Contenido:
Antonio El Grande. Arsenio. Agatón. Ammón (Ammonas). Aquiles (Aquilas o Aquila). Amoés (Ammóes). Ammonio (Amún) de Nitria. Anub. Abraham. Arés. Alonio. Afú (Afí), Obispo de Oxirrinco. Apolo. Andrés. Aio. Ammonata.
Basilio. Besarion. Benjamín. Biaré. Gregorio El Teólogo. Gelasio. Geroncio. Daniel. Dióscuro (Dióscoro). Dulas. San Epifanio, Obispo de Chipre. Efrén. Eucaristo, Seglar. Eulogio, Presbitero. Euprepio. Eladio. Evagrio. Eudemon.
Zenón. Zacarías. Isaías de Escete. Elías. Heraclio. Teodoro de Fermo (Ferme). Teodoro de Ennaton (Nono). Teodoro de Escete. Teodoro de Eleutopolis. Teodoro. Teonas. Teofilo Arzobispo. La Madre Teodora.
Juan El Enano. Juan El Cenobita. Isidoro de Escete. Isidoro de Pelusio. Isaac, Presbitero de Las Celdas. Jose de Panefo. Jacobo (Jaime). Ierace. Juan El Eunuco. Juan de Cilicia. Juan de Las Celdas. Juan de Tebaida. Isidoro Presbitero. Juan El Persa.
En este libro se cuenta la virtuosa ascesis, el admirable modo de vivir y las palabras de los santos y bienaventurados padres, para inflamar y enseñar a imitarlos a aquellos que quieran llevar una vida celeste y recorrer el camino que lleva al reino de los cielos; así pues, es preciso saber que los santos padres celadores y maestros de esta bienaventurada vida monástica, una vez inflamados del amor divino y celeste, estimaron en nada las cosas que los hombres consideran buenas y apreciables, y buscaron ante todo no hacer nada para ser vistos. Fue a escondidas y ocultos, por exceso de humildad, como realizaron la mayor parte de sus obras y recorrieron el camino según Dios: por eso nadie ha podido describirnos con precisión sus vidas; no obstante, algunos han realizado un gran esfuerzo para confiar a la tradición escrita algo de las palabras y de las gestas por ellos realizadas, no para complacerles a ellos, sino para despertar el celo de los que vendrían después. Así pues, algunos, en diferentes épocas, han puesto en forma de relato las sentencias y las acciones de los santos ancianos, con un estilo simple y sin ornato, porque apuntaban a este único objeto: la edificación de muchos. Con todo, gran parte de ese material, por estar mezclado y no ordenado, presenta cierta dificultad a la mente del lector, que no logra abrazar con la memoria el sentido esparcido aquí y allá por el libro. Por eso nos hemos visto obligados a proceder a una sistematización en orden alfabético, de modo que el material así ordenado pueda ofrecer, a quien lo desee, una comprensión más útil y una pronta edificación. En consecuencia, lo que se refiere al padre Antonio, Arsenio y los otros, que empiezan por alfa, está recogido bajo esta letra, lo que se refiere a Basilio el Grande, Bersarión y Benjamín, en la letra beta, y así hasta omega. Ahora bien, dado que hay también otras sentencias y acciones de santos ancianos, que no presentan el nombre de los protagonistas, las hemos recogido en capítulos al final de la sistematización alfabética. Tras haber realizado repetidas investigaciones en muchos libros, hemos colocado al final de los capítulos todo lo que hemos podido encontrar, para que el alma obtenga edificación de todo, y se deleite con las palabras de los ancianos, más dulces que la miel y que el jugo de panales, y nosotros, viviendo de una manera digna de la vocación con que hemos sido llamados por el Señor, alcancemos su Reino. Amén.
Si los datos transmitidos por la tradición son exactos, vivió más de 100 años, desde el 250-51 hasta el año 356. Había nacido en un pueblo copto; era de familia cristiana, de cultura simple y limitada. "Frecuentaba la iglesia con sus padres…estaba sometido a sus padres" era un joven muy piadoso. Se quedó pronto huérfano, solo con una hermana pequeña; "tenía 18 ó 20 años y se ocupaba de la casa y de la hermana." Poco meses después, sintió que se dirigían irresistiblemente a él las palabras del Señor al joven rico, que había oído leer en la iglesia: "Si quieres ser perfecto, anda, vende lo que tienes y dáselo a los pobres, y tendrás un tesoro en los cielos; luego ven, y sígueme." Por escalones sucesivos, se entregó a una vida de oración y penitencia, primero en casa; después confió la hermana "a unas vírgenes fieles que conocía bien, para que fuera educada en la virginidad," y empezó una vida más solitaria en las proximidades del pueblo, siguiendo el ejemplo y la enseñanza de un anciano asceta que vivía por aquella parte. Había ya, efectivamente, personas que, solas o en grupos reducidos, consagraban toda su vida al Señor en la virginidad, penitencia y oración. Mas el fenómeno no había alcanzado aún ni unas dimensiones especiales, ni el aspecto de éxodo de los lugares habitados que tuvo lugar siguiendo la estela de Antonio; en consecuencia, tiene bien merecido el título de padre del monacato. Su relación con aquel anciano, unido a la búsqueda de algún contacto con hombres amantes de Cristo, constituye un testimonio vivo de un punto esencial de la vida ascética. La obligación de asistir a una escuela, no poder iniciarse sin maestro. Vino después el retiro de Antonio más lejos aún del mundo, en una de las muchas tumbas de una región sembrada de sepulcros. Aquí vivió hasta la edad de 35 años, para adentrarse después en e desierto e instalarse en Pispir, en un castillo semidestruido. Su fama se vuelve cada vez mayor y cada vez son más numerosos los que quieren oír alguna palabra suya. Entre tanto, crece en él el deseo, nunca apagado, del martirio y de una soledad cada vez mayor. En la persecución de Diocleciano y Maximino, se fue a Alejandría esperando ser martirizado, pero no ocurrió así. "Servía, no obstante, a los mártires en las minas y en las cárceles y, asistiendo a procesos, exhortaba apasionadamente con sus discursos a los luchadores, para que tuvieran una buena voluntad más pronta al martirio." Aplacada la persecución, Antonio regresó a su soledad, donde "sufría cada día el martirio de la conciencia y lidiaba la lucha de la fe." Dado que muchos le molestaban insistentemente, se alejó del Nilo adentrándose aún más en el desierto, en dirección al Mar Rojo, para detenerse "en un monte interior," en la parte mas interior de una montaña, que todavía hoy leva el nombre de monte de san Antonio, desde el cual puede verse el Sinaí. Este fue el último lugar de estancia de Antonio, de allí ya no se movió, excepto para acercarse una segunda vez a Alejandría, solicitado por el obispo Atanasio para que interviniera en su apoyo, junto con otros, a favor de la ortodoxia en la lucha contra los arrianos. Pronto volvió al lugar de su soledad, donde, en los últimos años de su vida, realizó grandes prodigios. Previó su muerte y ordenó a sus dos fieles discípulos que sepultaran su cuerpo en lugar desconocido e todos, para que no ocurriera — como solía pasar — que en un exceso de devoción lo robaran los fieles. Los discípulos obedecieron; y, de modo análogo a cuanto está escrito del patriarca Moisés en la Biblia, Atanasio escribió que "nadie sabe dónde está escondido el cuerpo de Antonio." Estos son los datos esenciales de una vida que se desarrolla de manera orgánica hacia una soledad y una inmersión en Dios cada vez mayores, aunque Antonio no puede evitar cierto número de contactos espirituales con personas que venían a buscarlo. La Vita Antonii, escrita por Atanasio poco después de la muerte del gran eremita, tuvo enseguida un inmenso éxito, como lo prueba el testimonio de Agustín, a cuya conversión contribuyó enormemente, así como el hecho de que en muy breve espacio de tiempo fuera traducida al latín, copto, armenio, siríaco, árabe, etíope y georgiano, y las numerosas huellas de su enorme influencia. De la Vita y de otras fuentes se desprendería que Antonio escribió — mejor dicho, es casi seguro que dictó, pues no estaba en condiciones de escribir directamente — siete cartas a los monjes y algunas otras cartas de respuesta al emperador, al obispo y a otros personajes. Antonio conocía sólo el copto y tenía necesidad de intérprete para dirigirse a las personas de lengua griega. Todavía siguen abiertos muchos problemas críticos sobre el texto y sobre la autenticidad de las siete cartas a los monjes, de las que existe edición de las versiones griega, georgiana y latina, además de algún fragmento copto. En la biografía, Atanasio pone en boca de Antonio un largo discurso, por así decirlo programático, sobre la vida ascética: penitencia, oración, lucha encarnizada contra los demonios llevada a cabo sobre todo con el signo de la cruz y en el nombre de Cristo; vivir día a día, no volverse hacia atrás, a la vida pasada, tener fija la mirada sobre la eternidad futura; un discurso mucho más breve contra el arrianismo; algunas disputas con filósofos paganos. Antonio aparece como el modelo del cristiano formado a base de la Escritura y la experiencia, opuesto al modelo del docto educado en la cultura helenística. Como es sabido, en la Vita escrita por Atanasio ocupa un lugar eminente el aspecto de la lucha contra los demonios, que aparecen en todas las formas e inventan toda suerte de astucias. El cuadro ofrecido por los apotegmas, que, aunque no son muy numerosos, están, no obstante, extremadamente bien seleccionados y reunidos, es más rico y amplio que el que se desprende de la Vita; es más variado y competo que el retrato de otros ancianos, y sobresale de los grupos, numéricamente también más conspicuos, de apotegmas a ellos atribuidos. Es evidente que el recopilador de la colección ha querido abrirla con un retrato que se distinguiera por una particular ejemplaridad y plenitud. Para hacerlo no ha tenido necesidad de añadir otras sentencias de Antonio que se encuentran en otras colecciones, dado o amplia y múltiple de la gama de estos. La intención programática del recopilador aparece manifiesta desde el primer fragmento, que es claramente introductorio, no sólo a la figura de Antonio, sino a todo el mundo de los apotegmas. Nos describe, en efecto, con sencillez y fuerza, la jornada de un monje del desierto: jornada de soledad, oración, trabajo, tentaciones. No es posible ni hacer una lista ni resumir los incontrolables testimonios sobre Antonio rendidos por la tradición. Baste con señalar dos entre los muchos existentes: Sócrates, el autor de historia eclesiástica, dice de él que tenía los ojos de los ángeles, a través de los cuales se ve a Dios y se capta su luz; Juan Crisóstomo, en su Comentario al Evangelio de Mateo, inserta una gran alabanza de Antonio: "considérese al gran y bienaventurado Antonio, a quien se dirige todavía hoy la admiración de todo el mundo y que, nacido en Egipto, ha llegado a ser casi igual a os apóstoles. Recordemos que este santo nació en la tierra de los faraones, sin que ello le viniera daño alguno. Bien al contrario, fue muy digno de la visión divina y su vida no fue otra cosa que la exacta manifestación de cuanto Jesús había mandado. Aquellos que lean atentamente el libro que cuenta la historia de su vida, reconocerán lo que estoy diciendo y se darán cuenta, por muchas circunstancias, que tuvo también el don de profecía leed el libro de su vida…esta lectura instilará en vosotros una gran virtud.
Un día el santo padre Antonio, mientras estaba sentado en el desierto, fue presa del desaliento y de densa tinieblas de pensamientos. Y decía a Dos: "¡Oh Señor! Yo quiero salvarme, pero los pensamientos me lo impiden. ¿Qué puedo hacer en mi aflicción? Entonces, asomándose un poco, ve Antonio a otro como él, que está sentado y trabaja, después interrumpe el trabajo, se pone en pie y ora, después se sienta de nuevo y se pone a trenzar cuerdas, y después se levanta de nuevo y ora. Era un ángel del Señor, enviado para corregir a Antonio y darle fuerza. Y oyó al ángel que decía: "Haz así y serás salvo."
El padre Antonio, dirigiendo la mirada al abismo de los juicios de Dios, preguntó: "Oh Señor, ¿cómo es que algunos mueren jóvenes y otros viejísimos? ¿Por qué unos son pobres y otros ricos? ¿Por qué los impíos son ricos y los justos pobres?" Y vino a él una voz que le dijo "Antonio, ocúpate de ti mismo. Se trata de juicios de Dios: de nada te sirve conocerlos."
Preguntó uno al padre Antonio: "¿Qué debo hacer para agradar a Dios? Y el anciano le respondió: "Haz lo que te mando: dondequiera que vayas, ten siempre a Dios ante tus ojos; para cualquier cosa que hagas o digas, bésate en el testimonio de las Sagradas Escrituras; en cualquier lugar que mores, no te vayas enseguida. Observa estos tres preceptos, y serás salvo."
Dijo el padre Antonio al padre Poemen: "Esta es la obra grande del hombre: echar sobre sí el propio pecado ante Dios y esperar tentaciones hasta el último aliento.
Dijo aún: "Nadie, si no es tentado, puede entrar en el reino de los cielos; de echo — dice — quita las tentaciones, y nadie se salva."
El padre Pambo preguntó al padre Antonio: "¿Qué debo hacer?" El anciano le dice: "No confíes en tu justicia, no te preocupes de lo que pasa y sé continente con la lengua y con el vientre."
