La Epístola a los

Romanos

del Apóstol Pablo

Obispo Alexander Mileant Traducido

por Dra. Elena Ancibor/ Nicolás Vorobioff

Corregido al Español: Mto. Gabriel Blanco

 

Índice:

Nociones preliminares

La explicación de la Epístola

Introducción (Rm 1:1-17).

La esencia de la prédica Evangélica

La exposición de la fe cristiana

Todos los hombres son pecadores

y merecen el juicio Divino

La pecaminosidad de los paganos

Dios es justo

La pecaminosidad de los judíos

Conclusión: todos son culpables

La salvación solo en Cristo

Lo imprescindible de la fe

Abraham es el progenitor de los creyentes

La justificación con la Sangre de Cristo

De Adán — la muerte, de Cristo — la vida

La fuerza de la Gracia de Cristo

La fuerza regeneradora del Bautismo

De la esclavitud a la nueva vida

El conflicto interno

La vida en Espíritu Santo

La alegría de la filiación

La gloria venidera

El amor de Dios es todo para nosotros

El llamado a Israel

La providencia Divina en los destinos de los pueblos

El mal de Israel es su falta de fe

La conversión futura del Israel

La esencia de la vida cristiana

La aplicación de los dones espirituales

La obediencia a las autoridades

El Amor es lo más importante

La vida en concordia

Cristo es el ejemplo de larga paciencia

Deseos y congratulaciones

Hay que guardar la pureza de la fe

Conclusión

 

Nociones preliminares

Entre los Libros Sagrados del Nuevo Testamento la Epístola del Apóstol Pablo a los Romanos ocupa un lugar especial: ningún libro de las Sagradas Escrituras discute tan profunda y solidamente el cristianismo como lo hace esta epístola.

El Apóstol Pablo reúne una serie de dones valiosos que hacen de esta obra, un inapreciable documento de la enseñanza cristiana. Esos dones incluyen un conocimiento profundo de la Sagradas Escrituras del Antiguo Testamento, una cultura polifacética, una gran experiencia en la prédica y un talento literario. Por eso la Epístola a los Romanos despertaba una atención especial tanto en creyentes como en pensadores-filósofos, recibiendo desde antiguo el nombre honorífico de "Segundo Evangelio." Por todo esto, se piensa que esta Epístola se ubica entre las primeras obras del Apóstol.

Como se ve en el contenido de dicha esta Epístola, el Apóstol Pablo intentó varias veces predicar la fe de Cristo en la capital del glorioso y poderoso Imperio Romano, pero siempre encontraba diferentes obstáculos. En aquel tiempo ya existía en Roma una importante comunidad cristiana, formada por judíos conversos como también por creyentes romanos. Las circunstancias de la aparición de la comunidad cristiana allí no están muy claras. Se sabe que ya antes del Nacimiento de Cristo en Roma vivían muchos judíos y que algunos de ellos peregrinaban a Jerusalén para las grandes festividades. Después de haber visitado Jerusalén en tiempos de Cristo ellos no podían desconocer sus grandes milagros ni sus inspiradoras enseñanzas. Por eso es posible que las primeras semillas del cristianismo llegaran a Roma en vida de Jesucristo.

El libro de Hechos de los Santos Apóstoles relata que en la festividad de Pentecostés en el año 33 d.C., entre los testigos del descenso del Espíritu Santo sobre los Apóstoles había numerosos peregrinos de distintos países, entre ellos también gente de Roma (Hch 2:10). Bajo la impresión del gran milagro del descenso del Espíritu Santo y la encendida prédica del Apóstol Pedro, ese día se bautizaron cerca de 3000 personas y los días siguientes otros 5000. Así la difusión del cristianismo tomó gran envergadura desde el principio. La fe cristiana comenzó a echar raíces en los países limítrofes: Siria, Asia Menor, Chipre, Grecia, Egipto etc. Y esto resultó no sólo por la prédica de los Apóstoles sino también gracias a los recién bautizados en Jerusalén, quienes al volver a sus casas después de sus peregrinaciones, contaban sobre la extraordinaria nueva fe. De esta forma la religión cristiana llegó a Antioquia, como nos indica libro de los Hechos de los Santos Apóstoles (Hch 11:26). Es muy posible que ella penetrara a la ciudad de Roma por ese mismo camino. De los saludos del final de la Epístola a los Romanos, leemos que el Apóstol Pablo conocía personalmente a muchos cristianos romanos, con los cuáles tomó contacto seguramente en Jerusalén, adonde iba a menudo.

Al principio del primer siglo d.C., en Roma vivían cerca de 50000 hebreos y había 11 sinagogas. Primeramente la comunidad cristiana en Roma estaba formada casi exclusivamente por judíos. Sin embargo, poco después empezó a ser ampliada por los nuevos creyentes romanos, de manera tal que en varios decenios la cantidad de los romanos bautizados comenzó a prevalecer sobre los judíos bautizados. Al principio ambos vivían bastante unidos, oraban y comulgaban juntos. Pero ya en la mitad del primer siglo surgieron fricciones por causas étnicas. Estas discordias las fomentaban los judíos no creyentes, que envidiaban el éxito del cristianismo y comenzaron a incitar a sus hermanos bautizados a no tener contacto con cristianos provenientes de los gentiles, pues los consideraban impuros e indignos de compartir las bondades prometidas a sus ancestros. Estas acciones no fueron vanas y ya en la mitad del s. I en Roma surgieron grandes enfrentamientos religiosos entre los judíos, que el emperador Claudio calmó expulsando a muchos judíos de la capital (años 41 - 54). Sin embargo en la Epístola a los Romanos sentimos una gran preocupación por parte del Apóstol Pablo, por el problema judeocristiano. El Apóstol Pablo, conocedor brillante las Escrituras del Antiguo Testamento, ayuda al lector a ver las raíces del cristianismo y demuestra que para Dios es importante no el origen biológico sino la fe sincera.

La Epístola fue escrita en la ciudad de Corinto, donde el Apóstol se encontraba durante su tercer viaje misionero, cerca del año 59 d.C. San Pablo esperaba, luego de su peregrinaje a Jerusalén poder visitar Roma y colaborar en la fortificación de su comunidad cristiana. En realidad, el Apóstol Pablo pudo finalmente visitar Roma durante el verano del año 61 d.C. pero recién después de haber sorteado grandes obstáculos en Jerusalén, como lo relata el libro de Hechos de los Santos Apóstoles (Hch 21 a 28). El Apóstol Pedro también visitó Roma, pero aparentemente después del Apóstol Pablo. Algunos años más tarde ambos Apóstoles visitaron Roma nuevamente (cerca del año 67 d.C.) y murieron martirizados por orden del emperador Nerón (años 54-68).

