La Selección de los

trabajos teológicos

del Beato Mitropolita Antonio (Khrapovitzki)

Traducción de ruso de E. Ancibor

 

Contenido:

El contenido moral del dogma sobre el Espíritu Santo

La idea moral del dogma de la Iglesia

La Iglesia, como Guardiana de la Revelación Divina

El significado salvador de la Palabra de Dios

La vida después de la tumba y eternidad de tormentos

La parábola sobre el administrador injusto

El Lázaro pobre y el Lázaro de cuatro días

El beso de Judas

La coincidencia de los relatos Evangélicos sobre la Resurrección de Cristo

Sobre la imposibilidad de una vida moral sin religión

El Mitropolita Antonio

 

 

 

El contenido moral

del dogma sobre el Espíritu Santo

Los cristianos ilustrados saben que el Espíritu Santo es la tercera Persona de la Santísima Trinidad, la fuente de la iluminación bendita de profetas y apóstoles, y también de todo don bendito ofrecido a los cristianos en los Santos Sacramentos, particularmente en el Sacramento de oleounción y Sacerdocio. Sin embargo es preciso reconocer que las características de estos dones benditos son percibidas entre nosotros en forma bastante poco clara.

La enseñanza sobre la tercera Persona de la Santísima Trinidad fue revelada con máxima claridad en la Charla de despedida del Señor con sus discípulos. Ninguna prevención puede destruir aquella clara verdad que bajo el Consolador, el Señor entendía no una cierta fuerza Divina impersonal, sino justamente la Persona viviente, diferente de Él y de Dios Padre como justamente el "otro Consolador." La cualidad del Espíritu Santo como persona viviente se muestra también en el hecho, que la palabra espíritu en griego es de genero neutro, su pronombre es usado como genero masculino: (Ju. 16:14 u otr.). Entonces ¿que pensamiento incluye el nombre de Consolador con el cual por primera vez se abre el dogma en toda su claridad?

De primer golpe de vista puede parecer que el Espíritu Santo va a consolar a los apóstoles en su separación con Jesucristo. Pero semejante interpretación es refutada por las mismas palabras de Él: "Os es necesario que yo vaya; porque si yo no fuese, el Consolador no vendría á vosotros; mas si yo fuere, os le enviaré. Y cuando él viniere reargüirá al mundo de pecado, y de justicia, y de juicio" (Ju. 16:7-10). La Consolación en una pérdida, evidentemente, no puede ser mas valiosa que el objeto perdido; por eso la explicación de este nombre hay que buscar en las palabras siguientes: el Espíritu Santo consolará a los seguidores del Señor en su lucha con el mundo y en el odio hacia ellos del mundo. Realmente, lo dicho luego por el Señor revela con toda claridad el significado del Consolador celestial. Mientras el mundo despreciará a los predicadores del Evangelio, los odiará y perseguirá (Ju. 15:17-21) y hasta considerará agradable a Dios su asesinato (Ju. 16:2); en este mismo tiempo el Consolador que mora en los apóstoles, sostendrá el valor en sus, hasta ahora pusilámines corazones, instruyéndolos en toda verdad, recordando y aclarando a ellos los pensamientos anteriores de su Maestro, hasta entonces incomprensibles para ellos – y revelándoles los destinos futuros del mundo y acusando a través de ellos a este orgulloso mundo en el pecado de falta de fe (Ju. 16:9-14). Así en el lugar de temor anterior ante la fuerza del mundo, y armas, a cambio de la congoja por la humillación de su Maestro, el Consolador introdujo en los corazones de los apóstoles aquel principió de satisfacción moral que les enseñará a triunfar ante las persecuciones.

Todo esto se cumplió pronto después de Pentecostés, cuando, ultrajados y denigrados por la prisión, apóstoles elevaron a Dios una extasiada oración: "Y como hubieron orado, el lugar en que estaban congregados tembló; y todos fueron llenos del Espíritu Santo, y hablaron la palabra de Dios con confianza" (Hech. 4:31).

En tal entendimiento de la palabra Consolador – en el sentido del consolador de los confesores de la verdad de Cristo, en el sentido del dador de íntima satisfacción ante sufrimientos externos, nos convenceremos cuando vamos a encontrar, de donde tomó el Señor este nombre en la parte de conceptos religioso-morales conocidos a los judíos de aquellos tiempos. Luego seguiremos la acción del Espíritu Santo en la vida de los apóstoles y organización de la Iglesia de Cristo. Con esto dirijamos nuestra atención sobre la circunstancia que el don de una alegre paciencia es posible solo de parte de "otro Consolador" y no del mismo Jesucristo.

La humillación, en la cual permanece siempre en la tierra la obra de Cristo y Sus operadores, continuamente va a tentar a estos últimos con la triste duda en la cual permanecían Sus discípulos, que no querían creer todavía a la noticia de Su resurrección y que decían de Él: "Mas nosotros esperábamos que él era el que había de redimir á Israel" (Luc. 24:21). Es verdad que los discípulos no se atrevían llamar a Jesús un embustero, pero estaban listos de considerarlo un hombre autoseducido, tal como Lo ven los judíos actuales. Por eso justamente era necesario otro Testigo, que venía en pos de Cristo así como el Precursor iba delante de Él – que atestigüe sobre Jesús (Ju. 15:26) que Él subió hacia el Padre y que el príncipe de este mundo está condenado (Ju. 16:11). Con este Consolador se sentían mejor los apóstoles durante su prédica, que con el mismo Jesucristo. Ya que iluminados con Su enseñanza celestial y testimonio sobre Jesús, ellos se tornan mas cercanos a Él, que durante Su vida, cuando no podían entender Sus palabras. El Espíritu Santo ahora las recuerda y explica (Ju. 16:12-13), de manera que no temen a la cruz, sino hasta se glorian con él (Gal. 6:14). "Jesús, para santificar al pueblo por su propia sangre, padeció fuera de la puerta. Así en conclusión llama uno de los apóstoles – Salgamos pues á él fuera del real, llevando su vituperio" (Heb. 13:12-13) o sea, por Él salgamos de las leyes de convivencia protegidas, al estado de rechazados ignominiosos sin temor de esto, tal como lo vivió el Mismo Cristo.

¿Cómo acercar a nuestro entendimiento directo tal acción de "otro Consolador"? –Pensamos que muchos experimentaron algo semejante en sus sufrimientos por la verdad. Cuando por la obra perfectamente recta y santa se recibe la humillación y odio, a veces hasta de parte de la gente respetada y querida, entonces nuestra alma cae en un estado oscuro y sin luz. Dios Providente, que permite esto nos parece un castigador y no Protector; este estado suele ser cercano a la desesperación. Pero, he aquí, encontramos en la calidad de consolador a un hombre simple pero puro y seguro, lleno de alegre entusiasmo. Entonces, como si prendiera fuego en nuestro corazón y de repente las mismas circunstancias que nos deprimían con la congoja, nos comienzan a animar con heroico entusiasmo: ¡tal es la fuerza del consolador! En la historia de los sufrimientos de santos mártires, semejantes fenómenos ocurrían muy a menudo. Para su fuerza eran necesarios otros consoladores, cuando el mismo camino de la cruz de Cristo sufría una prueba de seducción en el alma cansada: era necesario un testigo externo y consolador, como aquel Ángel que fortificaba a Jesucristo en Getsemaní. Así son los consoladores – gente y Ángeles y mas fuerte el Consolador – Espíritu Santo para los mártires por Cristo. Evidentemente, no puede ser consoladora la actuante en los mártires la fe en Cristo, sino él que certifica en su actuación en las horas de congoja, particular, igual a Cristo, otro Consolador no menor que Cristo Mismo, Divino, no idéntico con el Padre probador y como si fuera probado por el Hijo. Es en esto que consiste el alto significado de los dones del Espíritu Santo. El que otorga a los confesores de la verdad de Cristo una sobrenatural alegría en las congojas y una victoria espiritual interna sobre la triunfante, en el exterior, falsedad del mundo. El corona a las hazañas de los santos como Dios y por eso se llama no de otra manera que Espíritu Santo.

Ahora verifiquemos el significado de esta verdad a través del Antiguo y Nuevo Testamento y la vida de la Santa Iglesia. El Señor llama al Espíritu Santo – Consolador en el sentido de la fuente de la satisfacción moral de los mártires. Tal concepto no era ajeno a los Sagrados libros del Antiguo Testamento, según los cuales se disponían los conceptos morales de Sus oyentes y de los cuales se tomaban todas las definiciones del Evangelio de Santo Juan como por ejemplo: palabra, vida, camino, verdad, gracia, luz y otras.

¿Es existente en el Antiguo Testamento el concepto consuelo, consolador, en el sentido de satisfacción moral? – Existe y justamente en una unión de ideas completamente idéntica como en las palabras de Despedida del Salvador. "Yo me volví a considerar, – dice Eclesiastés, todas las violencias perpetradas bajo el sol: vi el llanto de los oprimidos, sin tener quien los consuele; la violencia de sus verdugos, sin tener quien los vengue. Felicité a los muertos que ya perecieron," (Ecles. 4:1-2). Son atroces, según las palabras de Eclesiastés, no tanto los sufrimientos mismos, como la ausencia con ellos del consuelo, la comprensión de ellos. La palabra consolador se expresa en la Biblia griega con la misma expresión que el consolador de Nuevo Testamento, paraclit, en hebreo menakhem del verbo nakham. Este verbo significa justamente satisfacción, por ejemplo en las palabras del Señor en el profeta Isaías: "¡Ay! Voy a desquitarme de mis contrarios, voy a vengarme de mis enemigos." (Is. 1:24). De este mismo verbo proviene el nombre de Noe, este portador de la gracia y justicia (Gen. 6:8) en el tiempo pre-diluviano y acusador del mundo pecador. Cuando él nació, su padre le: "puso por nombre Noé, diciendo "Este nos consolará de nuestros afanes y de la fatiga de nuestras manos, por causa del suelo que maldijo Yahveh" (Gen. 5:29). De misma manera en otros lugares del Antiguo Testamento esta palabra significa aceptación pacifica de los sufrimientos, satisfacción interior, o sea, tranquilidad de los buenos y acusación de los malos. Por eso también al Natan el acusador los hebreos llaman menakhem. A un consolador así esperaba el Eclesiastés y no encontrándolo, consideró a todo emprendimiento bueno del hombre carente de fuerza e inútil, ya que lo torcido no puede ser recto (Ecl. 1:15) y todo trabajo y éxito causa solo envidia (Ecl. 4:4) y en la tierra el mismo destino espera al justo e injusto, al bueno y al malo (Ecl. 9:2).

Si el destino de los justos y pecadores es igual y hasta si a los justos no a los pecadores les espera la cruz y persecuciones, ¿que puede contenerlos del pecado de la tristeza? Los contendrá, justamente, aquel Consolador que todavía no era revelado a Eclesiastés, pero era enviado del Padre por el Señor Jesucristo, de manera que la victoriosa alegría en congojas, la firmeza en la difusión de la fe cristiana continuaban llamándose entre los cristianos consolación del Espíritu Santo tal como dice en los Hechos: "Las iglesias... con consuelo del Espíritu Santo eran multiplicadas" (Hech. 9:31). La palabra misma consuelo, consolarse significa en todo Nuevo Testamento justamente una satisfacción interna (p. ej. Mat. 5:4; Luc. 6:24; 16:25) y con esto preponderantemente en el sentido del consuelo en congojas, que se sufren por obra de Dios en la lucha con el mundo o consigo mismo (Hech. 20:1-2; Rom. 15:4; 1 Cor. 4:13; 2 Cor. 1:4 y 7:7-13; 1 Sol. 3:2 y 2 Sol. 2:16).