Dijo el padre Antonio: "Vi tendidas sobre la tierra todas las redes del Maligno, y dije gimiendo: "¿Quién podrá escapar de ellas? Y oí una voz que me dijo: "La humildad."
Dijo el padre Antonio: "Hay algunos que han martirizado su cuerpo con la ascesis y, por falta de discernimiento, se alejan de Dios."
Dijo aún: "Del prójimo nos viene la vida y la muerte. Porque, si ganamos al hermano, ganamos a Dios; y si escandalizamos al hermano, pecamos contra Cristo."
Dijo aún: "Así como mueren los peces si se quedan en lo seco, así los monjes que se demoran fuera de la celda o se entretienen entre los mundanos, debilitan el vigor de la unión con Dios. Por consiguiente, como el pez al mar, así nosotros debemos correr a la celda; para que no suceda que, demorándonos fuera, olvidemos custodiar lo de dentro."
Dijo aún: "El que permanece en el desierto, para guardar el sosiego con Dios, está liberado de tres guerras: la de oír, la del hablar y la de ver. Le queda una sola: la del corazón."
Algunos hermanos fueron al padre Antonio para contarle sus visiones y saber si eran verdaderas o de los demonios; tenían un asno, y murió en el camino. Con que cuando llegaron al anciano, este les previno: "¿Cómo es que ha muerto el asno en el camino?" Le dicen: ¿Y cómo lo has sabido padre?" Y él les respondió: "Los demonios me lo han hecho ver?" Le dicen: "Precisamente para esto habíamos venido: para preguntarte si no somos presa de engaño, pues tenemos visiones que, con frecuencia, se presentan como verdaderas." Así pues, con el ejemplo del asno, el anciano les convenció de que eran de los demonios.
Había en el desierto uno que cazaba bestias feroces; y vio al padre Antonio que bromeaba con los hermanos y se escandalizó de ello. Pero el anciano, queriendo hacerle comprender que conviene ser condescendiente en alguna ocasión con los humanos, le dice: "Ténsalo más," y lo hizo. Le dijo una vez más: "Ténsalo." El cazador le dice: "Si lo tenso más, se romperá el arco." Le dice el anciano: "Así sucede también con las obras de Dios: si con los hermanos tensamos el arco de manera excesiva, enseguida se rompen. Por eso es necesario ser condescendiente en ocasiones con los hermanos." Al oír esto, el cazador se sintió presa de compunción y se marchó muy edificado con ello. Y también los hermanos se volvieron confortados a sus lugares.
Oyó el padre Antonio que un joven monje había realizado un prodigio en el camino: al ver a los ancianos cansados del camino, había ordenado a los onagros que vinieran y los llevaran hasta Antonio. Los ancianos contaron la cosa al padre Antonio: Este les dice: "Ese monje me parece una nave llena de tesoros; mas no sé si llegará a puerto." Después de cierto tiempo, de repente, el padre Antonio se pone a llorar, a arrancarse los cabellos, a gemir. Le dijeron los discípulos: "Padre, ¿por qué lloras?" Y respondió: "Se ha derrumbado poco ha una gran columna de la Iglesia." Hablaba de aquel joven monje. "Mas id a verle — dice — para ver que ha sucedido." Así pues, los discípulos van y se encuentran al monje que, sentado en una estera, llora el pecado cometido. Al ver a los discípulos del anciano, dice: "Decid al padre que suplique a Dios que me conceda sólo diez días de tiempo, y espero poder enmendarme." Cinco días después murió.
Un monje fue alabado por los hermanos ante el padre Antonio. Él lo tomó consigo y lo puso a prueba para ver si soportaba el desprecio. Viendo después que no era capaz de sufrirlo, le dijo: "Pareces un pueblo completamente adornado por delante y completamente saqueado por los ladrones por detrás."
Dijo un hermano al padre Antonio: "Ora por mí." El anciano le dice: "No puedo tener piedad de ti, y ni siquiera Dios, si no te comprometes tú mismo a orar a Dios."
Un día vinieron algunos ancianos a visitar al padre Antonio; estaba con ellos el padre José. Entonces el anciano, para ponerlos a prueba, les propuso un pasaje de la Escritura y empezó por los más jóvenes a preguntarles el significado. Cada uno se expresó según su propia capacidad. Pero el anciano decía a cada uno: "Todavía no has encontrado." Por último, pregunta al padre José sí ha encontrado el camino, porque ha dicho: "No sé."
Unos hermanos de Escete quisieron visitar al padre Antonio. Cuando se embarcaron para realizar el trayecto, encontraron a un anciano que también quería ir allí; pero los hermanos no le conocían. Sentados en el barco, conversaban sobre las palabras de los padres, sobre las de la Escritura, y también sobre sus trabajos; el viejo callaba. Cuando llegaron al ancladero, se dieron cuenta de que también el viejo iba a ver al padre Antonio. Cuando llegaron donde él, les dice el padre Antono: "Habéis encontrado una buena compañía en este anciano." Y el anciano: "Padre, te has encontrado con buenos hermanos." Y responde el anciano: "Buenos lo son; pero su patio no tiene puerta y el que quiera puede entrar en el establo y desatar el asno." Pretendía decir que hablaban de cualquier cosa que les viniera a la boca."
Unos hermanos visitaron al padre Antonio y le dijeron: "Dinos una palabra: ¿cómo podemos salvarnos." Dice el anciano: "Habéis escuchado la Escritura? Es lo que vosotros necesitáis." Y ellos dijeron: "Padre también de ti quisiéramos oír algo." El anciano les responde: Dice el Evangelio: Si uno te golpea en la mejilla derecha, ponle también la otra." Le dicen: "No somos capaces e hacer esto." Les dice el anciano: "Si no sois capaces de poner también la otra, mantened al menos firme la primera." Le dicen: "Ni siquiera de eso somos capaces." Dice el anciano: "Si ni siquiera de eso sois capaces, no respondáis a lo que habéis recibido." Dicen: "Ni siquiera eso podemos hacer." Entonces el anciano le dice a su discípulo: "Prepárales un caldito: están endebles." Y a ellos: "Si esto no lo podéis y aquello no lo queréis, ¿qué puedo hacer por vosotros? Es necesario orar."
Un hermano, que había renunciado al mundo y dado sus bienes a los pobres, pero se había reservado algo para él, visitó al padre Antonio. El padre, sabedor del echo, le dice: "Si quieres hacerte monje, vuelve a tu tierra, compra carne, átatela en torno al cuerpo desnudo y ven aquí." Así lo hizo el hermano; pero los perros y los pájaros le desgarraron todo el cuerpo. Cuando estuvo junto al padre, este le preguntó si había seguido su consejo: él le mostró el cuerpo lleno de heridas. San Antonio le dice entonces: "Aquellos que renuncian al mundo y quieren conservar bienes, quedan desgarrados de este modo luchando contra los demonios."
Sucedió que un hermano, en el cenobio del padre Elías, sucumbió a la tentación; expulsado de allí, se fue al monte donde estaba el padre Antonio. Después de estar un año junto a él, este lo remitió al cenobio de donde había salido; pero en cuanto lo vieron, lo volvieron a expulsar. Él volvió al padre Antonio dijo: "Padre, no han querido recibirme." Entonces el anciano lo volvió a enviar con este mensaje: "Una nave ha naufragado en el mar, ha perdido su cargamento, y ha conseguido con esfuerzo llegar salva a tierra; ¿queréis vosotros echar al mar lo que ha llegado salvo a tierra?" Ellos, cuando supieron que era el padre Antonio quien lo enviaba, enseguida lo acogieron.
Dijo el padre Antonio: "Creo que hay en el cuerpo un movimiento físico connatural, pero que no actúa si el alma no quiere: se trata del simple movimiento corpóreo no pasional. Hay después otro movimiento que procede de nutrir y cuidar el cuerpo con alimentos y bebidas: calentada con estos elementos, la sangre suscita energía en el cuerpo. A propósito de esto decía el Apóstol: No os embriaguéis de vino, en el cual está la lujuria, y en el Evangelio ordenó el Señor a los discípulos: Guardaos que no hagan pesados vuestros corazones por el libertinaje y por la embriaguéis. Y hay todavía un tercer movimiento: el de aquel que es combatido por el asalto envidioso de los demonios. Por consiguiente, se puede decir que hay tres movimientos corpóreos: uno que procede de la naturaleza, otro de los alimentos tomados sin discreción y el tercero de los demonios.
Dijo también: "Dios no permite que desencadenen guerras contra esta generación como contra las antiguas; porque sabe que es débil y no tiene fuerza para aguantar."
Tuvo el padre Antonio esta revelación en el desierto: "En la ciudad hay uno que se te parece: es médico de profesión, da lo que le sobra a los necesitados, y canta todo el día el trisagio con los ángeles."
Dijo el padre Antonio: "Vendrá un tiempo en que los hombres enloquecerán, y al ver a uno que no esté loco, se lanzarán contra él diciendo: "¡Estás loco! a causa de su desemejanza con ellos."
Unos hermanos fueron a visitar al padre Antonio y le propusieron un pasaje del Levítico. Entonces el anciano se fue al desierto; el padre Ammón, que conocía sus costumbres, lo siguió a escondidas. El anciano, alejándose bastante y orando de pie, grito con gran voz: "Oh Dios, envía a Moisés para que me explique estas palabras." Y le llegó una voz que le habló. Entonces el padre Ammón dijo: "He oído la voz que le hablaba, aunque no he comprendido el sentido del discurso."
Tres padres tenían costumbre de ir a ver cada año al bienaventurado Antonio; dos de ellos le preguntaban sobre los pensamientos y sobre la salvación del alma; el tercero, en cambio, siempre callaba y no preguntaba nada. Después de mucho tiempo, el padre Antonio le dice: "Hace mucho tiempo que vienes aquí y no me preguntas nada." Le respondió: "A mí, padre, me basta sólo con verte."
Se cuenta que un anciano pidió a Dios ver a los padres y los vio, pero el padre Antonio no esta allí. Dice entonces al que se los muestra: "¿Y dónde está el padre Antonio?" Y le dijo: "Está allí donde se encuentra Dios."
Un hermano fue acusado en falso de impureza en un cenobio: y se fue con el padre Antonio. Vinieron entonces los hermanos del cenobio para interesarse por él y echarlo fuera. Se pusieron a acusarlo: "Has hecho esto." Y él a defenderse: "No he hecho nada de eso." Sucedió, por fortuna, que se encontraba allí el padre Pafnucio Kefala; el cual contó esta parábola: "Vi sobre la orilla del río a un hombre metido en el fango hasta las rodillas; y acudieron algunos para echarle una mano, pero lo hicieron hundirse hasta el cuello." Y el padre Antonio, refiriéndose al padre Pafnucio, les dijo: "He aquí un verdadero hombre, capaz e cuidar y de salvar las almas." Llenos de compunción por lo que habían dicho, los ancianos s inclinaron delante del hermano; después, exhortados por los padres, lo volvieron a llevar al cenobio.
Hay quien cuenta que el padre Antonio se volvió pneumatóforo, pero no quería hablar a causa de la gente: podía revelar lo que sucedía en el mundo y los acontecimientos futuros.
El padre Antonio recibió un día una carta del emperador Constantino invitándole a Constantinopla. Y se puso a reflexionar sobre el modo de proceder. Pregunta, pues, al padre Pablo, discípulo suyo: "¿Es preciso ir?" Le responde: "Si vas, te llamas Antonio; y si no vas, padre Antonio."
Dijo el padre Antonio: "Ya no temo a Dios, le amo. Porque el amor expulsa el temor."
El mismo padre Antonio dijo: "Tened siempre ante los ojos el temor de Dios; acordaos de quién da la muerte y la vida; odiad el mundo y todo lo que contiene; odiad toda satisfacción carnal; renunciad a esta vida y vivid para Dios; recordad lo que habéis prometido a Dios, porque se os pedirá cuenta de ello en el día del juicio; sufrid el hambre, la sed, la desnudez, velad, afligios, llorad, gemid en vuestros corazones; examinad si sois dignos de Dios; despreciad la carne para salvar vuestras almas."
Un día el padre Antonio fue a visitar al padre Ammonio en el monte de Nitria. Y, después de haberse encontrado, le dice el padre Ammonio: "Puesto que por tus oraciones ha crecido el número de los hermanos y algunos de ellos quieren construir celdas lejos para sumergiese en la unión con Dios, ¿qué distancia quieres que haya de aquí a las celdas que serán construidas?" Dijo: "Comamos cualquier cosa a la hora nona y salgamos después a dar una vuelta por el desierto para ver el sitio." Después de que hubieron caminado por el desierto hasta el ocaso, le dice el padre Antonio: "Oremos y plantemos aquí una cruz: que construyan aquí los que lo quieran; de modo que los de allá abajo, cuando quieran reunirse con estos puedan consumar su ligera refección a la hora nona, y llegar aquí al ocaso; y los que partan de aquí, procediendo del mismo modo, puedan encontrarse con los otros sin tener distracción." Esa distancia es de doce millas.
Dijo el padre Antonio: "El que golpea un bloque de hierro, piensa primero lo que quiere hacer con él: una hoz, o una espada, o una hacha. También nosotros debemos saber la virtud a la que tendemos, si no queremos cansarnos en vano."
Dijo aún: "Obediencia y continencia amansan las fieras."
Dijo también: "He visto caer a monjes después de muchas fatigas y perder el juicio, porque habían confiado en sus obras y dejado de lado aquel precepto que dice: Pregunta a tu padre y él te lo anunciar."
