Un catecismo para el cristiano ortodoxo.
Traducido por Sergio M. Gortchacow
Contenido:
2. De la desgracia a la esperanza: Job.
3. El Nuevo Adán: La Encarnación.
Anunciación. La Escalera de Jacob. La Virgen del Signo. Plegaria del "Ave Maria." Isaías, Regocíjate. Navidad.
Espera y Reconocimiento del Cristo Dios.
La Fe de Abraham. Combate de Jacob con el Angel. La Unción de David, Profética Figura del Mesías. Las Profecías.
2. Reconocimiento del Cristo Dios.
Juan Bautista. Bautismo de Jesús. Manifestación de la Trinidad. El Icono de la Fiesta. El Canto. El Icono de la Trinidad.
1. Las Teofanías del Antiguo Testamento.
Moisés. El Arbusto Ardiente. Segunda Teofanía en el Monte Sinaí. Elías.
La Luz del Tabor. Visión de Dios. De la Transfiguración a la Cruz. Manifestación de la Trinidad sobre el Tabor. La Deificación.
De la Antigua Alianza a la Nueva Alianza.
1. La Antigua Alianza. El Decálogo.
2. De la Antigua a la Nueva Alianza.
El Becerro de Oro. ¿Puede ser rota la Alianza con Dios? La predicción de la Nueva Alianza.
El Redescubrimiento de la Tierra Prometida. La Buena Nueva de la llegada del Reino de Dios. El Reino de Dios descripto por Jesús en el Sermón de la Montaña. Bienaventurados los pobres de espíritu pues el Reino de los Cielos es de ellos. Bienaventurados los que lloran pues ellos serán consolados. Bienaventurados los mansos pues ellos poseerán la tierra. Bienaventurados aquellos los que tienen hambre y sed de justicia, pues serán saciados. Bienaventurados los misericordiosos pues obtendrán misericordia. Bienaventurados los puros de corazón pues verán a Dios. Bienaventurados los pacíficos pues serán llamados hijos de Dios. Bienaventurados los perseguidos por la justicia pues el reino de los Cielos es de ellos. Bienaventurados seréis cundo los insultarán ... por causa Mía, regocíjense y estén en júbilo pues vuestra recompensa en los cielos será grande. Camino del Reino. La Fe. El demoníaco epiléptico. El Centurión y su Servidor. El Buen Ladrón sobre la cruz. La Nueva Alianza y la Deificación del hombre.
4. La Sangre de la Nueva Alianza.
Quinta Parte. La Cruz y la Resurrección.1. El Misterio de la Cruz Anunciado en el
1. El Misterio de la Cruz en el Antiguo Testamento.
El Sacrificio de Isaac. El Cordero Pascual. El Cordero Pascual en la Tradición Bíblica. El Signo de Jonás. El Signo de la Cruz en los textos Bíblicos.
2. La Pasión de N. S. Jesucristo.
La resurrección de Lázaro. Entrada Triunfal de Jesús a Jerusalén. La unción de Betania. La Cena del Jueves Santo. El lavado de los pies La Santa Cena. Discurso de adiós del Señor después de la Cena. La traición de Judas. Los interrogatorios de Jesús. La Crucifixión. El Misterio de la Cruz.
Los Testimonios El Sepulcro vacío. Anuncio de los ángeles de la Resurrección Las apariciones del Resucitado.
4. Nuestra Resurrección por el Bautismo.
De la Cruz y de la Resurrección del Cristo a nuestro bautismo. El anuncio del bautismo en el Antiguo Testamento. El diluvio. El cruce del Mar Rojo. El bautismo en Nuevo Testamento. El bautismo de Juan y el bautismo de Jesús. La celebración del bautismo. Asumir su bautismo.
Del Adam antiguo al Adam Nuevo.
"En el principio creó Dios el cielo y la tierra. La tierra, empero estaba informe y vacía (tohu bohu en hebreo) y las tinieblas cubrían la superficie del abismo, y el Espíritu de Dios se movía sobre la faz de las aguas" (Génesis, 1:1-2).
Por estas palabras comienza el primer libro de la Biblia, el Génesis, cuyos orígenes remontan a la enseñanza de Moisés quien marca con su poderosa personalidad toda la historia del Pueblo de Dios. Notemos que en estos versículos no se dice como el mundo fue creado. El pueblo judío siempre ha tenido el sentimiento de la distancia inmensa que separa al Creador de la creatura. Es únicamente en un texto mas reciente — el 2º Libro de los Macabeos, quien relata la lucha de los Israelitas fieles contra los tiranos griegos, sucesores de Alejandro — que encontramos formulada la afirmación de la creación del mundo a partir de la nada "creación ex nihilo."
Siete hermanos fueron detenidos por el rey Antiochus y ejecutados uno después del otro, mientras que su madre los sostenía y exhortaba. Cuando llegó el turno del último, ella le dice: "Ruégote hijo mío, que mires al cielo y a la tierra, y todas las cosas que en ellos se contienen; y que entiendas bien que Dios las ha creado todas de la nada, como igualmente al linaje humano" (2 Macabeos 7:28).
Esto nos recuerda una frase que, durante la Liturgia; el sacerdote pronuncia en la gran oración eucarística: "De la nada, Tu nos has llevado al ser."
Novicio: ¿Entonces al principio, desde el principio, que es lo que había?
Maestro: Nada, pero había Dios; "Por Él fueron hechas todas las cosas; sin Él no se ha hecho cosa alguna de cuantas han sido hechas" (ver Juan 1:3).
Novicio: ¿Esto, es filosofía?
Maestro: No, ningún filósofo de la Antigüedad ni había soñado, los Griegos habían tenido una buena idea de un artesano supremo — que ellos llamaron "demiurge," que habría hecho salir el orden (cosmos) que nosotros descubrimos en la naturaleza, del caos primitivo: Pero este artesano habría puesto el orden dentro de una materia ya existente.
Novicio: ¿Y la Biblia que es lo que nos dice?
Maestro: Lo que ella nos dice, el hombre no habría podido encontrarlo por sí solo. Es Dios, El mismo que nos lo hizo saber, que lo ha revelado. Ella nos dice que es por la sola potestad de su Palabra creadora que Dios ha dado a las cosas su existencia, su ser. Dios dice: "Que la luz sea," y la luz fue. Alcanza que Dios diga para que las cosas sean: Es su Palabra que constituye su ser.
Novicio: ¿Por qué se le pone una mayúscula al vocablo "Palabra"?
Maestro: Porque "Palabra"; es decir Verbo — Logos — es el término que emplea el evangelista San Juan para designar al Hijo único de Dios (Juan 1:1).
Novicio: Dios dice y las cosas son, pero las cosas se mueven. Las plantas y los animales evolucionan. ¿Es Dios quien hace la evolución?
Maestro: Es el Soplo de Dios que da la vida al mundo. Sople en griego se dice "pneuma," es la palabra que emplea el Nuevo Testamento para designar al Espíritu Santo. La Biblia nos dice: "El Espíritu de Dios se movía sobre las aguas." Otro libro de la Biblia, el Deuteronomio (32:11), explica: "cómo el águila incita a volar a sus polluelos extendiendo las alas y revoloteando sobre ellos… ," que ha empollado que los hace crecer, así el Espíritu de Dios hace eclosionar la vida y hace evolucionar a los seres.
Novicio: ¿Cómo se sabe que Dios ha creado todo? Nadie lo ha visto obrando.
Maestro: Descubrir que alguien ha hecho salir todo del vacío, de nada, de la nada, es el punto de partida en la creencia en Dios. Es el principio de lo que se llama la Fe. Es por esto que la Epístola a los Hebreos nos dice: "La fe es la que nos enseña que el mundo todo fue hecho por la palabra de Dios; y que de invisible que era fue hecho visible" (Hebreos 11:3). Para enseñarnos esta verdad; la Biblia nos va a hacer un relato accesible a los hombres de todos los tiempos, sabios, poetas, ancianos, adultos o niños pequeños.
"En el principio creo Dios el cielo y la tierra.
La tierra empero estaba informe y vacía
Y las tinieblas cubrían la superficie del abismo,
Y el Espíritu de Dios se movía sobre las aguas
Dijo, pues, Dios: Sea hecha la luz. Y la luz quedó hecha.
Y vio Dios que la luz era buena y dividió la luz de las tinieblas
A la luz la llamó día, y a las tinieblas noche;
Y así de la tarde aquella y de la mañana siguiente resultó el primer día
Dijo asimismo Dios: Haya un firmamento o
Una grande extensión en medio de las aguas,
Que separe unas aguas de otras.
E hizo Dios el firmamento, y separó las aguas
Que estaban debajo del firmamento de aquellas que estaban sobre el firmamento.
Y quedó hecho así Y al firmamento llamóle Dios cielo.
Con lo que de tarde y de mañana se cumplió el día segundo.
Dijo también Dios: Reúnanse en un lugar las aguas
Que están debajo del cielo y aparezca lo árido o seco. Y así se hizo.
Y al elemento árido dióle Dios el nombre de tierra,
Y al de aguas reunidas las llamó mares.
Y vio Dios que lo hecho estaba bueno.
Dijo asimismo: Produzca, la tierra hierba verde
Y que de simiente y plantas fructíferas
Y que den fruto conforme a su especie,
Y que contengan en sí mismas su simiente sobre la tierra. Y así se hizo.
Con lo que produjo la tierra hierba verde
Y que da simiente según su especie,
Y árboles que dan fruto,
De los cuales cada uno tiene su propia semilla según la especie suya.
Y vio Dios que la cosa era buena.
Y de la tarde y mañana resultó el día tercero.
Dijo después Dios: Haya lumbreras o cuerpos luminosos
En el firmamento del cielo, que distingan el día de la noche,
Y señalen los tiempos o las estaciones, los días y los años.
A fin de que brillen en el firmamento del cielo,
Y alumbren la tierra. Y fue hecho así.
Hizo, pues Dios, dos grandes lumbreras:
La lumbrera mayor para que presidiese al día;
Y la lumbrera menor para presidir la noche; e hizo las estrellas.
Y colocolas en el firmamento o extensión del cielo,
Para que resplandeciesen sobre la tierra.
Y presidiesen al día y la noche y separasen la luz de las tinieblas.
Y vio Dios que la cosa era buena.
Con lo que de tarde y mañana resultó el día cuarto
Dijo también Dios: Produzcan las aguas reptiles animados
Que vivan en las aguas, y aves que vuelen sobre la tierra,
Debajo del firmamento del cielo
Creó, pues Dios, los grandes peces,
Y todos los animales que viven y se mueven,
Producidos por las aguas según sus especies,
Y asimismo todo volátil según su género.
Y vio Dios que lo hecho era bueno
Y bendíjolos diciendo: Creced y multiplicaos
Y henchid las aguas del mar; y multiplíquense las aves sobre la tierra.
Con lo que de la tarde y la mañana resultó el día quinto.
Dijo todavía Dios: Produzca la tierra animales vivientes en cada género,
Animales domésticos, reptiles, bestias silvestres de la tierra,
Según sus especies. Y fue hecho así.
Hizo, pues Dios, las bestias silvestres de la tierra según sus especies,
Y los animales domésticos y todo reptil terrestre según su especie.
Y vio Dios que lo hecho era bueno.
Y por fin dijo: Hagamos al hombre a imagen y semejanza nuestra;
Y domine los peces del mar, y a las aves del cielo, y a las bestias,
Y a toda la tierra, y a todo reptil que se mueve sobre la tierra.
Creó, pues Dios, al hombre a imagen suya:
A imagen de Dios los creó; creolos varón y hembra.
Y echoles Dios su bendición, y dijo: Creced y multiplicaos;
Y henchid la tierra, y enseñoreaos de ella,
Y dominad a los peces del mar y a las aves del cielo
Y a todos los animales que se mueven sobre la tierra.