El pensamiento básico de la Epístola a los Romanos, es que el Señor Jesucristo es el único Salvador de la humanidad pecadora. Ni la voz de la conciencia, ni el miedo al castigo eterno, ni las excelentes enseñanzas de los profetas inspirados por Dios pueden realmente liberar al hombre de su mal principal "el pecado." El pecado trajo una dualidad en nuestra naturaleza. Teniendo el alma semejante a Dios, cada hombre tiende instintivamente hacia Dios, pero el pecado nos esclaviza y nos obliga a hacer lo que no queremos. La pecaminosidad de nuestra naturaleza es la causa de la muerte de todos los hombres, incluso la de los jóvenes y los niños inocentes. En realidad, el paraíso y la vida eterna en Dios son inalcanzables, no sólo para los paganos sino también para los judíos que tratan de vivir según la ley de Moisés. Pero Dios misericordioso encontró el camino de salvación para los hombres, envió al mundo a Su Hijo Unigénito nuestro Señor Jesucristo, Quién con Su muerte redimió los pecados de los hombres y con Su Resurrección nos abrió el camino al Reino de los Cielos. Ahora cada hombre, judío o pagano, recibe el perdón de sus pecados y auxilio espiritual no por sus méritos sino exclusivamente por su fe en el Señor Jesucristo. El punto de inflexión del pecado a la vida justa es el Bautismo. En este Sacramento el creyente se limpia del pecado, se libera de la esclavitud de las pasiones y recibe fuerzas espirituales. De un pecador culpable se torna hijo de Dios por la Gracia y heredero del Reino de la Gloria. Esta obra de salvación es tan grande y extraordinaria que todo el resto son pequeñeces.

La segunda parte de la Epístola (Cap. 12-15) está dedicada a la exposición de la esencia de la vida cristiana. El Apóstol llama a los cristianos a encarnar en su vida el alto ideal de la fe cristiana y aplicar los dones espirituales para el bien común.

El capítulo cuarto muestra el ejemplo de la fe de Abraham, y del 9° al 11°, el Apóstol discute el problema espiritual del Israel no creyente en Jesucristo, perdiendo parcialmente su actualidad. Sin embargo estos capítulos son importantes ya que ayudan a entender mejor las bases de la fe cristiana, cuyas raíces nacen en las mismas Escrituras del Antiguo Testamento.

En la Epístola los Romanos el lector encontrará pensamientos particularmente profundos sobre una serie de cuestiones espirituales que no están explicadas tan detalladamente en ninguna otra parte de las Sagradas Escrituras, como por ejemplo sobre el pecado original y la vulnerabilidad moral en la naturaleza humana, la voz de la conciencia, la importancia de la fe en la salvación, la cualidad regeneradora del Bautismo, la fuerza de la Gracia Divina de Cristo, la renovación de toda la naturaleza, la importancia de Israel en la historia de la humanidad y otras.

En esta Epístola el lector encontrará algunas partes difíciles de entender. Esta dificultad proviene de la profundidad del tema tratado, la forma resumida de la exposición y la riqueza de la lengua griega. Ya el Apóstol Pedro llamó la atención sobre cierta "dificultad de entendimiento" de las epístolas del Apóstol Pablo" (2 P 3:16). No existe traducción alguna que pueda cumplir simultáneamente con las exigencias de la exactitud y la facilidad de la lectura. La traducción al eslavo antiguo (la lengua litúrgica de la Iglesia) p. Ej. es muy exacta pero es difícil de entender. La traducción en el idioma ruso se lee más fácilmente pero en partes no es tan exacta.

Para ayudar al lector a comprender mejor esta Epístola la versión en ruso de este artículo se acerca la traducción de la epístola en el idioma ruso actual. Además del original griego y la traducción del Sínodo ruso fueron consultadas algunas traducciones inglesas, la obra magna del obispo Teófano el Recluso sobre esta epístola (que incluye además las opiniones de los Santos Padres de la Iglesia), la "Biblia explícita" del profesor Lopujín y colaboradores como así también algunas investigaciones contemporáneas sobre esta epístola.

 

Explicación de la Epístola.

Introducción.

(Rom 1:1-17).

Dirección.

(Rom 1:1-15)

El Apóstol Pablo escribió su apelación en la forma establecida de aquél entonces, según la cual el autor debía hablar brevemente de sí mismo y sobre la esencia de su carta:

Pablo, siervo de Jesucristo, llamado a ser apóstol, apartado para el evangelio de Dios, que él había prometido antes por sus profetas en las santas Escrituras, acerca de su Hijo, nuestro Señor Jesucristo, que era del linaje de David según la carne, que fue declarado Hijo de Dios con poder, según el Espíritu de santidad, por la resurrección de entre los muertos, y por quien recibimos la gracia y el apostolado, para la obediencia a la fe en todas las naciones por amor de su nombre; entre las cuales estáis también vosotros, llamados a ser de Jesucristo (1:1-7).

Para calmar a los judíos de Roma sobre la verdad de la enseñanza ofrecida el Apóstol Pablo explica que no les predica una enseñanza nueva, sino que revela más claramente lo que escribieron los antiguos profetas.

Primeramente doy gracias a mi Dios mediante Jesucristo con respecto a todos vosotros, de que vuestra fe se divulga por todo el mundo. Porque testigo me es Dios, a quien sirvo en mi espíritu en el evangelio de su Hijo, de que sin cesar hago mención de vosotros siempre en mis oraciones, rogando que de alguna manera tenga al fin, por la voluntad de Dios, un próspero viaje para ir a vosotros. Porque deseo veros, para comunicaros algún don espiritual, a fin de que seáis confirmados; esto es, para ser mutuamente confortados por la fe que nos es común a vosotros y a mí. Pero no quiero, hermanos, que ignoréis que muchas veces me he propuesto ir a vosotros (pero hasta ahora he sido estorbado), para tener también entre vosotros algún fruto, como entre los demás gentiles. A griegos y a no griegos, a sabios y a no sabios soy deudor. Así que, en cuanto a mí, pronto estoy a anunciaros el evangelio también a vosotros que estáis en Roma (1:8-15).

Como Roma era el centro legislativo y administrativo del amplio y poderoso Imperio, la presencia allí de una comunidad cristiana era extremadamente importante para el éxito del cristianismo. Por esto el Apóstol Pablo tenía un ardiente deseo de ayudar por todos los medios al fortalecimiento de la fe cristiana en Roma. Sin tener la posibilidad de ir a Roma en ese momento el Apóstol Pablo quería reforzar, epistolarmente, la fe cristiana.

 

Esencia de la prédica Evangélica.

(1:16-17)

No me avergüenzo del Evangelio (de Cristo), porque es poder de Dios para salvación a todo aquel que cree; al judío primeramente, y también al griego, porque en el Evangelio la justicia de Dios se revela por fe y para fe, como está escrito: Mas el justo por la fe vivirá (Ha 2:4; Rm 1:16-17).

A pesar de que Roma se jactaba de su poder político, fuerza militar y bienes terrenales, el Apóstol Pablo no se avergonzaba de su humilde prédica sobre Jesús crucificado. Todas las ventajas materiales del mundo pagano son fantasmales e ínfimas: no existe fuerza física que puede librar al hombre de la esclavitud del pecado y de la condena a la muerte. Sólo la prédica Evangélica trae a los hombres la invencible fuerza Divina, que regenera moralmente al hombre y lo eleva a la vida eterna en el Reino del Cielo.

Luego el Apóstol pasa a exponer la enseñanza Evangélica en el orden siguiente: a) Todos los hombres son pecadores y por eso merecen el juicio Divino y están condenados a morir (1:18; 3:30). b) La salvación viene solo a través de la fe en Jesucristo (3:21; 5:21). c) La fe abre el acceso a la ayuda y a la vida justa (6:1; 8:39). Después de un amplio apartado, donde se aborda el problema de la falta de fe en Israel (9:1; 11:36), el Apóstol termina su epístola con una exposición de la esencia de la vida cristiana (Cap. 12-16).