Dijo aún: "Cuando sea posible, el monje debe confiarse a los padres respecto al número de pasos a dar y de las gotas de agua a beber en su celda; si no quiere caer en estas cosas."
Nació en Roma hacia el año 354 y fue ordenado diácono por el papa Dámaso, pasó la juventud en la corte de Constantinopla, quizás con otras funciones que no conocemos bien la atribución del papel de preceptor puede ser que le haya sido atribuida sobre la base de una lectura errónea del apotegma. De todos modos, es cierto que estuvo en la corte y llevó una vida de gran disipación, cuyo recuerdo permaneció siempre para él como estímulo para una durísima austeridad. Fue una voz que lo arrancó de la vida mundana: "Huye de los hombres," y se retiró al "vastísimo desierto" de Escete, hacia el año 394. Tras el primer saqueo de Escete, obra de una incursión de bárbaros hacia el año 407, huye a Canope de Alejandría; luego vuelve a Escete, para huir de allí por segunda vez con acasión del segundo saqueo acaecido el año 434. Se refugia en Tura (situada al sudeste de El Cairo actual), donde se queda hasta su muerte, en torno al año 449. Algunos de los apotegmas sobre él pueden producir un cierto desconcierto por el modo radical en que siempre buscó obedecer a aquella primera voz. "Huye de los hombres"; pero otros nos explican bien la profunda verdad y unidad que esto tenía en su espíritu y en la multiforme economía divina. Resulta significativo que la iconografía se haya complacido en ilustrar la deliciosa escena descrita. A diferencia de otros, tanto en su caso como en la de Antonio la enorme mayoría de las sentencias de esta colección está presente también en la serie sistemática latina. Un manuscrito importante añade en la cabeza de la colección el siguiente fragmento: "Se decía del padre Arsenio que nadie podía igualar su modo de vida." Casi ninguno de los padres del desierto ha sido tan celebrado en la literatura ascética, en la historiografía, ni está presente de un modo tan vivo en los ambientes monásticos, a veces también muy diversos, de Egipto, Palestina, Siria y Bizancio.
En Palestina, la Vida de Eutimio, maestro del gran san Sabas, lo declara modelo de Eutimio y hace de él un gran elogio. Cuenta que Eutimio repetía siempre un lema del gran Arsenio: "¿Para qué has salido (del mundo)," y se hacía contar por los padres egipcios, que venían a su encuentro con frecuencia, las virtudes de Arsenio y ponía todo su celo en imitarle. Juan Clímaco — uno de los más grandes y sutiles teóricos de la vida espiritual, monje en el monte Sinaí en el siglo VII, autor de la famosa obra La escala del Paraíso, de cuyo nombre griego recibió el sobrenombre de Clímaco — lo llama "el gran e igual a los ángeles hesicasta Arsenio" y exhorta a los que viven en la soledad a acordarse de él y de cómo él despedía a menudo a los visitantes, para no perder "la cosa más grande," es decir, la contemplación de Dios (XXVII, 185). Es muy significativo que precisamente Teodoro Estudita, el gran patriarca de la vida cenobítica en Constantinopla a comienzos del siglo IX, esto es, un monje que vivía y hacía vivir una experiencia monástica muy distinta a la de Arsenio, haya escrito e su honor una no pequeña Laudatio, en donde celebra su vida y sus virtudes y reúne las sentencias sobre él en un mosaico bien construido. En el epílogo comenta su oración nocturna, inspirándose en el v.12 del salmo 138 (139), y dice que en virtud de sus oraciones la noche se iluminaba como el día. Podríamos añadir otras fuentes — griegas, siríacas — que lo señalan como modelo de vida ascética y que continúan volviendo a él bastante siglos después. La patrología griega contiene dos breves escritos ascéticos que le son atribuidos con gran probabilidad: tratan de la fuga del mundo, de la vigilancia contra los innumerables ataques de los demonios, de la purificación de nuestro "hombre interior." Muchos otros apotegmas, además del grupo de los reunidos bajo su nombre, hablan de él o al menos lo mencionan. Aparte de Poemen, que aparece citadísimo en las cartas de Barsanufio y Juan, estas retoman las sentencias de Arsenio con más frecuencia que la de los otros. La nº 1, conjuntamente con la nº1 de Antonio y la nº 15 del mismo Arsenio, se cita como ejemplo de gran humildad (ep. 126) y la nº 10 es usada por Bassanufio para concluir una carta de exhortación y consuelo a un hermano enfermo y tentado: "Aférrate, pues, a Dios; y permanecerá contigo y te dará fuerza en su nombre. A él la gloria por los siglos de los siglos. Amén" (ep. 45).
Mientras estaba aún en la corte, el padre Arsenio oró a Dios diciendo: "Señor, guíame por el camino de la salvación." Y le llegó una voz que dijo: "Arsenio, huye de los hombres, y serás salvo."
Habiéndose retirado a la vida solitaria, oró todavía con las mismas palabras, y oyó una voz que le dio: "Arsenio, huye, calla, practica la soledad." De estas raíces nace la posibilidad de no pecar.
Un día los demonios asaltaron a Arsenio en su celda para atormentarlo; llegaron entre tanto los que le servían y, estando fuera de la celda, le oyeron gritar a Dios: ""h Dios, no me abandones; no he hecho nada de bueno a tus ojos, pero, en tu bondad, concédeme comenzar."
Se decía que, así como en la corte nadie llevaba vestidos más bellos que él, así entre los monjes ninguno los llevaba más viles."
Alguien dijo al bienaventurado Arsenio: "¿Cómo es que tanta cultura y ciencia no nos sirven para nada y estos rústicos egipcios poseen tales virtudes?" El padre Arsenio le dice: "A nosotros no nos sirve para nada la cultura mundana, pero estos rústicos egipcios han conquistado las virtudes con su esfuerzo."
Un día el padre Arsenio sometió sus pensamientos a un padre egipcio. Uno que lo vio le dijo: "Padre Arsenio, cómo es que tú, que posees una cultura grecorromana, interrogas sobre tus pensamientos a este tontaina?" Y respondió: "Es cierto, poseo la cultura grecorromana, pero aún no he aprendido el alfabeto de este simple campesino."
El bienaventurado arzobispo Teófilo fue una vez donde el padre Arsenio en compañía de un magistrado. Le pidió al anciano poder oír una palabra suya. Tras un momento de silencio, le respondió": Y si os la digo, ¿la observaréis?" Le prometieron hacerlo. Les dijo el anciano: "Dondequiera que sepáis que está Arsenio, no os acerquéis."
Otra vez, el arzobispo, queriendo nuevamente ir a su lado, envió primero a ver si el anciano le abriría. Este le explicó: "Si vienes, te abriré. Pero si te abro a ti, abriré a todos, y entonces no me quedaré más en este lugar." Al oírlo, dijo el arzobispo: "Si yendo lo echo, no iré más."
Un hermano pidió al padre Arsenio que le dijera una palabra. El anciano le dijo: "Lucha con todas tus fuerzas para que el trabajo que haces dentro de ti sea según Dios y así vencerás las pasiones de fuera."
Dijo aún: "Si buscamos a Dios, se revelará a nosotros. Si lo retenemos, se quedará junto a nosotros."
Dijo un hermano al padre Arsenio: "Me atormentan mis pensamientos diciéndome: "No puedes ni ayunar ni trabajar: visita al menos a los enfermos, puesto que también eso es amor (a Dios)." Reconociendo la semilla del diablo, le dice el anciano: "Ve, come, bebe, duerme, y no trabajes; únicamente no te alejes de la celda." Sabía, en efecto, que el cansancio de estar en la celda lleva al monje a ser lo que debe."
Decía el padre Arsenio: "Un monje forastero fuera de su tierra que no se inmiscuya en nada y quedará en paz."
El padre Marcos dijo al Padre Arsenio: "¿Por qué huyes de nosotros?" El anciano le dice: "Dios sabe que os amo. Mas no puedo estar al mismo tiempo con Dios y con los hombres. Los ejércitos celestes que son millares y decenas tienen una sola voluntad, mientras que los hombres tienen muchas. Por eso no puedo dejar a Dios para estar con los hombres."
El padre Daniel contaba que el padre Arsenio pasaba toda la noche velando. Cuando, hacia la mañana, la naturaleza sentía necesidad de dormir, decía al sueño: "Ven, siervo malvado." Dormía un poco sentado; pero enseguida se levantaba.
Decía el padre Arsenio: "Al monje, si es un luchador, le basta con dormir una hora."
Contaban los ancianos que una vez regalaron a Escete algunos higos. Dado que eran muy pocos, no enviaron al padre Arsenio, para que no se ofendiera. Habiéndolo sabido, el anciano no fue a la liturgia. "Me habéis excluido — dijo — de la bendición enviada por Dios a los hermanos, que yo no he sido digno de recibir." Todos lo oyeron y quedaron edificados por la humildad del anciano. El presbítero fue a llevarle los higos y lo condujo con alegría a la celebración común.
Contaba el padre Daniel: "El padre Arsenio permaneció muchos años con nosotros; le dábamos sólo un cesto de pan para un año y después, cuando íbamos a verlo, también comíamos nosotros de él."
Contaba aún que el padre Arsenio no cambiaba el agua de las hojas de las palmas sino una vez al año; el resto del tiempo se limitaba a ir añadiendo: en efecto, trenzaba cuerdas y cosía hasta la hora sexta. Los ancianos le preguntaron: "¿Por qué no cambias el agua de las palmas? ¡Apesta! Respondió: "Debo aceptar este olor a cambio de los perfumes y aromas de que he gozado en el mundo."
También contó esto: "Cuando oía el padre Arsenio que todas las clases de frutas estaban maduras, decía: ‘Traedme.’ Entonces probaba una sola vez un poco de cada una, dando gracias a Dios."
Un día en Escete enfermó el padre Arsenio y, a causa de ello tuvo necesidad de una camisa: como no tenía dinero para comprarla, aceptó la caridad de uno y dijo: "Te doy gracias, Señor, porque me has concedido recibir la caridad en tu nombre."
Se contaba que su celda estaba situada a treinta y dos millas. Salía raramente; otros le dispensaban los servicios necesarios. Cuando fue devastado Escete, salió llorando: "El mundo ha perdido Roma y los monjes Escete."
El padre Marcos le preguntó al padre Arsenio: "¿Está bien no tener nada de reserva en la propia celda? He vista a un hermano que tenía unas cuantas plantas y las estaba arrancando." Respondió el padre Asenio: "Está bien, pero depende de las disposiciones de cada uno: en efecto, si no tiene fuerzas para vivir así, plantará otras."
El padre Daniel, discípulo del padre Arsenio, contó que se había encontrado una vez junto al padre Alejandro. Este fue presa de dolores, y a causa del dolor estaba tendido sobre el dorso. Sucedió que el bienaventurado Arsenio vino a hablar con él y (desde lejos) lo vio tendido; abrió la boca y dijo: "¿Quién es el hombre del mundo que he visto aquí?" Le dice el padre Alejandro: "¿Dónde lo has visto?" Responde: "Al bajar del monte he mirado hacia abajo a la cueva y he visto a uno que yacía tendido sobre el dorso." Entonces el padre Alejandro se inclinó ante él diciendo: "Perdóname, era yo, me habían cogido unos dolores." "Ah, así pues, eras tú — le dice el anciano. Creía que se trataba de un hombre del mundo, y por eso he preguntado."
Dijo una vez el padre Arsenio al padre Alejandro: "Cuando hayas terminado de cortar tus ramas de palma ven a comer conmigo. En cambio, se llegan huéspedes, come con ellos." El padre Alejandro solía trabajar de modo regular y sosegado. Cuando llegó la hora (de la comida) aún le quedaban ramas; pero, queriendo obedecer a lo que le había dicho el anciano, esperó hasta haberlas terminado. Mientras tanto, el padre Arsenio, viendo que tardaba, comió, pensando que tendría huéspedes. Vino el padre Alejandro cuando hubo terminado, avanzada ya la tarde. Le preguntó el anciano: "¿Has tenido huéspedes?" "No," respondió. "¿Entonces, cómo no has venido?" Dijo: "Me has dicho: "Ven cuando hayas terminado de cortar tus ramas. Por obedecer a lo que dijiste no he venido, porque apenas acabo de terminar." El anciano admiró la exactitud de su obediencia y le dijo: "Rompe enseguida el ayuno para ir a la liturgia sin agitación y para poder tomar tu poco de agua; de otro modo tu cuerpo se debilitará enseguida."
Llegó un día el padre Arsenio a un lugar en el que había cañas movidas por el viento. El anciano preguntó a los hermanos: "¿Qué es todo este ruido?" "Son cañas," responden. Dice entonces el anciano: "En verdad, cuando uno practica el recogimiento, si oye la voz de un pájaro, el corazón ya no tiene el mismo recogimiento. ¡Cuánto más vosotros, con el ruido de estas cañas!
Contaba el padre Daniel: "Algunos hermanos, que debían ir a la Tebaida para comprar redes, dijeron: "Aprovecharemos la ocasión para ver también al padre Arsenio." El padre Alejandro entró a decirle: "Unos hermanos venidos de Alejandría quieren verte." Dice el anciano: "Infórmate de la razón por la que están aquí." Tras oír que habían venido a Tebaida por las redes, lo refirió al anciano. Y este dijo: "Seguramente no verán la cara de Arsenio, porque no han venido por mí, sino por su trabajo. Dales de comer y despídelos en paz, diciéndoles que el anciano no puede recibirles."