Y añadió Dios: ved que os he dado todas las hierbas
Que producen simiente sobre la tierra,
Y todos los árboles los cuales tienen en sí mismos simiente de su especie,
Para que os sirvan de alimento a vosotros.,
Y a todos los animales de la tierra, y a todas las aves del cielo,
Y a todos cuantos animales vivientes se mueven sobre la tierra,
A fin que tengan que comer. Y asís se hizo.
Y vio Dios todas las cosas que había hecho;
Y eran en gran manera buenas.
Con lo que de la tarde y de la mañana se formó el sexto día
Quedaron, pues, acabados los cielos y la tierra, y todo ornato de ellos.
Y completó Dios el séptimo día la obra que había hecho;
Y en el día séptimo reposó o cesó de todas las obras que había acabado
Y bendijo el día séptimo;
Y le santificó por cuanto había Dios cesado
En él de todas las obras que creó hasta dejarlas bien acabadas" (Génesis 1:1-31; 2:1-3).
Un poema magnífico por él cual Dios hace comprender a todos los hombres de todas las edades que es El quien ha hecho todo y quien "ha hecho todo con sabiduría" (Salmo 104:24).
Novicio: Entonces la Biblia dice que el sol fue creado el cuarto día. Cuando, anteriormente, tu texto decía: "Hubo una tarde, y hubo una mañana, fue el primer día." ¿Como podía haber un primer día con tarde y mañana, puesto que todavía no había el sol?
Maestro: Esta pregunta podría también haber venido al espíritu de nuestro autor. Es entonces evidente que los días de los cuales habla no son esos que son medidos por la salida y puesta del sol; ellos no duran veinticuatro horas como una rotación de la tierra sobre sí misma. Se refiere de los días de Dios y no de los días de los hombres. Es por eso que el Apóstol San Pedro nos dirá: "Mil años para los hombres, un día para Dios" (2 Pedro 3:8).
Novicio: ¿Entonces los tiempos de Dios y los tiempos de los hombres no son los mismos?
Maestro: Evidentemente no los son. Dios no vive en el tiempo puesto que es El quien a hecho el tiempo como Él a hecho el espacio. Dios existe "antes de todos los siglos" y más allá de todos los espacios: És él porqué no podemos comparar los descubrimientos de la ciencia y las revelaciones de la Biblia, como han querido hacer a veces ciertos espíritus primarios, imaginándose que el autor del Génesis había querido escribir un tratado de geología o de paleontología.
Novicio: ¿Entonces quién dice la verdad: la ciencia o la Biblia?
Maestro: La Verdad de la revelación bíblica no es del mismo orden que las verdades fragmentadas y relativas que estudia la ciencia. Lo que estudia la ciencia concierne al mundo de las apariencias, el mundo de los fenómenos pasajeros, medibles en minutos y metros, que se desenvuelven dentro de los tiempos y espacios del hombre. La revelación bíblica, ella, remonta por encima del tiempo y espacio hasta Dios quién ha creado el tiempo, el espacio y todo lo que la ciencia descubre, quién ha creado la inteligencia humana quién ha hecho a la ciencia misma.
Novicio: ¿Entonces cual es la verdad que descubrimos en el relato de la creación?
Maestro: El hombre de fe luego de haber estudiado de la Biblia ve la naturaleza con un ojo nuevo. Descubre maravillándose la belleza de la creación, el esplendor de la obra del Creador, ella misma pálido reflejo de la inimaginable belleza del Creador. Es entonces que "a la puesta del sol," "viendo la luz de la tarde" El canta con toda la Iglesia a la hora de las vespertinas el salmo 103 [104].
Salmo 103 [104]
Mi alma, bendícela Señor, Señor mi Dios
Tú eres infinitamente grande.
Tú estás revestido de gloria y magnificencia,
Tú estás envuelto de luz como de un manto.
Tú despliegas los cielos como una tienda.
Tú has cubierto con las aguas Tú alta morada.
... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ....
De los vientos Tú haces mensajeros
De las llamas de fuego Tus servidores.
Tú estableces la tierra sobre sus fundamentos,
Ella no vacilará dentro de los siglos de los siglos.
... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ...
De Tus altas moradas, Tú riegas las montañas,
La tierra esta saciada del fruto de Tus obras.
... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ...
Que Tus obras son grandes, Señor;
Tú has creado todo con sabiduría.
... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ...
Que la gloria del Señor esté dentro de los siglos;
Que el Señor se regocije de Sus obras.
... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ...
Cantaré al Señor durante toda mi vida;
Celebraré mi Dios tanto cuanto yo sea.
Que por Él sean recibidas mis palabras;
Me regocijaré dentro del Señor
. . . . . .
Que tus obras son grandes Señor;
Tú has hecho todo con sabiduría
Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo,
Ahora y siempre por los siglos de los siglos
Amén — Aleluya, Aleluya, Aleluya,
Gloria a Ti, oh, Señor (tres veces).
Final: Gloria a Ti.
(Génesis 2:4-7 y 21-24).
Maestro: En el primer capítulo, hemos visto una descripción de la creación culminando con la aparición del hombre, en suma, como una criatura entre otras. Puede ser, habrás notado, sin embargo, una diferencia. Para todo que no es el hombre, Dios ordena y las criaturas aparecen. Luego Dios dice: "Hagamos al hombre a nuestra imagen como nuestra semejanza y que él domine… sobre todas las bestias salvajes."
Novicio: Si. Vemos que Dios da una importancia particular al hombre, como si quisiera hacerlo su representante en la tierra.
Maestro: Es todavía mas claro en lo que sigue en el capítulo 2 del Génesis (Génesis 2:5-7):
"Y todas las plantas del campo antes que naciesen en la tierra, y toda la hierba de la tierra antes que de ella brotase; porqué el señor Dios no había aun hecho llover sobre la tierra, ni había hombre que la cultivase. Salía empero de la tierra una fuente que iba regando toda la superficie de la tierra. Formó, pues el señor Dios al hombre del lodo de la tierra, e inspirole en el rostro un soplo o espíritu de vida, y quedó hecho el hombre viviente con alma racional."
Novicio: ¿Por qué hay dos relatos de la Creación?
Maestro: Es que estos primeros libros del Génesis no cuentan una "historia" — una historia supone un testigo, y durante la Creación Dios está solo — pero nos instruyen de los designios de Dios sobre el hombre, que el Espíritu Santo a revelado en el Antiguo Testamento a los Profetas.
Novicio: ¿Qué significan estos dos relatos?
Maestro: El primero nos muestra la creación de este universo que Dios confía al hombre, como tú lo decías. El segundo nos dice porque el hombre es creado último: para coronar al mundo y conducirlo hacia Dios, puesto que, nos dice el texto; el hombre es tan necesario para cultivar el suelo como la lluvia que la fecunda.
Esta responsabilidad del hombre es tan grande que Dios pensó que Él debía darle alguien para ayudarlo. Pero ninguno de los seres preexistentes no convenían, y es del hombre mismo que vino esta "ayuda":
"Por lo tanto el Señor Dios hizo caer sobre Adán un profundo sueño; y mientras estaba dormido, le quitó una de las costillas, y llenó de carne aquel vacío. Y de la costilla aquella que había sacado de Adán, formó el Señor Dios una mujer: la cual puso delante de Adán" (2:21-22).
Esta es una forma de sugerirnos: que el hombre y la mujer comparten la misma naturaleza;
que la mujer es llamada a ser la compañera del hombre, la cual se mantiene a sus costados.
Al despertarse, el hombre exclamó: "He aquí esta vez el hueso de mis huesos y la carne de mi carne… El hombre quitará su padre y su madre y se juntará a su mujer y los dos serán una sola carne."
Cuando leemos en el texto que Dios hizo al hombre de la tierra, podemos pensar que la unión que nosotros tenemos con toda la creación es muy importante; estamos modelados de la misma masa, pertenecemos a la misma creación, nosotros no hacemos mas que uno con ella (el nombre del hombre, Adán, viene de la palabra hebrea adama = tierra). Pero Dios ha soplado en el hombre la vida; es una criatura viviente puesto que Dios está con él. El hombre es vida porque Dios le da vida constantemente, por su Aliento, por su Presencia, por su Potestad.
Dios creo al hombre y la mujer a su imagen; toda la humanidad dentro de su diversidad es creada a la imagen de Dios: La grandeza, la belleza y la libertad del hombre son dadas al hecho que Dios lo ha creado a su imagen.
De la misma forma que Dios — Padre, Hijo y Espíritu Santo — es Uno; lo mismo el hombre y la mujer creadas a la imagen de Dios son llamados a ser Uno queriéndose siempre para beneficio de ambos.
Pero si somos a la imagen de Dios, nos podemos parecer a Él de mas en mas, ser semejantes a Él si Lo queremos y dejamos pasar en nosotros el Soplo de su Vida divina: parecernos mas y mas a nuestro modelo divino; es la meta de la existencia humana.
Novicio: Tú nos dices que el hombre ha sido creado por Dios a su imagen. A mi, me dijeron que el hombre viene del mono.
Maestro: Lo que Dios a creado "al principio," El lo ha creado a partir de la nada, lo hemos visto en el capítulo precedente. Pero al hombre, Dios no lo ha creado a partir de nada; El lo ha creado "con tierra" y todo lo que ella contiene: Es decir que para realizar al hombre; Dios se sirvió de la naturaleza toda entera y de su evolución, sin excluir al mono, ni el pez quienes, ellos, son de la tierra — puesto que el hombre es el resultado de la creación y encontramos en él resumida, recapitulada, toda la creación: Pero, por otro lado, El ha animado al hombre con su propio Soplo, de su propio Espíritu. Es esta presencia de Dios Él mismo iluminando al hombre, haciendo irradiar sobre él la luz de su Faz que distingue al hombre del mono y de todas las otras criaturas. Esta Presencia de Dios , este Soplo de Dios proyecta sobre el hombre la Imagen de Dios, y le da una belleza, una "corona de gloria," haciendo de él el rey y el responsable de la creación (Génesis 1: 28-29; 2:19-20).
(Génesis 2:8-17; 3:1-4;16).
Adán y Eva vivían en el paraíso dentro de la intimidad de Dios. Ellos asumían el rol que Dios les había fijado como amos de la creación: Adán, en efecto, había dado un nombre a todos los animales: Con ello se afirmaba como criatura a parte, capaz de dominar, pero también capaz de amar, de vivificar y de ofrecer a Dios la creación en su totalidad, puesto que es rey y sacerdote.
Ahora bien en el medio del jardín se encontraba el árbol de la vida y el árbol del conocimiento del bien y del mal. A este último el hombre no tenía que tocarlo bajo pena de muerte. La serpiente "quién es el mas astuto animal de los campos"; "Así fue abatido aquel dragón descomunal, aquella antigua serpiente, que se llama diablo, y también Satanás, que anda engañando al orbe universo…" (Apocalipsis 12:9) tentó a Eva; y le propuso de probar del fruto que los hará "como dioses que conocen el bien y el mal." La tentación de Adán y Eva es un delirio de infinito, de absoluto, es el deseo de ser el substituto de Dios.
Eva comió del fruto y dio a Adán, momento decisivo donde el hombre y la mujer se apartan libremente de Dios en vez de quedar en comunión con Él: Adán y Eva tuvieron conciencia de lo que podríamos llamar un cambio de estado; por un lado el estado paradisíaco que podemos concebir como una participación a la vida divina, por otro lado, el estado de pecador a través de una vida plena de obstáculos. La Biblia entrega esto con una imagen: "Ellos conocieron que estaban desnudos."
