cuando le anunció su traslación de la tierra al cielo.

Sobre el Santo Apóstol y evangelista, el amado Juan el Teólogo, San Prócoro, uno de los siete diáconos, escribió lo siguiente:

 

Partida y naufragio

"A mí, Prócoro, me tocó ir tras Juan. Siguiendo la pasión y la resurrección del Señor, Juan se quedó en Jerusalén al lado de la madre de Dios, donde fue un apoyo para los cristianos de allí. Después de la dormición de la madre de Dios, partimos hacia Joppa, en donde nos quedamos en casa de Tabita durante tres días. Allí llegó de Egipto una nave llena de telas y descargó su carga antes de continuar hacia el oeste. De modo que nos embarcamos en Joppa y nos pusimos a la mar, permaneciendo en la bodega del navío. Entonces Juan comenzó a llorar, diciéndome: "Prócoro, hijo mío, grandes tribulaciones y peligros nos esperan en el mar, que afligirán muchísimo mí alma. Sin embargo, siga vivo o sea muerto por este peligro, Dios no se ha revelado ante mí. Pero si tú sobrevives al mar, trata de llegar a la ciudad de Efeso en el Asia y aguarda allí durante tres meses. Si al cabo de ese tiempo llego a esa ciudad, continuaremos nuestra misión; pero si no lo hago, entonces regresa a Jerusalén, donde Jacobo, el hermano del Señor, y haz lo que él te mande." En efecto, a la décima hora del día (a las 4:00 de la tarde), se desató una gran tempestad, que continuó hasta las 3 de la madrugada; a consecuencia de esto el barco se hundió y todos sus ocupantes fueron arrojados a las olas del mar, asiéndose estos de cualquier resto de naufragio que podían. A la sexta hora del día (a mediodía) el mar nos echó