San Gregorio Palama

y la Tradición

de los Padres de la Iglesia.

 

De Arcipreste Jorge Florovsky.

Traducción de Irina Bogdaschevski.

Publicado por primera vez: "St. Gregory Palamas and the Tradition of the Fathers"// The Greeck Ortthodox Theological Review, Vol. 2,. 1959-1960, Winter, pp. 119-131. La traducción se hizo de la edición The Collected Works I.

 

 

Indice:

Siguiendo a los Padres.

El Espíritu de los Padres.

El Carácter Existencial de la Teología de los Padres.

¿Qué es "El Siglo de los Padres?"

La Herencia del Bizancio.

San Gregorio Palama y la Deificación.

El Misterio de la luz del Monte Tabor.

 

 

 

Siguiendo a los Padres.

"Siguiendo a los Padres de la Iglesia..." con esta o similar frase comenzaba comúnmente en la Iglesia Antigua una sentencia dogmática. Con estas palabras da comienzo la definición calcedónica. El VII-mo Concilio Universal comienza a pronunciar su decisión sobre los Santos iconos de modo más complejo: "Siguiendo la doctrina de los Santos Padres inspirada por Dios y la tradición de la Iglesia Cathólica..." Referirse a la doctrina de los Padres — es el hecho común en la práctica de la Iglesia. Esto de ninguna manera es sólo "la apelación a la antigüedad." Es cierto, que la Iglesia siempre subraya la constancia de la fé desde sus comienzos, de generación a generación. "Nosotros creemos en lo mismo, en lo que creen los apóstoles, — y esta es la justa señal de la fé auténtica," que siempre es la misma. Sin embargo, "la antigüedad de por sí sola — no es todavía la demostración de la autenticidad. Más aún, el Mensaje del cristianismo era para el "mundo antiguo" una noticia extraordinaria, el llamado a una renovación radical. "Lo vetusto" pasó y todo se había renovado. Además, también las herejías se referían a la antigüedad y apelaban a la autoridad de sus "antiguas tradiciones." Y es cierto, que las herejías a menudo estaban arraigadas en el pasado. Las antiguas fórmulas muy a menudo eran capaces de inducir al engaño. El mismo Vicente de Lerina se daba perfectamente cuenta de este peligro. Basta mencionar algunas alarmadas frases suyas: "Y he aquí, ¡qué transformación tan asombrosa! Los autores de estas estimaciones fueron reconocidos como ortodoxos, mientras que sus seguidores se consideran herejes; los maestros están absueltos y los alumnos — enjuiciados; los escritores de los libros se harán hijos del Reino Celestial, mientras sus fieles acólitos irán al infierno" (Commonitorium, cap. 6). Vicente de Lerina, sin duda, hablaba de san Cipriano y de los donatistas. El propio Cipriano también se encontraba con similares situaciones. "La antigüedad," como tal, puede resultar simplemente un prejuicio arraigado: nam antiquitas sine verita veritate vetustas erroris est (porque la antigüedad sin verdad es una error vetusto; Epistol.74). Con otras palabras, "la antigüedad y "la costumbre," de por sí solas no garantizan la presencia de la verdad. La verdad — no es "una costumbre."

La verdadera Tradición es la transmisión de la verdad — traditio veritas. Esta Tradición, según el Santo martir Irineo, nace y se cuida por medio de la fiel y bendita verdad, que fue dada a la Iglesia desde los comienzos y se preserva en la repetición incesante del servicio episcopal. La Tradición de la Iglesia — no es la fuerza de la memoria humana, no es la persistencia de los ritos y las costumbres. Esta Tradición viviente es una institución floreciente. No se la puede traducir "inter mortuas regulas" (al idioma de las reglas muertas). Al fin y al cabo, la Tradición es la permanente presencia del Espíritu Santo en la Iglesia, la continua conducción e iluminación de Dios. La Iglesia no tiene ataduras de la literalidad. Ella se mueve hacia delante guiada por el Espíritu. El espíritu de la Verdad, Aquel, que ha sido "el idioma de los Profetas," Aquel, que guiaba a los Apóstoles, — Aquel mismo Espíritu que conduce ahora a la Iglesia, de gloria en gloria, hacia la más completa comprensión de la Verdad Divina.

"Siguiendo a los Santos Padres"... Esto no es la invocación de una cierta tradición abstracta, del conjunto de fórmulas y aseveraciones. Es ante todo la invocación del testimonio de los santos. Porque nosotros nos dirigimos a los Apóstoles, y no a un "apostolado" abstracto. Lo mismo pasa con los Padres de la Iglesia. El testimonio de los Santos Padres entra honda — e inseparablemente en la propia estructura de la Fé Ortodoxa. La Iglesia recuerda tanto el querigma de los apóstoles, como las dogmas de los Santos Padres. Aquí podríamos citar el hermoso canto antiguo (que perteneció, posiblemente, a la pluma de San Román "de la dulce voz"): "El Apóstol con la predicación, y el Padre con las dogmas, dejaron grabado una sola Fé en la Iglesia, y también las vestiduras que lleva la Verdad, tejidas por las fuerzas superiores a la Teología, que actúan y glorifican el gran misterio de la devoción."

 

El Espíritu de los Padres.

La Iglesia es "La Iglesia Apostólica." Pero también es "La Iglesia Patrística." Ella es en el sentido más profundo "La Iglesia de los Padres." Estas dos definiciones son inseparables entre ellos. Sin los Santos Padres la Iglesia no sería auténticamente Apostólica. El testimonio de los Padres no es solamente un suceso histórico, no sólo es la voz del pasado. Nos permitiremos citar otro canto más, de la Misa a los Tres Santos: "con la palabra de la razón se elaboran las dogmas, pero antes con palabras simples lo presentan a la mente los pescadores, con la fuerza de su espíritu, y por ende llegan a componer nuestra simple fé." Estos son, digamos, los dos peldaños fundamentales de la confesión de la fé cristiana. "Llegan a componer nuestra simple fé." En esta transición — del querigma al dogma — se encuentra el sentido interior, la interior persistencia, el fin y la extrema necesidad. Evidentemente, tanto la doctrina de los Padres, como las dogmas de la Iglesia son en todo caso el mismo "simple Anuncio," una vez proclamado y legado para siempre por los Apóstoles. Pero ahora ese Anuncio ha sido pronunciado, digamos, de forma completa y exacta. La prédica apostólica no sólo se conserva, sino sigue viviendo en la Iglesia. Por eso la doctrina de los Padres es la eterna categoría del cristianismo, la constante, inmutable medida y el criterio de la fé verdadera. Los Padres no sólo son testigos de la fé antigua (testes antiquitatis). Ellos son testigos de la fé verdadera (testes veritatis). "El Espíritu de los Padres" es una autoridad para la teología ortodoxa, igual que la palabra de las Santas Escrituras, y uno es inseparable de la otra. Como dijo alguien tan bien: "La Iglesia Cathólica de todos los tiempos no es simplemente la hija de los Padres de la Iglesia; ella fue y sigue siendo la Iglesia de los Padres."