Este santo y solo accesible a los cristianos estado de ánimo era, es y será don del Consolador Espíritu Santo. Estos dones son diversos, según el sentido de Sagradas Escrituras, pero todos tienen como finalidad el perfeccionamiento espiritual. Ante todo la aceptación por los creyentes del Espíritu Santo los transforma en un hombre nuevo. Decía el Precursor: "Yo á la verdad os bautizo en agua para arrepentimiento; mas el que viene tras mi, más poderoso es que yo; los zapatos del cual yo no soy digno de llevar; él os bautizará en Espíritu Santo y en fuego" (Mat. 3:11). Este segundo Bautismo se produjo en el día de Pentecostés, después de la Ascensión de Cristo, que dijo a los Apóstoles: "Porque Juan á la verdad bautizó con agua, mas vosotros seréis bautizados con el Espíritu Santo no muchos días después de estos" (Hech. 1:5). Todos saben cuanto cambiaron los apóstoles después de esta maravillosa espiritualización.

En la epístola a los Corintios están nombradas aquellas perfecciones espirituales que se reciben a través del Espíritu Santo: el don de sabiduría, de la fe, de sanación, de profetismo y otros (1Cor. 12:8-11). En otras partes del Nuevo Testamento se habla con más detalles sobre estos dones. Así, ante todo, el Espíritu Santo aclara la conciencia del hombre, le otorga una alta e indiscutible seguridad en las declaraciones: "Digo la verdad en Cristo, no miento, me atestigua mi conciencia en Espíritu Santo," – escribe apóstol Pablo. Es por eso, según la palabra del apóstol Pedro, el Espíritu Santo entra con especial fuerza en aquellos que por obediencia a la conciencia sufren congojas: "Si sois vituperados en el nombre de Cristo, sois bienaventurados; porque la gloria y el Espíritu de Dios reposan sobre vosotros. Cierto, según ellos, él es blasfemado, mas según vosotros es glorificado" (1Ped. 4:14). Si llevan a alguien a un interrogatorio por la verdad de Cristo, el Espíritu Santo responde por este justo en el juicio: "no sois vosotros los que habláis, sino el Espíritu de vuestro Padre que habla en vosotros" (Mat. 10:20) y realmente, cuando miembros de varias sinagogas discutieron con Esteban: "no podían resistir á la sabiduría y al Espíritu con que hablaba" (Hech. 6:10). En cambio, el pecado contra el Espíritu Santo es el rechazo conciente del testimonio de la conciencia que no puede ser perdonado al hombre porque él permanece en un encarnizamiento voluntario. Como iluminador de nuestra conciencia, que nos da desprecio a los peligros, el Espíritu Santo es para nosotros mismos y para los extraños un Testigo siempre de la corrección del camino de Cristo, Testigo de Su Divinidad, tal como lo prometió el Señor en Su Charla de Despedida. Esta promesa se cumplió muy pronto, ya que pocas semanas después los apóstoles decían en el juicio: "Y nosotros somos testigos suyos (o sea de Cristo) de estas cosas, y también el Espíritu Santo, el cual ha dado Dios á los que le obedecen" (Hech. 5:32). Este Espíritu Santo nos asegura que Cristo permanece en nosotros (Ju. 3:24), y que somos hijos de Dios (Rom. 8:16). Por eso Él inspira en nosotros la paciencia y también esperanza con amor (Rom. 5:5), y este amor establece en nosotros una alegría continua en Espíritu Santo (Rom. 14:17). Pero una tal alegría no es un inútil entusiasmo poético, sino un amor a todos, por eso las relaciones cristianas, según la palabra del apóstol, eran relaciones del Espíritu Santo (2Cor. 13:13). Como dice el apóstol Pablo, a los cuidadores del rebaño de Cristo, los pone justamente el Espíritu Santo para pastar a la Iglesia de Señor y Dios (Hech. 20:28). Cristo Salvador representó a este don de maestría como un don de entusiasmo y amor en palabras siguientes: "El que cree en mí, como dice la Escritura, ríos de agua viva correrán de su vientre." Apóstol Juan explica, que "esto dijo del Espíritu que habían de recibir los que creyesen en él: pues aun no había venido el Espíritu Santo; porque Jesús no estaba aún glorificado" (Ju. 7:38-39).

¿Ha conservado la Iglesia tan alta enseñanza sobre la actividad de Espíritu Santo y Sus dones? – No podía ella no conservar porque todas sus oraciones litúrgicas se componen, como un mosaico, de las palabras de Sagradas Escrituras. Tomen el servicio en el día de Santísima Trinidad, tomen las terceras antífonas del domingo en ocho tonos y encontrarán en ellos los mismos pensamientos que expresamos sobre el Espíritu Santo. O, vean las oraciones de la Iglesia en los servicios donde se otorga la gracia del Espíritu Santo, o sea, en todos los Sacramentos; o, hasta vean el contenido de la oración al Espíritu Santo, "El Rey del Cielo", con la cual un buen hijo de la Iglesia comienza cada actividad – y verán que siempre está presente el pensamiento sobre la pureza moral, claridad de la conciencia, unión con Dios y Jesucristo, y relación y amor hacia todos.

Falsa, ajena a la purificación moral enseñanza sobre la gracia, característica para distintas sectas, los obliga a alejarse de la Iglesia y odiarla tal como las tinieblas odian a la luz. Un tanto externo y mecánico concepto de agracimiento del hombre es característico para los teólogos protestantes y católicos. Pero, gracias a Dios, no logra injertarse a la práctica religiosa ortodoxa aunque trata de influir a la literatura escolar. El servicio religioso ortodoxo está embebido con tal fuerza con la enseñanza sobre la fe, pureza del corazón, sinceridad y humildad como principales condiciones de nuestro acercamiento a Dios, que ninguna influencia externa es capaz de apagar la iluminada conciencia de los cristianos ortodoxos.

Pero dirían: nuestra fe ortodoxa es santa por su enseñanza, pero ¿como está ella en la conciencia de sus portadores actuales? – Si de nuevo nos dirigimos a la práctica, veremos que la gente ortodoxa nunca pierde la conciencia que Dios les exige, en primer término la santidad, que todos los dones del Espíritu Santo son dones de santificación interna. Esta tendencia hacia la pureza espiritual, esta constante aflicción por nuestra impureza pecaminosa no es solo el tono básico de nuestra fe, sino también de nuestra creyente sociedad y pueblo. La piedad se entiende como hazaña sacrificada y martirizada por la verdad de Cristo, aquella hazaña en la cual nos afirma el Espíritu Santo. Gloria a Él junto con el Padre e Hijo por los siglos.

 

La idea moral

del dogma de la Iglesia

Cuando se les ofrece a los lectores una interpretación mas o menos nueva de dogmas cristianos, entonces un autor ortodoxo menos de todo cuenta de introducir en la conciencia de la Iglesia una verdad nueva. Todo lo contrario, él está convencido que la plenitud de la verdad es el patrimonio constante de la conciencia de la Iglesia. Así, por ejemplo, antes del siglo IV los conceptos del ser y persona quedaban no aclarados; o hasta el VII Concilio Universal no estaba formulado el dogma de la veneración de las imágenes. Esto no significa que antes la Iglesia no conocía una enseñanza correcta sobre la Trinidad, u oscilaba entre el paganismo e iconoclastia. En estos casos, no fue el contenido de la fe que recibía un agregado en la conciencia cristiana, sino el enriquecimiento del pensamiento humano concluía en que ciertos conceptos solo se aclaraban y profundizaban. Ya antes del siglo IV la Iglesia sabía del Evangelio y la Tradición, que el Padre y el Hijo son uno, que nos salvamos por la fe en Santa Trinidad. Pero como relacionar estas verdades con los conceptos humanos y filosóficos de la persona y del ser, o, diciendo en otra forma, – que lugar reciben estos conceptos en el Ser Divino, – esto lo enseñaron a la gente los padres del Primer y de los subsiguientes Concilios.

De misma manera, si actualmente algún simple y humilde cristiano como por ejemplo Khomiakov (poeta cristiano de principio del siglo XX) comienza a hablar sobre las verdades de la fe (en términos nuevos) pero sin contradecir a la tradición de la Iglesia, tal autor, quedando de acuerdo con la teología ortodoxa, no revela nuevos misterios de la fe, sino, desde el punto de vista de la verdad eterna de la fe, aclara nuevas exigencias del pensamiento humano contemporáneo. El lector contemporáneo, viendo en sus palabras la respuesta, hace tiempo esperada, para sus dudas en la fe, está listo declarar a esta interpretación "una revelación nueva." En cambio, una persona ajena a estas cuestiones, admiradora de autoridades escolares, con desconfianza y malevolencia, tarda de estar en acuerdo con el autor, con insistencia busca en él la herejía, no deseando aceptar que el objeto está explicado mejor que en los libros de texto comunes. Mientras tanto, no hay nada contrario a los libros de texto en lo que dijo este mismo Khomiakov, y la evaluación, comparada del valor de sus interpretaciones con la literatura escolar, depende particularmente no de la enunciación de eterno contenido de la fe, que es igual en ambas interpretaciones, sino de una aclaración de las cambiadas exigencias del pensamiento contemporáneo.

Una de las mas reiteradas y definidas exigencias de la actualidad hacia nuestra fe, es el contenido moral de sus verdades dogmáticas. Esto nunca fue ajeno a la conciencia de la Iglesia. El Credo para los obedientes e ilustrados hijos de la Iglesia siempre es un himno entusiasta. Casi cada oración de la Iglesia termina recordando a la Santa Trinidad, como fuente de todos los tesoros morales. Pero a la teología actual, como ciencia, le falta una clara formulación, qué conceptos morales están contenidos en las verdades de la fe, y como los primeros están definidos por los segundos. Por eso es natural que aquellos investigadores, que conocen al cristianismo solo en su forma escolar, pero son ajenos a la vivencia directa de toda la verdad de la Iglesia, estos observadores externos del cristianismo están perplejos, para que nuestra fe, que dijo por la boca de su Fundador: si querés entrar en la vida, guarda los mandamientos – para que ella, con tal insistencia, exige de sus seguidores la aceptación de numerosos y aparentemente teóricos dogmas. Dijimos que están "perplejos" pero, desgraciadamente, nuestros orgullosos contemporáneos no quieren ser perplejos y prefieren, con seguridad y terquedad negar y denigrar lo que no entienden. Esta postura, con particular fuerza, se expresó en las obras de L. Tolstoy. Él, desgraciadamente, es, en este caso, solo un mas valiente representante de gran número de ilustrados europeos y rusos. Es a estas perplejidades trataremos de contestar en este artículo sobre la Iglesia, igual que con los anteriores: sobre Santa Trinidad, redención y Espíritu Santo.

 

El significado del dogma de la Iglesia.

De todos los dogmas, el dogma de la Iglesia sufre mas ataques de parte de las sectas y del seudo-racionalismo. Nuestros liberales con particular celo difunden entre el público lector las ediciones traducidas sobre la inquisición, o la lucha de la cultura con el papado, esperando no sin causa, que el lector ruso sabrá pasar sobre la Iglesia ortodoxa todo lo mal que se dijo sobre el papado. Con esto, los occidentalistas rusos subrayan todavía que la atrayente grandiosidad, carácter consecuente y convencimiento del sistema papal – en una palabra todo lo con que puede enorgullecerse el papado, es ajeno a nuestra dirección eclesiástica. Con la cual la gente así, se encuentra habitualmente en personas laicas que hacen cumplir diferentes limitaciones de la vida en forma de censura, medidas disciplinarias, ceremoniales etc. Y si el poder eclesiástico molesta a nuestros liberales en las personas de sus representantes jerárquicos, que se manifiesta habitualmente en forma pasiva, poco efectiva y poco elocuente. No es extraño que él parece a los liberales una vieja gruñona.