"Y habiendo oído la voz del Señor Dios que se paseaba en el paraíso al tiempo que se levantaba el aire después del medio día, escondiese Adán con su mujer de la vista del Señor Dios en medio de los árboles del paraíso. Entones el Señor Dios llamó a Adán, y díjole: ¿Dónde estás? El cual respondió: He oído tu voz en el paraíso, y he temido y llenándome de vergüenza porque estoy desnudo, y así me he escondido" (Génesis 3:8-10).
La pregunta de Dios — ¿donde estás? — no apunta a descubrir el sitio donde Adán se ocultaba; no se trata de un alejamiento geográfico pero del estado en pecado que nos aleja de Dios. Dios no quiere dejar a Adán; lo busca y lo llama. Adán en vez de responder a la misericordia Divina, busca justificarse y es una escapatoria con traslado en cascada de responsabilidades: primero Adán reconoce que tuvo miedo porque estaba "desnudo," y luego arroja la falta sobre Eva que a su vez la arroja sobre la serpiente. Entonces llegó la tripe sanción para el hombra, para la mujer y para la serpiente. Esta sanción, hay que comprenderlo bien, no es una condenación. No viene de una decisión arbitraria de Dios, pero ella es el resultado inevitable de la falta. Si, como les había dicho la serpiente, los ojos de Adán se abrieron pero se han abierto sobre un mundo doloroso donde el hombre para sobrevivir deberá trabajar., luchar contra las espinas y las zarzas para ganar su pan con el sudor de su frente, donde la mujer dará a luz con dolor, un mundo donde todo pasa, todo muere y donde el hombre que es tierra vuelve a la tierra. En cuanto a la serpiente, al Diablo, su arrastrar es considerado como una maldición y Dios establece una oposición, una hostilidad, entre ella y la mujer y su linaje hasta que sea aplastada. Los Padres han visto dentro de este versículo de la Biblia el anuncio profético de la victoria de Jesús sobre el Diablo, victoria que fue posible por María, la nueva Eva.
El acceso al paraíso está cerrado, puesto si luego de haber probado el conocimiento del bien y del mal el hombre también probaba del árbol de la vida, el mal sería eterno; por lo tanto la muerte es a la vez consecuencia de la caída, y un remedio contra el mal. Ella impide al mal de volverse eterno. El árbol de la Vida en lo sucesivo está protegido por los querubines y la llama de la espada fulgurante.
Novicio: ¿Qué prueba tenemos nosotros de que todo haya pasado como dice la Biblia?
Maestro: No tenemos ninguna prueba: La verdad de este relato no esté en el orden histórico. En efecto, no más que el "jardín" que no es ubicable en el espacio, no más que la existencia de la pareja Adán-Eva no es ubicable en el tiempo. Sin embargo, se dice que Adán y Eva son los primeros hombres, nuestros ancestros.
¿Realmente Adán y Eva fueron la pareja inicial o bien representan la humanidad? Ni la Revelación ni la ciencia no nos permiten responder con certeza a esta pregunta. Lo que es cierto — san Pablo nos lo dice (Romanos 5:12-13) — es que todo hombre puede reconocerse en Adán: Hay en cada uno de nosotros todos los elementos que han hecho posibles la tentación y la caída de Adán y Eva.
Novicio: ¿Quieres decir que nosotros podríamos hacer lo mismo que Adán?
Maestro: Si, pero la diferencia, es que nosotros no estamos mas en el paraíso terrestre, es decir que no nos encontramos en la situación de intimidad con Dios que era aquella de Adán y Eva en el jardín, antes de la caída. En ese jardín Adán no conocía ni el miedo ni la angustia.
La segunda prueba para el hombre, el uso de su libertad, es descripta en el relato de Caín y Abel. Caín y Abel presentan sus ofrendas a Dios, cada uno de acuerdo a lo que hace y por lo tanto de lo que posee, para el primero "productos del sol," para el segundo "los primogénitos de sus rebaños, y también de su grasa." Dios acepta la ofrenda de Abel y no acepta aquella de Caín. Esto puede parecer arbitrario, no obstante, reflexionando, vemos que otra vez se trata de una prueba. Dios previene a Caín, de la misma forma que había prevenido a Adán y Eva de no probar del árbol y le dice: "¿El pecado no esta a la puerta, una bestia agazapada que te codicia y que tu debes dominar?" La bestia agazapada es la serpiente del relato anterior. Peor Caín escucha a la bestia y, en lugar de dominarla, se arroja sobre su hermano y lo mata. He aquí descripta de una manera concreta la lucha interior que acompaña toda ocasión de caída.
Por otra parte, Abel, él presenta a Dios lo mejor.
La pasión, el orgullo, lo más frecuente, están listos a apoderarse del hombre. Durante un breve instante, en un rayo de conciencia, los puede dominar, y por consiguiente puede evitarlo. Sino, se vuelve el objeto de esa pasión, que lo hace actuar y realizar el mal. Tal fue el caso de Caín.
Como para Adán y Eva la consecuencia viene enseguida: Caín es echado de la tierra fértil; condenado a ser un "errante recorriendo la tierra." Caín llora amargamente: ¿En que me transformaré lejos de Tu faz? El primer venido me matará" (Génesis 4:14). Es el mismo drama de la ruptura con Dios que es entregado de manera tan sensible en la historia de Adán y Eva. Pero para Caín como para Adán y Eva, Dios es misericordioso, Su amor por el hombre sigue manifestándose. El pone un signo sobre Caín con el fin de que este sea protegido, y que, mismo errando sobre la tierra, el primer venido no lo pueda matar.
La Biblia ubica estos dos relatos en los orígenes del hombre; la verdad profunda que ellos revelan es perfectamente actual puesto, tal fue la condición de Adán caído, tal fue la vida errante de Caín, tal es fundamentalmente nuestra situación de hombre pecador (...). El pecado ha entrado en el mundo, y por el pecado la muerte, y (…) así la muerte a pasado en todos los hombres del hecho que todos han pecado" (Romanos 5:12). Pero tenemos la esperanza de la salvación, la esperanza del retorno al árbol de la Vida, puesto que Cristo, el Nuevo Adán, ha venido a la tierra con el fin de que nosotros lo siguiéramos y que Él sea el mayor "de una multitud de hermanos."
2. De la desgracia a la esperanza: Job.
A
sí entonces, el hombre creado a la imagen de Dios para vivir eternamente y parecerse siempre en más a su Creador ("Nosotros seremos semejantes a Dios"…1 Juan 3:2) ha conocido la desgracia y la muerte.Ciertamente, la marca dejada en él por la presencia de Dios no se ha borrado; la insatisfacción permanente del hombre que siempre desea mas y siempre mejor atestigua bien esta nostalgia del paraíso perdido, esta sed de Dios, ese hueco infinito que la ausencia de Dios ha dejado como una profunda cicatriz dentro del corazón del hombre. Pero la belleza de la imagen se ha esfumado. Los dones de Dios, la inteligencia, la voluntad, la creatividad son desviadas de su destino primitivo hasta servir al mal; el amor puede transformarse en envidia, ambición de ser el mejor, voluntad de poder y dominación; la búsqueda de los bienes eternos, deseo de posesión. El becerro de oro toma el lugar del verdadero Dios: El Mal, el Tentador; la antigua Serpiente, el Divisor, el Diábolos, el padre de la Mentira, se vuelve el Príncipe de este mundo; él hace reinar al miedo, el rencor, la enfermedad, el sufrimiento y la muerte.
No obstante Dios no abandona a su creatura: Él hace surgir entre los hombres a Profetas mediante los cuales Él hace entender su Palabra. Él da en ejemplo a servidores fieles como Job, modelo de resistencia al mal, de paciencia frente a la prueba: la historia de Job nos muestra que el mal, que no viene jamás de Dios (Santiago 1:13), no obstante puede servir de ocasión permitiendo a los servidores de Dios de demostrar a Él la fidelidad y la sinceridad de su amor. La prueba, ciertamente, puede ser la ocasión de la caída; ella también puede ser la ocasión de paciencia, de esperanza, de perseverancia en el bien, de victoria sobre el mal, puesto que el hombre es libre. Es él porque que Dios permite la prueba que pone en valor y desarrolla las cualidades de Sus servidores y forja sus caracteres, demuestra su amor y su fidelidad.
El Libro de Job no ha sido leído en el Antiguo Testamento como un texto mesiánico, pero la lectura cristiana de la historia de Job, del servidor justo injustamente atormentado, nos deja entrever la llegada del Servidor sufriente y vencedor que le dará al hombre su antigua belleza.
Sucederá varias veces a lo largo de esta obra que hagamos deliberadamente una lectura cristiana de los textos del Antiguo Testamento, intentando de esta manera de abrirnos a la "inteligencia de las Escrituras" con la ayuda del Evangelio. En efecto San Pablo nos dice que el Cristo hace desaparecer el velo posado sobre el corazón de aquellos que leen el Antiguo Testamento sin Conocerlo: "Cuando uno se convierte al Señor el velo cae" (2 Corintios 3:13-17). Nosotros creemos que hay otro velo para aquellos que piensan poder leer la Biblia (Antiguo y Nuevo Testamento) como si se tratara de un simple "objeto" de conocimiento ignorando el Dios vivo que se revela…
Había en aquellos tiempos, en el país de Uz, un varón llamado Job: un hombre íntegro y derecho con temor de Dios y se cuidaba del mal.
Le habían nacido siete hijos y tres hijas. Dios también le había dado grandes bienes.
Un día, Dios reunió a sus ángeles y entre ellos a Satán, quién venía de pasearse por la tierra. Dios le hace observar el celo de su servidor Job. Pero Satán le replica: "¿Es por nada que Job teme a Dios? ¿No lo habrás colmado de riquezas? Peor, extiende tu mano y toca sus bienes y yo te juro que él té maldecirá en la cara."
"Sea, dijo el Señor, todos sus bienes están en tu poder. Únicamente evita de llevar la mano sobre él."
Satán retorna a la tierra: destruye los bienes de Job, además hace perecer a sus hijos. Pero Job, a pesar de su dolor, no peca y no se permite ninguna impertinencia hacia Dios.
De regreso a la audiencia del Señor, Satán escucha de Dios su derrota: "Es bien en vano que me hayas excitado contra él para perderlo" Y a Satán de contestar: "Extiende tu mano, toca sus huesos y su carne y yo te juro que él te maldecirá en tu cara."
"Sea, dijo el Señor; dispón de él sin embargo respeta su vida." Dios, en efecto, no permitirá está última prueba — la muerte — que para su Hijo bien amado Jesucristo, cuya muerte nos librará de Satán por la eternidad.
Satán vuelve a la tierra; inflige a Job una terrible enfermedad. Entonces su mujer le dice: "¿Todavía vas a perseverar de tu integridad? ¡Maldice a Dios y muere!" (Job 2:9).
Job le respondió: "Has hablado como una de esas mujeres sin seso. Si recibimos los bienes de la mano de Dios, ¿Por qué no recibiremos también los males? En medio de todas estas cosas no pecó Job en cuanto dijo" (Job 2:10).
La noticia de todos los males que le habían golpeado llega a oídos de sus tres amigos Elifaz, Baldad y Sofar que decidieron ir para consolarlo.
Job, agobiado por los terribles sufrimientos de su cuerpo y de su alma, maldice el día que lo vio nacer. Elifaz le recuerda lo que todo judío cree: el sufrimiento es el fruto del pecado contra Dios. Pero Job protesta de su inocencia.
Job continúa a lamentarse:
Mis días han corrido más velozmente
De lo que el tejedor corta la urdimbre acabada la tela,
Y han desaparecido sin esperanza de retorno.
Acuérdate, oh Dios mío
Que mi vida es un soplo,
Y que no volverán a ver mis ojos la felicidad perdida. (Job 7:6-7).
Pero Baldad mantiene que Dios no arroja al hombre integro. Y Job, que en su desconcierto se siente aplastado por una voluntad injusta, y llega a dudar de la sabiduría de Dios.