El Carácter Existencial de la Teología de los Padres.

El rasgo principal de la teología de los Santos Padres es su carácter existencial, si se me permite utilizar este neologismo tan popular en nuestros tiempos. Los Santos Padres bendecían, según la definición de san GregorioTeólogo, de manera "apostólica" y no de manera "aristotélica" (Hom. 23,12). Su teología lógicamente comprobada y reforzada con las demostraciones, permanece como "la teología querigmática." Su última instancia es siempre la visión que está fuertemente unida a la vida en Cristo; "la teología que ha roto con la vida de la fé degenera en una vana especulación mental, en una vanilocuencia carente de todo contenido espiritual." Las raíces existenciales de la teología patrística están en la firme confesión de la fé. Usar sólo los argumentos teológicos sin haber invocado la superior realidad espiritual, esto hubiera sido el método aristotélico. En el siglo de las violentas discusiones teológicas los importantes Padres de Capadocia protestaban contra la utilización de la dialéctica de "los silogismos aristotélicos," y trataban de hacer que la teología volviera a la visión de la fé. La teología de los Santos Padres sólo se puede predicar y confesar — predicar desde el altar y confesar por medio de las oraciones, de los santos ritos, y finalmente por medio del ejercicio de la virtud durante toda la vida. "La cima de la pureza es el comienzo de la teología" dijo el reverendo San Juan Escalante (Scala Paradisi, gradus 30).

Por otro lado, la teología de este tipo es siempre, llamemosla, "propedéutica": su principal meta y objetivo es conocer y confirmar el misterio de Dios Viviente y, desde ya, atestiguarlo por medio de las palabras y de los hechos. La teología no está encerrada en si misma. Ella no es más que el camino. La teología y hasta las dogmas no son más que los contornos "intelectuales" de la "Verdad Revelada" y el testimonio poético sobre Ella. Rellenar este contorno puede sólo el acto de la fé. Las fórmulas de la religión cristiana son totalmente inteligibles sólo para aquellos, quienes es conocen a Cristo Viviente, lo han aceptado y reconocido como a su Dios y a su Salvador, quienes existen con la creencia en El y en Su Cuerpo — la Iglesia.

Pues entonces, la teología no es una ciencia, explicable por sí misma. Ella siempre se refiere a la visión de la fé. "Aquello, que nosotros hemos visto y escuchado, les estamos anunciando." Sin este "anuncio" todas las definiciones teológicas son vacías y sin sentido. Por eso no se deben analizar de modo "abstracto," sin el contexto íntegro de "la fé." La tentativa de utilizar algunas afirmaciones de los Santos Padres fuera de aquel mundo, donde ellas han sido expresadas por primera vez, — lleva a un callejón sin salida, de la misma manera que lo hace la manipulación de las citas arrancadas de las Santas Escrituras. "Citar" a los Santos Padres, quiere decir — repetir ciertas palabras y frases arrancadas de su contexto, sólo con el cual ellas obtienen Su pleno y exacto significado, — es una costumbre peligrosa. "Seguir" los pasos de los Santos Padres no significa "citarlos" simplemente, "seguir" a los Padres significa asimilar su espíritu.

 

¿Qué es "El Siglo de los Padres?"

Ahora nos hemos acercado a lo más importante. El título de "Los Padres de la Iglesia"se utiliza comúnmente para denominar a los maestros de la Iglesia antigua. Se presupone normalmente que su autoridad se basa en la "antigüedad," en su relativa cercanía a la época de la " Iglesia inicial," a sus primeros tiempos. Discutir con respecto a eso le tocó todavía al venerable San Jerónimo. Se entiende, que con el transcurrir de la historia cristiana no se produce ninguna merma en "la autoridad," ninguna merma en la experiencia y el conocimiento espirituales. Muy a menudo nosotros, consciente, o inconscientemente estamos de acuerdo que la Iglesia antigua se encontraba, digamos, más cerca de la verdad. Como la aceptación de nuestra caída y nuestra imperfección, como el humilde reconocimiento de nuestros defectos, — semejante opinión es útil y razonable. Pero es peligroso, cuando con él comienza y en el se basa nuestra "teología de la historia eclesiástica," o solamente la teología de la Iglesia. No hay duda, que el siglo de los apóstoles debe permanecer en su lugar especial. Pero él era sólo el comienzo. Se suele creer que el siglo de los Padres ya está acabado: que es algo muy antiguo, arcaico, si no decir "caduco." El final del "siglo de la patrística" se determina de maneras diferentes. Comúnmente al venerable San Juan Damasceno se le considera como el último Padre en el Oriente, mientras san Gregorio "Biverbal" e Isidoro de Sevilla son los últimos Padres del Occidente. En los nuestros tiempos este concepto está en una justa disputa. ¿Por qué, por ejemplo, no puede llamarse Padre el venerable san Teodoro Estudita? Mabillón afirma que Bernardo de Clervós, "el dulcísimo doctor," ha sido el "último de los Padres, y desde ya incomparable con los Padres primeros. Todo esto es más que un simple asunto de periodización. Según el punto de vista occidental, después del "siglo de los Padres" sigue el "siglo de los escolastas": los últimos dieron un decisivo paso adelante y superaron a sus antecesores. Con el florecimiento de la escolástica la teología patrística ha caducado, quedó en el pasado, se transformó en un cierto preámbulo arcaico. Esta opinión elevada al dogma en el Occidente se acepta, lamentablemente, de modo ciego y poco crítico también por mucha gente del Oriente. Queda una sola de las dos: o lamentar el atraso del Oriente que no formó su propia escolástica, o hundirse en la "antigüedad" y dedicarse a aquella arqueología, que en nuestros tiempos suele llamarse ingeniosamente "la teología de la repetición." Lo último, al verificarlo, resulta ser sólo "una variante de la imitación de la escolástica."