Un hermano fue a la celda del padre Arsenio en Escete, miró por la ventana y vio al viejo que estaba todo como de fuego: el hermano era, en efecto, digno de ver aquello. Cuando llamó, salió el anciano y, al verlo fuera de sí por el estupor, le preguntó: "¿Llamas desde hace mucho? ¿No has visto nada aquí?" Dijo: "No." Entonces conversó con él y luego le despidió.
Una vez, mientras Arsenio residía en Canope, vino a verlo desde Roma una virgen de familia senatorial, muy rica y temerosa de Dios. La recibió el arzobispo Teófilo; ella le pidió que persuadiera al anciano para que la recibiese. El arzobispo fue a verle y le rogó diciendo: "Ha venido de Roma tal mujer de familia senatorial y quiere verte." Mas el anciano no consistió recibirla. Cuando se lo dijeron, la mujer dio orden de ensillar las cabalgaduras. "Confío en Dios — decía — que he de verle. No he venido para ver a un hombre, ¡hay muchos en la ciudad! sino para ver a un profeta." Cuando llegó junto a la celda del anciano, este, por disposición divina, se encontraba precisamente fuera de la celda; al verle, ella se echó a sus pies, pero él, airado, la hizo levantar y la miró fijamente diciendo: "¿Quieres mirarme la cara? Pues, mira." Pero ella, por vergüenza, no le miró la cara. Le dice el anciano: "¿No has oído hablar de mis obras? Ellas son las que es menester mirar. ¿Cómo te has atrevido a emprender semejante viaje? ¿No sabes que eres una mujer? No debes salir cuando te plazca. ¿O acaso querías volver a Roma a decir a las otras mujeres que has visto a Arsenio, para después convertir el mar en una vía para mujeres que vengan a mí?" Ella dijo: "Si el Señor quiere, no permitiré que ninguna venga aquí. Pero tú ruega por mí y acuérdate de mí siempre." Mas él respondió: "Ruego a Dios que borre tu recuerdo de mi corazón." Al oír esto, se marchó de allí descompuesta. Cuando llegó a la ciudad, le entró fiebre a causa del dolor. Hizo saber al bienaventurado arzobispo Teófilo que estaba enferma, y este, yendo a la casa de la mujer, le rogó que le dijera lo que tenía. Y ella le dijo: "¡Ah! ¿Ojalá nunca hubiera venido aquí! Le he pedido al anciano que se acordara de mí y me ha respondido: "Ruego a Dios que borre tu recuerdo de mi corazón. Y por eso muero de dolor." El arzobispo le respondió: "Pero ¿no sabes que eres una mujer y que el enemigo se sirve de las mujeres para combatir a los santos? Por esa razón te ha hablado el anciano de este modo. Sin embargo, el anciano ora continuamente por tu alma." Así se curó su pensamiento y se marchó a casa con alegría.
Contó el padre Daniel que una vez vino un funcionario a traerle al padre Arsenio el testamento de un senador pariente suyo, que le había dejado una herencia muy conspicua. Cogido el testamento, Arsenio iba a romperlo, cuando el funcionario cayó a sus pies diciendo: "¡No lo rompas, te lo suplico, me costaría la cabeza!" Y el padre Arsenio le dijo: "Yo he muerto antes que él y él ha muerto apenas ahora." Y devolvió el testamento sin aceptar nada.
Contaban de Arsenio que el sábado por la noche, cuando ya apuntaba el domingo, volvía la espalda al sol y extendía las manos al cielo en oración, hasta que nuevamente el sol le resplandecía en la cara; sólo entonces se sentaba.
Se contaba del padre Arsenio y del padre Teodoro de Fermo (Ferme) que odiaban más que nadie la gloria humana: sólo en raras ocasiones aceptaba el padre Arsenio reunirse con alguien; el padre Teodoro, en cambio, sí recibía a la gente, pero era como una espada.
Un día el padre Arsenio, tras haberse establecido en la zona inferior de Egipto, puesto que en ella era molestado, pensó abandonar la celda. Sin coger nada consigo, se fue a ver a sus discípulos Alejandro y Zoilo de Farán. Dijo a Alejandro: "¡Vamos, embárcate!" Y así lo hizo; y a Zoilo: "Ven conmigo al río, busca una nave que vaya a Alejandría y luego embárcate tú también para alcanzar a tu hermano." Turbado por estas palabras, Zoilo calló. Luego se separaron; descendió, pues, el viejo a la región de Alejandría, y se enfermó gravemente. Sus discípulos se preguntaban: "¿Habrá entristecido alguno de nosotros al anciano, y por eso se ha separado de nosotros?" Pero no encontraban en ellos mismos ni haberle desobedecido ni ninguna otra causa. Una vez curado, se dijo el anciano: "Me iré con mis padres." Se embarcó y llegó a Petra, donde se encontraban sus discípulos. Mientras estaba junto al río, llegó de improviso una muchacha etíope que le tocó el manto. Pero el anciano la reprendió. Entonces le dijo la muchacha: "Si eres monje, vete a los montes." El anciano, compungido al oír estas palabras, decía entre sí: "Arsenio, si eres monje, vete a los montes." Mientras estaba con estos pensamientos, le vinieron al encuentro Alejandro y Zoilo, que se echaron a sus pies. Pero el anciano se echó también al suelo y lloraron todos. Después preguntó el anciano: "¿No habéis oído que estaba enfermo?" "Sí," le respondieron. Dijo el anciano: "¿Y por qué no habéis venido a mi encuentro?" Responde el padre Alejandro: "No hay explicación para tu separación de nosotros. A muchos no les supuso motivo de edificación y dijeron: "Si no hubieran desobedecido al anciano, este no se había separado de ellos." Dijo él: "Esta vez dirá la gente: "La paloma no encontró reposo para sus pies y volvió con Noé al arca." Con estas palabras quedaron confortados, y se quedó con ellos hasta la muerte.
Dijo el padre Daniel: "El padre Arsenio nos contó esta historia como si le hubiera sucedido a otro, mas probablemente se trata de él mismo. En una ocasión llegó una voz a un anciano que estaba sentado en su celda: "Ven y te mostraré las obras de los hombres. Él se levantó y salió. Lo condujo entonces a un lugar donde le mostró a un etíope que cortaba leña y hacía con ella una gran pila. Luego intentaba llevarla, pero no podía. En vez de coger una parte, recomenzaba a cortar leña y a añadirla al montón. Así hizo mucho tiempo. Avanzaron un poco y le mostró un hombre que sacaba agua de un pozo para echarla en un recipiente agujereado, que vertía de nuevo el agua en el pozo. Le dijo aún: "Ven, te mostraré otra cosa. y vio un templo y a dos hombres a caballo que llevaban un palo transversalmente, uno frente al otro. Pretendían entrar por la puerta, pero no podían porque el tronco estaba colocado de manera transversal y ninguno de los dos se humillaba a ponerse detrás del otro para llevar el tronco derecho. Y por eso permanecían fuera de la puerta. "He aquí, dice, a los que llevan con soberbia esa especie de yugo que es la justicia y rehusan la humillación que supone corregirse para recorrer el camino humilde de Cristo; por eso se quedan fuera del reino de Dios. El que corta la leña es un hombre sumergido en muchos pecados, el cual, en lugar de convertirse, acumula encima nuevas iniquidades. El que saca agua es un hombre que realiza buenas acciones, pero, puesto que están mezcladas con la maldad, también se pierden las obras buenas. Es menester que cada uno vigile sus propias acciones, para no cansarse en vano."
Contaba aún Daniel que una vez vinieron unos padres de Alejandría para ver al padre Arsenio. Uno de ellos era tío del viejo Timoteo, arzobispo de Alejandría, llamado "eo pobre," y llevaba consigo a uno de sus sobrinos. Pero el anciano no se encontraba bien y no quiso recibirlos, para que no vinieran después otros a molestarle. Se encontraba entonces junto a Petra de Tura. Y se volvieron afligidos. Sobrevino después una incursión de los bárbaros, y se trasladó a las regiones inferiores. Cuando lo supieron, volvieron a él para verlo y fueron recibidos con alegría. Y dijo el hermano que estaba con ellos "¿No sabéis, padre, que fuimos a verte a Tura y no nos recibiste?" "Vosotros habéis probado el pan y bebido el agua — le dice el anciano — yo en cambio, oh hijo, en verdad no he probado ni pan ni agua ni me he sentado, para castigarme a mí mismo, hasta que he sabido que habíais llegado a vuestra casa, porque por mi causa os habíais molestado; mas perdonadme, hermanos." Se marcharon consolados.
El mismo contaba que un día el padre Arsenio lo llamó y le dijo: "Da consuelo a tu padre, para que él, cuando vaya junto al Señor, ore por ti y te vengan bienes."
Contaban del padre Arsenio que un día que estaba enfermo en Escete, le llevó el presbítero a la iglesia y lo recostó sobre una alfombra, poniéndole bajo la cabeza un pequeño cojín. Vino un anciano a visitarlo y, al verlo sobre la alfombra y con un cojín debajo, se escandalizó. "¿Este es el padre Arsenio? — dijo — ¿y se acuesta sobre estas cosas?" Entonces el presbítero, cogiéndolo aparte, le dice: "¿Qué hacías en tu tierra?" "Era pastor," respondió. ¿Cómo vivías?" "Con muchas dificultades." "Y cómo vives ahora en tu celda" "Vivo más aliviado." Entonces le dice: "¿Ves al padre Arsenio? Era preceptor de emperadores en el mundo y tenía a su alrededor a miles de siervos que llevaban cinturones de oro, joyas y vestidos de seda. Bajo él habían alfombras preciosas. Tú en cambio, que eras pastor, no gozabas en el mundo de la comodidad de que gozas ahora. Mientras él aquí no goza de las delicias de que gozaba en el mundo. Tú encuentras ahora alivio, y él tribulación." Al oír estas palabras, se sintió compungido, y se inclinó diciendo: "Perdóname padre, he pecado. Este es realmente el camino verdadero, puesto que él ha venido a la humillación, yo en cambio al descanso." Y se marchó de allí edificado.
Uno de los padres fue a donde el padre Arsenio. Y cuando llamó a la puerta, abrió el viejo creyendo que sería su servidor; mas cuando vio que era otra persona, se echó rostro en tierra. Este le dijo: "Levántate, padre, para que pueda abrazarte." Y el anciano le respondió: "No me levanto si no te vas de aquí." Y a pesar de insistir mucho, no se levantó hasta que se hubo marchado.
Se contaba que un hermano había venido a Escete para ver al padre Arsenio; llegado a la iglesia, rogaba a los cléricos que le dejaran verle. Le dijeron: "Come un poco, hermano, y después lo verás." Mas él decía: "No tocaré comida antes de haberlo visto." Lo mandaron con un hermano para acompañarlo, porque la celda de Arsenio estaba muy lejos. Tras haber llamado a la puerta, entraron, y, una vez que saludaron al anciano, se sentaron en silencio. Dijo entonces el hermano enviado por la comunidad: "Me voy, rogad por mí." El hermano forastero, que no tenía valor para dirigir la palabra al anciano, le dijo: "También yo me voy contigo." Y salieron juntos. Después le rogó: "Llévame al padre Moisés, aquel que antes era un ladrón." A su llegada, este les recibió con alegría y los despidió después de dispensarle una acogida muy hospitalaria. El hermano que hacia de guía le dijo al otro: "Mira, te he llevado a un padre extranjero y a otro egipcio, ¿cuál de ellos te ha gustado más?" "Por ahora me ha gustado más el egipcio," respondió. Uno de los padres, que lo había oído, rogó a Dios: "Señor, explícame esto: uno huye de los hombres en tu nombre, el otro en tu nombre los abraza." Y he aquí que aparecieron dos grandes naves por un río y vio en una de ellas al padre Arsenio, que navegaba en medio de gran sosiego con el Espíritu de Dios, en la otra vio al padre Moisés junto a ángeles de Dios que navegaban con él y lo alimentaban con panales de miel.
Contaba el padre Daniel: "Cuando el padre Arsenio estaba a punto de morir, dio esta orden: "No preparéis ágapes por mí. Si me he preparado un ágape, lo encontraré."
Cuando el padre Arsenio estaba próximo a la muerte, sus discípulos se turbaron sobremanera. Les dijo: "Aún no ha llegado la hora. Cuando llegue, os lo diré. Pero si dierais a alguien mi cuerpo, tendré que ser juzgado junto con vosotros en el altar del Tremendo." "Dijeron ellos: "¿Qué hacemos entonces? Puesto que no sabemos enterrar a muertos." Les dice el anciano: "¿No sabéis atarme una cuerda a los pies y arrastrarme al monte?"
En su boca habían estado siempre estas palabras: "Arsenio, ¿a qué saliste del mundo? Me he arrepentido muchas veces de haber hablado, nunca de haber callado."
A punto de morir, los hermanos le vieron llorar y le dijeron: "¿Verdaderamente, tú también tienes miedo, padre?" Les dijo: "En verdad, el temor que siento ahora en este momento me ha acompañado siempre desde que soy monje." Y así se durmió.
Se contaba del padre Arsenio que durante toda su vida, mientras estaba sentado para el trabajo manual, tenía un trozo de tela sobre el pecho a causa de las lágrimas que corrían de sus ojos.