Así es, en esta forma lamentable se representa nuestra contemporaneidad, a aquella máxima santidad de la enseñanza cristiana, sin la cual ésta realmente quedaría como un dogmatismo abstracto muerto, sin la cual no existiría aquel cambio existencial de la vida que produjo nuestra fe en el universo. Y si actualmente los falsos liberales consideran la enseñanza sobre la Iglesia un inconveniente para su fe, ¿porqué, entonces ellos no quieren, aunque sea, pensar sobre el fenómeno que justamente esta verdad sobre la Iglesia constituyó la principal fuerza para atraer hacia Cristo a la gente y a los pueblos? Es verdad que además del dogma sobre la Iglesia, el cristianismo está rico en altas ideas, emotivas imágenes, pero todas estas ideas e imágenes, incluyendo aquí los acontecimientos de la historia evangélica, quedarían sin fuerza para el renacimiento moral de la gente si no serían cada vez de nuevo encarnados en la vida personal de los cristianos. Si esta última no sería una expresión continua de aquella unión espiritual, aquel cariñoso amor recíproco y cuidado que no podría inspirar a los cristianos ni la fe en vida futura, ni amor al Salvador, ni el recuerdo de Sus sufrimientos, sino solo Sus palabras, y de Su Apóstoles sobre la Iglesia – que Él dio Su verdad y Su gracia no a cada creyente, por separado, sino a su unidad en la Iglesia, que constituye como un cuerpo vivificado por el Espíritu Divino, Que reúne en unidad viviente de amor a sus miembros, que viven por esta unidad y mueren espiritualmente en cuanto se separan de ella.

Los antiguos cristianos entendían esta importante condición de su vida espiritual y encontraban la fuerza para cumplir con el mas difícil problema de la vida – amar unos a los otros. Los contemporáneos nuestros perdieron este entendimiento y necesitan una aclaración teórica de la pregunta, que importancia tiene el dogma de la Iglesia para el perfeccionamiento espiritual de la persona. Esta aclaración deseamos proponer.

El indicado punto de vista teológico en la explicación del dogma de la Iglesia no es fortuito y que tiene lugar solo en las condiciones del pensamiento actual. El dogmatista ortodoxo de mayor autoridad San Juan Damasceno dice que de Sus cualidades y Sus providenciales destinos, Dios nos reveló todo lo necesario para nuestra salvación y no reveló lo que no tiene relación directa a esta finalidad. En particular no solo la verdad sobre la Iglesia nos es revelada para eso, sino también la Iglesia misma es organizada solo para eso. Quien no conoce las palabras del apóstol que de Cristo todo el cuerpo [de la Iglesia], compuesto y bien ligado entre sí por todas las junturas de su alimento, que recibe según la operación, cada miembro conforme á su medida toma aumento de cuerpo edificándose en amor (Efic. 4:16).

Así, la finalidad de la Iglesia está indicada en forma clara y definida: consiste en el crecimiento espiritual de los cristianos. Mientras a causa de un lamentable malentendido justamente esta importante faceta en la definición de la Iglesia es omitida completamente por los dogmáticos contemporáneos, que no se dan cuenta que las definiciones mencionadas por ellos sufren de una lógica incompleta, que notan los lectores concientes.

La mayoría de las definiciones escolares de la Iglesia comienza así: la Iglesia es una sociedad organizada y unificada, etc... Pero lo más importante de la definición de una sociedad es su función, su finalidad, y sobre esto casi nada se dice en la formulación escolar del dogma. Hace poco, en la literatura apareció una definición diferente de la Iglesia, como cuerpo de Cristo, y provocó una gran polémica. Lo interesante era que los que discutían decían casi lo mismo pero acusaban unos a otros con gran ardor. La base principal de esta definición eran las arriba mencionadas palabras del apóstol, pero no se sabe porqué nadie consideraba útil leerlas hasta el final y la sagrada sentencia se discutía fuera de su pensamiento principal.

Si mirar la verdad de la Iglesia desde el punto de vista indicado por nosotros, tenemos que plantear la situación siguiente como principal de nuestro discurso: para la salvación o – lo que es lo mismo – para el perfeccionamiento espiritual del hombre son necesarias tres condiciones: el hombre mismo, el Dios y la Iglesia. Habitualmente la tercera condición no se pone en la base de nuestra salvación, ya que el tema este en la teología europea se revelaba principalmente por los protestantes. Pero sabemos que aquel Reino de Dios, que trajo nuestro Salvador a la tierra, no es la iluminación sola de la vida personal del hombre a través de acción directa sobre él del Ser Divino, sino la fundación en la tierra de existencia nueva, nuevo comienzo a través del cual solo entra en contacto con la persona humana el Señor. Esta existencia, este comienzo es la Iglesia. Es remarcable, que en el caso excepcional, cuando después de la fundación de la Iglesia, el Señor llamó a Sí al persecutor Saúl, directamente desde Su trono celestial, también aquí Él no lo dejó fuera de la dirección cercana de la Iglesia, no le reveló Su voluntad directamente, como antes a Elías y otros profetas, sino lo envió al Ananias para que le enseñe la gracia del sacramento y lo sane de la ceguera. Aquí el Señor indicó que Él no conoce a Sus siervos fuera de la Iglesia.

Pero ya antes, cuando Él solo enseñaba la base misma de Su nueva enseñanza, en la mayoría de las parábolas Él anteponía la nueva vida espiritual como contrapuesta no solo a la pecaminosa vida personal del hombre, sino mas a menudo a una existencia desunida de la sociedad humana. En Su nuevo Reino la gente se unirá no solo en una amistosa hermandad, ajena a la desunión según las etnias, clases y posesiones, sino, formarán cierta nueva existencia unitaria, que crecerá como la masa preparada por ama de casa, como un árbol que atrae a todos bajo su sombra, como vid, donde el tronco es Cristo y las ramas – los apóstoles.

 

El principal pensamiento en el dogma de la Iglesia.

Preparándose a dejar este mundo, el Señor Jesucristo elevó Sus ojos al cielo con la oración al Padre sobre el cumplimiento de aquella obra, para la cual Él vino a la tierra. La oración esta se refería a nada otro como a la organización en la tierra de una existencia nueva y unitaria – la Iglesia – la existencia hasta entonces ajena a la humanidad dividida por el pecado. Esta existencia no tiene nada semejante en la tierra, donde no hay unidad, sino solo división. Pero en el Cielo, donde la unidad del Padre, Hijo y Espíritu Santo forma un Ser de tres Personas de manera que ya no son tres, sino Único Dios que vive una única vida. De manera semejante, la nueva existencia única, único hombre nuevo que Cristo forma en la tierra a partir de la sociedad hostil de judíos y paganos (Efic. 2:14-15). Sin duda, la finalidad de esta nueva existencia en la tierra consiste no en sí misma como entidad, sino en la relación con cada uno de sus partes componentes o sea la persona humana. Dice el Señor: "Quiero que donde yo estoy, ellos estén también conmigo, para que vean mi gloria que me has dado... y el amor con que me has amado, esté en ellos, y yo en ellos" (Ju. 17:24-26). Esta es la finalidad última de la Iglesia, fundada por Cristo en relación con sus miembros. En cambio la finalidad intermedia, mas cercana, sin la cual es imposible de lograr la finalidad última de nuestra existencia, es el continuo perfeccionamiento espiritual de la personalidad en la Iglesia.

Por eso la Iglesia es la nueva, particular y única existencia en la tierra, que no puede ser definida con exactitud por ningún término tomado de la vida terrenal. Y si en la discusión teológica mencionada, aquellos pensadores que indicaban la superioridad de su definición de la Iglesia, como una sociedad, comparando con la definición de ella como cuerpo de Cristo, pensaban que ellos realmente definen a la Iglesia, mientras que sus oponentes proponen solo una comparación. Notemos que las pretensiones de los primeros no tienen base. Toda sociedad terrenal tiene tantas características completamente diferentes a la vida de la Iglesia y tan pocas características en común que a esta definición pseudo-formal podría ser preferida la comparación autorizada por Sagradas Escrituras, si, como dijimos mas arriba, se tomarían las palabras del apóstol en su totalidad, sin cortar el pensamiento principal. Este pensamiento principal (para injertar a sí mismo en amor) ya destruye la imagen del cuerpo que no conoce al amor e indica de nuevo, que el concepto de la Iglesia es un concepto sobre la existencia excepcional, contrapuesta a todo lo terrenal.

Ahora detengámonos sobre la descripción de esta existencia mas detalladamente, y luego indicaremos sus manifestaciones reales y con esto trataremos de resolver la cuestión mas difícil en la discusión reciproca de ramas europeas: ¿dónde hay que buscar a la Iglesia verdadera?

Vimos de las palabras de Cristo Salvador, que la Iglesia es una semejanza de existencia Trinitaria – semejanza, en la cual muchas personas se hacen un ser unitario. Porque una existencia así, tal como la existencia de Santa Trinidad, es nuevo e inconcebible para el hombre caduco. – Es a causa que en la autoconciencia natural la persona es la existencia autocerrada, radicalmente contraria a toda otra persona. Dejemos ahora el lenguaje de definiciones abstractas, por necesidad secas y breves, y veamos la influencia práctica sobre nuestra voluntad de esta ley. Ante todo vemos que esta ley de nuestra existencia natural, percibida en nuestra autoconciencia directa, es contraria a la ley moral del Evangelio, que exige de sus seguidores un amor sacrificado hacia los prójimos. Es verdad que esta ley de amor no es completamente ajena a la naturaleza humana que es dispuesta a amar pero en la misma medida defender a su yo en el sentimiento del amor propio y vengatividad. Y así hasta que el hombre acepta la ley cristiana solo en la medida de sus tendencias naturales, nunca tendrá la plenitud del amor cristiano, no será un verdadero cristiano: el amor y el amor propio quedarán en él como dos irreconciliables enemigos.

"¿Pero esto será una constante contradicción en el alma del hombre?" – victoriosamente nos preguntará un oponente. ¡Sin duda contestaremos! El hombre natural es una contradicción encarnada y la interna contradictoriedad no se manifiesta con mayor fuerza ningún lado mas como en el sentimiento del amor natural. Así, por ejemplo, en la esfera sexual los sentimientos de amor y odio confluyen en un extraño y monstruoso proceso, donde a veces la reproducción es seguida de asesinato. O, tomen la manifestación mas alta del amor natural – el amor de la madre en animales y hombres comunes: ahí también los afectos de cariño hacia los hijos, constantemente se suceden con afectos de ira contra sus presuntos enemigos. A veces, también contra ellos mismos, si ellos con dificultad aprenden deseos de la madre. La gallina con polluelos no pierde su aspecto amenazante y la mansa vaca en tiempo normal puede ser mas peligrosa que una fiera cuando con ella se encuentra su recién nacido ternero. Sobre el hecho cuan fuerte se torna la interna contradicción de amor y odio en la gente, sabemos de constantes observaciones de la vida y su representación artística en la literatura (por ejemplo: "Las noches de Egipto" de Pushkin, "La Mansa" de Dostoievski, "Madre" de Nekrasov y muchos otros).