A veces se escucha, que "el siglo de los Padres"se terminó hasta antes del Damasceno. Muy a menudo lo limitan con el tiempo de Justiniano, y hasta con el Concilio de Calcedonia. Debe ser, que Leoncio Bizantino ha sido "el primer escolasta." Semejante opinión es psicológicamente comprensible, pero teológicamente errónea. Es cierto, que los Padres del siglo IV-to producen una enorme impresión: no se debe negar su extraordinaria magnitud. Pero la Iglesia tuvo una vida plena también después de la Nicea y de la Calcedonia. Comúnmente si se exagera el significado de los "primeros cinco siglos" distorsiona peligrosamente la visión teológica, no permite interpretar correctamente el propio dogma calcedónico. Las resoluciones del VII-mo Concilio Universal a menudo se considera como un cierto "añadido" a la Calcedonia, mientras que la imponente figura del venerable Máximo Confesor casi no se toma en cuenta. El significado del VII-mo Concilio Universal no ha sido comprendido, en general, y nos queda sólo asombrarnos por qué el festejo del Día de la Ortodoxia está dedicado a la victoria de la Iglesia sobre los iconoclastas. ¿Acaso, esto no era una simple discusión sobre los ritos? Nos olvidamos muy a menudo, que la famosa fórmula "Consensus quinquesaecularis" (el consenso de los cinco siglos) es la fórmula protestante, que proviene de "La Teología de la Historia" específicamente protestante. Es una fórmula restrictiva, a pesar de que a los que quieren permanecer en el Siglo Apostólico, esta fórmula les parece demasiado amplia. El asunto está en que la común fórmula Oriental de los "Siete Concilios Universales"no es mucho mejor, si ella — así como sucede generalmente,- pretende limitar la autoridad de la Iglesia a sólo estos ocho siglos, como si el Siglo de rorro Oro de la Iglesia hubiera finalizado y nosotros viviéramos en el Siglo de Hierro que se encuentra en el peldaño mucho más bajo de la escalera del entusiasmo y de la experiencia espirituales. Nuestra mentalidad teológica (y la occidental — desde la Reforma) está contaminada con la idea de la decadencia, e interpreta bajo este aspecto toda la historia de la cristiandad. La plenitud de la Iglesia se comprende estáticamente, nuestra relación recíproca con la Antigüedad está distorsionada y falseada. Al fin y al cabo, no es tan importante con qué siglo nosotros limitamos la autoridad de la Iglesia — con el primero, el quinto o el octavo. Aquí no debe haber ningunas limitaciones. Entonces, quiere decir que no hay lugar para la "teología de la repetición." La Iglesia ahora posee no menor autoridad que en los siglos pasados y el Espíritu Santo vivifica a la Iglesia no menos que en los tiempos pretéritos.

 

La Herencia del Bizancio.

Como uno de los importantes resultados de la incorrecta división en períodos ha sido nuestra casi total falta de la valoración de la herencia teológica del Bizancio. Ahora, con el renacimiento de la patrística en el Occidente, nosotros, ya más que unas décadas atrás. estamos listos de aceptar la eterna autoridad de los Santos Padres. Pero siempre tratamos de limitar el círculo de los reconocidos, y no estamos listos, evidentemente, de incorporar a los "teólogos bizantinos" en calidad de los Santos Padres. Tratamos de trazar una línea divisoria muy severa entre la "patrística" (en un sentido más o menos estricto) y la "era bizantina." Todavía seguimos considerando la "época bizantina" como un decadente agregado al "Siglo de los Padres." Y seguimos dudando todavía si esa época tiene algún valor para el pensamiento teológico. Pero la teología bizantina no repite a la teología de los Padres: no puede decirse, que esto es algo diferente o peor en comparación con la "Antigüedad Cristiana." La teología bizantina prolonga orgánicamente el Siglo de los Santos Padres.¿Dónde está aquí la ruptura? ¿Es posible, que en algún momento (que, de todos modos, nunca podrá ser exactamente fijado) — el "ethos" de la Iglesia Oriental ha cambiado irremediablemente y todo su posterior desarrollo ya no tuvo aquella importancia, o autoridad, u otra cosa más? Aquellos, que aceptan la autoridad de los Santos Padres sólo hasta el VII-mo Concilio Universal, no dicen esto expresamente, pero parece que lo piensan.

El venerable San Simón el Nuevo Teólogo y San Gregorio Palama desaparecen de la historia.Los Grandes Concilios de los isicastas en el siglo XVI quedan inadvertidos y olvidados. ¿Cuál es su autoridad, qué lugar ocupan ellos en la Iglesia? En realidad, el venerable San Simón y San Gregorio Palama son maestros e inspiradores de todos los miembros de la Iglesia Ortodoxa, quienes —en la convivencia monástica, en el retiro desértico, o hasta en el propio mundo -aspiran a la perfección y viven una vida de oraciones y de la contemplación. Estos creyentes no saben nada de ninguna "ruptura" entra la patrística y la "bizantinística." "El Amor al Bien," esta enciclopedia de la devoción oriental, que ha juntado los escritos de muchos siglos, se hace en nuestros días en, cada vez más difundido, Manual para Todos, donde pretenden enseñar a vivir en el mundo actual según los cánones de la Ortodoxia. La autoridad de su autor, el venerable San Nicodemo de la Sierra Santa, ha sido hace poco aceptada y confirmada por medio de una formal canonización. Nosotros continuamos el "Siglo de los Padres" en la Iglesia orante. ¿No deberían, acaso, continuar también en nuestras teológicas doctrinas, las investigaciones y las búsquedas ? ¿No deberíamos nosotros en nuestros pensamientos teológicos hallar de nuevo "el espíritu de los Padres"? Y el espíritu de los Padres no consiste sólo en el estilo arcaico, ni en una pose majestuosa, y tampoco en la adoración de la antigüedad. Este espíritu está en las relaciones existenciales y en la orientación espiritual. Sólo haciendo este camino nuestra teología confluirá de nuevo plenamente con la amplitud de la vida cristiana. Para eso no es suficiente conservar "la liturgia bizantina" — lo que hacemos ahora; ni sólo restaurar la iconografía y la música bizantinas — que también hacemos (pero sin ganas y de manera inconsecuente); ni tampoco practicar solamente algunos métodos bizantinos de crecimiento espiritual. Debemos llegar hasta las raíces de esta "tradicional" devoción, volver al espíritu de los Padres. De lo contrario tendremos la amenaza (que ya cayó sobre algunos de nosotros) del desdoblamiento interior entre la tradicional veneración a Dios y el pensamiento teológico bastante poco tradicional. Es un peligro real. Como "simplemente creyentes" nosotros pertenecemos todavía a la "tradición de los Padres." ¿No deberíamos abierta — y conscientemente permanecer en esta misma "tradición" también como teólogos, como los maestros confesos de la Ortodoxia? ¿Acaso existe otro método para conservar la integridad?