Sofar, sobrepasado, le recuerda que él no puede ser irreprochable a los ojos del Señor.
A pesar de todo, Job continua de proclamar su inocencia que él decide litigar delante de Dios mismo.
A esto, Elifaz replica mostrando la locura del hombre en levantarse contra su Creador.
Job, abrumado:
Dios me ha puesto encerrado,
A disposición del inicuo,
Y me ha entregado en las manos de los impíos
Yo aquel tan opulento y dichoso algún día,
De repente he sido reducido a la nada;
Asiome de la cerviz el Señor, quebrantome,
Y púsome como por blanco de sus tiros…
De tanto llorar está entumecido mi rostro,
Y se han cubierto de tinieblas las pupilas de mis ojos…
Según esto, ¿Qué esperanza es la que me queda?
¿Y quién es el que toma en consideración mi paciencia? (Job 16:12-13, 17; 17:15).
El Cordero inmolado se convierte en el blanco en la Cruz, Cruz que salva al mundo del dominio de Satán. —
Baldad:
Cuando pondrás un freno a tus discursosJob:
A lo menos entended de una vez,
Que Dios no me atribula,
Ni descarga sobre mí los azotes,
Según tela de juicio
Más ¡ay! Si en la violencia de los dolores que padezco,
Clamo altamente, nadie me escucha;
Voceo y no hay quién me haga justicia
El Señor ha cerrado por todas partes
La senda de dolor por la cual ando;
Y no hallo por donde salir, pues ha cubierto de tinieblas el camino que llevo.
Despojome de mi gloria,
Y me quitó la corona de la cabeza. (Job 19:6-9).
El Rey de Gloria, el Señor Sabaoth que la multitud aclamaba a su entrada en Jerusalén es ahora humillado, injuriado. —
Job, en su más total desamparo, grita toda su confianza en Dios:
Porque yo sé que vive mi Redentor,
Y que yo he de resucitar del polvo de la tierra en el último día,
Y de nuevo he de ser revestido de esta piel mía,
Y en esta mi carne veré a mi Dios. (Job 19:25-26).
La gloriosa Resurrección de Cristo nos abre las puertas del reino y nos ofrece la contemplación eterna del Altísimo. —
Elifaz:
¿Será por algún temor que tenga Él de ti
El castigarte y el venir contigo a Juicio?
¿Y no lo hace más bien por causa de tu grandísima
Malicia y de tus infinitas iniquidades? (Job 22:4-5).
Y lo exhorta a Job a volver a Dios, en la humildad.
Job:
Lejos de mí en teneros por justos;
Hasta que fallezca no desistiré
De defender mi inocencia. (Job, 27:5).
(…).
A cada paso mío le iría recitando
Y se le presentaría a Dios
Como a mi príncipe. (Job 31:37).
El Cristo vencedor se adelanta y sube hacia el Trono real en la gloria. —
Ellú, que hasta ahora asistía sin decir palabra, explota de cólera: ¿Job no rechaza él de ver en su prueba un llamado del Todopoderoso a la conversión de su corazón pecador y rebelde?
El Señor responde a Job desde el seno de la tempestad y hace estallar todo su esplendor y su poder:
¿Quién es ese que envuelve u obscurece
Preciosas sentencias con palabras de ignorante?
Ciñe, pues ahora tus lomos
Prepárate como varón que entra ahora a pelear;
Yo te interrogaré y tú respóndeme.
Dime, ¿dónde estabas cuando yo
Echaba los cimientos de la tierra?
Dímelo, ya que tanto sabes
………………………………
¿Qué apoyo, di, tienen sus basas?
¿O quién asentó su piedra angular
Entonces que me alababan los nacientes astros,
Y prorrumpían en voces de júbilo
Todos los ángeles o hijos de Dios?
(Job 38:2-4, 6-7).
Job deslumbrado por esta teofanía, reconoce la trascendencia de su Dios: no le pide mas cuentas.
Comprende que la sabiduría del Señor pudo dar sentido a los sufrimientos y a la muerte, sentido que queda incomprensible a Job, pero que el Cristo nos revelará.
Después de haber hablado a Job, Dios se dirige a Elifaz y sus amigos, y, o sorpresa, justifica a Job, el contestatario integro, mientras que Él se enciende de cólera contra ellos; ¿no vieron en Él un tirano ávido de dominación? Bien al contrario, los reproches de Job no hacían más que exaltar el amor de Dios para con sus creaturas, no descubriendo así Su verdadero rostro.
Luego de esta prueba, el Señor restaura la situación de Job y además acrecentó al doble sus bienes.
Job vivió todavía después de esto ciento cuarenta años, y vio a sus hijos y a los hijos de sus hijos hasta la cuarta generación.
La historia de Job nos entrega la esperanza. Bien que la imagen de Dios en el hombre haya sido arruinada por el pecado de Adán y Eva, por el pecado de Caín y por los pecados de cada unote nosotros, Job nos hace esperar la llegada de Alguien, justo y sufriente, paciente y triunfante, quién resistirá con perseverancia los asaltos del Maligno y triunfará sobre él para devolver al hombre la presencia de Dios perdida por el pecado y restablecer la imagen de Dios en el hombre en su belleza integral. Para lograr esto, Dios enviará entre los hombres el Modelo mismo según el cual Él había creado al hombre. Como un golpe de sello bien aplicado restableció una huella borrada, del mismo modo, el Hijo de Dios, resplandecerá de la gloria de Dios Padre (Hebreos 1:3), va a entrar en la naturaleza humana, se va revestir como de un vestido, para rehacer un nuevo Adán, Hombre perfecto, Imagen radiante de Dios. Es lo que los teólogos denominan la Encarnación. Ella se ha realizado el día donde Gabriel, el Mensajero de Dios, visitó a una joven virgen de Nazareth en Galilea, llamada María, el día de la Anunciación.
3. El Nuevo Adán: La Encarnación.
Observemos el ícono de la festividad. ¿Qué es lo que vemos? Un ángel desciende del cielo hacia una virgen para anunciarle la "Buena Nueva." En griego y en eslavo la festividad de la Anunciación se llama la "Buena Nueva" (Evangelismos en griego y Blagovechtchenié en eslavo).
En efecto, el ángel Gabriel anuncia a María la más grande de las novedades, el principio de nuestra salvación: ¡el Hijo de Dios se transforma en Hijo del hombre!
Tropario (cántico) de la Festividad:
Hoy comienza nuestra salvación
Y el misterio previo a los siglos se manifiesta.
El Hijo de Dios se transforma en Hijo de la Virgen
Y Gabriel anuncia la gracia.
Clamemos con él a la Madre de Dios:
"¡Alégrate, llena eres de gracia,
El Señor está contigo!"
Hemos estudiado la creación del mundo, la del hombre a imagen y semejanza de Dios, inmediatamente la caída. ¿Cómo establecer las verdaderas analogías entre Dios y el hombre? ¿Cómo reencontrar la imagen perdida, adquirir la semejanza con Dios?
Dios dará la respuesta: continuará a dialogar con hombre a través de los Profetas que Él promoverá en el seno del pueblo judío; Él les prometerá al Mesías, y este pueblo, a pesar sus numerosas infidelidades, lleva esta promesa con fe y vive en la espera y la esperanza.
Para ilustrar la promesa de Dios, leamos el texto del Génesis que la Iglesia nos propone a meditar en las vespertinas de la Anunciación: La Escalera de Jacob (Génesis 28:10-17).
"Y vio en sueños una escala fija en la tierra, cuyo remate tocaba en el cielo, y ángeles de Dios que subían y bajaban por ella" (Génesis 28:12).
La tierra somos nosotros, el cielo es Dios y ambos están unidos. Volvamos al ícono: el ángel desciende del cielo hacia María, sus alas están todavía temblorosas del movimiento descendiente. Las alas simbolizan la proveniencia del mensajero: viene del cielo de parte de Dios. Hete aquí la primera realización del ensueño de Jacob. Y habrá muchos otros de los cuales seremos testigos, puesto que Jesús Él mismo nos lo ha prometido: "En verdad, en verdad, os digo, que algún día veréis abierto el cielo, y a los ángeles de Dios subir y bajar, sirviendo al Hijo del hombre" (Juan, 1, 51). Dios dice a Jacob: "serán benditas en ti y en el que saldrá o descenderá de ti todas las tribus o familias de la tierra" (Génesis 28:14).
La descendencia de Abraham, de Isaac y de Jacob, es Jesús. San Pablo nos lo enseña: "Puesto, que es a Abraham que las promesas fueron dirigidas y a su descendencia. La Escritura no dice: "y a los descendientes," como si se refiriere a muchos; ella designa no más que a uno: y a tu descendencia, es decir el Cristo" (Galatas 3:16).
Cuando Dios se encarna, toma la carne, es el cielo y la tierra reunidos. Puesto que es verdadero Dios, segunda Persona de la Trinidad, ocupa en el cielo a la derecha del Padre y es al mismo tiempo verdadero Hombre, el segundo Adán, como lo nombra san Pablo (Adán, el hombre, significa hecho de tierra, puesto que está formado de tierra: Cf. Génesis 2:7). Pero para que este milagro se realice, es necesario que el hombre acoja a Dios. María es esta aceptación, cuando ella consciente libremente a recibir a Dios en su seno. He aquí la respuesta: "He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra" (Lucas 1:38).
Nosotros comprendemos porque en nuestros himnos la Madre de Dios es denominada Escalera de Jacob, pues ella es la unión entre el cielo y la tierra. Por otra parte, ella es denominada Puerta del cielo, puesto es por ella que Dios hace su entrada entre medio de los hombres en la persona de Jesús. Por esta razón la Anunciación habitualmente está representada sobre las puertas reales del iconostasio, las cuales simbolizan las puertas del Reino de los Cielos.
Este icono de María, teniendo en su seno al Hijo de Dios, denominada "Virgen del Signo," porque ilustra la profecía de Isaías:
¡Oye, pues tú ahora
Oh prosapia de David!...
Por lo tanto el mismo Señor os dará la señal:
Sabed que una virgen concebirá
Y parirá a un hijo,
Y su nombre será Emmanuel (Dios con nosotros). (Isaías 7:13-14).
Esta profecía se cumple el día de la Anunciación. En efecto, la Virgen acoge el anuncio del ángel por su acuerdo, que lo denominamos el "Fiat de María. Fiat significa en latín: "Que esto acontezca," es la respuesta de María al ángel, su "si" para transformarse en la Madre de Dios. Sin este libre acuerdo, Dios no podría haberse transformado en hombre, Él no podría haberse encarnado, puesto que Dios no fuerza jamás a una conciencia y espera que el hombre conteste libremente. La libertad de cada uno de nosotros queda entera para responder a Dios por nuestra adhesión en el amor. Cada vez que recitamos el "Padre Nuestro": "Que tu voluntad se haga, en la tierra como en el cielo," nosotros respondemos a Dios, luego de María; cada vea que decimos Amén en nuestras plegarias, es nuestro "si" a Dios; Él lo quiere libre de contradicción y pronunciado únicamente por amor.
Antes de aceptar su divina maternidad, María pregunta al ángel: "¿Cómo será hecho esto?," pues al no haber conocido hombre, ella no imagina que este nacimiento pueda ser posible. El ángel responde que esto se hará por el Espíritu Santo: Sobre ciertos íconos, nosotros vemos al Espíritu Santo bajo el aspecto de una paloma o de un haz de luz descendiendo hacia el seno de María: "El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y el poder del Altísimo te tomará bajo su sombra."
Inmediatamente el "si" de María pronunciado, el anuncio del ángel Gabriel se ha realizado:
El Hijo único de Dios
Nacido del Padre antes de los siglos,
Engendrado, no creado…
Ha descendido desde los cielos,
Se ha encarnado del Espíritu Santo
Y de la Virgen María
Y se hizo hombre. (Símbolo de la Fe, Credo de Nicea).