 

Exposición de la fe cristiana.

(Rom 1:18-11-36)

El lector de la Sagradas Escrituras debe acostumbrarse a la forma bíblica de la exposición. El hombre contemporáneo está adaptado al llamado "método científico," en el que los temas se exponen en una determinada secuencia lógica. Se termina un tema y comienza otro relacionado con él. En la literatura científica el pensamiento debe fluir en línea recta. Este método es árido, carente de vida y poco útil para la exposición de profundos temas religiosos- sicológicos, en los que cada fenómeno está íntimamente ligado con una serie de otros fenómenos y donde lo importante no es la demostración científica (que no es alcanzable), sino la percepción espiritual directa. Aquí una exacta clasificación "por estantes" no es posible ni necesaria. A menudo en la Biblia y en particular, en los escritos del Apóstol Pablo en particular, se desarrollan simultáneamente varios temas vinculados internamente entre sí. El escritor explica la interrelación entre los fenómenos espirituales desde diferentes puntos de vista, pasando de un nivel a otro. No avanza por rieles tendidos sino que hace subir al lector por una escalera en espiral.

Antes de proponerle al lector una curación espiritual, el Apóstol le diagnostica su enfermedad moral, común a todos los hombres.

 

Todos los hombres son pecadores

y son pasibles del juicio Divino.

(1: 8; 3:20)

El pecado no es simplemente un tropiezo de la voluntad, un error o una debilidad temporal, es una terrible enfermedad moral que envenenó nuestra naturaleza humana. Del pecado viene todo el mal al mundo: la pérdida de libertad moral y la alegría del contacto con Dios. Del pecado provienen las diferentes dolencias físicas y del alma, la inclinación hacia el mal y la poca aptitud para el bien. El pecado vulneró la armonía entre las fuerzas físicas y espirituales del hombre, lo que tuvo como resultados la desorganización de la vida familiar y social, las injusticias, la mutua opresión, el engaño, los crímenes, la violencia, las guerras que trajeron la indigencia y el hambre... ¡Justamente el pecado es la primera causa del máximo desastre, la muerte, que destruye inevitablemente todas las alegres esperanzas y las buenas previsiones de los hombres!

El Apóstol Pablo comienza su epístola con la descripción de la corrupción moral del hombre. Demuestra que todos sin excepción somos pecadores. Ni la voz de la conciencia, ni la hermosa organización de la naturaleza que da testimonio del Creador, ni la ley escrita dada por Dios al profeta Moisés, ni en general nada, pudo regenerar espiritualmente a la humanidad. Todos, judíos y paganos, están sumergidos en el pecado pecados y por eso están ajenos a Dios y condenados a la perdición.

 

La pecaminosidad de los paganos.

(1:18-32)

El Apóstol explica que en principio cada hombre, incluso el no preparado especialmente en la ley Divina, tiene instintivamente la conciencia que Dios existe, que hay un mundo espiritual, que algunas acciones son correctas y otras pecaminosas. Esta religiosidad innata, tiene su origen en que Dios inscribió Su ley en el alma de cada hombre y en que se manifiesta a través de la voz de su conciencia. Según el plan del Creador todos los hombres deberían tender naturalmente hacia el bien. Sin embargo en la práctica sucede que la mayoría de los hombres pecan, ignorando la voz de la conciencia. Dándole la espalda a su Creador, los hombres se perdieron entre distintas supersticiones y se dedicaron a buscar bajos placeres.

Por eso:

Porque la ira de Dios se revela desde el cielo contra toda impiedad e injusticia de los hombres que detienen con injusticia la verdad; porque lo que de Dios se conoce les es manifiesto, pues Dios se lo manifestó. Porque las cosas invisibles de él, su eterno poder y deidad, se hacen claramente visibles desde la creación del mundo, siendo entendidas por medio de las cosas hechas, de modo que no tienen excusa. Pues habiendo conocido a Dios, no le glorificaron como a Dios, ni le dieron gracias, sino que se envanecieron en sus razonamientos, y su necio corazón fue entenebrecido. Profesando ser sabios, se hicieron necios, y cambiaron la gloria del Dios incorruptible en semejanza de imagen de hombre corruptible, de aves, de cuadrúpedos y de reptiles. Por lo cual también Dios los entregó a la inmundicia, en las concupiscencias de sus corazones, de modo que deshonraron entre sí sus propios cuerpos, ya que cambiaron la verdad de Dios por la mentira, honrando y dando culto a las criaturas antes que al Creador, el cual es bendito por los siglos. Amén. (1:18-25).

Por esto Dios los entregó a pasiones vergonzosas; pues aun sus mujeres cambiaron el uso natural por el que es contra naturaleza, y de igual modo también los hombres, dejando el uso natural de la mujer, se encendieron en su lascivia unos con otros, cometiendo hechos vergonzosos hombres con hombres, y recibiendo en sí mismos la retribución debida a su extravío. Y como ellos no aprobaron tener en cuenta a Dios, Dios los entregó a una mente reprobada, para hacer cosas que no convienen; estando atestados de toda injusticia, fornicación, perversidad, avaricia, maldad; llenos de envidia, homicidios, contiendas, engaños y malignidades; murmuradores, detractores, aborrecedores de Dios, injuriosos, soberbios, altivos, inventores de males, desobedientes a los padres, necios, desleales, sin afecto natural, implacables, sin misericordia (1:26-31).

Ellos habiendo entendido el juicio de Dios, que los que practican tales cosas son dignos de muerte, no sólo las hacen, sino que también se complacen con los que las practican (1:32).

En principio todos los hombres son capaces de conocer al Creador y creer correctamente en Él. Observando la maravillosa organización, la grandeza, la armonía y la belleza de la naturaleza todos podrían llegar a concluir sobre la omnipotencia, sabiduría y generosidad de su Creador. Pues también en la vida cotidiana los hombres juzgan el arte de un maestro por la calidad de sus obras. Pero los paganos, en lugar de tratar de conocer a Dios y agradecerle, se dedicaron a la vanidad. Persiguiendo sólo las metas terrenales y los placeres físicos llegaron a la insensatez de comenzar a deificar a las fuerzas de la naturaleza y a diferentes monstruos en lugar de reconocer al Creador. Del oscurecimiento mental se hundieron más profundamente en la descomposición moral.

Como un ejemplo de la extrema depravación de los paganos el Apóstol señala el pecado de la homosexualidad. El Apóstol explica que este pecado es particularmente repelente ya que es antinatural y es el resultado de una extrema disolución sexual. Profanando a sus cuerpos, los homosexuales cosechan castigos por su pasión, remordimientos, confusión interna e irritación. Esta condena del Apóstol a la homosexualidad es muy importante en la actualidad cuando algunos tratan de justificarla y de legalizarla, y los medios de información masiva le enseñan a la juventud a verla como algo completamente normal. Está mal cuando los hombres pecan pero es peor cuando tratan de justificar a su pecado. Entonces "se abre la ira de Dios desde el cielo, sobre toda indecencia y falsedad de los hombres, que inhiben a la verdad con la mentira."