El pensamiento humano no reconcilió a esta contradicción, mas bien la potenció continuamente. Cuando se basaban en el concepto de la libertad personal este único concepto sobre el cual pueden basarse las altas exigencias de la severa moral, entonces junto con la enseñanza de justicia, castidad, honradez predicaban una relación orgullosamente fría, legal y formal con los prójimos. Así es la enseñanza de los estoicos y de Kant, quien negaba totalmente la importancia de la virtud de amor y proponía sustituirlo con el principio de respeto hacia los prójimos. La moral de teólogos escolásticos giraba también en conceptos del deber formal y no teniendo posibilidad de negar el amor hacia los prójimos, predicado por las Escrituras, lo limitaba con una inventada enseñanza de amor hacia uno mismo y también por muchas normas legales espurias, sacadas de la ley romana y feudal e introducida no solo en la enseñanza de relaciones entre la gente, sino también en la enseñanza sobre Dios-Redentor.

 

La ausencia de este pensamiento en la filosofía contemporánea.

La mas nueva moral humanística y también la moral protestante de dirección racionalista, decidieron en conjunto, que para fortalecer el principio del amor es necesario alejarse de conceptos "escolásticos" sobre la personalidad, la libertad de la voluntad, la retribución y a cambio de estos conceptos, que protegen al egoísmo, afirmar un punto de vista contrario sobre la existencia, como una vida divina distribuida en las criaturas y tendiente a unirse de nuevo en una bendita plenitud. Aquí el espiritualismo es sustituido por el panteísmo – el principio dominante en la filosofía europea contemporánea y teología racionalista. Digamos, de paso, que, sin duda, no tanto el humanismo, cuanto la predestinación protestante, que niega la importancia de las hazañas de voluntad, y una caída general de moral, cubierta por la mascara del humanismo sirven de base para el desarrollo de semejante visión del mundo.

Pero tomemos solo la faceta positiva de esta visión, no penetrando en su sentido oculto. La medianera entre las personalidades es destruida, la oposición entre "yo" y "no yo", también; no hay lugar para la orgullosa autoalabanza de tal iniquidad que se llama el hombre. Pero ¿quién no sabe que con la destrucción de la libre voluntad se destruye la diferencia entre el bien y el mal y toda responsabilidad del hombre y con esto, también, la atracción moral de la hazaña del amor y su obligación moral?

Por eso la controversia entre el orgulloso egoísmo sensual y emparentado a nuestro corazón comienzo del amor no se resuelve con investigaciones del pensamiento filosófico, mientras él proviene de tal o cual principio de vida natural – principio, en este caso, de la personalidad libre, o humanismo natural: En primer caso se instala el formalismo legal, en el segundo caso – el panteísmo. Evidentemente, tanto el pensamiento como la vida real postulan hacia el concepto inicial donde se produciría la reconciliación entre la libre autoevaluación de la persona y el principio de abnegación y la vida para el bien de otros. Donde estos otros, este "no yo" no sean contrarios a mi "yo", donde la libertad de cada persona se sobreponía con la unión metafísica de su existencia a pesar del panteísmo.

Es a este concepto inicial representa la Iglesia en aquellas definiciones que dimos mas arriba sobre la base de la Palabra Divina. Y en realidad, vemos que la persona que se desarrolla en la Iglesia reconcilia en sí la plenitud de amor abnegado con alto grado de voluntad individual, como representantes mas típicos de esta reconciliación sirven nuestros santos – mártires, ascetas y santos monjes. En estos tres tipos de la santidad, alejados entre sí por las condiciones de la vida, encontramos una armonía idéntica de aquellas cualidades contrarias, que no podían concebir ni la vida natural, ni la filosofía occidental. Estos tres tipos son unos gigantes de la voluntad con una extrema tensión de la conciencia de su responsabilidad moral, y al mismo tiempo, completamente ajenos no solo al egoísmo natural de la vida, sino también de cualquier fina autoalabanza, cualquier pretensión al derecho de la persona – dos de estos tipos de santidad viven y mueren totalmente para la hermandad eclesiástica y gloria Divina, y el tercer tipo pone como meta mas alta de su vida la negación de su voluntad ante Dios y ante el representante del poder de la Iglesia.

Así la verdad cristiana sobre la Iglesia no solo en el pensamiento, sino también en la vida libera al hombre de la contradicción natural entre la autoconciencia de la personalidad y el amor abnegado como principio de la vida. ¿Por qué justamente esto debe ser explicado? – Dijimos que la definición de la Iglesia debe extraerse no del concepto de la existencia terrenal, sino de la enseñanza sobre el Ser Divino triuno, tal como nos enseño el Señor en su oración de despedida. Dios uno por Su Ser y por Su vida, pero triple en Personas: así también la Iglesia una por su ser y plural en personas que la componen. ¿Qué es, entonces, este ser único de la Iglesia y en qué relación se encuentra él hacia la humanidad natural?

[Sin embargo, antes digamos que al indicar esta importancia general de la Iglesia, no se termina la fuerza moral de la enseñanza ortodoxa sobre ella: La Iglesia es además de esto una guía irremplazable del cristiano en la hazaña subsiguiente de su vida, que cada vez de nuevo necesita la verdad dada por esta enseñanza, – necesita para fortalecer su fe y en la obra de perfeccionamiento moral. Para entender a esta necesidad, con claridad y sin discusión, hay que recordar la única cualidad indudable de toda acción moral y moral-cognoscitiva del hombre en general y el cristiano en particular. Comprendemos a aquella ley de la vida, olvidada por los teólogos occidentales, donde el perfeccionamiento cristiano debe ser percibido no como un desarrollo libre y sin obstáculos de fenómenos complejos a partir de mas simples, sino como una lucha constante, tensa y plena de sufrimientos.]

 

La Iglesia y la personalidad.

En Sagradas Escrituras y en la Tradición de la Iglesia se dice muchas veces que el Señor vino a la tierra para restituir al hombre tal, como era antes de su caída, y recrear en el hombre y la humanidad Su imagen, oscurecida por las pasiones. La imagen esta era imagen de la Deidad triuna y justamente esta imagen es restituida por Cristo en la humanidad a través de la institución de la Iglesia o sea una imagen de la consubstancia en la pluralidad de personas, tal como está dicho en la oración sumosacerdotal.

Aclaremos este pensamiento sobre la consubstancia de la Iglesia, que es la reconstitución de la unidad del ser humano con siguientes argumentos. En el Ser Divino bajo el concepto de ser unitario Divino, la teología entiende la naturaleza espiritual de la Deidad, aquellas fuerzas espirituales y cualidades de la vida Divina, que actúan por libre voluntad de las Personas Divinas. Lo mismo se entiende bajo el ser humano y el ser de cada persona separada.

Esta separación en nosotros del ser y la persona no es algo abstracto, sino la verdad directamente afirmada por la autoobservacion y experiencia. Teniendo conciencia en sí mismo de la persona independiente, la libertad de la voluntad y acciones, cada hombre entiende perfectamente que esta intendencia y libertad se incluyen solo en la dirección de las fuerzas y características de su naturaleza panhumana en sus especializaciones, en el desarrollo de unas inclinaciones naturales y supresión de otras – en la elección entre las inclinaciones en conflicto. Pero entendemos perfectamente que ningún hombre puede pensar en otra forma que según las leyes del pensamiento, que pasa una cierta secuencia en el paso de una costumbre a otra contraria, no puede caminar por el aire, no respirar etc. En una palabra nos sentimos poseedores de cierta naturaleza física y síquica, cierto contenido síquico, cambio del cual es alejado a nuestra libertad, solo en cierto modo y con limitaciones (por ejemplo, no es fácil a una madre no amar a sus hijos). Es esta nuestra naturaleza síquica, esta panhumana subconsciente voluntad, que es característica para nosotros, justamente el ser humano.

Hasta ahora, no dijimos nada nuevo comparando con las definiciones aceptadas en la teología actual. Pero si nos referimos a lo arriba mencionado, entonces bajo el unitario ser humano será necesario entender no un ser real, sino cierto concepto abstracto, que no puede ofrecer la base para comprender ni el problema del pecado original que pasa a todas las personas humanas, ni la gracia redentora a través de la cual se ilumina justamente el ser de la humanidad y no simplemente cada persona por separado. Al perder el concepto del ser humano como una existencia real, los teólogos medievales tuvieron que explicar el pecado original o a través de la ley hereditaria, o, indigno hasta de los hombres concepto de la venganza genérica, transferir al Creador y poner este concepto en la base de la explicación de la construcción de nuestra salvación.

Mientras tanto, los teólogos medievales y todavía antes Platón sentían vagamente que existen ciertos conceptos comunes o comunitarios que no son una abstracta visión de caracteres comunes de algunos objetos, sino existen en forma real e independiente. En esto consiste la discusión entre los nominalistas y los realistas. Al nombre de estos conceptos pertenece él del unitario ser humano. ¿Qué existencia real y actual tiene? – En Dios esta existencia es tan efectiva como la existencia de cada Persona Divina, hasta más, ya que no hablamos de la existencia de tres dioses, sino de un Dios a pesar de que confesamos la existencia del Padre, Hijo y Espíritu Santo. Sabemos que estas tres Personas Divinas viven una vida del ser divino – santo, bueno, todojusto, a pesar de estar impregnados por esta única vida, tienen Su Libertad personal tal como dijo el Señor: "Yo he guardado los mandamientos de mi Padre, y estoy en su amor" (Ju. 15:10).

Si los hombres no cayeran, si no se llenaran del espíritu de contradicción y división, si no debilitaran con esto la unidad de su ser, entonces en sus corazones con la misma fuerza se manifestaría la vida del ser general humano, que era muy bueno, ya que Dios lo creó según Su imagen de existencia eterna (Prem. 2:23). A cada persona humana por separado quedaría solo libremente coincidir con la fuente latente en ella de amor, virtud, inteligencia y alegría. Estudiando juntos la creación hermosa de Dios y al Mismo Creador, y dulcificando su corazón con amor y alegría recíprocos, la gente se penetraría cada vez más con la conciencia de su unidad y sería difícil hablar de acciones y pensamientos de Pedro, Pablo y Juan y habría que hablar y juzgar simplemente las acciones del hombre. Sin embargo esta confluencia de todos en uno quedaría ajena infinitamente a aquel panteístico nirvana que pregonan los filósofos actuales. Justamente esta unidad, esta comunidad de pensamientos, sentimientos y acciones humanos se afirmaría constantemente y se construiría con la libre voluntad de cada persona por separado y con esto guardaría el valor moral de su existencia, siendo con esto diferente del movimiento sincrónico de diferentes partes de una bien organizada máquina o de la unanimidad de inarticuladas hormigas o abejas, guiadas en su incesante trabajo por un instinto ciego y ajeno a la libertad.

Pero tal vida bendita del ser humano interrumpió nuestro ancestro con desobediencia egoísta. Sus herederos la vulneraban cada vez mas con nuevos pecados de manera que autoconciencia humana la perdió casi por completo, llegando a tal separación que la fuente del pensamiento humano se hizo la oposición entre "yo" y "no yo". La triunidad de Dios, cuya imagen es nuestro ser, se tornó para la mente natural un misterio casi inconcebible. Y para los filósofos enraizados en su egoísmo – hasta un absurdo lógico.