(Este versículo de salmo es cantado a la Liturgia de la Anunciación; a la primera antífona, antes de la procesión del Evangelio.).
El ángel Gabriel dice a la Madre de Dios: "Dios te salve, ¡oh llena de gracia!, el Señor está contigo" (Lucas 1:28).
Poco después, cuando María se encuentra con su prima Isabel, la madre de Juan el Bautista, ésta ve a la Virgen encinta. Ella reconoce el "signo" de Isaías por el estremecimiento de júbilo, en su vientre, del hijo Profeta del Altísimo y Precursor. Entonces Isabel, completando el saludo del ángel, agregará: "¡Bendita tú eres entre todas las mujeres, y bendito es el fruto de tu vientre!" (Lucas 1:41-42).
Más tarde la Iglesia nos enseñará a reconocer que es realmente la Virgen que "ha dado a luz al Salvador de nuestras almas": Lo hemos encontrado por los textos el origen de esta tan bella oración que cantamos a María todos los días.
El Magnificat.
Contemplemos aún este ícono de María encinta: Sobre sus vestimentas tres estrellas, una sobre la frente, dos sobre los hombros, simbolizan la virginidad: Virgen antes, Virgen durante, Virgen después de dar a luz: Vemos que María está ella misma orando (los brazos levantados, el gesto del orante). Inmediatamente nos viene la idea que la Madre de Dios después de la exclamación de Isabel dice a su vez:
Mi alma magnifica el Señor, y mi espíritu se regocija en Dios mi Salvador.
(Tú más venerable que los querubines e incomparablemente más gloriosa que los serafines, quién sin mácula dieras a luz a Dios el Verbo, Tú verdaderamente Madre de Dios, Te exaltamos).
Pues Él ha echado los ojos sobre la humildad de su sierva;
He aquí: en lo sucesivo todas las generaciones me dirán bienaventurada.
Pues el Todopoderoso a hecho de mí grandes cosas.
Santo es su Nombre y su misericordia hacia aquellos que le temen
Se extiende de edad en edad.
Él ha desplegado la fuerza de su brazo y dispersado a los orgullosos por el pensamiento de sus corazones.
Ha destronado a los poderosos y exaltado a los humildes;
Ha colmado de bienes a los hambrientos y expulsar los ricos con las manos vacías.
Ha tomado cuidado de su servidor Israel, recordando
De su misericordia, como Él había prometido a nuestros padres,
A Abraham y a su posteridad hasta en los siglos.
El signo de Isaías realizado, la Virgen encinta, nos ilumina con mucha fuerza para ciertos eventos importantes de nuestra vida. En la celebración del matrimonio o en la ordenación de un diácono o de un sacerdote, cuando recibimos estos sacramentos que nos abren el camino al reino de los Cielos, nosotros realizamos una procesión cantando:
¡Isaías regocíjate!
La Virgen ha concebido,
Ella da a luz un Hijo, Emmanuel,
Dios y hombre a la vez, Oriente es su nombre:
Niño Te exaltamos, Virgen,
Te bendecimos
Dios y hombre a la vez, he aquí todo el sentido de la Encarnación. La Virgen se ha unido a Dios al convertirse en su Madre. A la imagen de María, nosotros acogemos y recibimos a Dios, pues Dios se encarna también en nosotros por el Espíritu Santo. En efecto, la meta del cristiano, de su lucha con el pecado para obtener el perdón de Dios, y de dejar trasparentar la encarnación del Verbo en su vida, mismo en su cuerpo.
Las plegarias de los Padres de la Iglesia que leemos antes de la Comunión nos preparan a esta unión con Dios dentro de nuestro cuerpo. La de Basilio el Grande, por ejemplo: "Al recibir una parcela de tus Santos Dones, estaré unido a tu Cuerpo y a tu Sangre, y Tú morarás en mí con el Padre y tú Espíritu Santo."
El Cristo, el Dios vivo, viene a buscarnos para retornarnos a su Padre y reconciliarnos con Él. Es Él quién nos devolverá la imagen perdida. Él se ha hecho semejante a nosotros para que podamos reencontrar nuestra semejanza con Dios. Nos viene a buscar como la dracma perdida, como la oveja descarriada: aceptemos de volver a ser hijos de la luz para ser semejantes a Él: "Dios se hizo hombre para que el hombre se convierta en dios," ¡Pero, diremos nosotros, que audacia de creer esto! Volvámonos nuevamente hacia María, la Madre de Dios, pues ella ha realizado en forma total la unión con Dios y es ella nuestra guía en esta vía.
"Y para eso el verbo se hizo carne, y habitó en medio de nosotros…"(Juan 1:14).
En el capítulo precedente hemos meditado sobre el Verbo de Dios transformado en hombre, pero de forma totalmente misteriosa, y todavía escondido en el seno de Su madre; ahora vamos a descubrir con admiración el nacimiento de Jesucristo. Pero antes de estudiar la Natividad, detengámonos por un instante sobre un aspecto que puede lastimar a algunos de nosotros.
Las festividades de Navidad toman tales proporciones que arriesgamos perder el verdadero sentido de esta festividad: el aspecto comercial muy avasallador, decoraciones muy llamativas en los negocios, en las casas, en las calles mismas, folclore de papás Noel llevado hasta el absurdo, exceso de comida y de regalos. ¡Realmente el paganismo no ha muerto, ni la adoración de los ídolos! El becerro de oro toma el lugar de Dios hecho hombre. A la edad de la adolescencia, muchos jóvenes resienten esta exageración con disgusto y guardan un recuerdo desagradable de la Navidad debido al exceso de chocolate y a la decepción que sigue a la profusión de regalos. En la casa, se deja un lugar discreto a Jesús bajo la forma de una pequeña muñeca, en el medio de encantadores santurrones. Luego se hace énfasis sobre la festividad de la familia. ¡Y corremos el riesgo de desviar el misterio de Dios transformado en niño, de olvidarse del Rey de Israel, para dejar al niño caprichoso de la familia la impresión de ser el rey de la fiesta!
Algunos felizmente reaccionan a esta exuberancia y tratan de darle un sentido social a la festividad de Navidad. Muchos son los jóvenes que organizan la cena de nochebuena de los pobres, ancianos, personas aisladas, huérfanos, enfermos, etc.
Si hemos comprendido el mensaje de Navidad que nos enseña a amar a los pobres y a servirlos, volvamos ante todo hacia el Cristo. Él solo puede enseñarnos realmente a amar a los pobres, no para nuestra propia gloria, ni tampoco para un ideal social, pero por amor al hombre, como Él mismo lo ha amado. Jesucristo, en efecto, es el primero entre los pobres; nadie se ha empobrecido así totalmente como Él, aún más, voluntariamente. Puesto que no olvidemos jamás que Él es la segunda Persona de la Trinidad, el Hijo de Dios, y que Él se ha aniquilado hasta transformarse en este niño sin defensa, acostado sobre la paja al pié de los animales.
El cual teniendo la naturaleza de Dios,
No fue por usurpación,
Sino por esencia al ser igual a Dios
Y no obstante se anonadó a sí mismo
Tomando la forma o naturaleza de siervo,
Hecho semejante a los demás hombres,
Y reducido a la condición de hombre (Filipisenses 2:6-7).
Esclavo, en efecto lo es, puesto que Él comienza su vida terrenal por un acto administrativo y se hace censar como súbdito del emperador. Enseguida que Él tomó nuestra condición humana, Él es rechazado, no había lugar para Él en las casas: "La piedra que desecharon los arquitectos, esa misma ha sido puesta por piedra angular del edificio…" (Salmo 117[118]: 22).
De rechazo en rechazo, Él fue obligado a huir a Egipto: ¡helo aquí esclavo, pobre y exilado, Él el Rey del Universo!
¡Navidad es también un mensaje de Paz! Mismo para aquellos que han olvidado al Cristo, o que nunca lo han conocido, Navidad simboliza la paz sobre la tierra y el amor entre los hombres, aunque no sea por veinticuatro horas, por una noche (por ejemplo, treguas durante las guerras, cese de fuego, mensaje de paz de todos los gobernantes del mundo, etc.). Esto es justo, el Cristo es el Dios de la Misericordia, el "Príncipe de la Paz"… y a Su Paz no habrá límites (Isaías 9:5-6).
La paz de este mundo es a menudo sinónimo de calma entre dos guerras. Jesús es el "Príncipe de la Paz," una paz sin fin, su Reino no sucumbirá como todos los otros reinos, reinados, gobiernos, dictaduras. La Paz de Jesucristo nos hace partícipes desde ahora de su Reino por venir. Aprendamos desde este momento a llevar esta Paz de Cristo en nosotros. Como los pastores, comprendamos la exclamación de los ángeles en la noche de Navidad: "Gloria a Dios en lo más alto de los Cielos y paz sobre la tierra, benevolencia a los hombres" (Lucas 2:14).
¡Seamos los testigos de esta maravillosa reconciliación entre el cielo y la tierra, entre Dios y los hombres!
No agotaremos jamás el mensaje de Navidad, su belleza y su misterio. Hemos evocado la paz y la pobreza. Es en la persona de Jesús que nosotros comprendemos estos dos aspectos: Él es la Paz y Es el más pobre entre los pobres. Ahora podemos profundizar todavía la Navidad estudiando lo esencial de esta festividad, su sentido más profundo que nos revela el misterio de la Encarnación: Dios hecho hombre.
Es por el ícono y la lectura del Evangelio que intentaremos comprender la Encarnación. Veamos el ícono, él nos reconcilia de golpe con la festividad de Navidad y nos hace olvidar la excitación que la acompaña. Reina una tal paz, una tal armonía; todo es festividad, es decir dentro de la alegría. Los astros resplandecen en los cielos, las rocas se abren para acoger a su Creador, los animales son pacificados, los pastores comparten su alegría con los ángeles, los magos galopan alegremente hacia el descubrimiento de la Verdad revelada por la estrella. Todo está bañado en luz, la luz de un resplandor particular, aquella de la que habla San Lucas: "El Ángel del Señor se les apareció junto a ellos, y cercolos con su resplandor una luz divina, la cual los llenó de sumo temor" (Lucas 2:9).
¡Hoy la Virgen pone al mundo al Eterno
Y la Tierra ofrece una gruta al Inaccesible.
Los ángeles y los pastores lo alaban
Y los magos con la estrella avanzan,
Puesto que Tú has nacido para nosotros,
Pequeño Niño, Dios Eterno!
(Himno de Romano el Mélode), Kontakión.
El poeta, Romano el Mélode, y el pintor anónimo encuentran la misma inspiración, la misma fuente abrevada en el Evangelio.
Retomemos el comentario del ícono: a parte del baño del niño, detalle muy humano sobre el alumbramiento, y el ajetreo inevitable alrededor del recién nacido, el iconógrafo es muy fiel al espíritu del Evangelio. Si releemos los dos relatos de la Navidad, él de Mateo y él de Lucas, encontraremos todos los elementos reunidos sobre la tabla. Hagamos el paralelo entre el Evangelio y el ícono (Mateo 1:18-25).
Para empezar la duda de José sobre la virginidad de María y el origen divino de Jesús. En la parte baja de la imagen José está sentado abrumado, la cabeza entre las manos, está tentado por el demonio de la duda, bajo el aspecto de un viejo pastor. (San José no será el único en la historia de la humanidad a dudar de este misterio, demasiado grande para el entendimiento humano). Después del episodio de José a cual un ángel revela la verdad sobre las naturalezas humana y divina reunidas en Jesús, Mateo pasa muy rápidamente el mismo nacimiento en Belén y relata en detalle la visita de los magos (Mateo 2:1-12). Sobre el ícono, vemos esos personajes de alto rango en la búsqueda del Rey de los Judíos. El Troparion de la festividad desarrolla el tema de los magos:
Tu nacimiento, oh Cristo nuestro Dios,
Ha hecho resplandecer en el mundo
La luz del Conocimiento.