 

San Gregorio Palama y la Deificación.

Todo este prólogo tiene una relación directa con nuestro tema. ¿Cómo es la herencia teológica de San Gregorio Palama? San Gregorio no es un científico, ni un teólogo. Él es un monje y un obispo. Él no se dedicaba a los abstractos problemas filosóficos, aunque se hallaba muy cómodo en este ámbito. Él se dedicaba solamente a los problemas de la vida cristiana. Como teólogo él era simplemente un interpretador de la experiencia espiritual de la Iglesia. Casi todos sus escritos, — quizás, exceptuando sus predicas, — han sido ocasionales. Él lidiaba con los problemas de su tiempo. Y era un tiempo agitado, el siglo de las disputas y críticas. Y también era el siglo del renacimiento espiritual.

Durante la vida de San Gregorio los enemigos dudaban de él considerándole un introductor de novedades funestas. En el Occidente esta incriminación sigue amenazándolo hasta hoy. Pero las ideas de San Gregorio están hondamente arraigadas dentro de la Tradición. La mayor parte de sus opiniones e ideas no es difícil atribuir a los capadocianos y a uno de los más populares maestros de pensamiento y devoción en Bizancio — el venerable San Máximo el Confesor. Además, San Gregorio tiene una estrecha correspondencia con los escritos del seudo-Dionicio. Él pertenece a la tradición. Pero su teología de ninguna manera es la "teología de la repetición" Es el desarrollo creativo de la tradición antigua. Este desarrollo comienza con la vida de Cristo.De todos los temas teológicos de San Gregorio nosotros nos permitiremos elegir una, la más importante, la que provocó mayores discusiones. ¿Qué es lo que debe ser primordial en la vida de un cristiano? La tradición de los Santos Padres determina como la meta principal de la vida humana como "teosis"- edificación. Para el oido de un contemporáneo esto suena extraño y pretencioso. Si, es una palabra audaz. Pero su significado es simple y claro. Es uno de los más importantes términos en el diccionario de los Santos Padres. Basta citar a San Atanasio: "Él se hizo Hombre para deificarnos en Él Mismo" (Ad adelphium, 4). "Él se hizo hombre para que nosotros nos deifiquemos" (De incarn., 54). San Atanasio resume aquí la idea más querida del Santo Mártir Irineo: "Aquel, gracias a Cuyo inmenso amor nosotros existimos, puede transformarnos en aquello, que es Él Mismo" (Adv. Haeres. V, praefatio). Es el convencimiento común a todos los Padres griegos. Podemos recordar también a San Gregorio Nasiansino, y San Gregorio de Nissa, y San Cirilo de Alejandría, y al venerable San Máximo, y desde ya al venerable San Simón el Nuevo Teólogo. El hombre seguirá siendo aquello, que es — la criatura, pero Jesucristo, el Verbo que se hizo Hombre, prometió y le donó la participación en los Divino: en la Vida eterna e inmaculada. La inmortalidad y la inocencia, — he aquí los principales signos de la edificación según los Santos Padres. Porque el Dios es el Único "que tiene la inmortalidad" (1 Tim. 6:16). Pero ahora por medio de Cristo y con el poder del Espíritu Santo al hombre le está permitido unirse a Dios. Y esto no es sólo una unión "moral," no es simple perfeccionamiento humano, — sino algo mucho mayor. Solamente esta palabra — "teosis" — transmite adecuadamente el carácter único de esta promesa. Si reflexionaremos en categorías ontológicas, el término "teosis" nos produce desconcierto. Desde ya, el hombre no puede simplemente "transformarse" en Dios. Pero los Padres reflexionaban en términos personalísticos y hablaban del misterio de la Unión personal. La deificación significa el encuentro personal. Es la relación íntima del hombre con Dios, en la cual la presencia Divina como si atravesara toda la plenitud de la existencia humana.

Pero queda un interrogante: ¿hasta qué punto pueden ser compatibles semejante unión con la naturaleza trascendental de Dios? Y esto, — es lo más importante. ¿Acaso nosotros en nuestra vida, en nuestra oración podemos encontrar al real, verdadero Dios? O es nada más, que "actio in distans" (acción a distancia)? Y el coro de los Padres de La Iglesia Oriental responden: si, el hombre elevándose en su oración se encuentra realmente con Dios y contempla su Gloria eterna. Pero, ¿cómo es esto posible, si "Dios habita en una luz inalcanzable"? Esta contradicción especialmente aguda se presenta ante la teología Oriental que enseña que Dios es absolutamente inaccesible e incognoscible en Su naturaleza. Esta convicción expresaban con especial fuerza los Padres capadocianos, especialmente en la lucha con Eunómio, y también lo hacía San Juan Crisóstomo en sus admirables coloquios. Pero si Dios es "inconcebible" por Su naturaleza, y por ende es simplemente imposible "comulgar" con su esencia, ¿cómo es posible entonces la deificación? "Ofende a Dios aquel quien trata de conocer Su naturaleza," — escribe San Juan Crisóstomo. Ya en los escritos de San Atanasio encontramos la diferencia precisa entre la verdadera esencia de Dios y Sus poderes y dones ("Él está en todo por medio de Su amor, pero está fuera de todo — por Su naturaleza," De decret., 2). La misma idea ha sido cuidadosamente trabajada por los capadocianos. "La esencia de Dios es absolutamente inalcanzable para los humanos," — dice San Basilio (Adv.Eunom. I,14). Conocemos a Dios sólo por Sus acciones y en Sus acciones ("Decimos que conocemos a nuestro Dios por Su energía (Su actividad), pero no nos atrevemos acercarnos a Su esencia, — porque la energía desciende hacia nosotros, pero la esencia permanece inalcanzable," Epist. 234, ad Amphilochium). Estas no son conjeturas o deducciones, — es el conocimiento certero. Según las palabras del venerable San Juan Damasceno — estos actos y energías Divinos son justamente la revelación del Mismo Dios (De fide orth. I,14). Es la presencia real, y no simplemente "praesentia operativa, sicut agens adest ie in quod agit" (cuando el actuante está presente dentro de aquel, sobre el cual ejerce su acción). Esta misteriosa Presencia Divina, independiente de la esencia trascendental de Dios, supera todo el entendimiento. Pero por eso no es menos fidedigna.