Cuando el padre Poemen (Poimén) se enteró de su muerte, dijo llorando: "Bienaventurado tú, padre Arsenio, porque te has llorado a ti mismo en este mundo; en efecto, quien no se llora a sí mismo aquí, llorará eternamente en el más allá. Es imposible no llorar: o bien en este mundo por nuestra propia elección, o en el otro por los tormentos."
El padre Daniel contó de él que no quería tratar nunca de cuestiones referentes a la Escritura, aunque había podido hacerlo, si hubiera querido. No era fácil que escribiera ni siquiera una carta. Cuando, de vez en cuando, venía a la iglesia, se sentaba detrás de una columna para que nadie le viera el rostro y para no mirar, a su vez, a nadie. Su aspecto era angélico, como el de Jacob. Era completamente cano, de figura elegante, enjuto. Tenía una larga barba que le llegaba a la cintura, mientras que las cejas se le habían caído de los ojos por el llanto. Era alto, aunque estaba encorvado a causa de la vejez. Vivió noventa y cinco años; cuarenta en el palacio de Teodoro el Grande, de divina memoria, como perceptor de los divinísimos Arcadio y Honorio; cuarenta en Escete, diez en Tura, encima de Babilonia, frente a Menfid; tres en Canope de Alejandría, y los dos últimos volvió a Tura, donde murió, terminando su carrera en la paz y el temor de Dios, puesto que era un hombre bueno, lleno de Espíritu Santo y de fe. "Me ha dejado su manto de pieles, un silicio de pelo blanco y sandalias de fibra de palma. Y yo, indigno, los llevo puestos, para recibir sus bendiciones."
Contó aún el padre Daniel del padre Arsenio: "Una vez llamó a mis padres Alejandro y Zoilo y se humilló ante ellos diciendo: "Puesto que los demonios me hacen guerra y no sé si apoderan de mí durante el sueño, luchad conmigo esta noche y prestad atención a que no me amodorre durante la vela. Uno se sentó a su derecha, el otro a la izquierda, resistiendo en silencio hasta el final de la noche. Contaron después a mis padres: "Nosotros nos adormecimos y luego nos volvimos a despertar y no advertimos que él hubiera sido presa del sueño. Al alba, sabe Dios si lo hizo adrede, para que pensáramos que se había dormido, o que en realidad había sido vencido por el sueño, suspiró tres veces, se levantó enseguida y dijo: "Verdaderamente me he amodorrado." Y nosotros respondimos: "No lo sabemos."
Un día vinieron unos ancianos donde el padre Arsenio e insistieron mucho en verle. Él abrió, y ellos le rogaron que les dijera alguna palabra sobre aquellos que practican la soledad y no se encuentran con nadie. Dijo: "Mientras la virgen está en casa de su padre, son muchos los que querrían casarse con ella; pero, después que ha tomado marido, no gusta a todos: algunos la desprecian, otras la alaban, y ya no es tan estimada como antes, cuando estaba escondida. Lo mismo sucede con las cosas del alma: si son divulgadas, no pueden convencer a todos."
También fue monje en Escete, después de haberlo sido quizás de joven en Tebaida, pertenece asimismo muy probablemente a la generación que dejó Escete tras el primer saqueo del año 407 aproximadamente. Lo encontramos, en efecto, junto al Nilo, no lejos de Tura, antes de que Arsenio se marchara después del segundo saqueo de Escete. En esta ocasión la serie alfabética recoge muchos más significativos; permite así identificar a una figura dulcísima "citadísimo en la virtud de la humildad y de la paciencia," animado verdaderamente de una caridad sin comparación: "Si pudiera encontrar un leproso, darle mi cuerpo y tomar el suyo, lo haría de buena gana; eso es el amor perfecto." No por casualidad concluye la recopilación con el tristemente famoso episodio del ángel que se le apareció en forma de leproso, enviado para poner a prueba su caridad y su paciencia. El último de los discursos de Isaías de Escete está constituido sobre todo por algunos apotegmas que presentan las figuras de algunos padres del desierto: Poemen (Poimén), Amún, Sisoés, Agatón. La mayor cantidad de espacio — con mucho — está dedicada al discípulo de Agatón, Abraham, que relata a Isaías de Escete muchas anécdotas sobre su maestro. Por eso concluye así: "Era pacífico con todos los hermanos con los que habitaba, todos le amaban o imitaban su modo de vivir." La sentencia nº 1 resulta particularmente entrañable a Barsanufio y Juan, que la citan expresamente cinco veces, insistiendo en que la insolencia es la madre de todas las pasiones, engendradora de todos los males y hace perder al monje todos sus frutos. Doroteo de Gaza se remite más veces a su enseñanza: en dos de sus "instrucciones" recuerda las palabras de Agatón próximo a la muerte, su temor y su inseguridad, porque una cosa es el juicio de los hombres, otra el de Dios, y extrae de ellas estas admoniciones: "Mirad, este anciano nos ha abierto los ojos para comprender la humildad y nos ha indicado la vía para alcanzarla." Doroteo retoma las mismas palabras de Agatón para concluir el fundamentalísmo capítulo sobre el no deber fiarnos de nuestro propio juicio. Doroteo apela a Agatón y concluye: "Que Dios nos proteja del peligro de dirigirnos a nosotros mismos y nos haga dignos de seguir firmemente la vía de nuestros padres."
El padre Pedro, discípulo del padre Lot, contó que se encontraba un día en la celda del padre Agatón, cuando vino un hermano a decirle: "Quiero habitar junto a los otros hermanos. Dime el modo en que debo vivir con ellos." El anciano le respondió: "Considérate extranjero durante todos los días de tu vida como el primer día en que te has unido a ellos, para no tener nunca con ellos demasiada libertad." El padre Macario le pregunta: "Pero ¿qué hace esta libertad?" Le dice el anciano: "La demasiada libertad es semejante a un violento viento siroco que, cuando llega, todos huyen de él y destruye los frutos de los árboles." El padre Macario le pregunta aún: "¿Es, pues, tan nociva, la demasiada libertad?" Y el padre Agatón respondió: "Ninguna otra pasión es más nociva que la demasiada libertad: es la madre de todas las demás; el monje laborioso debe guardarse de ella, aunque viva solo en su celda."
Dijo el padre Agatón: "El monje no debe permitir que su conciencia le acuse de nada"
Dijo aún: "No se puede progresar ni siquiera en una virtud sin observar los mandamientos de Dios."
Dijo también: "Nunca me he dormido teniendo rencor contra alguien; y, en cuanto me ha sido posible, no he permitido que nadie se durmiera teniendo rencor contra mí"
Se decía que algunos fueron al padre Agatón, pues habían oído hablar de su gran don de discernimiento. Para ponerlo a prueba y ver si se airaba, le dicen: "¿Eres tú Agatón? Hemos oído decir que eres fornicador y soberbio." Responde: "Sí, es verdad." "¿Eres, Agatón, dicharachero y chismoso?" "Lo soy." Dicen de nuevo: "¿Eres tú Agatón el hereje?" "No soy hereje," responde. Le ruegan: "Explícanos por qué, cuando te acusamos de cosas tan graves, las aceptaste, y sólo esta no la has soportado." Les dijo: "De las primeras me acuso yo mismo, y es útil para mi alma, mas la herejía es separación de Dios y yo no quiero ser separado de Dios." Al oír esto, admiraron su discernimiento y se fueron edificados.
Contaban del padre Agatón que empleó mucho tiempo junto a sus discípulos en construir una celda. Cuando la hubieron terminado, empezaron a vivir en ella, pero ya desde la primera semana vio algo que le parecía no ser de ayuda, y dijo a sus discípulos: "¡Levantaos, vámonos de aquí!" Se quedaron muy turbados y dijeron: "Si precisamente tenías la intención de marcharte, ¿por qué nos hemos cansado tanto para construir la celda? La gente se escandalizará de nuevo y dirá: "¡Mirad a estos inestables, que se van de nuevo!" Viéndolos tan abatidos, les dijo: "Aunque algunos se escandalicen, otros, a su vez, quedarán edificados y dirán: "Bienaventurados los que por amor de Dios se han ido despreciando todo. Por consiguiente, el que quiera venir que venga. Yo me voy ahora" Entonces se echaron por tierra, rogando que les permitiera partir con él.
Se dice aún de él que salía con frecuencia sin tener ninguna otra cosa en los bolsillos que su cortaplumas.
Le preguntaron una vez a Agatón: "¿Qué vale más, la fatiga del cuerpo o la custodia del corazón?" Respondió el anciano: "El hombre es como un árbol: la fatiga del cuerpo son las hojas, la custodia del corazón el fruto. Ahora bien, puesto que está escrito: Todo árbol que no produzca buen fruto será cortado y echado al fuego, está claro que todo nuestro empeño debe tender al fruto, es decir, a custodiar nuestro espíritu. Mas también es necesaria la protección y el ornato de las hojas, es decir, la fatiga del cuerpo."
Los hermanos preguntaron al padre Agatón: "Padre, ¿qué virtud requiere mayor fatiga en la vida espiritual?" Les dice: "Perdonadme, pero me parece que no hay fatiga tan grande como orar a Dios. En efecto, cuando el hombre quiere orar, los enemigos intentan impedirlo, porque saben bien que nada les obstaculiza tanto como la oración. Con cualquier obra que emprenda el hombre, si persevera, poseerá el sosiego. La oración, en cambio, requiere lucha hasta el último suspiro."
El padre Agatón era sabio con el intelecto, laborioso con el cuerpo, autosuficiente en todo: en el trabajo manual, en el alimento y en el vestido.
Paseaba un día el padre Agatón con sus discípulos, cuando uno de ellos vio en tierra un pequeño garbanzo verde. Y le preguntó: "Padre, ¿permites que lo coja?" El anciano le miró estupefacto: "¿Eres tú quien lo ha puesto ahí?" "No," respondió el hermano. Le dijo el anciano: ¿"Cómo quieres coger, entonces, lo que tú nos has puesto?"
Vino un hermano al padre Agatón y dijo: "Permíteme vivir contigo." En el camino para llegar donde él había encontrado un pedacito de nitro y lo había cogido. Le pregunta el anciano. "¿Dónde has encontrado el nitro?" Y respondió el hermano: "Lo he encontrado andando por el camino y lo he cogido." Le dice el anciano: "Si has venido para vivir conmigo, ¿cómo has podido coger algo que no habías puesto tú?" Y le mandó que lo volviera a llevar a donde lo había cogido.
Preguntó un hermano al anciano: "Se me ha dado una orden, pero en este lugar existe una tentación. Quisiera ir para obedecer, pero temo la tentación." El anciano respondió: "Si fuera Agatón, ejecutaría la orden y vencería la tentación."
Se celebró un consejo en Escete sobre cierto problema y se tomó una decisión. Más tarde vino Agatón y dijo: "No habéis decidido bien el asunto." Le dijeron: "¿Y quién eres tú para querer hablar?" Respondió: "Un hijo de hombre; está escrito efectivamente: Si verdaderamente habláis de justicia, juzgad con rectitud, oh hijos de los hombres."
Contaban que el padre Agatón vivió tres años con un guijarro en la boca, hasta que consiguió practicar en silencio.
Contaban de él y del padre Ammonio que, cuando vendían mercancía, decían el precio una sola vez, y tomaban en silencio y con paz lo que se les daba; y cuando a su vez querían comprar algo, señalaban en silencio lo que necesitaban y retiraban la mercancía, sin decir una palabra.
El mismo padre Agatón dijo: "Yo nunca he celebrado un ágape, pero el dar y recibir era para mí un ágape, porque pienso que la ganancia del hermano es una ofrenda cultural."
El mismo Agatón, cuando veía alguna cosa que su pensamiento hubiera querido juzgar, se decía a sí mismo: "No, Agatón, no lo hagas." Y su pensamiento se calmaba.
Decía también: "Un hombre irascible, aunque hiciera resucitar a los muertos, no sería acepto a Dios"
Hubo un tiempo en que el padre Agatón tenía dos discípulos que llevaban vida solitaria; un día le preguntó a uno: "¿Cómo vives en tu celda?" Respondió: "Ayuno hasta la noche, luego como dos panecillos." El anciano le dijo: "Buen régimen, sin gran fatiga." Preguntó también al otro: "¿Y tú, cómo?" Respondió: "Ayuno un día sí y otro no, y cada dos días como dos panecillos." Le dijo el anciano: "Permanece tenso en el esfuerzo, porque debes sostener dos batallas: si uno come cada día sin saciarse, se cansa; hay, en cambio, quien ayuna un día y el otro se sacia. Tú, sin embargo, haces el doble, ayunas y no te sacias nunca."
Preguntó un hermano al padre Agatón sobre la impureza. Le dice: "Ve, echa ante Dios tu enfermedad y encontrarás sosiego."
Enfermaron un día el padre Agatón y otro de los ancianos y se metieron en la cama en una celda. Un hermano les leía el libro del Génesis, y llegó al capítulo en que dice Jacob: "José ya no está, ni Simeón tampoco; y queréis quitarme también a Benjamín; haréis bajar con dolor mi vejez a la tumba." Intervino entonces el otro anciano: "¿No te bastan los otros diez, padre Jacob?" "¡Calla, anciano! le dijo el padre Agatón, si Dios justifica, ¿quién podrá condenar?