Si de acuerdo al pensamiento recién mencionado del Apóstol Pablo, el modo de pensar incorrecto, empuja al hombre hacia las acciones pecaminosas, ¿no es consecuencia de este hecho, que el conocimiento de Dios y pensamientos buenos fomentan la salud moral? Por eso es tan importante ocuparse seriamente de la auto educación espiritual. Entonces la luz interior comenzará a iluminar nuestro camino a la vida y todo a nuestro alrededor (Mt 5: 14-16).

 

Dios es justo.

(2:1-16)

Habiendo mostrado lo pecaminoso de la sociedad pagana, el Apóstol se apresura en prevenir a los judíos de la tentación de juzgar. Él demuestra que el nivel de la culpa ante Dios de tal o cual hombre se mide no sólo por sus acciones sino también por las ventajas que le fueron otorgadas. En general los judíos conocían mejor los mandamientos Divinos, eran más morales que los paganos y esto les daba la ocasión de mirar a éstos últimos con desprecio. El Apóstol le dice a los judíos que las exigencias hacia ellos son más severas ya que Dios los acercó a Él, les dio Su Ley Divina, el templo, los servicios religiosos y las festividades, les envió a los profetas y hacía todo lo necesario para su perfeccionamiento moral. Los paganos, en cambio, quedaban dejados a sí mismos y no tenían ningún estímulo externo para llevar una vida justa. Sin embargo algunos paganos actuaban más moralmente que los judíos. Sin la ley externa se guiaban por la ley interna, la voz de la conciencia.

Por lo cual eres inexcusable, oh hombre, quienquiera que seas tú que juzgas; pues en lo que juzgas a otro, te condenas a ti mismo; porque tú que juzgas haces lo mismo. Mas sabemos que el juicio de Dios contra los que practican tales cosas es según verdad. ¿Y piensas esto, oh hombre, tú que juzgas a los que tal hacen, y haces lo mismo, que tú escaparás del juicio de Dios? ¿O menosprecias las riquezas de su benignidad, paciencia y longanimidad, ignorando que su benignidad te guía al arrepentimiento? Pero por tu dureza y por tu corazón no arrepentido, atesoras para ti mismo ira para el día de la ira y de la revelación del justo juicio de Dios, el cual pagará a cada uno conforme a sus obras: vida eterna a los que, perseverando en bien hacer, buscan gloria y honra e inmortalidad, pero ira y enojo a los que son contenciosos y no obedecen a la verdad, sino que obedecen a la injusticia (2:1-8).

Tribulación y angustia sobre todo ser humano que hace lo malo, el judío primeramente y también el griego, pero gloria y honra y paz a todo el que hace lo bueno, al judío primeramente y también al griego; porque no hay acepción de personas para con Dios. Porque todos los que sin ley han pecado, sin ley también perecerán; y todos los que bajo la ley han pecado, por la ley serán juzgados; porque no son los oidores de la ley los justos ante Dios, sino los hacedores de la ley serán justificados (2:9-13).

Porque cuando los gentiles que no tienen ley, hacen por naturaleza lo que es de la ley, éstos, aunque no tengan ley, son ley para sí mismos, mostrando la obra de la ley escrita en sus corazones, dando testimonio su conciencia, y acusándoles o defendiéndoles sus razonamientos, en el día en que Dios juzgará por Jesucristo los secretos de los hombres, conforme a mi evangelio (2:14-16).

Al crear al hombre, Dios inscribió en su corazón la ley moral, que a través de la voz de la conciencia le dice lo que es el bien y lo que es el mal. Si el hombre se quedara en su primitivo estado de inocencia, esta ley moral interna sería suficiente para guiar su vida. Pero al haber sido vulnerada por el pecado la conciencia moral de los hombres se oscureció. Entonces fue necesario para los hombres agregarle una ley escrita, a la ley interna, que les enseñara a actuar correctamente en forma más clara y concreta. Con ese fin Dios les dio a los hebreos los mandamientos escritos en las Sagradas Escrituras. En esencia estos mandamientos revelados por Dios le enseñan al hombre lo mismo que le induce la voz interior de la conciencia. Sin embargo, como los mandamientos expresan la voluntad Divina con mayor claridad, y muy concretamente, su incumplimiento es una vulneración imperdonable de la voluntad del Creador. Por eso a los judíos que no cumplían conscientemente la voluntad Divina les correspondía un castigo mayor que a los que pecaban por no saber.

Por otro lado los mandamientos Divinos les exigían mayor perfección moral y por consiguiente mayores esfuerzos a los judíos que progresaban en la vida justa, correspondiéndoles un premio mayor que el que deberían recibir los paganos que vivían según las tendencias del corazón, las cuales eran menos exigentes y más primitivas.

Tanto las recompensas como los castigos pueden ser internos como externos. Haciendo el bien o cumpliendo con su deber moral, el hombre siente una satisfacción interior, un particular apaciguamiento y alegría. Esta es su recompensa interior y la antesala a la vida bienaventurada que recibirá en el Reino del Cielo. De igual modo el hombre cosecha su castigo por el pecado primero en su interior, en el remordimiento de la conciencia y en el sentimiento de pesadez, confusión y congoja que acompañan toda violación a las normas establecidas por Dios. La violación voluntaria de los mandamientos escritos es un pecado mayor que el incumplimiento de los dictados de la conciencia y por eso conlleva un sufrimiento interior mayor. El pecador recibirá el castigo completo por sus pecados después del Juicio Final de Dios. Si en esta vida temporal la justicia es vulnerada a menudo, en la vida futura triunfará plenamente y cada uno recibirá según sus acciones. El Apóstol expresa esta idea con las palabras que repite varias veces: "Dios no tiene parcialidad..."

En el capítulo 2° de la epístola que estamos considerando encontramos pensamientos muy valiosos sobre la salvación. Algunos hombres piensan que se salvarán sólo los que pertenecen a su fe, y todos los restantes, errados, irán a la perdición. Por ejemplo los católicos piensan que sólo se salvarán católicos, los bautistas que sólo los bautistas... Para entender esa cuestión, hay que tomar en cuenta que la salvación comprendida como la liberación de la condena eterna, no es lo mismo que los grados de bienaventuranza en el Paraíso. La fe correcta y los dones de gracia otorgados en la Iglesia verdadera le dan la posibilidad al cristiano de alcanzar una alta perfección espiritual y por eso mismo una mayor cercanía a Dios, y por consiguiente, un mayor gozo. En lo que se refiere a la salvación, como la liberación de los sufrimientos en el infierno, vemos en la enseñanza del Apóstol Pablo que pueden ser salvados incluso los paganos, que a pesar de no poseer una clara comprensión de Dios, actuaban como les dictaba la conciencia "Cuando los paganos, que no tienen la ley, naturalmente actúan legalmente, entonces no teniendo la ley, ellos son la ley para si mismos: ellos muestran que la ley está escrita en sus corazones. Sobre todo esto atestigua la conciencia y los pensamientos, que acusan ó absuelven una a otros" (2:14-15).

Cuando el hombre actúa correctamente la voz de la conciencia y sus pensamientos lo aprueban. Cuando en cambio el hombre actúa incorrectamente su conciencia lo recrimina. Y todos los esfuerzos de justificarse por las circunstancias, la lógica de la acción o la debilidad no pueden convencer a su conciencia u obligar a callarla. Es verdad que cuando los pecados se repiten la conciencia del hombre se torna más obtusa y se calla. Por eso puede parecer que algunos criminales carecen de conciencia, mas en realidad la tienen, pero en un estado muy apagado.