En ella los servidores de los astros,
Enseñados por la estrella,
Aprenden a Adorarte,
Tú, Sol de Justicia,
Y a Conocerte, Oriente Del Alto
Gloria a ti, Señor
(Troparion de Navidad).
Los magos representan a los maestros de la ciencia antigua. Son enseñados por los astros y, gracias a una estrella, emprenden el camino a la búsqueda de un rey que viene de nacer y encuentran a un niño acostado sobre la paja. Ellos querían rendirle tributo al Rey de los Judíos, decían ellos a Herodes, pero cuando encontraron al niño, fueron llenados de una gran alegría y reemplazaron el tributo por la adoración. Entonces le ofrecieron dones: oro para el rey, incienso para Dios, y mirra para el hombre mortal. Estos sabios viniendo desde Oriente han encontrado la Verdad en sí misma, aquella que siempre buscaban en los astros. Ahora conocen el Sol de la Justicia, el Oriente del alto, aquel que viene del cielo. Pero ese cielo no es aquel que fue creado en los primeros días de la Creación, aquel donde los astros evolucionan. Esos astros no podían darles a los magos más que un conocimiento parcial. El Sol de la Justicia no es creado, la Luz del Conocimiento revela a Dios, el Oriente del alto que se hace conocer a los magos, es el Verbo que estaba desde el principio con Dios, que era Dios (Juan 1:1), aquel de antes de los siglos. Es decir, aquel que estaba antes de los tiempos y antes de la materia creada.
Podemos hacer un paralelo entre la búsqueda de los magos y la revelación a los pastores contada por san Lucas (Lucas 2:1-19). Los sabios han necesitado una larga búsqueda para llegar hasta Dios. Los pastores, ellos, han recibido la Buena Nueva directamente de un ángel, sin transición ni preparación.
El texto de san Lucas esta compuesto con una gran precisión: Como el iconógrafo e himnógrafo, el evangelista contempla el evento con la agudeza de una mirada despierta por el Espíritu y la retranscribe a esta misma Luz que trasciende y transfigura la pura narración descriptiva.
El evangelista sitúa de golpe el evento en la historia: el edicto de Cesar Augusto, el censo, el nombre del gobernador de esa época en Siria. Luego sitúa los principales personajes en el espacio geográfico: José y María se desplazan de Galilea a Belén, puesto que son de la tribu de Judá, salidos de la Casa de David. Jesús es el Ungido del Señor (Mesías en hebreo, Cristo en griego), Él es el Rey de Israel, el hijo de David (Profecía de Miqueas 5:1).
San Lucas representa el nacimiento de Jesús fuera de los caseríos, en la campiña; la vecindad de los pastores en los campos testifica que la escena sucede en plena naturaleza. Pero, dirán ustedes, el narrador no hace mención de la gruta, no habla del pesebre. Un pesebre supone un establo, puesto que es un comedero para el ganado, y los pastores utilizaban las grutas para encerrar a sus rebaños y cobijarse ellos mismos.
El evangelista tampoco menciona al asno y al buey. La lógica completa al relato: José para viajar tenía un asno y el pesebre estaba lleno de heno para alimentar al ganado. El buey, aquí, nos recuerda la presencia del ganado. Pero no es por una inquietud de semejanza que los animales están representados en el ícono, puesto que en todo tiempo y en todos los países la iconografía de Navidad hace referencia a la profecía de Isaías:
Hasta el buey reconoce a su dueño,
Y el asno el pesebre de su amo,
Pero Israel no me reconoce,
Y mi pueblo no entiende mi voz. (Isaías 1:3).
Delante de la gruta, María esta recostada en la posición habitual de una mujer que dio a luz. Su silueta es monumental, ella tiene un gran lugar en la composición del ícono; esto exprime la importancia de la Virgen en el misterio de la Encarnación: María por el nacimiento de su Hijo, se transforma en la Madre de Dios, Theotokos. ¿Pero, frecuentemente nos asombraremos, porque María le da la espalda al niño? Ella mira con compasión a José, que está en la duda y a través de él toda la humanidad sumergido en las tinieblas de la ignorancia. Su mano parece señalar al recién nacido, por este gesto ella guía a todo hombre hacia el Hijo de Dios. Ella lo puso al mundo para la salvación del género humano, afín de revelar la gran gloria de Dios. Su alegría sobrepasa al orgullo maternal que es un sentimiento bien natural pero todavía demasiado humano. La mano de María está al mismo tiempo dirigida hacia el niño y apoyada sobre su pecho, ¿el iconógrafo no habrá querido, a través de este gesto discreto, hace alusión a las palabras de san Lucas: "María, empero, conservaba todas estas cosas dentro de sí, ponderándolas en su corazón" (Lucas 2: 19).
Toda la composición pictórica está centrada en la gruta, todo converge hacia ella. Es como una espiral donde el punto central sería es agujero obscuro de donde emana la Luz. Jesús esta en el hueco de la gruta, como si hubiera salido de la tierra misma. Esta imagen nos da el verdadero sentido de la Encarnación. Cuando Adán fue creado fue sacado de la tierra, hoy — el segundo Adán — el Cristo, recrea al hombre en su persona. El Hijo de Dios, en el hueco de la gruta, ha tomado nuestra condición humana: el ha nacido de la tierra y retornará a la tierra, luego de su sepultura: "El primer hombre es el terreno, formado de la tierra; y el segundo hombre es el celestial, que viene del cielo… Así como hemos llevado grabada la imagen del hombre terreno, llevemos también la imagen del hombre celestial" (1 Corintios 15:47-49).
¡Si el Cristo ha descendido del cielo hasta el hueco de la tierra, y más tarde hasta el fondo del infierno, es para que nosotros resucitemos con Él! Con la fiesta de Navidad, una gran alegría nos invade, como los magos y los pastores; nada nos puede sacar esta alegría, puesto"Dios está con nosotros," lo que en hebreo se dice: "¡Emmanuel!"
El Bautismo de N. S. Jesucristo
Espera y Reconocimiento del Cristo Dios.
La meta de esta segunda parte del libro es de redescubrir la espera de Israel para su Cristo ("Mesías" en hebreo) con el fin de poder reconocerlo en Jesús de Nazareth. Aquel, en efecto, quién cree que Jesús es verdaderamente el Cristo anunciado por los profetas ("Aquel que debe venir," Lucas 7:19) y esperado por el pueblo, este se convierte en cristiano.
Novicio: ¿Cristo no es el nombre de Jesús?
Maestro: Ciertamente no. La palabra Cristo designa a Aquel del cual los profetas han trazado mucho antes, en cierta forma, el esbozo. El título "Cristo" designaba a un desconocido, descripto anteriormente, aguardado, esperado: Conocíamos la función que el desempeñará, algunos de sus rasgos, el papel que debería desempeñar, no sabíamos quién ocuparía este papel.
Cuando Jesús halla llegado, algunos reconocerán en Él el Cristo esperado; es ha ellos a quién denominaremos cristianos.
Vamos entonces exponer lo que denominamos "la espera mesiánica," es decir vamos a volver a llamar algunos de los hechos y de las palabras por los cuales Dios a anunciado y preparado la venida de Su Hijo. Describiremos seguidamente el acontecimiento y los signos que permitirán reconocer, en Jesús de Nazareth, el Cristo o Mesías esperado.
Los once primeros capítulos del Libro del Génesis — el primer libro de la Biblia — no pertenecen al género de libro histórico propiamente dicho. Es recién a partir del doceavo capítulo, con el relato de las promesas hechas por Dios a Abraham, que nosotros realmente entramos en la historia, es decir en el relato de los acontecimientos que pueden ser situados en el tiempo y en el espacio. Dios promete de intervenir en la vida de los hombres y este juramento inaugura la historia del pueblo de Dios, Israel, que nos conducirá hasta el Cristo, Rey de Israel.
La aventura de Abraham comienza de una forma muy abrupta: "El Señor dice a Abraham: deja tu país, tus parientes y la casa de tu padre hacia el país que te indicaré. Haré de ti un gran pueblo, te bendeciré, en ti serán bendecidas todas las naciones de la tierra" (Génesis 12:3, trad. Setenta ). Recibiendo esta orden y esta promesa, Abraham no duda, parte con su mujer Sara, su nieto Lot y todos sus rebaños. Abandona su país, su seguridad y se abre a un porvenir desconocido, determinado por el Don de Dios. Apunta toda su vida sobre esta palabra con obediencia y una confianza sin límites en Dios.
De este primer relato, descubrimos la fe de Abraham, fe ejemplar que es un don de Dios y acogida del don. Fe libre y liberadora que implica una cooperación a la obra de Dios, un "si" sin reticencia. Esta fe es de la misma naturaleza que la de la Madre de Dios y de todo cristiano: ella acoge la visita de Dios. Hay, por otra parte, en el llamado de Dios y en la respuesta de Abraham, una familiaridad llena de amor mutuo. Dios habla, los llama por su nombra a aquellos que elige y espera de ellos una respuesta. Israel vivirá la vida como un diálogo entre Dios y el hombre. Es una relación de persona a persona, en una seguidilla de situaciones concretas que se desenvuelve como una simple historia.
Dios no cesa de actuar, y experimentamos esto con alegría al leer la Biblia. ¿Este accionar no es en algún aspecto lo que la Escritura denomina Gloria de Dios?
Entonces Abraham se pone en camino hacia el país de Canaán y, de "campamento en campamento"; recorre el Negué, Egipto, vuelve a Negué y prosigue incansablemente su camino encontrando numerosas aventuras.
El Señor nuevamente se dirige a Abraham prometiéndole una posteridad numerosa y agregando: "Todo el país que ves, Te lo daré."
Más tarde, cuando la palabra de Dios le fue dirigida una tercera vez, Abraham respondió. "Señor que me darás tú, me voy sin hijos." Entonces el Señor le dice: "Mira al cielo, y cuenta si puedes, las estrellas. Pues así, le dijo, será tu descendencia" (Génesis 15:2-5).
La promesa es doble:
1. una herencia: la posesión de la tierra de Canaán;
2. un heredero: una posteridad numerosa y bendecida.
Ahora bien, Abraham y su mujer no tenían hijos, y ellos eran de edad muy avanzada, pero "Creyó, Abraham a Dios, y su fe reputósele por justicia" (Génesis 15:6).
Comprendemos lo que esto quiere decir meditando las palabras de san Pablo al respecto: "… Y así no fue en virtud de la ley, sino en virtud de la justicia de la fe, la promesa hecha a Abraham… La fe, pues, es por la cual nosotros somos herederos, a fin de que lo seamos por la gracia y permanezca firme la promesa para todos los hijos de Abraham, no solamente para los que han recibido la Ley, sino también para aquellos que siguen la fe de Abraham, que es el padre de todos… Y que lo es delante de Dios, a quién ha creído, el cual da vida a los muertos y llama o da ser, a las cosas que no son, del mismo modo que conserva las que son" (Romanos 4:13, 16-17).
Dios habló con Abraham una cuarta vez, no solamente prometiéndole todo el país de Canaán pero un hijo de su mujer Sara; En ese momento Abraham tenía cerca de cien años y su mujer cerca de los noventa años. Los hombres y las mujeres no pueden más tener hijos estando tan avanzados en edad pero Dios quiere cambiar el curso de la historia:
Que Dios es grande como nuestro Dios
Tú eres el Dios único que hace maravillas (Salmo 135[136]: 4).