Pero, he aquí el Redentor restituye a esta perdida vida unitaria del ser humano, semejante a aquella, que tendría toda la gente si no cayera. La Vida esta es, la fundada por Él, la Iglesia. Es semejante a la vida de los ancestros primocreados, pero algo diferente, porque ahora se basa no sobre fácilmente logrado libre acuerdo de cada persona con su no vulnerado ser, sino en el acuerdo lleno de lucha con el ser caduco que debemos crucificar.

Antes de ver mas profundamente a esta vida o, lo que es igual, el dogma de la Iglesia, citemos a San Basilio el Grande, quien en el capitulo 18 de las Reglas Ascéticas describe la unanimidad, humildad, amor y obediencia de la hermandad monástica:

"Los monjes eliminan en sí el pecado de Adán, restituyen la antigua bondad (hermosura), ya que entre la gente no habría divisiones, peleas, ni guerra si el pecado no partiría al ser. Ellos son exactos imitadores del Salvador y Su vida en la carne. Ya que el Salvador, formando el grupo de discípulos, hasta a Sí mismo hizo común para apóstoles, así también estos... Ellos asemejan la vida de ángeles, igual de éstos en toda severidad cumplen la comunidad. Ellos prevén los bienes del reino prometido en la voluntaria vida y comunión, presentando una imitación exacta de aquella vida y estado. Ellos claramente mostraron a la vida humana, cuanto bien les hizo la encarnación del Salvador, porque al desgarrado y en mil partes separado el ser humano, en medida de sus fuerzas, ellos de nuevo llevan a la unidad consigo mismo y con Dios. Porque es lo mas importante en la reestructuración salvadora y carne – llevar al ser humano a la unidad consigo mismo y con el Salvador y destruyendo la división maligna restituir la unidad primordial en forma semejante, como un buen medico con medios curativos une al cuerpo separado en muchas partes."

Como ven de arriba mencionado discurso, San Basilio el Grande habla: 1) que el ser humano era uno hasta la caída; 2) que con la caída o el pecado era partido; 3) que los ángeles que no cayeron en el pecado de egoísmo y desobediencia, conservaron no vulnerada unidad de su ser; 4) que el Salvador vino para restituir esta unidad en el genero humano caído; 5) que esta restitución se expresa en la liberación de la gente del egoísmo, discusiones y terquedad y en restitución en sus corazones del amor de Cristo y obediencia; 6) que a pesar de sistemas teológicos escolares, la redención Divina consiste principalmente en la restitución de esta neobendita unidad de amor y obediencia de la gente con Dios, el Salvador y entre ellas. Ahora continuaremos nuestro discurso.

 

Otras definiciones de la Iglesia.

Dijimos, que esta restitución por Cristo de la unidad del ser de hombre creyente, es la Iglesia. De misma manera como la primera unidad dada por Dios no era un concepto abstracto, sino una real y viviente fuerza, que se hacía sentir constantemente en el corazón humano, en la multitud de santos, así también la Iglesia no es simplemente una suma de numerosa gente, ni una oficina legal y gubernamental. Es ante todo aquella vida bendita y santa, fundada por Cristo, que en forma inalterable y firme existirá en la tierra hasta Su segunda venida. Es protegida desde afuera con ciertas formas definidas, pero que se manifiesta ante todo en santos y enternecedores sentimientos de penitencia, alegría espiritual, pureza y amor que encuentra en su corazón cada hombre que recibe la gracia. No son frutos cultivados por el esfuerzo de su voluntad en su propia personalidad, sino como cualidades de otra naturaleza, recibidos desde afuera – la naturaleza de aquel Nuevo hombre en la cual él se revistió por el bautismo. Su problema subsiguiente será solo guardar y multiplicar a estos santos brotes de la salvación dados a él por Dios, a esta vida del ser restituido, esta vida de la Iglesia con la hazaña de su libertad personal proteger y multiplicar y a la vida contraria del hombre caduco crucificar y expulsar.

Sin duda esta hazaña es mas difícil que la que correspondía a la humanidad no caída. Pero ante tal planteo, entendemos perfectamente porque los tipos de mártires, santos monjes y santos sacerdotes componían a inimitables gigantes de voluntad y al mismo tiempo tendían hacia constante inhibición en sí de toda autoafirmación, egoísmo y defensa de su "yo". De ahí es comprensible porque el apóstol Pablo, que según sus palabras trabajó mas que todos los discípulos de Cristo, dice que él ya no vive, porque se crucificó y Cristo vive en él, que trabaja en la Iglesia no él, sino la gracia que está en él. [La gracia en el lenguaje bíblico y eclesiástico se llama a veces el ser mismo de la vida de la Iglesia, o frutos de esta vida en el alma del cristiano, o acción Divina, a través de la cual se implanta esta fuerza de la nueva vida en el alma del hombre.]

Sin embargo nuestra explicación de la Iglesia verdadera no está terminada. Hemos mostrado sus cualidades, que acercan el concepto sobre ella con él de ser humano creado por Dios, pero no hemos aclarado la diferencia entre estos dos conceptos: la diferencia reside en que la vida del ser humano en cada hombre se manifestaría (si no hubiera la caída), directamente y sin trabas.

No así la vida de Cristo, a la cual Él dio a la Iglesia y que vierte en el alma de cada persona por separado: Esta entrada de la nueva naturaleza (la gracia) en el alma de cada cristiano, es un fenómeno mas complejo: se produce no tan directamente como el desarrollo de la persona humana del Adán inocente, sobre la base de naturaleza humana pero ante todo a través de una aceptación conciente de la vida de Cristo o del cristianismo y luego a través de una penetración misteriosa del ser neoagraciado de la Iglesia en nuestra persona.

El Señor y los apóstoles indican aquel y otro método necesario de conseguir la gracia para un cristiano. Cuando hablan del renacimiento o de la purificación de nuestra naturaleza a través de la palabra de enseñanza, entienden con esto una penetración conciente de la nueva vida expresada en la enseñanza Divina (Ju. 15:3; Ped. 1:23; a Hebr. 10:22). Por otro lado ¿quién desconoce las parábolas del Señor sobre el inconsciente y misterioso crecimiento en el alma del creyente de la bendita semilla de la naturaleza nueva? Es semejante al caso como si algún hombre tirara la semilla en el campo y luego pasara sus días tranquilo, mientras el sol y la humedad, ya sin sus esfuerzos, hacían crecer la planta y maduraban a la espiga (Mat. 13:31); es semejante a la levadura que hace crecer la masa en el horno oscuro (Mat. 13:33). Es intangible como el lugar del nacimiento del viento, según la palabra del Señor al Necodemo (Ju. 3:8).

Por eso la Iglesia no es ni simplemente la escuela de la ley cristiana, ni una inconsciente y buena energía, misteriosamente transmitida por Cristo en los corazones humanos, sino aquella energía contenida y difundida por un principio conciente, o sea la sociedad eclesiástica. Así se puede completar la falla habitual en la definición de la Iglesia como sociedad o como cuerpo – aquella falla sobre la misión de la Iglesia que indicamos mas arriba. Justamente ante toda definición de la Iglesia se debe indicar que ella tiene la misión: 1) proteger invulnerable el contenido conciente de la vida neoagraciada, o sea la enseñanza Divina y luego transmitirla a la gente individual cuanti- y cualititamente o, lo que es lo mismo 2) difundir la enseñanza Divina entre la gente y 3) elevar a los creyentes hacia total penetración por aquella vida o hacia total perfeccionamiento espiritual. La comparación mencionada por apóstol Pablo de la Iglesia con un cuerpo viviente (Ef. 4:16), cubre plenamente esta misión de la Iglesia.

 

La Iglesia militante.

Algún lector puede decir – no veo aquí ni la enseñanza sobre la Iglesia como sociedad organizada, ni la indicación en que sentido se llama Santa e infalible, no solo la celestial, sino también la Iglesia terrenal. Si entienden bajo la Iglesia todo lo recreado por Cristo, ser unitario del neoagraciada humanidad – sigue el objetador – entonces ¿dónde está en su argumentación la autoridad infalible de la Iglesia terrenal militante? ¿No les está dando indulgencia a los protestantes, que creen y esperan solo en la Iglesia celestial y están privados de la Iglesia en esta vida?

– En nuestro discurso anterior ya fue dado el comienzo para resolver a estas preguntas. Es verdad, que la vida bendita que inspira al cristiano durante su hazaña, es la vida de todo nuevo Adán y cuanto mas digno es un cristiano de su nombre, tanto mas claro y alegremente es conciente de su constante comunión con los santos en el Cielo y tanto mas se penetra con la indicada en el credo esperanza del último juicio y la vida del siglo futuro como nos enseñó San Juan en la Revelación (capítulo 21). Aquí está la primera derrota del protestantismo que destruyó las oraciones a los santos y la recordación de los difuntos.

Pero ya hablamos que la vida de la Iglesia es la lucha contra el mundo pecaminoso y en cada generación de la gente este mundo actúa como una conocida, parcialmente conciente e inconsciente fuerza. Cada generación de la gente debe vivir su problema moral-histórico, traer a Dios a su talento y aportar al tesoro de la Iglesia su victoria. Es por eso que el neocreado, bendito ser de la Iglesia, este nuevo Adán, encabezado por Cristo debe tener en cada época de la lucha terrenal una cierta manifestación adecuada [En Sagradas Escrituras y en la Tradición se llama el nuevo Adán o Nuevo hombre tanto el Mismo Cristo como a la Iglesia, encabezada por Cristo, Ef. 2:15; Cor. 12:12; San Gregorio Teólogo. Palabra para la Manifestación Divina; San Isaac Sirin. Sobre el espíritu que perdona.]

Aquí en la tierra, entre la lucha del cristianismo y el mundo, la nueva naturaleza eclesiástica plantada con la naturaleza caduca, debe vivir y actuar, en primer término, la plenitud cualitativa de los dones de Cristo a la Iglesia, o sea 1) la invulnerabilidad de su contenido conciente (o la enseñanza puramente cristiana) y 2) la misteriosa y buena energía (la santidad de la Iglesia) que se otorga al alma cristiana fuera de su conciencia, como dones de la gracia. Y como la vida de las Personas Divinas es la unitaria vida de único Ser Divino, así también la fuerza de la vida bendita de Cristo, que actúa en la tierra, emana de la plenitud eclesiástica, de manera que santa e infalible es justamente toda la sociedad eclesiástica en la tierra y no una rama separada o cualquier poder local como explican los católicos-romanos.

Demostrar a este último pensamiento en detalle sobre la base de fuentes de Revelación teológica, no entra en nuestros cálculos ya que la autoridad de la Iglesia militante está basada bastante bien en la teología escolar. Pero indiquemos al lector que la mayoría de las parábolas del Señor sobre el Reino de Dios se refiere a la Iglesia militante – a ella fue prometida por el Señor la plenitud de dones de la gracia y a ella se refieren Sus palabras durante la Ascensión: "He aquí estoy con vosotros en todos los días hasta fin de siglo." De misma manera también el Apocalipsis representa la lucha del reino de Cristo con el mundo en la tierra y representa a Cristo como Líder y Cabeza directa de la Iglesia militante, tanto en la visión primordial de Él entre siete lámparas, como en la revelación de los destinos futuros de la Iglesia.

 

Las Tesis.

Así, creer en la Iglesia significa:

1) Creer que Jesucristo por Sí Mismo restituyó en aquellos, quienes entran en el rebaño de Sus discípulos, la unidad del ser humano, perdida por la gente con la caída de Adán y los pecados de sus descendientes.

2) Que esta unidad no es un concepto abstracto, sino una fuerza moral viviente que se vierte en los corazones de Sus discípulos y actúa en ellos como una fuente de buenos sentimientos e intenciones, particularmente en el amor recíproco hacia Dios y unos a los otros.