San Gregorio Palama se atuvo en esta cuestión a la tradición antigua. El Dios inconcebible se revela misteriosamente al hombre por medio de sus acciones. El movimiento Divino conduce al encuentro, según las palabras del venerable San Máximo (Schol.in lib. de divin. nomin., in I, 5).

San Gregorio comienza con la diferenciación entre la gracia y la "esencia" (Los divinos y deificados esclarecimiento y la gracia no son la esencia, sino la energía de Dios, Capita pis., theol., etc. 68-69). Esta diferenciación fundamental ha sido aceptada y elaborada por los Concilios Universales de los años 1341 y 1351 en Constantinopla. Todos los que rechazaban esta diferencia han sido anatemizados y les ha sido retirado todo contacto personal. Esos anatemas del Concilio del año 1351 se introdujeron en el Tríode, como parte integrante de la misa ortodoxa dominical. Las decisiones de estos Concilios son obligatorias para todos los teólogos ortodoxos. La esencia de Dios es absolutamente inefable. Como fuente de energía y de deificación del hombre no se considera la esencia de Dios, sino es la gracia Divina ("la energía deificada participando en la cual el hombre recibe la deificación, es la Gracia Divina, pero de ningún modo es la esencia de Dios," Capita pis., theol.,etc., 92-93). "Es la Divina y no-creada Gracia y Energía de Dios" (Ibid. 69). La distinción de ninguna manera significa separación o delimitación. Tampoco puede mencionarse como algo casual (Ibid.127). Las energías provienen de Dios y muestran Su Existencia. El término "provenir" implica una "diferencia," pero no la división: "La gracia del Espíritu se diferencia pero no está separada de la esencia" (Theoph.940).

Toda la enseñanza de San Gregorio presupone la acción del Dios Personal. Sin abandonar "Su luz inaccesible" en el cual Él habita eternamente, Dios se dirige hacia el hombre y lo abarca con Su Gracia y su acción. La meta principal de la doctrina teológica de San Gregorio es la defensa de la realidad de la experiencia cristiana. "La Salvación no es solamente el perdón. Es el auténtico renacimiento del hombre. Y el renacimiento se consigue no por medio de la liberación de ciertas energías naturales inherentes a la existencia creada del hombre, sino por medio de las "energías" propias de Dios, Quien a través de ellas se encuentra con el hombre, lo abarca y lo acoge en la comunión con Él. La enseñanza de San Gregorio aborda a todo el sistema teológico, todo el cuerpo de la dogmática cristiana. Comienza con la precisa diferenciación entre la "esencia" (naturaleza) de Dios y la "voluntad de Dios." Esta diferencia es típica para la tradición Oriental, por lo menos desde los tiempos de San Atanasio. Se podría preguntar: ¿es compatible esta diferencia con la "sencillez" de Dios? ¿No habría que considerar estas diferencias como las conjeturas lógicas que necesitamos, pero que no tiene ninguna significancia ontológica? Efectivamente, eso era lo que objetaban a San Gregorio Palama sus oponentes. La substancia de Dios es sencilla y hasta todos Sus atributos — están en Él como una sola unidad. En este punto ya el bienaventurado San Agustín discrepa con la tradición Oriental. Desde el punto de vista de los seguidores de San Agustín la enseñanza de San Gregorio es absurda e inadmisible, el mismo San Gregorio presentía que esta diferencia puede ser interpretada de distintas maneras. "Si esto no se acepta" — escribía él, — "se distinguirá con precisión el Nacimiento del Hijo y la Creación del mundo: tanto lo uno, como lo otro resultarían ser los actos de la esencia Divina y esto llevaría a una total confusión dentro de la doctrina de la Santa Trinidad." En este asunto San Gregorio muestra una extrema severidad.

"Si, — como consideran muchos oponentes y todos los que están de acuerdo con ellos — la energía Divina en nada se distingue de la esencia Divina, entonces el acto de la creación inherente a la voluntad no se diferenciaría del nacimiento y del punto de partida (inicio) inherentes a la existencia. Si la creación no se distingue en nada del nacimiento y del inicio, entonces el ente(la criatura) tampoco se distinguirá del Nacido y del Inicial. Si todo esto es así, como ellos lo consideran, entonces el Hijo de dios y el Espíritu Santo no se diferenciará de la criatura, pues la criatura(el ente) también nace y proviene del Dios Padre; de esta manera, la criatura se deifica, mientras Dios se iguala con Su creación. Por eso San Cirilo mostrando la diferencia entre la esencia y la energía de Dios dice que el nacimiento es afín a la esencia Divina, y la creación es afín a la energía Divina. Él lo muestra diciendo claramente: "La naturaleza (la esencias) y la energía no son la misma cosa." Si la naturaleza Divina no se distinguiera en nada de la energía Divina, entonces el nacimiento y el inicio no tendrían ninguna diferencia con la creación. "El Dios Padre crea con el Hijo en el Espíritu Santo.. Él también hace nacer y da el inicio al Hijo en el Espíritu Santo — según la idea de los oponentes y de los que estan de acuerdo con ellos." (Capita phys. Theol., etc., 96-97)

San Gregorio cita a San Cirilo de Alejandría. Pero San Cirilo en este párrafo repite simplemente las palabras de San Atanasio. San Atanasio rebatiendo a los arianos definió con mucha precisión la diferencia entre la esencia y la naturaleza de un lado — y la voluntad del otro. Dios existe, pero además actúa. En la existencia Divina hay cierta necesidad de ser Uno Mismo. Dios es Aquello, lo que Él es. Pero Su voluntad es libre. Él no está obligado a hacer lo que hace. Por eso el nacimiento se produce exclusivamente por la naturaleza, mientras la creación es el acto de voluntad.(Contr. arian. or. 3, nn. 64-66). Estas dos dimensiones — la existencia y la acción — se distinguen y deben ser siempre claramente discernibles. Desde ya, esta distinción no cuestiona para nada la "Sencillez Divina." Sin embargo, es una diferencia auténtica, no es un subterfugio lógico. San Gregorio tuvo la plena conciencia de la principal importancia de esta diferencia. En esta cuestión él era el verdadero seguidor de San Atanasio y de los Santos capadocianos.