En el Juicio Final, cuando Dios haga visible el estado interno de todos los hombres, la conciencia liberada de cada uno reprochará con nueva fuerza por los siglos de los siglos. Aparentemente el Apóstol Pablo tiene en cuenta esta revelación de la conciencia en el Juicio Final cuando dice: "esto será el día cuando... Dios juzgará las acciones secretas de los hombres" (2: 16).

 

El pecado de los judíos.

(2:17--3:8)

En sus epístolas el Apóstol Pablo divide la humanidad en judíos y helenos, bajo cuyo nombre reúne a todos los no judíos. Esta subdivisión de la humanidad en dos categorías se justifica por la situación especial del pueblo hebreo entre los otros pueblos en los tiempos del Antiguo Testamento. Así como los hombres difieren uno del otro por sus cualidades específicas y sus talentos también los pueblos se diferencian entre sí por sus particularidades nacionales. Unos, p. Ej. se destacan por su disciplina y marcialidad, otros por su bondad y su hospitalidad, unos terceros por su amor a la música y su romanticismo, otros por su inclinación a la filosofía y a las ciencias exactas etc. Algunos pueblos formaban imperios e incidían en los destinos de los pueblos vecinos, otros en cambio pasaron por la historia imperceptiblemente y desaparecieron sin dejar rastro.

El pueblo hebreo desde siempre se distinguía por su particular religiosidad. Posiblemente a causa de su especial e innata sensibilidad espiritual, el Señor destacó a ese pueblo y lo predestinó a ser el instrumento de la salvación de otros pueblos. Mientras los pueblos vecinos paganos mencionados en el Génesis y en otros libros históricos de la Biblia se hundían en supersticiones y diferentes indecencias, los hebreos veneraban a un único y verdadero Dios, Creador del cielo y de la tierra. Del pueblo hebreo salieron grandes hombres justos del Antiguo Testamento como Abraham, el profeta Moisés, el rey David y los profetas Elías, Isaías y Daniel. Precisamente estos justos prepararon el medio espiritual para la llegada de Cristo Salvador al mundo. De en medio de pueblo hebreo provinieron también la Madre de Cristo, la Santísima Virgen María, el profeta Juan el Bautista, los Apóstoles, los primeros predicadores del Evangelio, los primeros Mártires y los primeros Santos. No hay duda que Dios le encomendó al pueblo hebreo la misión de regenerar moralmente la humanidad.

Pero por supuesto, cada hombre representa un mundo propio y a veces uno muy complejo. Cada hombre es libre de dirigir sus talentos hacia el bien o hacia el mal, desarrollarlos o "enterrarlos." En una misma familia un hijo puede resultar un científico genial y su hermano un inútil holgazán. Así también en el pueblo hebreo, al lado de grandes justos, había hipócritas, criminales e incluso los que luchaban contra Dios. A lo largo de toda la historia los profetas les recordaban incansablemente a sus conciudadanos su alto llamado espiritual y les exigían que vivieran en forma justa. Pero muchos hebreos tomaron su misión como una elección incondicional, ignorando sus obligaciones morales y su responsabilidad ante Dios. De ahí en muchos de ellos surgió una ensalzada opinión sobre sí mismos y un desprecio hacia otros pueblos "impuros." El Apóstol Pablo expresa varias veces el pensamiento (en ésta y otras epístolas) que cuando la fe y la vida justa están ausentes, las ventajas externas no sólo no aseguran la recompensa de Dios sino que, por el contrario, atraen Su justa ira. El Apóstol escribe:

He aquí, tú tienes el sobrenombre de judío, y te apoyas en la ley, y te glorías en Dios, y conoces su voluntad, e instruido por la ley apruebas lo mejor, y confías en que eres guía de los ciegos, luz de los que están en tinieblas, instructor de los indoctos, maestro de niños, que tienes en la ley la forma de la ciencia y de la verdad. Tú, pues, que enseñas a otro, ¿no te enseñas a ti mismo? Tú que predicas que no se ha de hurtar, ¿hurtas? Tú que dices que no se ha de adulterar, ¿adulteras? Tú que abominas de los ídolos, ¿cometes sacrilegio? Tú que te jactas de la ley, ¿con infracción de la ley deshonras a Dios? Porque como está escrito, el nombre de Dios es blasfemado entre los gentiles por causa de vosotros (Is 52:5; Rm. 2:17-24; Ez 36:20).

Acusar tan severamente a los judíos, sólo podía ser por alguien, que por ser judío entendiera perfectamente sus puntos de vista y sus costumbres. En general los hebreos eran más moralistas que otros pueblos de aquel tiempo. No se permitían llegar a la depravación sexual que alcanzaban los romanos paganos, pero veían con indulgencia algunas fallas morales como la avaricia, la codicia, la presunción, la hipocresía y el orgullo, justificándose con su cumplimiento estricto de las ceremonias indicadas por la ley. Nuestro Señor Jesucristo condenó severamente la presunción de los líderes del pueblo hebreo en Su sermón citado por el Evangelista Mateo en el capítulo 23 de su Evangelio. El signo externo de la pertenencia a la religión judía era la circuncisión. El Apóstol escribe:

Pues en verdad la circuncisión aprovecha, si guardas la ley; pero si eres trasgresor de la ley, tu circuncisión viene a ser in circuncisión. Si, pues, el incircunciso guardare las ordenanzas de la ley, ¿no será tenida su in circuncisión como circuncisión? Y el que físicamente es incircunciso, pero guarda perfectamente la ley, te condenará a ti, que con la letra de la ley y con la circuncisión eres trasgresor de la ley. Pues no es judío el que lo es exteriormente, ni es la circuncisión la que se hace exteriormente en la carne; sino que es judío el que lo es en lo interior, y la circuncisión es la del corazón, en espíritu, no en letra; la alabanza del cual no viene de los hombres, sino de Dios (2:25-29).

La circuncisión, la eliminación en los niños varones de la porción extrema de su órgano masculino, se practicaba en la antigüedad en varios pueblos. Se sabe que le practicaban los egipcios antiguos, algunos pueblos semíticos (los árabes hasta el tiempo de Mahoma y otros) y también algunas tribus africanas. Unos explicaban la utilidad de la circuncisión por razones de higiene y otros para aumentar la fertilidad o simplemente por tradición. Entre los hebreos la circuncisión recibió un carácter religioso y comenzó en los tiempos de Abraham (2000 a.C., Gn 17:9-27). Desde el punto de vista formal la circuncisión servía como testimonio o signo de unión con Dios. Pero los profetas explicaban que la unión con Dios está condicionada no solo por la eliminación de una porción del cuerpo sino también por la "circuncisión" del corazón o sea, por la inhibición en el corazón de los deseos pecaminosos (Ez 44:7). Como el Sacramento del Bautismo sustituyó la circuncisión, los Apóstoles en el Concilio de Jerusalén aceptaron como no obligatoria la circuncisión para los cristianos (Hch 15:28-19; Ga 5:6 ; 6:15; Col 2:11). Sin embargo, los cristianos de origen hebreo, en su deseo de conservar sus antiguas costumbres, seguían circuncidando a los varones recién nacidos. El Apóstol Pablo les recuerda que la ceremonia es inútil cuando se vulnera lo que ella simboliza.