Dijo el padre Agatón: "Si sé que alguien me lleva a cometer una falta, aunque sea una persona que me resulte extraordinariamente querida, rompo toda relación con ella."
Dijo aún: "Es menester que el hombre esté siempre atento al juicio de Dios."
Mientras unos hermanos hablaban sobre la caridad, dijo el padre José: "Pero ¿sabemos qué es la caridad? Y contó que el padre Agatón poseía un pequeño cuchillo; vino un hermano y lo admiró, y él no le dejó marcharse sin que lo hubiera cogido."
Decía el padre Agatón: "Si pudiera encontrar a un leproso, darle mi cuerpo y tomar el suyo, lo haría de buena gana: eso es el amor perfecto."
Contaban aún, que una vez fue a la ciudad para vender mercancías, y encontró en la plaza a un forastero que yacía en tierra enfermo, sin nadie que se preocupara de él. El anciano se quedó con él, tomando una habitación en alquiler y pagando el alquiler con el precio del trabajo manual; el dinero que le quedaba lo gastó en la cura del enfermo. Se quedó con él cuatro meses, hasta que el enfermo estuvo restablecido. Entonces el anciano regresó a su celda en paz.
Contaba el padre Daniel que sus padres vivían con el abad Agatón, antes de que el padre Arsenio viniera a vivir con ellos. El abad Agatón amaba al padre Alejandro, porque era un asceta y al mismo tiempo un hombre dulce. Ahora bien, sucedió que todos los hermanos lavaban los juncos en el río, y el padre Alejandro los lavaba con una gran calma. Los otros hermanos dijeron al anciano: "El padre Alejandro no hace nada." Y él, queriendo corregirlos, le dijo: "Hermano Alejandro, lávalos bien, porque son hilos de lino." Al oír esto, se entristeció; pero enseguida lo consoló el anciano diciéndole: "¿Crees que no sé que lo haces bien? Pero te he dicho esto delante de ellos para curarlos de su pensamiento con el ejemplo de tu obediencia, hermano."
Contaron que el padre Agatón se esforzaba en cumplir cada mandamiento: si subía a una embarcación, era el primero en coger el remo; cuando venían a él hermanos, inmediatamente después de la oración preparaba la mesa con sus manos. Estaba, en efecto, lleno del amor de Dios. Cuando estuvo próximo a la muerte, permaneció tres días con los ojos abiertos, inmóviles. Los hermanos lo sacudieron, diciendole: "Padre Agatón, ¿dónde estás?" Les dice: "Estoy ante el juicio de Dios." Y ellos: "¿También tu sientes miedo, padre?" Les dice: "Hasta ahora he intentado con todas mis fuerzas observar los mandamientos de Dios; pero soy un hombre. ¿Cómo puedo saber si mi obra ha sido grata a Dios?" "¿No tienes confianza en que tus obras — dicen los hermanos — estén hechas según Dios?" Les dice el anciano: "No estoy segura de nada hasta que no haya encontrado a Dios; en efecto, una cosa es el juicio de Dios y otra el de los hombres." Puesto que todavía querían preguntarle, les dijo: "Tened conmigo la caridad de no hablarme más, porque estoy ocupado." Y murió en medio de la alegría. Lo vieron subir al cielo con la actitud de quien saluda a los propios amigos y parientes. Había ejercido una gran vigilancia en todo, y solía decir: "Sin una gran vigilancia, el hombre no progresa ni siquiera en una virtud."
Un día fue el padre Agatón a vender algunas cosas a la ciudad y se encontró a un leproso al borde del camino. Le dice el leproso: "¿Adónde vas?" Y le respondió el padre Agatón: "A la ciudad a vender mercancía." "Hazme la caridad — le dice el otro— de cargar conmigo y llévame allí." Se lo cargó sobre la espalda y lo llevó a la ciudad. "Déjame en donde vendas las cosas," le dijo. Y así lo hizo. Cuando hubo vendido un canasto, le dijo el leproso: "¿Por cuánto lo has vendido?" Se lo dice. Y él: "Cómprame una hogaza." La compró. Vendió después otro canasto. Y le dijo: "Cómprame esto." Y se lo compró. Cuando lo hubo vendido todo y estaba para marcharse, le dijo el leproso: "¿Te vas?" "Sí." "Hazme otra caridad — le dijo entonces — carga conmigo y llévame a donde me encontraste." Agatón se lo cargó sobre la espalda y volvió a llevarlo a aquel lugar. Finalmente le dijo el leproso: "Bendito eres del Señor, Agatón, en el cielo y en la tierra." Agatón levantó los ojos y no vio a nadie: se trataba, efectivamente, de un ángel del Señor, venido para ponerlo a prueba.
Fue discípulo de Antonio, que profetizó de él la grandeza que había alcanzado en la humildad y la inocencia. Fue monje durante catorce años en Escete y luego obispo; no sabemos si es él el Ammón sucesor de Antonio en Pispir, lugar del primer retiro de Antonio; quizás hubiera podido serlo entre la vida en Escete y el episcopado. Pero nombres como el suyo o semejantes (Ammonio, Ammonas, Amún, etc.) eran muy frecuentes y eso no permite reconstrucciones históricas seguras. Se le atribuyen 14 cartas dirigidas a "hijos y hermanos." En una de ellas recupera la enseñanza de Antonio diciendo: "El padre Antonio nos decía: "Sin tentaciones no puede entrar el hombre en el reino de los cielos." Las cartas tratan con gran amplitud el tema de la lucha contra las tentaciones y el de la adquisición del Espíritu Santo. Doroteo de Gaza, en su capítulo sobre el deber de no juzgar al prójimo, retoma el apotegma nº10 y lo comenta de este modo: "¡Qué misericordia demostró, qué caridad tenía aquella alma santa! … Y no sólo, después de Dios, protegió al culpable, sino que también lo curó corrigiéndolo en el momento oportuno… De inmediato fue presa el hermano de dolor y compunción, de inmediato actuaron sobre su alma el amor y la compasión del anciano."
Rogó un hermano al padre Ammón: "Dime una palabra." El anciano le dijo: "Mira, pon en tu mente lo que piensan los malhechores en la cárcel: estos preguntan siempre a todos dónde está el juez y cuándo vendrá, y lloran en espera del castigo. Del mismo modo el monje debe estar siempre atento, y acusar su alma diciendo: "¡Ay de mí! ¿Cómo podré presentarme en el tribunal de Cristo? ¿Cómo podré justificarme ante él? Si repites de manera incesante, podrás salvarte."
Cuentas que el padre Ammón mató una vez un basilisco: al salir al desierto para sacar agua del pozo, vio un basilisco y se echó con el rostro a tierra diciendo: "Señor, ¿quién debe morir, yo o él?" Inmediatamente el basilisco fue descuartizado por el poder de Cristo.
Ha dicho el padre Ammón: "He pasado catorce años en Escete pidiendo a Dios día y noche la gracia de vencer la ira."
Contó uno de los padres que en las Celdas había un monje muy trabajador, que llevaba puesta una estera. Un día fue donde el padre Ammón. El anciano lo vio vestido con una estera y le dijo: "Esto no te sirve para nada." El otro le preguntó: "Estoy cogido por tres pensamientos: errar por el desierto, ir a tierra extranjera donde nadie me conozca o encerrarme en una celda, no contestar a nadie, y comer un día sí y otro no." Le dijo el padre Ammón: "Ninguna de estas tres cosas te sirve. Quédate más bien en tu celda, come un poco cada día, medita incesantemente en tu corazón las palabras del publicano, y podrás salvarte"
Llegaron a encontrarse unos hermanos en situación angustiosa donde vivían y, pensando en dejar el lugar, fueron a ver al padre Ammón. Pero he aquí que el anciano se encontraba haciendo un viaje en barca; y, viéndoles caminar sobre la orilla del río, pide a los barqueros: "ponedme en tierra," y llamó a los hermanos: "Yo soy el Ammón a cuya casa queréis ir." Consoló sus corazones y los convenció para que volvieran al lugar de donde habían partido. En efecto, lo que les angustiaba no causaba daño a sus almas, sino humana tribulación.
Una vez el padre Ammón, venido al río para cruzarlo, encontró un bote bien preparado, en el que se sentó. Y he aquí que sobrevino otro, que llevaba a personas notables. Le dicen: "Ven tú también, padre, viaja con nosotros." Pero él dice: "Yo subo en embarcaciones públicas." Llevaba consigo un pequeño haz de ramas de palma, y estaba sentado trenzando una cuerda y luego la deshacía, hasta que llegó la embarcación y alcanzó así la orilla. Los hermanos se inclinaron ante él diciendo: "¿Por qué obras así?" Les dijo el anciano: "Para que, teniendo el pensamiento siempre ocupado, no divague." Pero esto es sólo un ejemplo, para decir que debemos recorrer con recogimiento el camino de Dios.
Un día el padre Ammón, que había salido para ir a ver al padre Antonio, se extravió en el camino. Entonces se sentó para dormir un poco, luego, tras levantarse del sueño, oró a Dios con estas palabras: "Te suplico, Señor Dios mío, que no pierdas a tu criatura." Y se le apareció como una mano de hombre suspendida del cielo, que le indicó el camino, hasta que llegó y se paró sobre la cueva del padre Antonio.
A este padre Ammón le profetizó el padre Antonio que debía hacer progresos en el temor de Dios; lo llevó fuera de la celda y le mostró una piedra diciendo: "¡Insúltala y golpéala!" Tras haberlo hecho así, le dijo el padre Antonio: ¿Acaso ha dicho algo la piedra?" Dijo el otro: "No." Entonces le dijo el padre Antonio: "mira, también tú debes llegar a ello." Y así sucedió: el padre Ammón hizo tales progresos que por su gran bondad ignoraba completamente el mal. En esta situación, cuando fue obispo, le fue conducida una joven que estaba en cinta, y le dijeron: "Fulano…es quien ha hecho esto. ¡Castígalo!" Él, sin embargo, tras hacer la señal de la cruz sobre el vientre de la joven, dio orden de entregarle seis pares de sábanas, para que, si en el momento del parto morían ella o el niño, no faltara algo en lo que sepultarlos. Los acusadores dijeron: "¿Por qué haces esto? ¡Castígalo más bien!" Pero él les dijo: "¿No veis hermanos que está cercana la muerte? ¿Qué puedo hacer yo?" Y la despidió; el anciano nunca se atrevió a condenar a nadie.
Contaban que un día fueron algunos al padre Ammón para ser juzgados por él. Pero fingió ser tonto. Entonces una mujer le dijo a su vecino: "¡Este viejo está loco!" El viejo la oyó y, llamándola, le dijo: "He pasado tantas fatigas en el desierto para conquistar esta locura ¿y tendré que perderla hoy por ti?"
El padre Ammón fue a comer un día a un lugar donde había un hombre que gozaba de mala fama. Y sucedió que la mujer (con la que el hermano estaba en relaciones) llegó y entró en la celda del hermano que tenía mala fama. Los habitantes de aquel lugar, cuando lo supieron, se agitaron y se unieron, para echarlo de su celda. Al oír que el obispo Ammón se encontraba en aquel lugar, fueron a llamarlo para que viniera con ellos. El hermano se dio cuenta y escondió a la mujer en un gran tonel. Cuando llegó la gente, el padre Ammón ya sabía lo que había sucedido, y, por amor a Dios, quiso esconder la cosa. Una vez entrado, se sentó sobre el tonel, y dio orden de que buscaran por toda la celda. Cuando hubieron rebuscado por todas partes sin encontrar a la mujer, dijo el padre Ammón: "¿Qué significa esto? Que Dios os perdone." Y, tras haber rezado, hizo salir a todos; luego tomó la mano del hermano y le dijo: "¡Vigílate a ti mismo, hermano!" Dicho esto, se marchó.
Le preguntaron al padre Ammón: "¿Cuál es el camino estrecho y lleno de tribulaciones?" Respondió: "Este: hacer violencia a los propios pensamientos y amputar la propia voluntad por amor a Dios. Este es también el significado de las palabras: Mira, nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido."
Poco o nada sabemos de él, aunque su memoria es muy viva en la tradición, sin duda debido a la dureza de su vida, que emerge de manera manifiesta de las pocas sentencias sobre él. Lo recuerda el sinaxario (es decir, el calendario litúrgico) en honor de Antonio (17 de enero) con un acento que hoy resuena un tanto cómico, pero que sigue siendo significativo: "Con las armas Aquiles destruyó la ciudad de aquí abajo, con las fatigas Aquilas enriquece la ciudad de allá arriba." Al comienzo de la gran celebración cuaresmal, celebra la Iglesia bizantina la memoria de los santos ascetas y menciona a Aquilas y Amoés llamándolos "flores del desierto." La sentencia con que se cierra el apotegma nº3 ha sido versificada, varios siglos después, por un poeta bizantino, Juan Geómetra (PG 106,881 c), lo que da testimonio de que ese episodio ha permanecido muy vivo en la tradición oriental.