Aquí se ubica una manifestación muy misteriosa frecuentemente denominada "la aparición de Mambré" o "la hospitalidad de Abraham." Nos es dicho: "El Señor se le apareció en el roble de Mambré mientras que él estaba sentado a la entrada de la tienda en lo más cálido del día. Levantando sus ojos, hete aquí que ve tres hombres parados cerca de él … Dijo: Mi Señor, te lo ruego … quieras no seguir sin detenerte …" (Génesis 18:1-15).
¿Se habrán dado cuenta que se nos dice: "El Señor le apareció," pues, nos muestran a tres personajes: A quienes Abraham se dirige hablando en singular "Mi Señor"? ¿No es extraño? Dios … tres personas … Una en tres …
El relato prosigue: Sara prepara deprisa una comida que Abraham sirve respetuosamente a los tres personajes mientras Sara se esconde dentro de la tienda. Ustedes la ven, sobre esta reproducción de un mosaico, pasando la cabeza entre las cortinas para observar y escuchar con una sonrisa perpleja.
Entonces el Señor promete que Sara tendrá un hijo en algunos meses; Sara al escuchar estas palabras se pone a reír. Sin embargo esta asombrosa promesa será cumplida. Una gran alegría es dada a Abraham: Sara, la esposa legítima, se transforma en la madre de su hijo, Isaac. Isaac, a su vez tendrá un hijo, Jacob.
Combate de Jacob con el Angel.
Jacob, hijo de Isaac, vuelve a su país natal, al país de Canaán, luego de veinte años de ausencia. Es una caravana importante: doce hijos, esposas, servidores y rebaños. Hace pasar su familia por el vado de Jabbok y queda solo por la noche. Entonces habrá lugar a una escena grandiosa de donde Jacob saldrá transformado, de donde el pueblo elegido recibirá a través de Jacob (el "substituto") su nuevo nombre de Israel — "aquel que ha luchado contra Dios."
¿Qué es lo que ha sucedido en Jabbok?
Jacob lucha con un ser misterioso, el ángel del Señor, presencia de Dios mismo, Jacob percibe que un poder espiritual emana de su desconocido antagonista. Siempre presto en adquirir, el querría apropiarse de este poder, o por lo menos, tener parte. Cosa extraña, el ángel no puede vencer a Jacob y Dios no fulmina al audaz puesto que Dios ama nuestra audacia, nuestro deseo de lo divino y el Promete el Reino a los violentos; Le place que Jacob diga: "No te dejaré ir antes de que me hayas bendecido." El ángel lo bendice y lo nombra Israel, pues "has sido fuerte contra Dios y contra los hombres tu lo superarás" (Génesis 32:29).
Jacob ha sido el vencedor, no obstante se necesita que él se humille ante la soberanía de Dios; es por ello que el ángel en la encajadura de la cadera y, a partir de esa noche, Jacob será cojo. Por una parte, nuestro deseo de Dios debe ser bastante violento para que nuestro encuentro con Dios se haga; por otra parte; debemos reconocernos como pecadores, heridos en nuestra naturaleza, y, de esta herida, no hay cura sin el Salvador.
La prueba de Jabbok finalizó. Jacob denomina a este lugar con el nombre de Fanuel — faz — puesto he visto a Dios cara a cara y mi alma fue salvada. Y por haber visto a Dios cara a cara, podrá, en algunos instantes, al encontrarse con su hermano Esaú, decirle: "He mirado tu cara como se mira la cara de Dios."
De esta manera, la promesa de Dios hecha a Abraham es renovada. Jacob es llamado, desde entonces Israel, sus doce hijos serán Israelitas, antepasados de las doce tribus del pueblo elegido.
La historia de Israel es aquella de un lento y penoso ascenso hacia el Cristo, aquella de las dudas, de las revueltas, de la fidelidad y de los desfallecimientos de los hombres y también del Amor de Dios para ellos: historia donde la libertad humana se encuentra constantemente puesta a prueba por la voluntad de Dios. El sentido secreto de esta historia que iremos descubriendo poco a poco es el misterio de Jesucristo prometido, anunciado y preparado: "En ti serán bendecidas todas las naciones de la tierra."
Por la elección de Abraham, Isaac y de Jacob, Dios ha elegido a un pueblo: el pueblo de Israel, con quién Él sella una alianza para dirigirse, a través de él, a toda la humanidad y llamarla a la salvación. Será de esta raza que nacerá el Cristo. Es él porqué los cristianos son hijos de Abraham, hijos de Isaac e hijos de Jacob. San Pablo dice: "Y siendo vosotros miembros de Cristo, sois por consiguiente hijos de Abraham, y los herederos según la promesa" (Galatas 3:29). Abraham es el padre de los creyentes.
La Unción de David, Profética Figura del Mesías.
Alrededor de ocho siglos más tarde el pueblo de Israel, que hasta ahora no tuvo otro Rey que Dios, siente la necesidad de un rey terrestre para que los guíe y se lo reclama al profeta Samuel. Si Dios mismo designa al rey, es Samuel, hombre piadoso y sabio, amado de todo el pueblo, que deberá revelar su misión a aquel que Dios ha elegido. Dios primero había elegido a un hombre poderoso y bello de la tribu de Benjamín, su nombre era Saúl. Defendió corajudamente al pueblo de Dios pero su obediencia se debilitó. Dios entonces designó a un joven para reemplazarlo. Él lo eligió cuando éste último era todavía adolescente: este será el primer gran rey de Israel, David.
Samuel desde su infancia vivía con el sumo sacerdote. Oraba a Dios sin tregua. Sus contemporáneos a veces lo llamaban el "profeta," es decir aquel que habla en el nombre de Dios o lo "ve," aquel que conoce los designios de Dios. Hacía, en el país, la función de "juez."
Cuando Samuel llega a Belén; se presenta a la casa de Isaí y le pide ver a sus hijos. Eliab, el mayor, se presenta el primero; el Señor le dice a Samuel: "No mires su alta estatura, no es él que he elegido" Delante de Abinadab, él que le seguía, el Señor dijo: "Tampoco es él, Yo no miro las apariencias pero Yo sondeo los riñones y el corazón." De esta manera pasan los siete hermanos delante de Samuel sin que ninguno sea elegido.
Samuel pregunta a Isaí si tiene otros hijos. Le responden que el más joven, todavía adolescente, David, cuida el rebaño. Lo hacen buscar: es pelirrojo, su mirada viva, de buena talla. El Señor dice a Samuel: "He aquí al que He elegido." Seguidamente Samuel toma la cuerna del óleo y vierte el óleo sobre la cabeza del joven elegido quién recibe, con el óleo, las cualidades necesarias al rey del pueblo de Dios, a aquel que debe conducir a Israel y conservar la Alianza establecida entre Dios y su pueblo desde Abraham.
El gesto por el cual David es así consagrado se denomina unción o crismación. Por este gesto de Samuel vertiendo el óleo sobre la cabeza, Dios se derrama en el corazón de David quién se convierte en rey de Israel a Sus ojos. David es de ahora en más aquel que Dios ha elegido. La "unto" de Dios — en griego el Cristos de Dios, en hebreo el "Mesías" de Dios — aquel que está colmado de Espíritu y que puede conducir a Israel hacia Dios en la fidelidad y la justicia.
La unción de David será continuada de una promesa que Dios le hace:
Hago una alianza con mi elegido
Le he prometido a David, mi servidor
Para siempre, He fundado su linaje
Le he construido un trono para la eternidad …
He encontrado a David, mi servidor,
Lo He ungido de mi óleo santo …
Me llamará: "Tú, mi Padre …
Y para siempre le guardo mi amor;
Mi alianza le quedará fiel" (Salmo 88 [89]).
Por esta promesa, Dios se compromete a prolongar su linaje, su descendencia para siempre; a entregar su trono, su reino eterno; es decir que un descendiente de David será superior a su ancestro, que su reino tendrá otra dimensión — la dimensión de la eternidad. Esto es lo que confirma el salmo 44 [45]: 7-8:
Para siempre Tu trono, oh Dios,
Y para siempre el cetro de rectitud
El cetro de Tu reinado.
Tú armarás la justicia y odiarás la impiedad,
Es porqué Dios, tu Dios te ha dado la unción
De un óleo de alegría como a ninguno de tus rivales
Es por ello que David mismo dará a su propio descendiente el título de "Señor" exclamando:
El Señor ha dicho a mi Señor:
Siéntate a mi derecha, hasta que
Haya puesto a tus enemigos bajo tus pies (Salmo 109 [110]: 1).
Este carácter eterno del reinado del descendiente de David, del futuro Rey de Israel, será confirmado por el profeta Daniel, quién, llamándolo "Hijo del Hombre," dirá de él:
Su imperio es un imperio para siempre
Que jamás pasará
Y su reino no tendrá fin. (Daniel 7:14).
Mejor aún: no solamente el reinado de este Hijo del Hombre, de este hijo de David, será eterno pero también será universal, se extenderá sobre el universo entero:
Te doy las naciones por herencia, por dominio, las extremidades de la tierra (Salmo 2:8).
El salmo 71 [72] describe el comportamiento de este Rey eterno y universal, su amor por los pobres y los débiles.
Alrededor de dos siglos más tarde es el gran profeta Isaías (cuya misión comenzará en el año 740 antes de Jesucristo) quién describirá de la manera más trastornante Aquel que Dios ungirá de su espíritu para hacerlo reinar sobre su pueblo:
El pueblo que marchaba en las tinieblas
Ha visto una gran Luz;
Sobre los habitantes del país sombrío
Una luz resplandeció.
Tú has multiplicado su alegría,
Tú has hecho estallar su felicidad
Ellos se regocijan ante Ti
Como se regocija a la cosecha …
Puesto que un niño nos ha nacido,
Un Hijo nos ha sido dado,
Él recibió el imperio sobre sus hombros
Se le da este nombre:
Consejero-maravilloso, Dios Fuerte,
Padre eterno, Príncipe de la Paz.
Extenso es su imperio
En una paz infinita
Para el trono de David
Y su realeza
Que Él estableció y que Él afirmó
En el derecho y la justicia
Desde ahora y para siempre … (Isaías 9:1-6).
En el capítulo 42, versículos 1 al 4 del Libro de Isaías, el profeta va a revelarnos el carácter, la marca esencial de este Príncipe de la Paz del cual David no era más que la imagen:
He aquí mi servidor que Yo sostengo,
Mi elegido que prefiere mi alma;
He puesto sobre él mi Espíritu
Para que él aporte a las naciones la justicia.
Él no grita, no eleva el tono,
No hace escuchar su voz en las calles,
No quebrará la caña cascada;
No apaga la llama vacilante,
Fielmente, aporta la justicia,
Él no vacila ni es destruido hasta que la justicia sea establecida
Sobre la tierra.
Puesto que las tierras lejanas esperan su enseñanza.
Él aporta a las naciones la justicia, es el Hijo de David, "este retoño de la cepa de Isaí," porque el espíritu del Señor reposa sobre él:
Un retoño sale de la cepa de Isaí,
Un vástago crece de sus raíces:
Sobre él reposa el Espíritu del Señor,
Espíritu de sabiduría e inteligencia,
Espíritu de consejo y de fuerza,
Espíritu de ciencia, Espíritu de piedad y de temor del Señor
(Isaías 11:1-2).
Si, el Espíritu del Señor reposa sobre él. Lo dirá él mismo por la boca del profeta en el capítulo 61, versículo 1 de Isaías: El Espíritu del señor está sobre mí, puesto que el Señor me ha ungido (él me ha hecho Cristo). Me ha enviado a llevar la Buena Nueva a los pobres, vendar los corazones mortificados, anunciar a los cautivos la amnistía y a los prisioneros la liberación …
Este texto es fundamental, puesto, no solamente describe adelantadamente la misión del futuro Cristo (llevar la buena nueva a los pobres, vendar los corazones mortificados, anunciar a los cautivos la liberación), pero además, nos explica la naturaleza misma de su unción: "El Espíritu del Señor está sobre mí, puesto que el Señor me ha ungido."