Más adelante el Apóstol aclara que al condenar las faltas de los hebreos él no trata de rebajar la religión que les fue dada por Dios. Las Sagradas Escrituras enseñaban a los hebreos a creer correctamente y a vivir en forma justa y con eso les daban ventajas sobre los otros pueblos que permanecían en la oscuridad de la ignorancia. Pero la mayoría de los hebreos no supieron aprovechar la predilección de la que fueron objeto.

¿Qué ventaja tiene, pues, el judío? ¿O de qué aprovecha la circuncisión? Mucho, en todas maneras. Primero, ciertamente, que les (a los judíos) ha sido confiada la palabra de Dios. ¿Pues qué, si algunos de ellos han sido incrédulos? ¿Su incredulidad habrá hecho nula la fidelidad de Dios? De ninguna manera; antes bien sea Dios veraz, y todo hombre (puede ser) mentiroso; como está escrito: Para que seas justificado en tus palabras, y venzas cuando fueres juzgado (Sal 50:6). Y si nuestra injusticia hace resaltar la justicia de Dios, ¿qué diremos? ¿Será injusto Dios que da castigo? (hablo como hombre.) En ninguna manera; de otro modo, ¿cómo juzgaría Dios al mundo? Pero si por mi mentira la verdad de Dios abundó para su gloria, ¿por qué aún soy juzgado como pecador? ¿Y por qué no decir (como se nos calumnia, y como algunos, cuya condenación es justa, afirma que nosotros decimos): ¿Hagamos males para que vengan bienes? (3:1- 8).

El pensamiento básico de este texto es que Dios no reniega de Sus promesas. A pesar de que los hebreos quebraron su unión con Dios y no justificaron su misión, el Omnisapiente Señor encontró otro camino para salvar a la humanidad. A pesar de que la intervención divina da buenos resultados, esto no libera a los pecadores de su responsabilidad por la terquedad y la mala voluntad. El buen resultado se dio no gracias a ellos, sino a pesar de ellos.

Conclusión: todos son culpables.

(3:9-20)

Flagelando la presunción de los judíos el Apóstol escribe:

¿Qué, pues? ¿Somos nosotros (judios) mejores que ellos (genriles)? En ninguna manera; pues ya hemos acusado a judíos y a gentiles, que todos están bajo pecado. Como está escrito: No hay justo, ni aun uno; No hay quien entienda. No hay quien busque a Dios. Todos se desviaron, a una se hicieron inútiles; No hay quien haga lo bueno (Sal 14:1-3; 53:1-3), no hay ni siquiera uno. Sepulcro abierto es su garganta; Con su lengua engañan. Veneno de áspides hay debajo de sus labios (Sal 5: 9; 140:3); Su boca está llena de maldición y de amargura (Sal 10:7). Sus pies se apresuran para derramar sangre; Quebranto y desventura hay en sus caminos; Y no conocieron camino de paz (Proverb. 1:16; Is. 59:7-8). No hay temor de Dios delante de sus ojos (Sal 36:1). Pero sabemos que todo lo que la ley dice, lo dice a los que están bajo la ley, para que toda boca se cierre y todo el mundo quede bajo el juicio de Dios; ya que por las obras de la ley ningún ser humano será justificado delante de él; porque por medio de la ley es el conocimiento del pecado (Rm 3:9-20).

Los hebreos relacionaban estas acusaciones no a sí mismos sino a los paganos. Ellos se consideraban justos por provenir de Abraham y cumplir con las ceremonias de la ley. El Apóstol les demuestra a los hebreos, que ellos también son pecadores porque los profetas no recriminaban a los paganos sino precisamente a ellos, a los judíos. Los mandamientos Divinos son hermosos cuando el hombre se guía por ellos. Pero cuando alguien los vulnera conscientemente, el conocimiento solo aumenta su responsabilidad.

 

La salvación sólo en Cristo.

(3:21; 5:21)

Habiendo demostrado que todos los hombres son pecadores y que ni la pertenencia al pueblo hebreo, ni el conocimiento de la ley, ni el cumplimiento de las ceremonias pueden justificar al pecador ante Dios, el Apóstol Pablo pasa al tema más importante de su epístola: la salvación se puede obtener sólo en nuestro Señor Jesucristo.

Lo imprescindible de la fe.

(3:21-31)

En la exposición de la enseñanza cristiana sobre la salvación de los hombres el Apóstol Pablo usa los conceptos y la terminología acostumbrada de sus contemporáneos. En aquellos tiempos tanto entre los judíos como entre los romanos se formaron nítidos conceptos jurídicos. Términos tales como: ley, verdad, culpabilidad, rescate, absolución y otros semejantes, eran comprensibles y habituales para todos. Desde el punto de vista jurídico – formal -, todos los hombres, en la medida en que vulneraron la ley Divina, eran culpables y les correspondía un castigo... Los paganos vulneraban la ley innata y los hebreos además, la ley escrita y revelada por Dios.

Pero, ¿cómo justificarse ante Dios cuando ni el parentesco con Abraham, ni la circuncisión, ni siquiera el cumplimiento de la ley ayudan? El Apóstol explica que el Señor misericordioso, viendo a los hombres sin ayuda, se apiadó de ellos y en forma inesperada y milagrosa les dio la salvación en Cristo. El Apóstol dedica la mayor parte de su epístola a la explicación de esa tesis principal. El Apóstol denomina a la salvación que el Señor le propuso a los hombres como la verdad o la justificación, cercanas a los conceptos fijados en la sociedad en aquel entonces. El Apóstol escribe:

Pero ahora, aparte de la ley, se ha manifestado la justicia de Dios, testificada por la ley y por los profetas; la justicia de Dios por medio de la fe en Jesucristo, para todos los que creen en él. Porque no hay diferencia, por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios, siendo justificados (ahora) gratuitamente por su gracia, mediante la redención que es en Cristo Jesús, a quien Dios puso como propiciación por medio de la fe en su sangre, para manifestar su justicia, a causa de haber pasado por alto, en su paciencia, los pecados pasados, con la mira de manifestar en este tiempo su justicia, a fin de que él sea el justo, y el que justifica al que es de la fe de Jesús (3:21-26).

¿Dónde, pues, está la jactancia? Queda excluida. ¿Por cuál ley? ¿Por la de las obras? No, sino por la ley de la fe. Concluimos, pues, que el hombre es justificado por fe sin las obras de la ley. ¿Es Dios solamente Dios de los judíos? ¿No es también Dios de los gentiles? Ciertamente, también de los gentiles. Porque Dios es uno, y él justificará por la fe a los de la circuncisión, y por medio de la fe a los de la in circuncisión. ¿Luego por la fe invalidamos la ley? En ninguna manera, sino que confirmamos la ley (3:27-31).