Ahora se afirma a menudo que la teología de San Gregorio puede ser definida en los términos actuales como "existencial." Pero ella se distingue básicamente de aquellos conceptos, que llevan ahora esta denominación. En todo caso, San Gregorio discute con todas las "teologías existenciales" que han sufrido la derrota tratando de explicar el dinamismo de la voluntad Divina, lo real de Sus acciones por medio de la libertad Divina. San Gregorio examina esta tendencia comenzando desde los tiempos de Origén. La metafísica impersonal griega está condenada aquí al fracaso. Si la metafísica cristiana tiene algunas raíces, estas se basan en la metafísica personalista. La teología de San Gregorio comienza con la historia de la Salvación: a nivel del mundo, — la historia Bíblica que consiste en acciones Divinas, culminando con la Encarnación del Verbo y su glorificación a través de la Cruz y de la Resurrección; a nivel del hombre, — la historia de la persona cristiana quien aspira a la perfección, quien sube cada vez más alto para encontrarse finalmente con Dios en el resplandor de Su gloria. La teología del Santo mártir Irineo la denominan comúnmente "la teología de los acontecimientos."Es justo también darle esta denominación a la teología de San Gregorio Palama.

Ahora nos acercamos más y más a la convicción de que "la teología de los acontecimientos"es precisamente la única, auténtica teología ortodoxa. Ella se basa en la Biblia, a ella la profesaban los Santos Padres. Ella concuerda plenamente con el espíritu de la Iglesia.

Por eso podemos considerar a San Gregorio Palama como nuestro guía y maestro en esta aspiración nuestra de anunciar la buena nueva desde el corazón de la Iglesia.

 

El Misterio de la luz del Monte Tabor.

En la historia de la vida espiritual existen sus flujos y reflujos. Y hay tiempos y épocas que tienen especial abundancia de personas dotadas, cuando Dios nos provee de talentos en demasía y se percibe claramente el aliento impetuoso del Espíritu. Así sucedió en los primeros tiempos del cristianismo cuando quedaban vivos los bienaventurados testigos oculares del Verbo. También esto ha sucedido en la historia de las hazañas desérticas y comunitarias. Así será, tenemos fé, otras veces todavía...En el siglo XIV el Monte Santo de Atos en Grecia vive una época similar de exaltación, aquello era una nueva experiencia de silencio y de vigilia espiritual y en ellos se abrieron de nuevo maravillosas iluminaciones, aparecía la luz imperecedera del Monte Tabor... El renacimiento y la reintegración de la vida contemplativa en el Atos están unidos en esta época al nombre del venerable San Gregorio Sinaíta. Él había llegado al Monte Santo desde el convento de Santa Catalina y había encontrado allí a los tres ermitaños, que se dedicaban en parte a los labores sensatos en el aislamiento de sus celdas monásticas. Al principio el venerable se instaló en soledad, en una celda silenciosa. Pero pronto tuvo discípulos y émulos; poco a poco se restablecía la actividad contemplativa, también en los grandes monasterios y conventos. En poco tiempo este movimiento de "silencio contemplativo" se apoderó del Monte Santo casi totalmente. Pero había pasado también a otros lugares, a las tierras eslavas. El mismo San Gregorio viajaba mucho predicando y fundando monasterios, — en la Macedonia él había instaurado tres grandes conventos ("lavras")... El venerable Gregorio predicaba la protección y la sensatez de la mente, la contemplación, el rezo constante e inteligente. Él mismo había aprendido esta actividad de un eremita de Creta, de nombre Arsenio... No había nada nuevo en esta prédica y estas enseñanzas, era simplemente la restitución y la repetición de herencias y tradiciones de las antiguas hazañas espirituales, de las tradiciones de los beatos de Sinaí, de los testamentos del venerable Simeón y de otros antiguos. Esto era la enseñanza de la oración y de la adquisición del Espíritu Santo, ante todo — de la oración de Jesucristo... Existe un largo y difícil camino de "actividad," el camino de mandamientos, o el camino "práctico." Y hay que hacer este camino con sumisión y recurrirlo hasta el final. Sin embargo, este es sólo el comienzo de la ruta, el comienzo de la hazaña. Se deben cuidar celosamente los dones supremos. "La contemplación" y el camino "teórico" son superiores a la acción, superan hasta la propia oración. Este es su límite y el comienzo de algo superior... En la propia oración lo más importante es haber logrado la presencia del Espíritu. De diferentes maneras actúa el Espíritu en la oración y la señal tangible de Su asistencia es un cierto afecto cordial que se siente... Lo más importante es que se despertara y reviviera el corazón, que se purificara y se liberara del enjambre de pensamientos y se afirmara en el puro recuerdo de Dios. Semejante liberación de los pensamientos trae justamente "silencio," el permanecer callado. Por medio de la oración se libera también la mente y se adhiere a Dios, en la purísima sensación o percepción de la verdad. Así se llega a tener la virtud de la contemplación.

Y ahí aparecen nuevos peldaños, nueva ascensión. Muy pocos solamente en esta misma vida entran en esta misteriosa "tierra de los mansos," en la tierra bienaventurada de promesa y esperanza. Este es el templo de los siglos futuros. Y en las alturas de esta hazaña espiritual comienza cierta "plática Divina" del alma. Como la cera que se diluye en el fuego, la envuelve la luz y ella misma se hace luz y fluye la llama como si fuera un líquido, — así también el alma envuelta en la divina llama de la gracia, se enciende sola y se hace ella misma una luz radiante y ya no actúa por sí misma, sino por la fuerza del Espíritu. Interiormente esto se expresa con humildad, porque todo lo conseguido no es el mérito de uno, sino que es el don de Dios. En esto consiste "es espíritu de la mansedumbre"... Y he aquí, que el alma observa una cierta misteriosa luz Divina, — el venerable San Gregorio lo llama "transfiguración." Con esta luz todas las criaturas parecen ser iluminadas. Venerab. San Gregorio lo sabía por experiencia propia. No fue él sólo quien tuvo una experiencia semejante. Y en esta experiencia no había nada nuevo o inaudito. Sobre las iluminaciones y apariciones de luz semejantes hay testimonios múltiples en las Escrituras. Todavía el rostro de Moisés quedó iluminado con rayos de luz desde aquel día que Dios había hablado con él, y para atenuar este brillo insoportable él tenía que cubrir su cara con un paño (Exodo 34:29-35)... "Había luz y apareció ante Moisés envuelta en llamas, cuando esa visión del arbusto que ardía pero no se quemaba era para mostrar lo existente, y demostrar la fuerza Divina. La Luz, — y la que guiaba a Israel en forma de columna ardiente para mitigar y hacer más agradable el desierto; la Luz, — y la que arrancaba de la tierra a Elías en un carro de fuego sin haberle quemado; la Luz, — y la que cubrió de brillo a los pastores cuando la Luz anterior al tiempo se unió al Tiempo; la Luz, — y aquella belleza de la estrella que precedía en la ruta a Belén para mostrarles el camino a los Reyes Magos y acompañar a la Luz que está por encima de nosotros y que se ha unido a nosotros. La Luz que apareció ante los discípulos envolviendo a la Divinidad en la montaña, pero con el brillo insoportable para una vista débil. La Luz que envolvió con su brillo a Pablo, la visión que molestó a la vista, pero curó a la oscuridad del alma. La Luz, — y la claridad del otro mundo para los que se han purificado aquí, cuando "los justos se iluminarán como soles" y Dios aparecerá entre ellos, grandes y poderosos, para calificar y separar según los méritos, a los dignos de la bienaventuranza de aquel lugar." De esta manara enumera ya estas visiones bíblicas San Gregorio el Teólogo (Palabra 40, para el Día de Epifanía)... Y uno se pregunta: ¿qué es esa Luz admirable y misteriosa y cual es su naturaleza? ¿Qué significan estas visiones e iluminaciones en la que los observadores encuentran tanta dulzura y consuelo? ¿Y qué significa esta Luz misteriosa del Monte Tabor, cuyo brillo envolvía al Salvador aparecido ante los discípulos elegidos, entre los profetas del Antiguo Testamento envueltos en llamas? De esta Luz del Monte Tabor San Gregorio habla directamente: "La Divinidad aparecida ante los discípulos en la montaña." Y toda la misa de la Transfiguración presenta un testimonio en este sentido (el cánon, los cantos y los versículos pertenecen a Juan y a Cosme). Aquella era la Luz "irresistible e inocultable," "el amanecer de la Divinidad," aparición del "Cuerpo bañado de Luz," "la Luz de la Divinidad inmaterial." Esta era la Luz sempieterna... "Hoy ha sido visto por los apóstoles el Dios invisible, Su cuerpo envuelto en la luz en el Monte Tabor"...