3) La fuerza esta, esta vida eclesiástica, según la palabra de Cristo, existirá en la tierra siempre, y es el único medio, a través del cual Dios lleva a la gente a la salvación, o sea hacia la santidad y unidad.

4) La gente, que vive con esta vida eclesiástica, constituye junto con Cristo un ser espiritual, dirigido por Él como Cabeza y, según la medida del perfeccionamiento en la tierra – y en plenitud en el cielo, – ellos hasta tal punto fortifican a esta unidad que se hace semejante a la unidad del Ser divino en tres Personas divinas y con esto llenan a cada persona humana con gozo y santidad, cuyos comienzos le da desde el tiempo de su entrada en la Iglesia.

5) Como su perfección en Cristo la gente de cada generación comienza a construir en la tierra en lucha con el mundo, entonces en la tierra también en todo tiempo se conserva la plenitud de dones Divinos en la sociedad de la gente que guerrea por la salvación.

6) La sociedad esta, o la Iglesia militante tiene la misión de guardar invulnerada la fuente de la vida divina, o sea la enseñanza divina y buena energía de la vida neoagraciada y también transmitir ambas cosas a través de la enseñanza y oración tanto a sus propios hijos, para su perfeccionamiento en la bendita vida eclesiástica, como también a los que no conocen a Cristo, para que entren en esta vida.

7) El problema de cada hombre que desea salvarse es, ante todo, que sea de acuerdo con estas verdades de la fe, recibidas desde afuera, las disposiciones santas del corazón con esta vida de la Iglesia.

8) Como su vida personal, que se encuentra con la vida de la Iglesia, no es una vida sin cualidades, sino está llena de pecado, este acuerdo libre con la neoagraciada vida de la Iglesia debería mas exactamente llamarse una obediencia libre.

9) Si es así, si la vida de la Iglesia se encuentra con la vida de cada persona como un principio de sumisión, como un dirigente en la lucha interna libre del hombre, es necesario que la vida de la Iglesia tenga ciertas condicionadas formas externas, para que existan las manifestaciones de la vida eclesiástica, o la dirección y la disciplina de la Iglesia. Las bases generales que definían este orden externo de la Iglesia fueron dadas por el Salvador en el Evangelio y por los apóstoles en los Hechos, epístolas y Revelación. La particular revelación de ellas fue dejado por Cristo a los pastores eclesiásticos y constituyen el objeto de Sagrada Tradición y particularmente los cánones.

10) Sin embargo, las condiciones externas, que definen la manifestación de la bendita o eclesiástica vida en la tierra, y también la dirección por la Iglesia de sus hijos están plenos del mismo espíritu bendito de la vida divina en que se inscribe la esencia de esta vida, o sea del espíritu de amor y santidad y por eso si los llamamos externos no es en el sentido directo de esta palabra, sino porque ellos dirigen a la vida interna de las almas con la ayuda de ciertos medios externos.

¡Este es el contenido del dogma de la Iglesia! – No es necesario hablar que tales creencias constituyen la única, irremplazable fuerza moral para el cristiano en hazaña, que sin estas creencias su vida carece de meta y su hazaña es privada de toda base vital.

 

La Iglesia, como Guardiana

de la Revelación Divina

Nos es particularmente agradable hablar de la Iglesia en el conjunto de nuestra sociedad, que por ciertas facetas de su vida refleja en sí la vida de las antiguas comunidades cristianas en las ciudades paganas. Realmente, recordemos la imagen de la vida de aquel tiempo y de la vida actual. Pongamos ante nosotros una gran ciudad pagana, por ejemplo Roma, con todos sus teatros, baños, circos, establecimientos de diversión, con todos los vicios que anidan en ellos, con el vil servicio del paganismo, con todas sus crueldades y crímenes, que espantaban al mundo. Pero en este mundo de "pecado y muerte" se abre otro mundo "de la verdad, paz y alegría en el Espíritu Santo." En el antiguo Roma pagano revive otro Roma cristiano, formado de gente diferente y antaño enemiga "helenos, judíos, bárbaros y escitas, esclavos y libres." Se forma un cuerpo, cuerpo de Cristo. Y al mismo tiempo que los paganos con sus salvajes festejos, unidos con inhumana depravación y escandalosos asesinatos, horrorizan al universo, desde las cuevas funerarias se eleva el canto de Santos de Dios que alaban la resurrección del Crucificado. Allí todos se pasman ante los inventos de la mente y voluntad en el servicio de las pasiones, aquí los humildes siervos del Altísimo sobrepasan las leyes del ser, sanando con la oración a los enfermos y resucitando a los muertos.

Actualmente no hay ante nosotros adoradores de divinidades paganas, cesaron aquellos temibles crímenes religiosos; ahora los gobernantes, ejércitos y pueblos veneran a la cruz del Salvador. Pero la diferencia de la vida en Cristo, o vida de la Iglesia con la vida mundana no desapareció y, sin duda, quedará para siempre tanto en las sociedades, como en cada hombre por separado. En las sociedades cristianas, según las profecías del Evangelio, el amor se empobreció tanto, que ya desde hace tiempo en lugares con densa población otros principios, completamente no religiosos, comenzaron a atraer la atención de la gente. Todavía Juan el Crisóstomo, el maestro de la Iglesia, que vivió apenas 350 años después de la resurrección de Cristo, expresaba a menudo su tristeza, que la vida de la capital se separó de Cristo y se ocupa de teatros, circos, chismes, modas, acumulación de riquezas, y no del estudio de la voluntad Divina. En nuestro tiempo estos intereses mundanos hasta tal punto se posesionaron de la sociedad, que la vida religiosa, salvo los servicios religiosos, comenzó a ser el asunto de la conciencia personal de cada uno, que además cada uno esconde cuidadosamente de sus prójimos. Tuvimos siempre mucha gente piadosa, pero no había sociedad piadosa, ni la vida comunitaria piadosa.

Y he aquí, en nuestras tinieblas del vano mundanismo, brilló, desde hace poco, la luz de la palabra de Dios. Con Su potente mano, con que Él afirmó los cielos, Dios-Verbo reunió a la gente de diferentes medios, edades y caracteres en un cuerpo, introdujo en el corazón la sed de escuchar la prédica evangélica y en el pecho y boca puso Sus cánticos sagrados. Y como en el Roma antiguo a los oídos de los Ángeles de Dios entre sonidos de desenfrenadas orgías y banquetes sacrílegos comenzaron a llegar las alabanzas de Cristo resurrecto, así también actualmente del nuevo vano y depravado Petersburgo se reúne uno mas nuevo Petersburgo, unido con la palabra del Evangelio y el canto de himnos sagrados. En aquellas horas y momentos, cuando la mayoría de su habitantes se apresura a servir a los intereses y placeres mundanos, otros – con libros de oraciones en las manos y con Cristo en el corazón, se reúnen en los templos de Dios en horas inhabitúales, para una tarea poco común y olvidada – la predicación de la revelación del Evangelio, fuera de las horas comunes de los servicios religiosos. La mayoría es gente simple, de pueblo, naturalmente menos seducida que los ricos por las bellezas del mundo, según la palabra del apóstol: "Mirad, hermanos, vuestra vocación, que no sois muchos sabios según la carne, no muchos poderosos, no muchos nobles. Antes lo necio del mundo escogió Dios, para avergonzar á los sabios, y lo vil del mundo y lo menospreciado escogió Dios, y lo que no es, para deshacer lo que es: para que ninguna carne se jacte en su presencia" (1Cor. 1:26-30).

Comenzó o resucitó esta vida nueva no solo para estos justos, sino también para grandes pecadores que a través de la iluminación con la palabra de Dios se hicieron mejores que los justos, y junto con ellos en estos días santos cantaban la resurrección de Cristo. No con un sentimiento vago como los demás, sino en la luz clara del sincero conocimiento de Dios, asimilando la alegría de Pascua. "Tu incalculable misericordia viendo, vamos hacia la luz Cristo, con pies alegres, alabando a la Pascua eterna." Nuestra alegría consiste, justamente, en que nosotros a través de la palabra de Dios, recibida de la Iglesia "en el día particular de la resurrección, comulgaremos con el reino de Cristo." Es por eso que debemos tener claro en que consiste la ventaja nuestra ante otros oyentes y lectores de Evangelio que no comulgan con el reino de Cristo, que reciben el Evangelio no de la iglesia, sino cada uno para sí mismo, para su vida personal.

"¿Qué son para mi los sacerdotes y los servicios religiosos?" – dicen los miembros de las sectas. – Mi Cristo me dio Su evangelio y lo que no está en el evangelio no lo necesito para la salvación, es suficiente cumplir lo que comprenderé de las Escrituras, y las enseñanzas de los padres de la iglesia y los concilios universales no los conozco ni quiero conocer. Condenarme por esto no se puede, porque trato de estudiar la ley de Cristo y unirme con Cristo, con Su Divina persona y en ella, y no en la iglesia buscar mi salvación."

Estas palabras no son justas, ni provienen del evangelio. En realidad comprender la enseñanza de Cristo sin la Iglesia es imposible y comulgar con Cristo fuera de la Iglesia tampoco se puede, ya que nuestra salvación no es solo el premio por las hazañas de la vida, sino consiste en una paulatina confluencia de nuestra vida con la vida de la Iglesia, que es el cuerpo de Cristo.

1. El Señor dijo, que Su gloria es "Espíritu y Vida" (Ju. 6:63) y con esto indica que conocer o entender Su enseñanza no se puede con medios, con los cuales se conoce cualquier otra enseñanza de la razón. La común sabiduría humana conocen con la mente, en cambio, conocer la enseñanza de Cristo – de espíritu y vida – se puede solo con la vida. "El que quisiere hacer la voluntad de mi Padre, – dijo el Señor – conocerá de la doctrina si viene de Dios" (Ju. 7:17).

¿De qué cumplimiento de la voluntad del Padre celestial habla el Señor, como único medio para conocer Su ley? ¿Solo del cumplimiento de algunas obras de bien? – No, toda la vida, todo ser humano deben confluir con la vida de Cristo, para aprender Su enseñanza de la vida. Los judíos preguntaban a Él, si es el prometido por los profetas Mesías, que ellos esperaban. El Señor les contesta: "Os lo he dicho, y no creéis... porque no sois de mis ovejas, como os he dicho. Mis ovejas oyen mi voz, y yo las conozco, y me siguen" (Ju. 10:25-27).

Así para creer de verdad y conocer la verdad Divina de la Enseñanza de Cristo, hay que comulgar con la vida de Cristo, en primer término a través del cumplimiento de la voluntad del Padre Celestial, y en segundo término a través de pertenecer al rebaño Divino, a aquella sociedad y vida que el Señor fundó en la tierra, y esta vida es la Iglesia.

No puede ser de otra manera. Comprender cualquier enseñanza de la vida fuera del vínculo con aquella sociedad o pueblo, que lo vive – es imposible. Hasta en los asuntos mundanos, para entender, por ejemplo, las canciones rusas o antiguas sagas es necesario entrar en la vida rusa, en condición rusa y si no se hace esto, se habla de ellos en forma tan ridícula, como lo hacen franceses y alemanes sobre las costumbres rusas. Solo la vida misma y el mismo carácter del pueblo pueden aclarar la esencia de tradiciones e ideales populares, y esto solo tanto, cuanto esta vida del pueblo queda fiel a sí misma, cuanto no se somete a influencias externas, tal como se sometió a ellas la vida de la alta sociedad rusa, por lo cual no se puede ya juzgar sobre las costumbres y tradiciones de antiguos "boyares."