En otras palabras, la justicia exigía que Dios, como un Juez justo, castigue a todos los pecadores. Pero Dios, viendo que los hombres estaban indefensos moralmente, durante todo el período precristiano, contenía Su justa ira y les preparaba a los hombres, la salvación a través de Su Hijo Unigénito. Los profetas del Antiguo Testamento con sus profecías sobre el Mesías - Redentor, colocaban la base en el pueblo hebreo para la fe en Él. Como los hombres no eran capaces de redimir su culpa ante Dios, el Hijo de Dios voluntariamente tomó sobre Si la culpa de toda la humanidad pecadora y Se entregó como víctima, alejando de los hombres el castigo merecido. A este inconcebible misterio de la justicia Divina e infinita misericordia, el Apóstol lo explica en términos algo formales y jurídicos. Aquí hay que tomar en cuenta que la esencia del sacrificio redentor de Cristo es un misterio incomprensible, incluso para los Ángeles (1 P 1:12; Ap 5:5). Por tal razón no hay terminología que pueda explicarla totalmente. Este misterio se percibe más desde el corazón que a través de la mente.

Por cuanto la redención cumplida por el Señor Jesucristo fue plena y completa, Dios no exige de los pecadores para su absolución, ningún trabajo externo y formal. La única condición para la absolución es que el hombre crea en Cristo, como Salvador enviado por Dios. La fe es la condición mínima y al mismo tiempo es absolutamente necesaria para la absolución de los pecados.

Nota: Hablando de la necesidad de la fe, el Apóstol Pablo entiende bajo ese término no solamente un reconocimiento abstracto y teórico de determinadas verdades de la religión sino el consentimiento voluntario de someterse a Dios. En otras palabras, la fe contiene un elemento activo de determinadas actividades positivas, y en todas aquellas partes de las Sagradas Escrituras, en las que se habla de la fe salvadora, siempre encontramos determinados actos. Aún en nuestra vida cotidiana, los ingenieros no son apreciados tanto por sus conocimientos teóricos como por su capacidad de aplicar esos conocimientos en la práctica. De igual manera Dios espera de nosotros no una fe abstracta sino una fe viva y activa. Es interesante notar que el mero conocimiento de la verdad religiosa sin un modo de vida consecuente no solamente no beneficia al hombre sino que le infiere una condenación aún mayor; como dijo Cristo, "Ese siervo que conocía la voluntad de su señor, y no se preparó, ni obró de acuerdo con su voluntad, será golpeado con muchos látigos" (Lc 12:47; Cf. Rm 2:13).

Los hebreos en vano se preciaban de sus ventajas externas y acciones ceremoniales de la ley. En realidad ellos, por ser incumplidores conscientes de los mandamientos Divinos, necesitaban mucho más de la misericordia Divina y del perdón que a los paganos que desprecian. Y como todos los hombres sin excepción son culpables, después de la hazaña en la cruz del Señor Jesucristo, Dios salva a todos los pecadores con un único medio: la fe. El Apóstol explica que la fe no anula la parte religioso-moral de las Sagradas Escrituras. La ley Divina sigue siendo necesaria ya que enseña la vida piadosa y la devoción, pero la ley sola es fría y formal, guía pero no fortalece al caminante. En cambio la fe enciende y da fuerzas.

 

Nota 1. La palabra redención usada en las Sagradas Escrituras está vinculada con una serie de conceptos: el pago de la deuda, rescate de un cautivo o la adquisición de algo con ciertas condiciones. En el sentido espiritual la palabra redención es cercana por su sentido a la palabra salvación. En el tiempo del profeta Moisés, Dios redimió (o liberó) al pueblo hebreo de la esclavitud egipcia. Siendo liberados de sus anteriores cautivadores, desde entonces los hebreos se convirtieron en propiedad de Dios — su Salvador (Ex. 12:27; 14:13; Is 63:9). El precio simbólico del rescate de los hebreos de la esclavitud era la sangre del cordero sacrificado, con la que los hebreos debían pintar los dinteles de sus puertas. Así se originó la festividad de Pascua del en el Antiguo Testamento, en la cual los hebreos debían cada año sacrificar a Dios un cordero puro. Este cordero pascual era la protoimagen de nuestro Señor Jesucristo, Cordero de Dios, Quién vertió Su Purísima Sangre en la cruz. Con esto nos salvó de la esclavitud del diablo y nos adquirió para Dios pero no como esclavos sino como hijos por la Gracia Divina. Los hebreos del Antiguo Testamento tomaron firmemente el concepto de la necesidad de la redención para quitarse la culpa. Las Sagradas Escrituras enseñaban que todo pecado debe ser redimido por un sacrificio sangriento. Para purificarse de sus pecados ellos sacrificaban a Dios distintos animales. Como explica el Apóstol Pablo en su epístola a los hebreos, estos sacrificios por si solos no tenían ninguna fuerza purificadora, que efectivamente recibirían por el futuro Sacrificio del Señor Jesucristo. Así los sacrificios del Antiguo Testamento servían para los hebreos como protoimagen (símbolo)de los sufrimientos en la cruz del Salvador del mundo. Sobre el valor redentor del sacrificio universal del Mesías que predijo el profeta Isaías, se encuentra en el capítulo 53 de su libro.

Nota 2. Bajo la palabra ley, el Apóstol Pablo entiende la Torá. O sea los 5 primeros libros de la Biblia escritos por el profeta Moisés (Génesis, Éxodo, Levítico, Números y Deuteronomio). Desde el principio la Torá fue el código cívico - religioso del pueblo hebreo. Esta ley contiene, junto con las normas morales (los mandamientos de Dios), una gran cantidad de reglas prácticas, que ordenan la vida civil y familiar. Comprende las reglas sobre distintas ceremonias, la observación del sábado y de las festividades, decisiones sobre los sacrificios, la comida pura e impura, leyes de matrimonio y divorcio, reglas de higiene etc. Con el tiempo a estas reglas se le adicionaron indicaciones complementarias que también recibieron el status de obligatorias. Estas indicaciones externas, que dificultaban ver la parte moral y espiritual de la ley, resultaron un peso excesivo para el pueblo hebreo que no podía cumplirlas exactamente (Mat 23:4; Hch 15:2; Ga 2:4). Los letrados eruditos judíos elaboraron una original casuística, con cuya ayuda se podía obviar fácilmente las exigencias de las leyes, y no sólo las reglas ceremoniales sino también las morales. El Apóstol Pablo les demuestra aquí a los judíos que su esperanza de justificarse con ceremonias externas es solo un autoengaño. Ante el juicio Divino ellos son más pecadores que los paganos porque conscientemente no cumplen los mandamientos de Dios.

El lector debe entender claramente que cuando el Apóstol Pablo habla de supresión de las obras de la ley o simplemente de la ley tiene en cuenta su parte ceremonial y formal y no a los mandamientos Divinos. Estos no solo no se suprimen en el cristianismo sino que se elevan a una mayor altura. En general la palabra acción necesita aclaración. Hay p. Ej. acciones malas, acciones de la ley y acciones buenas, y todos estos son conceptos diferentes. Las acciones buenas es la exteriorización natural de la fe y el amor. Un cristiano sin acciones buenas es lo mismo que un árbol sin frutos.