Y he aquí que los ascetas y los contempladores del monte Atos afirmaban que ellos también experimentaron la presencia de la misma Luz sempieterna que los envolvía y los hacía dignos de la gloria del Monte Tabor. Alrededor de estas experiencias se enciende y se entablece una larga y penosa discusión, discusión también sobre la naturaleza de la Divina aparición en el Monte Tabor y sobre el significado de las visiones luminosas y radiantes durante las oraciones. La temeridad de los ascetas del Monte Atos había tentado a mucha gente, especialmente a las personas de la cultura occidental o pro-occidental, educados bajo la influencia del espíritu de la cultura escolástica que ha florecido entonces en el Occidente romano, particularmente del espíritu filosófico de Thomas de Aquino. Entre ellos se destacaba más que otros Varlaam de Calabria, con quien más tarde estudió el idioma griego Petrarca. Los contempladores de Atos les parecían a estos occidentalistas no sólo gente ingenua e ignorante, sino tosca, supersticiosa, casi idólatra. Las discordias desencadenadas alborotaron por muchos años toda la Iglesia Oriental. Se reunieron una cantidad de concilios, verdaderos y falsos... La discusión se resolvió por medio de la exégesis teológica de la experiencia luminosa de los contempladores de Atos. En esto consiste la hazaña teológica del venerable San Gregorio de Palama, el santo de la Tesalónica. Y por esa hazaña lo venera la Iglesia, recordándolo en la segunda semana de gran cuaresma...

El venerable San Gregorio nació al final del siglo XIII, en una familia de nobleza cortesana. La educación sistemática filológico-filosófica él reúne con el severo noviciado ascético. A la edad muy temprana él se va al Santo Monte Atos y junto con él entran también en el monasterio otros miembros de su familia. Hace su noviciado primero en Vatoped, luego en el convento de San Atanacio, finalmente se va a un lugar desértico, donde permanece diez años dedicado a las oraciones. Luego él vuelve a la vida comunitaria, se establece en el pequeño monasterio de San Savva y allí toma hábitos sacerdotales "por la voluntad de Dios." En estos años de la meditación solitaria y de la contemplación se construye su sistema teológico o su doctrina... Cuando se incendia la discusión sobre la Luz del Monte Tabor San Gregorio en seguida se pone de guía del lado ortodoxo. Los éxitos en la discusión se iban alternando y a San Gregorio le tocó sufrir el exilio, la prisión y hasta la interdicción. En medio de la disputa él ha sido elegido como arzobispo de Solún, pero no ha podido en seguida ocupar su cargo en la cátedra. En los últimos años de su vida él tuvo que soportar todavía de estar preso por los agarenos. Murió en el año 1360 y ya en el concilio del año 1468 ha sido glorificado y canonizado como santo, tanto por sus proezas teológicas, como por sus milagros... El Concilio de Constantinopla en 1351 prescribe, bajo intimación y amenaza de prohibición, de atestiguar sobre la Luz del Monte Tabor: "que aquella Luz Divina no es ni el ente, ni la naturaleza de Dios, pero sí es la gracia Divina natural, no-creada, resplandor y energía, que indivisible — y eternamente proviene de la esencia misma de Dios"... Y toda la enseñanza teológica de San Gregorio es sólo la explicación y el desarrollo de esta definición, que por él mismo ha sido sugerida. Con todo eso, él se atiene firmemente a la Tradición de los Padres de la Iglesia y en sus expresiones se adhiere plenamente a la antigua tradición patrística. En la discusión hay dos lados: el problema de la experiencia misma, su valoración ascética y mística; y el problema de su argumentación teológica y su justificación. Pero ambos lados son indivisibles. Es importante recordar que aquella era una disputa vital y religiosa, no era una simple discusión escolar o reyerta entre los teólogos de estilos y espíritus diferentes...

Los adversarios de los "callados" de Atos (o "isquiastas," — de "isquia" — guardar silencio, callar) y que tuvieron diferentes opiniones sobre la Luz del Monte Tabor, — afirmaban que éste era un resplandor material, corporal, que se extinguía y se apagaba pronto, un cierto espectro o simple visión. Porque, ¿cómo puede ser visible corporalmente la Divinidad, cómo puede aparecer lo Divino con tanta inmediatez en este mundo? Más todavía, casi todos los resplandores luminosos en las experiencias de los ascetas eran sólo visiones, y a menudo ilusorias. En sus actos de plegaria el hombre no llega a la verdadera comunión con la vida de Dios, a pesar de que su propia naturaleza se ha perfeccionado altamente por medio de los permanentes ejercicios. Detrás de estas opiniones se encuentra todo un complejo e integro sistema de premisas teológicas y filosóficas...San Gregorio y sus seguidores (los llamaban "palamitas") respondiendo a estos adversarios desarrollan una doctrina doble. En primer lugar, -sobre el significado de la oración. Y en segundo lugar, — sobre la distinción entre la "esencia" y las "acciones" (o "energías") en la Propia Divinidad. En ambos casos ellos permanecen fieles y siguen a la Tradición. La oración no es solamente la invocación de Dios por medio del corazón y la mente humana, sino es la comunicación con Él, la misteriosa comunión con Su Gracia. Esta comunicación con Dios en la oración es algo real y auténtico. El alma misma en su acto de rezar se transforma. La oración es la presentación ante Dios con la mente expuesta y el corazón abierto.