Por consiguiente, para comprender la vida de Cristo, expuesta en la Biblia, es necesario no solo entrar en la vida de la sociedad cristiana actual, y tener bases para creer que esta vida no se separó de su Primafuente. Y realmente tenemos para eso una indiscutible promesa del Señor: "Crearé Mi Iglesia y las puertas del infierno no la vencerán," de manera que cada uno quien "no escuchará a la Iglesia, que sea para ti como un pagano y un publicano."

En Sagradas Escrituras, además, hay indicaciones que la gente entenderá la enseñanza de Cristo, justamente, a través de la Iglesia, sobre la cual predecían los profetas del Antiguo Testamento, representando la bajo la imagen de una montaña o una virgen de muchos hijos, que no conoció a esposo. Así decían Isaías y Miqueo (2:2-4) y (4:1-3): "Sucederá en días futuros que el monte de la Casa de Yahveh será asentado en la cima de los montes y se alzará por encima de las colinas. Confluirán a él todas las naciones, y acudirán pueblos numerosos. Dirán: "Venid, subamos al monte de Yahveh, a la Casa del Dios de Jacob, para que él nos enseñe sus caminos y nosotros sigamos sus senderos."Pues de Sión saldrá la Ley, y de Jerusalén la palabra de Yahveh"

De manera, que esta ley y verbo no se conocen por sí mismos, sino, a través de la ascensión a la montaña del Señor, Sión, o sea la Iglesia. El mismo pensamiento afirma la oración de despedida del Señor sobre la Iglesia. "Para que todos sean una cosa; como tú, oh Padre, en mí, y yo en ti, que también ellos sean en nosotros una cosa: para que el mundo crea que tú me enviaste. Y yo, la gloria que me diste les he dado; para que sean una cosa, como también nosotros somos una cosa: Yo en ellos, y tú en mí, para que sean consumadamente una cosa; y que el mundo conozca que tú me enviaste, y que los has amado, como también á mí me has amado" (Ju. 17:21-24).

La fe en Cristo de la gente se condiciona por aquella unidad espiritual en la cual permanecen los que creen en Cristo, seguidores de Apóstoles, hijos de la Iglesia a quienes el Apóstol Pablo llama: "Los propios de Dios" como "afirmados sobre la base de Apóstoles y profetas."

Así la palabra Divina enseña que sin la permanencia en la Iglesia y sin la vida cristiana, el hombre no puede conocer a la enseñanza evangélica. Y por eso, los que afirman que a cada uno de ellos es suficiente tener la Biblia para la salvación, están en un error, ya que la Biblia está dada no a cada uno en particular, sino a todos los discípulos de Cristo, a su unidad creada por Dios, o sea – a la Iglesia. Por eso, hermanos, cuando hablaran con vosotros los sectantes sobre vuestra confesión, pregunten les: "¿El Cristo vino para darnos un libro o para darnos la vida? ¿Debemos someter nuestra voluntad a un libro o a la vida que fundó Cristo y sin la cual es incomprensible la misma Santa Biblia? Y esta vida santa, sin pecado que sobrepasa a mi voluntad y mi mente, se llama la Iglesia, que lleva infalible en sí a la verdad de Cristo, ejemplos de esperanza de los apóstoles y santos, la explicación de los concilios universales, servicios religiosos de grandes santos y compositores de los cánticos, la gracia de Espíritu-Consolador."

2. He aquí el miembro de secta te apabulla con exclamaciones sobre la vida en Cristo, sobre personal comunión con Él: "mi Cristo me ordenó a esto y aquello, en cambio a esto Él no me ordenó, y no quiero saber a todos vuestros sacramentos" etc. Pero ¿es que nosotros los ortodoxos afirmamos que no necesitamos comunión con Cristo? ¿No comulgamos de Él en los sacramentos? ¿No llamamos unos a otros en el gran día para ver a "Cristo brillando y que dijo: alégrense"? ¿No pedimos a Él: "Permítenos mas perfectamente comulgar a Ti en el día sin atardecer de Tu reino"? ¿Qué hay de diferente en su y nuestra comunión con Cristo? – Aquello que ellos gritan: "yo...mi...para mi..." O sea separan a sí mismos de aquella unión, hacia la cual Cristo llama a Sus seguidores. ¿Es agradable a Cristo tal particular y celoso amor? ¿Sobre este nos preguntará Él en Su Juicio? – Si, Él exigirá el amor a Él, pero no un amor exclusivamente personal, sino un amor que unifica.

Se extrañarán ante Su Juicio aquellos que en el amor a Él olvidaban el amor al prójimo y preguntarán: "Señor, ¿cuándo te vimos hambriento, ó sediento, ó huésped, ó desnudo, ó enfermo, ó en la cárcel, y no te servimos? Entonces les responderá, diciendo: De cierto os digo que en cuanto no lo hicisteis á uno de estos pequeñitos, ni á mí lo hicisteis" (Mat. 25:44-46). Cristo exigía que nosotros permanezcamos en Él, que vivamos por Él, pero ¿bajo Sí Mismo entiende Él solo a Su Persona? No, estas palabras sobre la permanencia en Él el Señor hace preceder por la comparación de Sí Mismo con la planta de vid con muchas ramas, o sea gente, de manera que no es exclusivamente separado mi Cristo, sino Cristo en la Iglesia. Cristo no solo, sino con toda su familia universal, hermanos y hermanas y la madre, que son aquellos que escuchan Su palabra y la guardan.

Debemos amar a Cristo y vivir solo para Él, pero Cristo no tal que conoce solo a ti y tú a Él, no tal que es solo tu novio, sino Novio de la Iglesia. Debemos amar a Cristo en la carne, pero no solo la carne glorificada, sino en aquella sobre la cual dice el apóstol: "Porque de la manera que el cuerpo es uno, y tiene muchos miembros, empero todos los miembros del cuerpo, siendo muchos, son un cuerpo, así también Cristo... Ni el ojo puede decir á la mano: No te he menester; ni asimismo la cabeza á los pies: No tengo necesidad de vosotros" (1 Cor. 12:12-22). Y mientras tanto, se escucha de los miembros de las sectas: la Iglesia no es necesaria, las obras de bien y las hazañas no son necesarios, solo Cristo personalmente. Pero Cristo no es egoísta y no con este amor carnal y celos se puede agradar a Él. "Muchos me dirán en aquel día: Señor, Señor, ¿no profetizamos en tu nombre, y en tu nombre lanzamos demonios, y en tu nombre hicimos muchos milagros? Y entonces les protestaré: Nunca os conocí; apartaos de mí, obradores de maldad" (Mat. 7:22-24). Es fácil representarse a sí mismo amando esta imagen hermosa de Cristo que no imaginamos, pero amar a Él en la Iglesia – con todos Sus hermanos, con Su cuerpo espiritual, con Su novia – a esto debemos tender. Así, el amor ortodoxo a Cristo es el amor de vida constante de sacrificio, benevolencia y humildad. En cambio el amor de las sectas es un amor excluyente, orgulloso, que ciega, – no un amor, sino mas bien – un enamoramiento, que rechaza la hazaña, la lucha consigo mismo, impregnado de fantasía y que no ayuda al crecimiento espiritual del hombre. Esta es aquella seducción, de la cual nos previenen los Padres de la Iglesia, aclarando que verdaderos entusiasmos espirituales deben ser anticipados por una serie de ejercicios de penitencia y purificación del corazón de egoísmo y pasiones con la oración y obras de bien. "Veo Tu palacio, mi Salvador, adornado y no tengo vestimenta para entrar en él; ilumina el vestido de mi alma, Dador de Luz, y salva me." En estas palabras se expresa nuestra relación con Cristo.

¿Es comprendido ahora, que fuera de la Iglesia, fuera de comunión con ella, y sin su dirección no podemos ni conocer, ni amar a Cristo? ¡Cuan agradecidos debemos estar a Dios por la fuente de la enseñanza de evangelio que Él nos dio y que es guardado en la Iglesia! ¡Como debemos valorar todo recordatorio de nuestra relación con ella, comenzando por los santos sacramentos, en los cuales recibimos de verdad la gracia del Espíritu Santo, continuando con la señal de la cruz y terminando por toda ceremonia que contiene la familia universal de nuestro Salvador! Cuan alejados debemos estar de toda confusión al saber que solo la minoría de la gente, que se llaman cristianos, en realidad pertenece al cuerpo de la Iglesia: "¡No temáis, pequeño rebaño, ya que el Padre os hizo herederos del Reino!" "Que los muertos sepulten a sus muertos." Que cada hora de la vida del mundo eleva para adoración nuevas deidades: no vamos a confundirnos ni juzgarlos, tal como no los juzgó el Señor: "Y el que oyere mis palabras, y no las creyere, yo no le juzgo; porque no he venido á juzgar al mundo, sino á salvar al mundo" (Ju. 12:47). No juzgarlos, sino tener les lástima tal como uno que ve tiene lástima del ciego, como el sano al enfermo. Tener les lástima y ayudar a su salvación a través de la palabra, ejemplo y oración debemos nosotros, que nos alegramos sobre la salvación Divina. Ayudarles y humildemente agradecer a Dios, porque Él nos atrajo al estudio de Su palabra, y también vamos a temer al pecado sabiendo que: "El esclavo aquel, que conocía la voluntad de su señor, y no estaba listo, y no hacía su voluntad, será castigado mucho." Seamos al fin humildes ante el Señor y la gente pensando cuan poco cumplimos de aquello que supimos de la voluntad Divina y pedir al Señor Su ayuda para una vida mejor y agradable a Dios.

 

El significado salvador

de la Palabra de Dios

Toda la sociedad organizada encuentra el interés en la conversación en sus reuniones sobre el asunto que la une. Nuestra sociedad se reunió para un asunto muy importante – el de predicar y oír la palabra de Dios. Con esta finalidad nos reunió hoy en esta habitación luminosa, a unos arrancándolos de asuntos mundanos, a otros privándolos de descanso después del pesado trabajo del día y a todos juntos introduciendo un espíritu y penetrando con la sed de la palabra Divina, tal como dijo el salmista: "Un bien para mí la ley de tu boca, más que miles de oro y plata… ¡Cuán dulce al paladar me es tu promesa, más que miel a mi boca!" (Sal. 118:72, 103).

Pero ¿en qué consiste justamente esta fuerza misteriosa de la palabra Divina que nos atrae aquí? ¿Qué cualidades de ella resultan tan activas y fuertes? En qué consiste, al fin, la acción de la palabra Divina sobre los corazones y la vida humana – sobre esto oiremos hoy en el día del festejo anual de la palabra Divina. Pero ¿quién nos enseñará esto? ¿Puede la razón natural explicar la acción de la palabra Divina? – No, nuestro alma solo siente su fuerza vivificadora pero, por sí misma, nunca puede comprender de donde viene, tal como lo dijo el Señor: "Oyes su sonido; mas ni sabes de dónde viene, ni á dónde vaya: así es todo aquel que es nacido del Espíritu" (Ju. 3:8). Pero si nuestra mente no es capaz de revelar las leyes de la palabra, entonces, nos enseñará la revelación. Que la Palabra misma, que se hizo carne, nos revele la acción de Sus palabras y nos enseñe, en primer término, que significado en la vida cristiana debe tener la palabra Divina y en segundo término, cuales son sus frutos para los creyentes en esta y en la futura vida.