Fueron un día tres ancianos, uno de los cuales tenía mala fama, a donde el padre Aquilas. Pidió uno de ellos: "Padre, hazme una red." "No la hago," respondió. El segundo pidió: "haznos esta caridad, para que podamos tener un recuerdo tuyo en nuestro monasterio." Pero él respondió: "No tengo tiempo." Dijo luego el tercero, el que tenía mala fama: "Hazme una red, padre, para que tenga yo un objeto hecho por tus manos." A este le respondió enseguida: "Te la haré." Los otros dos le preguntaron después aparte: "¿Por qué no has querido consentir a nuestras peticiones, y a él le has dicho: "Te la haré?" Les dijo el anciano: "A vosotros os he dicho que no la haría y no os habéis puesto tristes, porque sabéis que no tengo tiempo. Sin embargo, si no se la hiciera a él, diría que no quiero porque he sabido de sus pecados. Y con eso romperíamos la cuerda. En cambio, he querido aliviar su alma, para que no esté inmersa en la tristeza."
Contó el padre Amoés: "Me fui junto con el padre Vindemio a donde el padre Aquilas, y le oí meditar este pasaje: No temas, Jacob, bajar a Egipto. Al rato volvió a repetir este pasaje. Cuando llamamos, nos abrió y nos dijo: "¿De dónde venís? Como no nos atrevíamos a decirle de Las Celdas, dijimos: "Del monte de Nitria. — ¿Qué puedo hacer por vosotros? nos preguntó, porque venís de lejos. Y nos hizo entrar. Lo vimos trabajar mucho trenzando cuerdas durante la noche, y le pedimos que nos dijera la razón de ello. — Desde la noche hasta ahora, dijo, he trenzado 120 pies, y ciertamente no tengo necesidad de trabajar tanto. Pero tengo miedo de que el Señor se encolerice contra mí y me reproche diciendo: "Tú podrías trabajar; ¿por qué no lo haces? Por eso intento emplear todas mis fuerzas. Se fueron edificados."
Otra vez, un gran anciano vino de Tebaida para ver al padre Aquilas, y le dijo: "Padre, me siento tentado hacia ti." El otro le dice: "¡Vamos, anciano! ¿Precisamente hacia mí te sientes tentado?" El otro le respondió con humildad: "Sí, padre." Había allí junto a la puerta un anciano ciego y cojo. El anciano le dijo: "Quería estas aquí algunos días, pero, a causa de este anciano, no puedo." Al oír estas palabras el padre Aquilas admiró la humildad del anciano y dijo: "Esto no es impureza, sino envidia de los malvados demonios."
Ya ha sido mencionado junto a Aquilas. Es contemporáneo de Daniel, el discípulo de Arsenio (cf.Daniel 5, p. 175). Como se ve claramente por estos cinco apotegmas y por el apotegma sobre Juan, su discípulo (p. 286), al que sólo cuando estaba a punto de morir dirigió una palabra de consuelo, Amoés está situado ciertamente en la línea del gran Arsenio y de él aprendió a defender con una terrible firmeza la austeridad y el recogimiento.
Contaban que el padre Amoés, cuando iba a la iglesia, no quería que su discípulo caminara a su lado, sino a distancia. Si se le acercaba para preguntarle sobre lo que pensaba, como solía hacer tan sólo con él, lo alejaba de inmediato diciéndole: "No vaya a ser que, mientras hablamos de cosas útiles al alma, se insinúe alguna palabra extraña; por eso no te permito que te quedes junto a mí."
El padre Amoés empezó diciendo al padre Isaías: "¿Cómo me ves ahora?" Le dice: "Como un ángel, padre." Al final le preguntó: "¿Y ahora cómo me ves?" "Como Satanás; en efecto, aunque las palabras que me has dicho eran buenas, las siento como una espada."
Se contaba que el padre Amoés tuvo que permanecer enfermo en la cama durante muchos años, y nunca permitió a su mente distraerse observando cosa alguna que hubiera en la celda, porque le llevaban muchas cosas con motivo de la enfermedad. Incluso cuando su discípulo Juan entraba y salía, cerraba los ojos para no ver lo que hacía. Sabía, por otra parte, que era un moje digno de confianza.
El padre Poemen (Poimén) contó que un hermano fue al padre Amoés para pedirle una palabra. Pero durante los siete días que se detuvo cerca de él, no obtuvo respuesta alguna. Al despedirlo después, le dijo el padre Amoés: "¡Vigílate a ti mismo! En cuanto a mí, mis pecados han levantado ahora un muro tenebroso entre Dios y yo."
Contaban que el padre Amoés, después de haber cocido 50 artabas de pan, para que fuera usado medida que hiciera falta lo puso al sol. Pero, antes de que estuviera bien seco, encontró en aquel lugar algo que no le ayudaba, y dijo a sus discípulos: "Vayámonos de aquí." Pero ellos se pusieron muy tristes. Al verlos tan tristes, les dice: "¿Estáis disgustados por los panes? Os aseguro que he visto a algunos huir dejando las ventanas recién barnizadas y dentro rollos de pergamino. Y ni siquiera cerraron las puertas, sino que se fueron dejándolas abiertas."
Es contemporáneo de Antonio. Es decir, pertenece a la primera gran generación de monjes. Es el fundador de la vida monástica en el desierto de Nitria, al que se retiró hacia el año 330, tras 18 años de vida, no conyugal sino fraterna, con la mujer que un tío le había impuesto a la fuerza. Paladio nos cuenta así su noche de bodas: "Después de que todos se hubieran ido… dice Ammonio: "En este lugar, señora mía, te expondré mi intención para el resto de la vida. El matrimonio que hemos contraído no tiene gran valor. Por eso obraremos bien si, desde este momento, cada uno de nosotros duerme solo, a fin de que continuemos agradando a Dios guardando intacta nuestra virginidad. Y tomó de su seno un librito en el que hablaba el Apóstol…" Evidentemente se trata del capítulo 7 de Primera carta a los Corintios — y pronto persuadió a su esposa, a la que le pidió, no obstante, habitar fraternalmente juntos. Después de 18 años también ella se decidió por la vida solitaria y Ammonio quedó libre para retirarse al desierto. No sólo recogió la enseñanza y el ejemplo de Antonio, sino que el mismo Antonio se refería a él y lo tenía en grandísima estima. Los dos grandes — separados por una distancia de cerca de 13 días de camino— se intercambiaron algunas visitas; probablemente remonte al año 338, cuando Antonio se fue a Alejandría para apoyar la causa de Atanasio el episodio narrado entre las sentencias de Antonio: tras haberse hecho aconsejar por é, Ammonio dio comienzo a la fundación de Las Celdas, más lejos de la zona habitada, para quien deseara una mayor soledad que en Nitria. Este asentamiento estará constituido por celdas esparcidas en su mayor parte sobre un área más vasta y a una mayor distancia las unas de las otras y de la iglesia. Aunque sobre él tengamos tan pocos apotegmas — y probablemente el nº 2 se le atribuye erróneamente a él en vez de a Ammón u otro anciano de nombre similar — otras fuentes han dejado constancia de su gran fama. Atanasio de Alejandría lo recuerda en la Vida de Antonio y le dirige una breve carta. Se contaban muchos prodigios sobre él: una vez, yendo al encuentro de Antonio, habría sido transportado milagrosamente más allá del río Lico en crecida. Él mismo realizaba muchos milagros y estaba dotado del carisma diorático, esto es, del don de ver las realidades invisibles, los pensamientos y los acontecimientos secretos. La Historia monachorum cuenta que una vez le llevaron un niño mordido por un perro. Dijo: "Devolved a aquella viuda el buey que habéis matado y el niño curará." El fragmento nº3 de la actual serie ha dejado muchas huellas en la tradición de los apotegmas, hasta el punto de que volvemos a encontrarlo, más o menos adaptado, en muchas otras recopilaciones: constituye, además, un texto básico en la doctrina sobre la obediencia de Doroteo de Gaza: lo cita en la I instrucción, sobre la renuncia al mundo y a la propia voluntad, para apoyar su afirmación de que "la obediencia y el no tener voluntad propia arranca al hombre de la misma muerte." Ammonio murió antes que Antonio, por tanto antes del año 356. Antonio previó en espíritu su muerte y lo mandó llamar, diciéndole que era impulsado a esto por una irresistible revelación divina "para que podamos gozar el uno del otro e interceder el uno por el otro." Le ordenó que se quedara hasta la muerte, que no tardó en llegar, en una cueva cercana; y a su muerte vio cómo el alma subía al cielo. Muchos ilustres ancianos han sido discípulos suyos: Benjamín, Macario Alejandrino, Pambo, Pior.
El padre Ammonio de Nitria fue a ver al padre Antonio y le dijo: "Mira, mi vida es más dura que la tuya, ¿cómo puedes ser más famoso que yo?" El padre Antonio le dice: "Porque amo más que tú al Señor."
Contaban que una pequeña cantidad de cebada le bastaba al padre Ammonio para dos meses. Fue a verle el padre Poemen (Poimén) y le dijo: "Si voy a la celda del vecino, o si este viene a mí por cualquier razón, debemos estar atentos para que no se insinúe en la conversación alguna palabra extraña." "Haces bien — le dice el anciano— puesto que la juventud tiene necesidad de vigilancia." Después le dice el padre Ammonio: "Pero ¿qué hacían los padres?" Le respondió: "Los padres que habían progresado en la virtud no tenían nunca ninguna cosa diferente dentro de ellos, ni cosa alguna extraña en la boca de la que debieran hablar." Y dijo el otro: "Así pues, si es necesario hablar con alguien, ¿quieres que lo haga con las palabras de la Escritura o con las palabras de los padres?" Dice el anciano: "Si no puedes callar, es mejor que hables con las palabras de los padres y no con la Escritura. Porque en esto existe un peligro no pequeño."
Vino a Escete un hermano a decirle al padre Ammonio: "Mi padre me manda fuera a un servicio, pero temo caer en impureza." Le dice el anciano: "En el momento en que te venga la tentación, di: ¡Oh Dios de los ejércitos, líbrame por las oraciones de mi padre!" Pues bien, un día una muchacha cerró la puerta detrás de él. El hermano gritó con gran voz: "¡Oh Dios de mi padre, líbrame!" Y de inmediato se encontró sobre el camino de Escete.
Es el mayor de siete hermanos, de los cuales el menor es Paisio y el más famoso y autorizado Poemen (Poimen). Desde el primer saqueo de Escete se refugiaron a cerca de veinte millas de distancia, en Tereneth, la actual Tarnut, sobre la rama occidental del delta del Nilo, al comienzo de la ramificación. Paisio, el hermano más pequeño, estaba siempre inquieto, nunca tenía paz, lo inventaba todo para atribular a sus hermanos; las anécdotas sobre él son muy divertidas. Al comienzo la dirección del grupo estaba encomendada a Anub, el más anciano: la sentencia nº 1 sobre Anub parecería decir que lo siguió estando durante toda su vida, mientras que la larga recopilación sobre Poemen (Poimén) muestra claramente que la responsabilidad había pasado luego a él. No obstante, es asimismo manifiesto que entre ambos subsistió siempre una gran comunión y colaboración: Anub debía ser, por así decirlo, el "ayudante" de Poemen (poimén). La divertida anécdota de la edición de Nau, nos revela la fidelidad de Anub a Poemen (Poimén), su amor paterno por el hermano pequeño, su sabio discernimiento.
El padre Juan contó que los padres Anub y Poemen (Poimén) y sus otros hermanos eran hijos de una misma madre y se hicieron monjes en Escete. A causa de la invasión de los macicos, que devastaron el lugar por primera vez, lo abandonaron. Llegaron a una localidad llamada Terenuth, y pensaron cómo podían vivir allí. Permanecieron algunos días en el antiguo templo. El padre Anub dijo al padre Poemen (Poimén): "Tened conmigo esta caridad, tú y tus hermanos: permanezca solo cada uno de vosotros en silencio y no nos encontremos durante esta semana." El padre Poemen (Poimén) dijo: "Hagamos como quieres." Así lo hicieron. Había en el templo una estatua de piedra. Cuando se levantaba por la mañana, el padre Anub le tiraba piedras a la cara, mientras que por la noche le decía: "Perdóname." Hizo esto durante toda la semana, hasta que el sábado, cuando se reunieron, le preguntó el padre Poemen (Poimén): "Excúsame, padre, te he visto esta semana tirar piedras contra la estatua e inclinarte después ante ella. ¿Acaso debe obrar así un cristiano?" Respondió el anciano: "Esto lo he hecho también por vosotros. Cuándo me veíais tirar piedras contra la cara de la estatua, ¿acaso ha dicho esta alguna palabra o se ha encolerizado?" "No," dijo el padre Poemen (Poimén). "Y cuando me inclinaba, ¿ha demostrado acaso contrariedad y ha dicho: "No te perdono?" "No," dijo el padre Poemen (Poimén). "Así debemos hacer nosotros — dijo el anciano — que somos siete hermanos; si queréis que vivamos juntos, debemos volvernos como esta estatua, que no se turba ni cuando es ofendida ni cuando es alabada. Si no estáis dispuestos a volveros así, mirad, en el templo hay cuatro puertas, que cada uno se vaya por donde quiera." Ellos se echaron a tierra diciendo al padre Anub: "Haremos lo que quieras, padre, y escucharemos lo que nos digas." Contó después el padre Poemen (Poimén): "Habitamos juntos toda la vida, trabajando según las órdenes del anciano y comiendo todo lo que nos ponía delante uno de nosotros que había sido instituido ecónomo. Era imposible que uno dijera: "Tráeme cualquier otra cosa, o bien:-No quiero comer esto. De este modo pasamos toda nuestra vida en el sosiego y la paz."