Por eso la oración es un asunto temible, que exige diligencia, esmero y cordura. Y existen en la oración unos peligros reales, el peligro de la embriaguez y de las ilusiones. Se debe tener a un experimentado guía para crear una oración inteligente."Finos y pacíficos son los efluvios luminosos cuando Cristo se instala en el corazón y comienza a brillar misteriosamente en el espíritu," — este es el límite y el cumplimiento de la oración. San Gregorio insiste de todas maneras en la absoluta realidad de la unión y la comunión con Dios, — habría que hablar de la directa presencia de Dios. Y sin embargo, el límite que a la criatura la divide del Creador no cambia para nada del lugar. La enseñanza de los palamitas sobre la oración hace recordar la osada experiencia de San Simeón, y también las más tempranas experiencias de venerable San Máximo, o San Gregorio de Nissa, o hasta de Origén...Dicen que la comunión sincera de las almas deliberando con Dios no es contraria a la doctrina básica de la Iglesia de la pertenencia de Dios a otra esfera y de Su calidad de incognoscible. Porque no está Dios en el mismo sentido incognoscible e incomunicable, — pues, se hace conocer y se comunica con los fieles...

San Gregorio se atiene a la terminología de San Basilio el Grande, que distingue en la existencia Divina — "la esencia" y "la acción." Así decía San Basilio: "nosotros afirmamos que percibimos a nuestro Dios a través de sus actos, pero no ofrecemos promesas de acercarnos a Su esencia. Porque a pesar de que Sus acciones descienden hacia nosotros, — Su esencia permanece inaccesible. Y muchas son las acciones, pero la esencia es simple e indivisible." Estas acciones o "energías" son ciertas "fuerzas" vivas, — son las considerables y vivificantes manifestaciones de la vida y existencia Divina. Este es el propio Dios — hasta donde Él se manifiesta ante el mundo. Es el rostro de Dios que dirige su mirada hacia el mundo creado... No un rostro imaginado por nosotros, — no es aquello, que vemos, sino cómo lo vemos...Precisamente, la existente y viva mirada propia de Dios, con la cual Él salva y vivifica, y cuida a todos,- es la mirada de poderoso vigor y de amor superabundante. En esto consiste precisamente el misterio de aquella "omnipresencia" Divina, la que (según San Juan Crisóstomo) "no comprendemos demasiado" y la que se complementa perfectamente con la inaccesibilidad Divina. Dios es inaccesible "en Su esencia," y se comunica con el mundo por medio de Sus actos...

Los adversarios de los palamitas negaban la posibilidad y la legitimidad de semejantes diferenciaciones o delimitaciones. Y por esa razón tuvieron que negar la autenticidad de las apariciones Divinas en la experiencia de la oración, y también la autenticidad de la propia comunicación con Dios, para no caer en una mezcla panteísta de lo Divino con lo humano. Dicho de otro modo, ellos interpretaban la experiencia mística de manera mucho más sensible, encontraban en ella más sentimientos y emociones, que reales influencias del Espíritu Divino. A San Gregorio Palama y a los palamitas ellos acusaban de haber dividido a Dios y de que algo "tercero" se interponía entre el Dios y el mundo. Semejante acusación era injusta. "La esencia" y "la energía" se distinguen en Dios, pero no se dividen. Al contrario, "en las acciones aparece la esencia y se manifiesta. La diferencia está sólo en aquello, de que la acción es la manifestación de la voluntad Divina...Dios está al mismo tiempo, — lejos y cerca. Y Su criatura está, al mismo tiempo, adherida a Sus acciones benditas, y vive, y se mueve, y existe en Él, — y también está alejada infinitamente de Él... La Luz del Monte Tabor es, justamente, una, y de las principales acciones de Dios. Este es el rayo Divino y el brillo esencial del Verbo Divino. Y a través de la comunión con esta Luz Dios se hace manifestar a las almas adelantadas... Y cuando resplandezca en nuestras almas el día, y en los corazones se levante el sol, saldrá el hombre verdadero para dedicarse a su verdadera actividad, y dirigido por su luz interior escalará ciertas eternas alturas serranas para observar desde allí los objetos de Dios, bañado por la Luz Divina. Esto no es un esfuerzo de la imaginación, sino precisamente la exaltación producida por la fuerza del Espíritu, cierta "percepción" espiritual... A fuerza de estas "acciones" Divinas o benditas la persona humana sale de los límites de su existencia natural, para hacerse afín a Dios y "comulgar con la naturaleza de Dios" (2 Pedro 1:4)... Todo el sentido y la misión de la teología de San Gregorio Palama consiste precisamente en argumentar y convalidar la "autenticidad de la experiencia espiritual y de la oración," — la autenticidad y la objetividad de aquella "deificación," o de aquella comunión con Dios a las que llegan los santos y los justos, aquellos mansos, a los que fue dada la promesa de que "ellos verán a Dios"... La enseñanza de San Gregorio ha sido confirmada y consolidada en los Concilios de Constantinopla, aún durante su vida y más tarde, especialmente en el Concilio del año 1351. Desde aquel entonces el testimonio sobre la Luz del Monte Tabor ya es un cierto "artículo de credo," a pesar de ser expresado sólo desde lo contrario, en forma de la prohibición de interpretar el carácter del resplandor de la Transfiguración como un hecho "material." Y la Iglesia lo confirma, y nos advierte sobre esto, más en el oficio religioso, que en los trabajos teológicos..." Que nos ilumine también a nosotros, los pecadores, Tu Luz eterna, con ayuda de las oraciones de la Madre de Dios... ¡Oh, a Tí, quien nos otorga la Luz, — Gloria en las alturas!"

8.IV.1935.

 

Folleto Misionero # S095s

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Editor: Obispo Alejandro (Mileant)

 

(following_fathers_florovsky_s.doc, 05-09-2005).