Lo primero nos es necesario averiguar por qué muchos consideran que la lectura y prédica de la palabra Divina son casi superfluas para la salvación, esperando merecerlo con obras de bien y el cumplimiento de las decisiones de la Iglesia. Otros están listos, por el contrario, toda la salvación llevar al estudio de la Biblia y no consideran necesario ejercitar a su voluntad en la virtud. En contra a estos extremos, las Divinas Escrituras muestran una maravillosa superposición de cómo aprender la palabra y cómo fortalecerla con la vida cristiana. Si desearemos escuchar sobre la necesidad de prédica de palabra Divina, tanto para el inicio de la vida cristiana como para el sostén, sabremos que la fe cristiana misma, el mismo cristianismo es llamado a veces la enseñanza de la palabra. Así, en los Hechos dice, que después del bautismo del pagano centurión Cornelio "Oyeron los apóstoles y los hermanos que estaban en Judea, que también los Gentiles habían recibido la palabra de Dios" (Hech. 11:1), o sea la fe cristiana. Sobre la misma el apóstol Pablo decía en Antioquia de Picidi: "Á vosotros es enviada la palabra de esta salud" (Hech. 13:26). En el mismo capítulo se dice que los paganos "glorificaban la palabra del Señor" (Hech. 13:48). Si la conversión al cristianismo se llama en la Biblia la aceptación de la palabra Divina, entonces aquel perfeccionamiento de la gente en la vida cristiana se llama allí el crecimiento de la palabra Divina tal, como muchas veces se menciona en los Hechos: "Así crecía poderosamente la palabra del Señor, y prevalecía" (Hech. 19:20; 12:24; Tim. 2:9 etc.).

De manera, que si casi todo el contenido de la fe Divina se entendía como la asimilación de palabra de Dios, es muy comprensible, porque también los predicadores de esta fe – santos apóstoles – como su obra principal, consideraban a la prédica y llamaban a sí mismos servidores de la palabra y se negaron de ocuparse de la dirección externa, ordenando y eligiendo a los diáconos y diciendo: "Nosotros permaneceremos en la oración y en el servició de la palabra" (Hech. 2:41; 1 Tim. 4:12; 2 Tim. 4:2; Hebr. 13:7; Apoc. 1:2,9; 20:4).

Pero mucho se equivoca aquel, que piensa que la vida cristiana se limita con escuchar la palabra Divina, que esta palabra por sí misma, sin esfuerzo nuestro sobre nosotros, puede iluminarnos. Todo lo contrario, en la parábola sobre el sembrador, el Señor muestra claramente, que sola aceptación de la palabra con fe, sin lucha consigo mismo no es mas firme que el brote de la semilla en la pequeña cantidad de tierra sobre la piedra, que secó con el calor del sol. Solo las almas aquellas pueden ser dignas para el reino Divino, que recibiendo la palabra, "crean el fruto en paciencia," solo aquel construye el edificio de la salvación sobre la piedra dura, quien escuchando la enseñanza de Cristo, la cumple (Luc. 6:47). Un discípulo de Dios será solo aquel, quien permanece en Su palabra (Ju. 8:31), quien la observa (Ju. 8:52), quien aceptando la en mansedumbre (Jac. 1:21) es creador de la palabra (Jac. 1:22) y no solo su oyente (Jac. 1:23), ya que los hebreos también escucharon la palabra, pero está dicho de ellos: "no les aprovechó el oír la palabra á los que la oyeron sin mezclar fe" (Heb. 4:2). Luego, hasta entre los cristianos mismos, aparecieron unos charlatanes revoltosos, que el apóstol amenazaba de venir a ellos y probar "no las palabras de los que andan hinchados, sino la virtud" (1 Cor. 4:19). De su prédica él dice que "nuestro evangelio no fue á vosotros en palabra solamente, mas también en potencia, y en Espíritu Santo, y en gran plenitud" (1 Tesal. 1:5).

Así, la palabra Divina recibe para nosotros el significado salvador solo ante una firme decisión de cambiar su vida pecaminosa y ante la tendencia del hombre, según sus fuerzas, de cumplir su decisión. Que se callen los miembros de las sectas quienes, habiendo calmado su conciencia con una fe muerta, dicen que la bendita palabra Divina, por sí misma, crea en ellos la vida nueva, sin ningún esfuerzo de parte de ellos. A nosotros, fieles, la Palabra misma enseña, que la enseñanza evangélica salva solo cundo el hombre lucha con el pecado.

Así, la primera acción de palabra Divina en nuestra vida se manifiesta en nuestro renacimiento espiritual. Así, San apóstol Jacobo dice que Dios "nos ha engendrado por la palabra de verdad" (Jac. 1:18) y apóstol Pedro explica que el nacimiento por la palabra es diferente del nacimiento perecedero porque nos hace entrar en la vida imperecedera, eterna. La gente nacida por la palabra debe, como niños recién-nacidos, ser ajena completamente de toda maldad, adulación, envidia, calumnia; amar solo aquella leche de la palabra, que nos permite gustar, "Cuan bueno es el Señor" (1 Ped. 1:24; 2:4).

¿Haz experimentado este nuevo nacimiento con palabra? ¿Existió en tu vida el instante, cuando sentiste en ti el inicio de una vida diferente? No aquella, que vive tu carne, tus cálculos mundanos, sino aquella vida bendita, para la cual nada es necesario, salvo Dios, salvo cumplimiento de Sus mandamientos, cuando para ellos el hombre está listo de rechazar a toda su vida anterior y se siente, según la palabra del apóstol, como un recién-nacido, ajeno a toda astucia y envidia. ¿Puedes decir que eres renacido por la palabra? – Dios te dio todo, para que tengas en ti la perfección de este nacimiento. Él te purificó con agua y Espíritu en el santo bautismo, pero que sepas, que este santo sacramento te traerá su fruto solo si tu mismo vas a renacer concientemente con la palabra, ya que la purificación y consagración de la Iglesia se produce a través del bautismo, pero no en otra forma, como por medio de palabra tal, como está dicho en Escrituras: Cristo consagra a la Iglesia, "limpiándola en el lavacro del agua por la palabra" (Efic. 5:26).

Así, si en tu vida no experimentaste esta decisión, para dejar el egoísmo y pecado y vivir para Dios, si no aceptaste las palabras de Cristo, que se debe nacer de lo alto, si no sentiste la llegada de esta fuerza espiritual, que, según la enseñanza del Salvador, es como una inesperada ráfaga del viento, que de repente llena nuestro corazón (Ju. 3, 8): entonces ora y ruega a Dios, para que Él te otorgue un pleno renacimiento con palabra, cuyo principio te fue dado en el santo bautismo.

Pero si ya experimentaste esto, si la prédica de palabra Divina te abrió los ojos sobre la vida y la muerte, sobre la verdad y el pecado y provocó en ti la decisión de vivir para Dios, entonces trata de no perder a esta vida, alimentala y haz la crecer, para que ella no quede en ti sin el fruto. ¿Cómo debes alimentarla? De nuevo a través de la palabra Divina. Así enseña el Nuevo Testamento sobre el significado de palabra Divina para los que renacieron con agua y espíritu, para los cristianos que Dios ya hizo nacer con la palabra de la verdad.

Para sostener la vida del cuerpo son necesarios la bebida y el alimento: de misma manera la vida espiritual no se puede sostener sin el estudio o sin escuchar la palabra Divina. De esto habla el Señor en Su conversación con la samaritana: "El que bebiere del agua que yo le daré... será en él una fuente de agua que salte para vida eterna" (Ju. 4:14). Habiendo dicho sobre esta bebida de Su palabra, el Señor llama el cumplimiento de Su obra – el alimento. Tal como el alimento y la bebida sostienen y fortifican al cuerpo, la palabra Divina y virtudes cristianas alimentan a la vida renacida del espíritu. A esta vida hace crecer en nosotros Dios como a ciertas plantas, y los servidores de la palabra los plantan y riegan (1Cor. 3:5).

La palabra de Dios es hasta tal punto necesaria para sostenernos en la vida bendita, que en la Biblia es llamada ó la palabra de gracia (de bendición) (Luc. 4:22; Hech. 14:3; 20:35), o la palabra de la vida (Hech. 5:20; 7:38), o al fin la vida misma o luz (Ju. 1:4; 6:63). La fuerza, que daba la vida, de palabra de Cristo se mostraba en que el pueblo que escuchaba a Él, enseguida decidió que esta es la palabra Divina (Luc. 5:1), y Cristo – un profeta predicador (Ju. 7:49), también el mismo Señor llamaba a los que escuchaban palabra Divina benditos y purificados "por la palabra que os he hablado" (Ju. 15:3). Luego apóstol Pablo describe en forma mas expresiva la acción de la palabra diciendo: "La palabra de Dios es viva y eficaz, y mas penetrante que toda espada de dos filos: y que alcanza hasta partir el alma, y aun el espíritu, y las coyunturas y tuétanos, y discierne los pensamientos y las intenciones del corazón" (Hebr. 4:12). ¿Por qué así? – Ya que responde a las mismas preguntas que por sí mismos llenan el corazón humano, tal como explica el mismo apóstol en otra epístola: "Cercana está la palabra, en tu boca y en tu corazón. Esta es la palabra de fe, la cual predicamos" (Rom. 10:8).

¡O, cristiano! ¿Te está saciando la palabra Divina, que escuchas o lees? ¿Te obliga a sentir la saciedad de la sed espiritual, derrama la luz sobre tu vida y abre tu conciencia para discusión de todas intenciones y acciones? Para fijar esta alimentación espiritual con la palabra, el Señor te otorga como alimento, bajo la forma de pan y vino, Su verdadero Cuerpo y verdadera sangre. ¿Estás alimentándote realmente con palabra de la vida, la prédica evangélica te eleva realmente sobre el mundo de carne y pasiones hacia la alegría espiritual sobre Dios? Si es así, ¡gloria a Dios!

Sin embargo, debes saber que por esto tendrás que sufrir del mundo, que yace en el mal. Ya escuchamos que la palabra Divina penetra hasta la separación del alma y espíritu, también divide a la gente misma en los del alma y los espirituales y los arma unos contra los otros, tal como lo predijo el justo Simeón, teniendo en brazos a la Palabra encarnada (Luc. 2:35). Todavía durante la vida del Salvador comenzó a cumplirse la profecía sobre los sufrimientos en la tierra por la palabra Divina, tal como Él decía de Sí mismo a los enemigos: "Procuráis matarme, porque mi palabra no cabe en vosotros... porque no podéis oír mi palabra" (Ju. 8:37-43); y de los apóstoles en la oración al Padre: "Yo les he dado tu palabra, y el mundo los aborreció" (Ju. 17:14). Por eso también el Señor dijo a Sus discípulos: "No he venido para meter paz, sino espada. Porque he venido para hacer disensión del hombre contra su padre, y de la hija contra su madre, y de la nuera contra su suegra. Y los enemigos del hombre serán los de su casa" (Mat. 10:34-36). Y el observador de misterios de los futuros destinos de la Iglesia, San Juan, en su Apocalipsis ve masas de justos, asesinados a causa de la palabra.

De manera que la palabra Divina, junto con la vida espiritual, nos promete congojas y hasta la muerte corporal. ¿Tendremos temor y nos avergonzaremos de la condena del mundo por la palabra Divina? – Que no sea así, ya que el Señor dijo: "El que se avergonzare de mí y de mis palabras en esta generación adulterina y pecadora, el Hijo del hombre se avergonzará también de él, cuando vendrá en la gloria de su Padre con los santos ángeles" (Marc. 8:38). Pero si esto es así, ¿con qué podemos luchar en defens