Dijo el padre Anub: "Desde que se invocó sobre mí el nombre de Cristo, no ha salido una mentira de mi boca."
Hubo un Abraham discípulo de Sisoés y un Abraham que vivía en Las Celdas junto a Isaac(cf.pp.265 ss), que no tienen que ser confundidos con este Abraham: hay muchos otros monjes que llevan el mismo nombre. Aquí se trata con toda probabilidad de un monje de Escete discípulo de Agatón, el que contó a Isaías de Escete tantas cosas sobre su maestro y que en algunas ocaciones iba también a consultar al padre Poemen (Poimén). Es fácil que se trate de la misma persona del apotegma que aparece con el nombre de Arés.
Cuentan de un anciano que en cincuenta años raramente comió pan y bebió vino; y afirmaba que había matado el espíritu de fornicación, el amor al dinero y la vanagloria. El padre Abraham oyó que había dicho esto, fue a él y le dijo: "¿Has dicho eso?" "Sí," respondió. "Mira — dijo el padre Abraham— si al entrar en la celda te encontraras una mujer sobre la estera, ¿podrías pensar que no es una mujer?" Dice: "No, pero lucharía contra el pensamiento de tocarla." Dice entonces el padre Abraham: "Por consiguiente, no has matado la pasión, esta vive; está solo encadenada." Y añadió: "Mientras paseas ves un pedazo de oro en medio de piedras y de conchas. ¿Podría tu mente considerarlo como piedras y las conchas?" "No — dice —, pero lucharé contra el pensamiento de cogerlo." Respondió el anciano: "Por consiguiente, la pasión está viva, aunque atada." Dice aún el padre Abraham: "Supón que oyes que hay dos hermanos: el uno te ama y el otro te odia y habla mal de ti. ¿Te sentirías igualmente dispuesto hacia los dos si vinieran a buscarte?" Dice: "No, pero lucharé con mi pensamiento para hacer bien tanto al que me odia como al que me ama." Le dice el padre Abraham: "Por consiguiente, están vivas las pasiones, aunque encadenadas por los santos."
Preguntó un hermano al padre Abraham: "Si me acaece comer mucho, ¿qué significa?" "¿Qué dices hermano? — respondió el anciano — ¿tanto comes? ¿crees acaso que has venido a un granero?
El padre Abraham contó de uno de los monjes de Escete que era amanuense y no comía pan. Vino a él un hermano y le dijo que le copiara un libro. El anciano, que tenía la mente sumergida en la contemplación, no escribió todos los renglones, sino que se saltó algunos. Cuando el hermano cogió el folio para leerlo y se dio cuenta de que faltaban reglones, dijo: "Padre, faltan reglones." Y le contestó el anciano: "Ve y primero haz todo lo que está escrito; vuelve después y te escribiré lo que falta."
El padre Abraham fue a visitar al padre Arés. Mientras estaban sentados juntos, entró un hermano y le preguntó: "Dime, ¿qué debo hacer para salvarme?" Le dijo: "Ve, y durante todo este año como sólo por la noche, y sólo pan y sal. Después vuelve y te hablaré." Se marchó y así lo hizo. Al cabo del año volvió el hermano al padre Arés. Y precisamente se encontraba allí el padre Abraham. El padre Arés le dijo aún: "Ve, ayuna también este año a días alternos." Cuando se hubo marchado el hermano, preguntó el padre Abraham al padre Arés: "¿Cómo es que aconsejas a todos los hermanos un yugo ligero, mientras que a este le impones pesadas cargas?" "Los otros hermanos — dice el anciano— así como vienen se van, pero este viene precisamente por amor al Señor a escuchar una palabra. Es verdaderamente laborioso. Cualquier cosa que le digo, la cumple con celo. Por eso le digo la palabra de Dios."
Fue monje en Escete. Contemporáneo de Agatón y Poemen (Poimén); posiblemente más anciano no sólo que Agatón, sino también que el mismo Poemen (Poimén), el cual cita con deferencia unas palabras y un gesto suyo. Doroteo de Gaza retoma y comenta el apotegma nº4 de Alonio, que, efectivamente, puede crear algunos problemas. Bassanufio encuadra y explica muy bien el nº1, que en su forma tan lapidaria puede dejarnos, a primera vista, un tanto desconcertados. En la carta 346, respondiendo a un hermano que le pedía: "Ruega por mí a fin de que Dios tenga piedad de mí, porque soy miserable," escribe Bersanufio: "Quien quiera obtener misericordia debe observar el mandamiento de no comer del árbol y no caer en desobediencia, y el que no caiga en desobediencia obtendrá misericordia, será salvado por la gracia de Cristo Nuestro Dios. Porque ese dirá en su pensamiento: "Dios y yo estamos solos en el mundo, y si yo no cumplo su voluntad, no es a él a quien obtendré, sino al Extranjero. Esperará cada día su éxodo del cuerpo y el encuentro que debe tener con Dios, y se adherirá enseguida al camino de la salvación."
El padre Alonio dijo: "Si el hombre no dice en su corazón: "Dios y yo estamos solos en el mundo, no tendrá sosiego."
Dijo asismismo: "Si no destruyera todo, no podría construirme a mí mismo."
Dijo aún: "Si el hombre quiere, alcanza la medida de Dios de la mañana a la noche."
Una vez el padre Agatón le preguntó al padre Alonio: "¿Cómo puedo refrenar mi lengua para que no diga mentiras?" Le dijo el padre Alonio: "Si no mintieras, cometerías muchos pecados" "¿Cómo?" pregunta el otro. Y el anciano le responde: "Mira, dos hombres cometen un delito ante tus ojos, y uno huye a su celda. Lo busca un funcionario y te pregunta: "¿Ha tenido lugar el delito delante de ti? Si no mientes, entregas un hombre a la muerte; déjalo más bien libre ante Dios: Él es quien lo sabe todo."
Afú (Afí), Obispo de Oxirrinco.
Ossirinco (actual El-Bahnasa) es una de las ciudades del Faiyum, vasto oasis que se extiende sobre una superficie de 40 Km. De largo por 60 de ancho hacia, más o menos, la mitad del curso del Nilo, limitada al oeste por contrafuertes saharianos, al este por pequeñas colinas próximas al valle del Nilo. Aquí se han descubierto miles de papiros muy importantes. Se cuenta que en el siglo V sus alrededores estuvieron superpoblados por miles de monjes y de monjas.
Del obispo de Ossirinco, que se llamaba Afú, se cuenta que, mientras fue monje, practicó una ascesis muy dura; convertido en obispo, hubiera querido mantener el mismo rigor también en el mundo, pero no lo conseguía. Entonces se postró ante Dios diciendo: "¿Acaso se debe al episcopado el que la gracia se haya ido de mí?" Entonces le fue revelado: "No. Pero en aquel tiempo estabas en el desierto y, como no había hombres, te sostenía Dios. Ahora, en cambio, estás en el mundo, y te sostienen los hombres."
Estas sentencias se refieren, con toda probabilidad, a dos o tres personas distintas.
Había en Las Celdas un anciano llamado Apolo: con cualquier trabajo que se le pidiera se mostraba alegre, diciendo: "Para provecho de mi alma pudo trabajar hoy con Cristo. Esto es, en efecto, la recompensa para ella."
Contaban en Escete de un cierto padre Apolo, que era un pastor muy inculto. Un día encontró en los campos a una mujer en cinta e, impulsado por el diablo, se dijo: "Quiero ver cómo yace un niño en el seno materno." Le abrió el vientre y lo vio, pero enseguida su corazón se lo reprochó duramente. Compungido, vino a Escete para contar a los padres lo que había hecho. Allí los oyó salmodiar: "Setenta son los años de nuestra vida, y, sí (estamos) fuertes, ochenta, mas la mayor parte de ellos (es) fatiga y afán." Y les dijo: "Mirad, tengo cuarenta años y hasta ahora no he rezado nunca; pero, si vivo otros cuarenta años, no cesaré de rezar a Dios, para que me perdone mis pecados." Y ya no hizo trabajo manual, sino que rezaba siempre diciendo: "He pecado porque soy hombre, pero tú que eres Dios, perdóname." Y esta plegaria se convirtió en su meditación día y noche. Un hermano que habitaba con él le oyó decir: "Señor, te he ofendido, perdóname, para que pueda yo tener un poco de sosiego." Y le vino la certeza de que el Señor le había perdonado todos sus pecados, incluido el de la mujer. En cuanto al niño, el hermano no recibió ninguna certeza. Pero uno de los ancianos le dijo: "Dios te ha perdonado también el hecho del niño, sin embargo te deja en el sufrimiento, porque (eso) ayuda a tu alma."
El mismo Apolo dijo respecto a la hospitalidad de los hermanos: "Es necesario postrarse a los pies de los hermanos que vienen: Con ello nos postramos ante Dios, y no ante ellos. Cuando ves a tu hermano, ves al Señor tu Dios. Esto — dijo— lo hemos aprendido de Abraham. Y cuando acogéis a un huésped, obligadlo a que se restaure: esto nos lo ha enseñado Lot, que obligó a los ángeles a quedarse en su casa."
El padre Andrés solía decir: "Tres cosas le son necesarias al monje: extranjería, pobreza, silencio con paciencia."
Contaban de cierto padre de la Tebaida, llamado Antiano, que en su juventud se ocupó mucho de los asuntos públicos y en la vejes enfermó y se volvió ciego. Los hermanos intentaban consolarlo de muchas maneras de su enfermedad y le ponían el alimento en la boca. Y preguntaron al padre Aio: "¿Qué resultado pueden tener tantas obras de confrontación?" Él les dijo: "Yo os digo que, si el corazón quiere y condesciende voluntario, aunque se coma un solo dátil, el Señor lo sustraerá de su tribulación, pero si no condesciende y acepta de mala voluntad, el Señor conservará intacta su tribulación, porque lo hace obligado sin querer; y ese no tendrá recompensa."
Un día vino Pelusio un funcionario público y quería cobrar tasas a los monjes, como a la gente del mundo. Todos los hermanos se reunieron donde el padre Ammonata y propusieron que fueran algunos padres al emperador. Mas el padre Ammonata les dijo: "No hay necesidad de esta molestia; quedaos más bien en vuestras celdas en soledad y tranquilidad y ayunad durante dos semanas. Con la gracia de Cristo trataré yo solo la cuestión." Los hermanos se retiraron a sus propias celdas y también el anciano se quedó en la suya en soledad y tranquilidad. Pasados los catorce días, los hermanos se entristecieron por su causa al ver que aún no se había movido, y dijeron: "El viejo no se ha ocupado de nuestro problema." El decimoquinto día se reunieron los hermanos como habían establecido. El anciano llegó con la declaración del emperador. Los hermanos, al verla, se quedaron estupefactos, y le dijeron: "¿Cuándo la has traído, padre?" "Creedme, hermanos — dijo el anciano —, esta noche he ido a ver al emperador, y me ha escrito esta declaración. He ido después a Alejandría para hacerla suscribir por los funcionarios, y luego he venido con vosotros." Al oír esto, presos de temor, se postraron ante él. Así quedó resuelta la cuestión y el funcionario no vino más a molestarlo.
La tradición de los apotegmas ha querido rendir homenaje con este episodio a la fama del gran obispo de Cesarea, insigne doctor de la Iglesia y patriarca de la vida cenobítica en Capadocia. Basilio, bautizado ya de adulto, hacia el año 357, después de una brillante carrera en los estudios, se fue luego a visitar los monasterios de Palestina y de Egipto y extrajo de ellos grandes enseñanzas y estímulos en orden a la vida monástica, que habría instituido, a continuación, en Capadocia, pero extrajo también razones para desconfiar de la vida eremítica a causa de los abusos, singularidades y riesgos que había constatado. El ideal de Basilio era la forma cenobítica permanente para toda la vida, mientras que en Egipto y Palestina consideraban la forma cenobítica, si acaso, como preliminar para la vida solitaria. Mas también en el interior del monacato egipcio fue esto objeto de una cierta dialéctica, en ocasiones incluso de una aguda polémica, a las que prestaron apoyo las teorías de Basilio. Este episodio de Basilio, ya obispo, no puede referirse más que a uno de los tantos cenobios fundados por él en Capadocia, como atestigua también Doroteo de Gaza, que retoma este ejemplo en el capítulo sobre la obediencia. Basilio reaparece sólo dos veces en los apotegmas: para contar la historia de la monja de Tabena, despreciada y vejada por todas, que se había fingido loca y endemoniada, y para decir una palabra sobre la pobreza, referida por Casiano. ¡Pero quién sabe cuántas otras palabras de Basilio se habrían podido referir, idóneas para el mundo de los apotegmas! La parsimonia es evocar no sólo a Basilio — que, es cierto, era capadocio —, sino también a Pacomio, que era egipcio, está probablemente motivada por la polémica sobre la vida cenobítica y la vida solitaria.
Contaba un anciano que san Basilio se dirigió un día a un cenobio, tras haber dispensado a los monjes la acostumbrada instrucción, preguntó al superior: "¿Tienes aquí algún hermano obediente?" Le dijo: "Todos son siervos tuyos, Señor, y se comprometen para conseguir la salvación." Pero él insistió: "¿Tienes verdaderamente alguno obediente?" El otro le presentó a un hermano, y san Basilio se hizo servir por él en la mesa. Tras la comida, el hermano le presentó agua para lavarse, y san Basilio le dijo: "Ven, ahora te presen