Lo que hace la realidad de su unción, no es el óleo que una mano de hombre vertía sobre su cabeza, es el Espíritu del Señor que Dios mismo vierte sobre él: es el Cristo porque Dios hace reposar sobre él su Espíritu. El Cristo es por lo tanto: "Aquel sobre quién reposa el Espíritu" (Juan 1:33). Por eso Jesús leerá este texto en la Sinagoga de Nazareth y se lo aplicará a Sí mismo diciendo a los habitantes congregados: "Hoy se cumple a vuestros oídos el pasaje de la Escritura" (Lucas 4:16-21).
Los salmos 2 y 88 [89], nos liberarán el misterio supremo concerniente a este Cristo: él es, oh maravilla insondable, Hijo de Dios: Dios mismo afirma por su la boca del salmista: "Tu eres mi Hijo, Yo, hoy te he engendrado" (Salmo 2:7) y: "lo he ungido con mi óleo santo … Me llamara: Tú, mi Padre" (Salmo 88 [89] 21:27).
La unción y la filiación pues están relacionadas una con la otra.
2. Reconocimiento del Cristo Dios.
Juan, el hijo que el sacerdote Zacarías había tenido de su vieja esposa Isabel — que decían que era estéril - había nacido seis meses antes que Jesús. Desde que tuvo edad adulta, se retiró al desierto para escuchar mejor la voz silenciosa de Dios. Estaba vestido de una piel de camello ajustada en la cintura por un cinturón de cuero, como hasta ahora lo llevan los monjes, en recuerdo de Juan Bautista.
Es ahí que Juan, el más grande de los profetas, recibe el mismo mensaje que Isaías: "Aquel sobre el cual verás descender y permanecer al Espíritu, es el que bautiza en el Espíritu Santo" (Juan 1:33). Por lo tanto Dios hace saber a Juan — como había hecho saber Dios a Isaías siete siglos antes — que el signo que le permitirá reconocer al Hijo de Dios, el signo que hará evidente, manifiesta su unción (crismación o medianidad), será el hecho de ver descender al Espíritu y reposar en Él. La unción se volverá visible, pero no será una unción de óleo. Ya el óleo derramado sobre la cabeza de David no era más que la marca visible del descenso invisible del Espíritu Santo. Pero ahora, es el Espíritu invisible, Él mismo, que Juan verá ungiendo a Aquel que Dios designará como siendo su Elegido, Aquel que Él elige para reinar eternamente sobre el trono de David.
Juan, empujado por el Espíritu de Dios, se va entonces a las orillas del Jordán y hete aquí el último de los profetas de la Anciana Alianza que viene a anunciar la llegada inminente del Reino de Dios, es decir del Reino donde el Cristo de Dios será Rey, y predicar el arrepentimiento, pues solo los conversos, aquellos que se apartan del mal para retornar hacia Dios podrán ser parte: "Arrepiéntanse, pues el Reino de Dios está próximo," no cesa de repetir: Todos aquellos que se convertían en el Señor, él los preparaba para entrar en el Reino de Dios lavándoles los pecados, sumergiéndolos en el agua del río, "bautizándolos" en el Jordán.
He aquí que Jesús de Nazareth se le presenta. Mateo nos indica que Juan se juzga indigno de bautizarlo. Entonces Juan conoce a Jesús — si en otra parte dice "Yo no lo conocía," es que hasta ahí él no sabe que es el Elegido de Dios. — No obstante Jesús insiste para ser bautizado "con el fin de que toda justicia se cumpla"; y cuando Juan Lo bautiza he allí que "el Espíritu cuan paloma desciende del cielo y permanece en Él."
Es el signo esperado. Es entonces Jesús es Aquel que es ungido por el Espíritu de Dios; es Jesús quién es el Cristo: y he allí que del cielo se escucha una voz: "Tú eres mi hijo Bien Amado, Tienes todo mi favor":
Juan ha comprendido, Juan ha reconocido al Mesías, el Cristo y él atestigua que se cumplió la promesa, que la llegada del Mesías se ha realizado. Él dice a la muchedumbre: "He visto y atestiguo que es ÉL el Elegido de Dios."
Él recordará que Isaías había dicho: "El castigo que nos trae la paz está sobre Él; es gracias a sus llagas que somos curados … como un Cordero sin manchas es llevado a la matanza … por nuestros pecados Él ha sido golpeado hasta la muerte" (Isaías 53:5-8); es el porqué, identificando a Jesús a ese sufriente servidor, Juan agregará: "He aquí el Cordero de Dios que quita los pecados del mundo," resumiendo por adelantado la misión del Mesías — servidor sufriente, cordero inmolado por los pecados del mundo.
Es a partir de ese momento que algunos hombres de Galilea — Andrés, Juan, luego sus respectivos hermanos Simón-Pedro y Santiago, luego Felipe y su hermano Natanael, se atarán a la persona de Jesús. Es, en efecto, a continuación del bautismo de Jesús, que Andrés exclamará: "Hemos encontrado al Mesías, es decir el Cristo, y que Felipe dirá a su hermano Natanael: "Aquel del cual se habla en la ley de Moisés y en los profetas lo hemos encontrado, es Jesús de Nazareth (Juan 1:41-45). Por esto algunos años mas tarde, cuando Simón-Pedro anunciará la Buena Nueva a Cornelio, el oficial romano del cual nos habla el Libro de los Hechos (10:37), él se acordará del hecho decisivo que fue el principio de la gran aventura — que lo llevará a él mismo hasta el martirio en el Coliseo de Roma — y él dirá a Cornelio y a sus compañeros: "Ustedes saben lo que ha sucedido en toda Judea: Jesús de Nazareth, sus inicios en Galilea luego del bautismo predicado por Juan, como Dios lo ha ungido del Espíritu Santo y de poder…"
Por esto todos los evangelistas: Mateo, Marcos, Lucas y Juan, nos relatan el bautismo de Jesús y nos transmiten el testimonio de Juan el Bautista (Mateo 3:16-17); Marcos 1:9-11; Lucas 3:21-22; Juan, 1:32-34), mientras que únicamente Mateo y Lucas nos relatan el nacimiento de Jesús. Es, en efecto a su bautismo que Jesús de Nazareth ha sido manifestado al mundo como Cristo e Hijo de Dios. Es su bautismo que es su manifestación, su Epifanía, es ahí donde sus primeros discípulos han creído en Él, es decir han reconocido en Él el Cristo esperado. No porque Él se haya vuelto el Mesías ese día (como lo han pretendido ciertos herejes, el Hijo es Cristo desde toda eternidad. Él no lo deviene, puesto que el Espíritu Santo permanece en Él desde toda la eternidad. Ya desde siete siglos antes de su bautismo de la carne — lo hemos visto — el Hijo de Dios decía por la boca del profeta: "El Espíritu del Señor está sobre mí," pero es ese día él de su bautismo que esta realidad eterna es manifestada a los hombres. También la Iglesia celebra con tanto esplendor el Bautismo de Jesús: es la gran festividad de la Epifanía o teofanía (6 de Enero/19 de Enero, calendario Juliano).
El Bautismo de Jesús no es únicamente su manifestación al mundo como Cristo, su Epifanía el Bautismo Él manifiesto como Hijo de Dios y, por ello mismo, él es "Teofanía" — manifestación de Dios — pues Él nos revela el gran misterio de Dios, la Trinidad.
Juan, en efecto, ha visto el Espíritu Santo descender sobre Jesús bajo la forma de una paloma y permanecer en Él. La palabra "permanecer" expresa que, desde todo tiempo, el Espíritu Santo permanece en Aquel del cual la voz venida del cielo decía: "Este es mi Hijo bien amado."
Es él porqué san Cirilo de Jerusalén nos dice que manifestando a Jesús como Cristo, el Bautismo de Jesús nos revela, al mismo tiempo, el misterio de la divina Trinidad: en efecto, para que haya un Cristo, un Ungido — el Hijo — se necesita que alguien que lo origine, el Padre, y alguien que sea la unción — el Espíritu Santo que permanece en Él. Es así que no podemos pensar en el Cristo sin pensar en el Padre y en el Espíritu Santo; sin ellos, la palabra Cristo carece de sentido. No podemos confesar a Jesús como el Cristo sin confesar al Dios único como Dios en tres personas.
Es frecuente que nos hagamos una idea falsa de Dios: a veces nos parece que el Padre sería el Dios del Antiguo Testamento, luego el Hijo vendría a reemplazarlo en el Nuevo Testamento durante la vida de Jesús; por fin sería el turno del Espíritu Santo en los tiempos presentes de la Iglesia, y la vida de Jesús será conmemorada como un pasado histórico.
Si, tenemos muchos problemas en representarnos las tres personas en un solo Dios actuando en el mundo por una sola voluntad. ¿Cómo acercar el misterio de la Santa Trinidad?
Volvamos al bautismo de Jesús, cuando Jesús sale del agua. Ya lo hemos escrito: Juan el Bautista ve el Cristo sobre el cual permanece el Espíritu y el escucha la voz del Padre llamando a Jesús "Hijo Bien Amado": Juan reconoció un solo Dios en tres personas. Es en el Jordán, que se ha manifestado, por primera vez, la Trinidad. Es lo que la Iglesia nos describe a la vez por el ícono y por el canto de la festividad, a la Epifanía (o Teofanía).
Jesús está sumergido en el agua, diríamos que penetra el universo todo entero para cambiarlo por su presencia, para clarificarlo con su Luz, para iluminarlo, para santificarlo. Bien arriba, una Mano representa a Aquel que unge, Dios el Padre, invisible pero cuya voz rinde testimonio a Jesús llamándolo Hijo bien amado. La paloma representa al Espíritu Santo quién confirma la veracidad del testimonio posándose y permaneciendo sobre la cabeza de Jesús: es la "unción." Por fin, el Hijo; Aquel que es ungido, está sumergido.
El Troparion de la Epifanía, el cántico de la festividad, retoma el mismo tema:
Tu bautismo, en el Jordán, Señor,
Nos muestra la adoración dada a la Trinidad,
La voz del Padre te ha rendido testimonio,
Ella Te ha nombrado Hijo Bien Amado,
Y el Espíritu, bajo la forma de una paloma,
Ha confirmado la inquebrantable verdad de esta palabra,
Cristo Dios, Tú has aparecido, Tú has iluminado el universo,
Gloria a Ti.
En este himno de la festividad, el testigo, san Juan Bautista, no es mencionado. Él parece desaparecer para dejarnos solos, cara a cara con el misterio de la Trinidad. Esto subraya el papel de Juan Bautista, el Precursor, aquel quién nos indica donde encontrar a Dios y nos prepara a recibirlo por la penitencia, luego se retira. En efecto, Juan, el Amigo del Esposo, dirá más tarde: "Mi gozo, pues, es ahora completo. Conviene que Él crezca, y que yo mengüe" (Juan 3:29-30).
¿Qué decir de la Trinidad? ¿Cómo abordar este misterio? Ningún manual, ningún libro, ninguna lección de catecismo sabría "explicar" el misterio de Dios en tres personas. El riesgo es muy grande en deformar por palabras lo que es inexpresable, de disminuir por categorías humanas y limitadas a la razón, el Dios eterno. Únicamente la plegaria y la adoración permiten entrever una parcela de la Verdad sobre el Dios único en tres personas.
Utilicemos, para abordar este tema difícil, de una gran obra de arte, el ícono de la Trinidad de Andrés Rublev. Este pintor de gran talento que es también un hombre de oración, nos guiará hacia la contemplación de Dios único en tres personas.
Andrey (Andrés) Rublev, i