Nota 3. Como se ve en el contexto de su prédica, el Apóstol Pablo bajo el término fe entiende no una aceptación mental de ciertas verdades religiosas conocidas, sino un completo viraje hacia Dios. La fe verdadera debe ser viva y activa. Una fe así debe incluir un sentimiento de culpabilidad ante Dios, un profundo arrepentimiento, un deseo sincero de vivir de ahora en adelante para la gloria Divina y el bien común. Una fe con estas características se encuentra unida con profundas modificaciones internas. Para los hebreos, que crecieron en la atmósfera legalista de la ley del Antiguo Testamento, la importancia de la fe les era incomprensible. Ellos se acostumbraron a ver la religión muy formalmente: si provienes de Abraham y estás circunciso significa que fuiste elegido y automáticamente estás justificado ante Dios. Cuántas más acciones de la ley realices, más bienes recibirás de Dios. Su mentalidad era casi mercantil. El Apóstol demuestra que un concepto tal de la religión no tiene sostén en las Sagradas Escrituras. El hombre recibe la absolución de Dios no por las obras de la ley, no por causas externas y formales sino por la misericordia Divina. La fe hace real este cambio interior tan necesario que coloca al hombre en el camino correcto. La fe hace al hombre obediente a Dios y sensible a los dones Divinos.

Para convencer a los hebreos de la ventaja de la fe sobre las obras de la ley el Apóstol Pablo dedica el capítulo 4° de su Epístola a los romanos poniendo como ejemplo la fe de Abraham.

Abraham, el progenitor de linaje de los creyentes.

(4:1-25)

Abraham, el progenitor de los hebreos, árabes y algunos otros pueblos semíticos, es uno de los grandes justos de los tiempos del Antiguo Testamento. Vivió 2000 años a.C., en tiempos que la mayoría de los pueblos comenzó a olvidar al Dios verdadero y venerar a distintos falsos dioses. La idolatría se puso "de moda" y comenzó a enriquecerse con suntuosos rituales, entrando cada vez más profundamente en la vida privada y social del Oriente Medio. La tentación de la idolatría era tan fuerte que hasta los parientes de Abraham, que en aquel tiempo vivían en Ur de Caldea (entrada del Golfo Pérsico) comenzaron a inclinarse hacia ella. Para conservar en la humanidad la fe verdadera, aunque sea en un único pueblo, Dios se le aparece a Abraham y le ordena dejar a su tribu y mudarse a un país completamente extraño para él — la tierra de Canaán (futuro Israel).

Abraham, ya en edad madura, obedeció a Dios y dejando a sus parientes y bienes, se mudó junto con su esposa Sara y su sobrino Lot a Canaán, donde comenzó a llevar una vida nómada. La vida y hazañas de Abraham están descritas en Génesis (11:27; 25:11). Los que tuvieron que dejar a su patria y vivir como refugiados en distintos países son capaces de entender las dificultades que tuvo que sufrir Abraham. Su hazaña fue particularmente grande ya que en aquel tiempo no existían caminos, hoteles, restaurantes, leyes civiles, ni los defensores del orden ni las sociedades humanitarias. Lo único que aseguraba cierto orden y bienestar era que los hombres vivieran en grandes familias, en las que cada miembro sostenía y defendía al otro. Separarse de su familia y caer entre extranjeros era muy arriesgado. Con su total obediencia a Dios Abraham mostró una gran fe.

La vida de Abraham en el país extraño, entre gente de lengua desconocida, extrañas costumbres y modos de ser, era muy difícil y triste. Algunas tribus cananéas como p. Ej. los habitantes de Sodoma y Gomorra, mostraban tal descomposición moral, que el Señor los destruyó con el fuego. Varias veces príncipes paganos aprovechaban la falta de defensa de Abraham para sacarle su bella esposa Sara. Numerosas veces la vida de Abraham estuvo en peligro. Pero en los momentos más difíciles Dios ayudaba a Abraham y todo terminaba bien. Así Dios cumplió Su promesa de ayudar en todo a Abraham.

Pero Dios demoraba con Su principal promesa, la de darle un hijo heredero a Abraham. Ya había pasado un cuarto de siglo desde que Abraham se había establecido en Canaán pero Sara no había podido concebir porque por naturaleza era infértil. Durante ese tiempo Abraham acumuló grandes rebaños de ovejas y otros animales, teniendo importantes bienes los cuales podían pasar a manos extrañas. Abraham ya tenía 75 años cuando una noche muy apesadumbrado salió a caminar. Inesperadamente se le apareció Dios y le dijo "Mira el cielo y cuenta las estrellas... Tantos descendientes tendrás." Y a continuación el libro de Génesis cita estas destacadas palabras como ejemplo para los hebreos: "Abraham creyó al Señor y Él valoró esto como una virtud" (Gn 15:5-6). Según la lógica humana era completamente imposible que la estéril Sara tuviera un hijo. Si no pudo concebir en su juventud, menos aún podría en la vejez. Pero Abraham no dudó ante esta promesa y Dios lo valoró como un mérito.

Sin embargo Dios siguió probando la fe de Abraham un cuarto de siglo más y no le mandaba hijos a Sara. Abraham ya tenía 99 años cuando Dios se le presentó en la forma de tres Ángeles (o peregrinos, Gn 17) y reafirmó Su promesa acerca del nacimiento del hijo de Sara. Aquí el Señor hizo un pacto (unión) con Abraham y en señal de ese pacto ordenó que todos sus descendientes sean circuncidados. En efecto, pronto y contra todas las leyes de la maternidad Sara concibió y en tiempo señalado dio a luz a un hijo, que llamaron Isaac. La alegría era indescriptible: ¡la fe venció a las leyes naturales!

El Apóstol Pablo en su Epístola a los Romanos pasa por alto muchos detalles de este aconteci miento bien conocido por los hebreos y se detiene en la explicación de la cuestión principal: Abraham se demostró virtuoso no por la circuncisión o el cumplimiento de las ceremonias sino por su fe.

¿Qué, pues, diremos que halló Abraham, nuestro padre según la carne? Porque si Abraham fue justificado por las obras, tiene de qué gloriarse, pero no para con Dios. Porque ¿qué dice la Escritura? Creyó Abraham a Dios, y le fue contado por justicia (Gn 15:6). Pero al que obra, no se le cuenta el salario como gracia, sino como deuda; mas al que no obra, sino cree en aquel que justifica al impío, su fe le es contada por justicia. Como también David habla de la bienaventuranza del hombre a quien Dios atribuye justicia sin obras, diciendo: Bienaventurados aquellos cuyas iniquidades son perdonadas, Y cuyos pecados son cubiertos. Bienaventurado el varón a quien el Señor no inculpa de pecado (Sal 32:1-2). ¿Es, pues, esta bienaventuranza solamente para los de la circuncisión, o también para los de la in circuncisión? Porque decimos que a Abraham le fue contada la fe por justicia (Rm 4:1-9).

¿Cómo, pues, le fue contada? ¿Estando en la circuncisión, o en la in circuncisión? No en la circuncisión, sino en la in circuncisión. Y recibió la circuncisión como señal, como sello de la justicia de la fe que tuvo estando aún incircunciso; para que fuese padre de todos los creyentes no circuncidados, a fin de que también a ellos la fe les sea contada por justicia; y padre de la circuncisión, para los que no solamente son de la circuncisión, sino que también siguen las pisadas de la fe que tuvo nuestro padre Abraham antes de ser circuncidado. Porque no por la ley fue dada a Abraham o a su descendencia la promesa de que sería heredero del mundo, sino por la justicia de la fe (Gn 15:6; 17:4). Porque si los que son de la ley son los herederos, vana resulta la fe, y anulada la promesa. Pues la ley produce ira; pero donde no hay ley, tampoco hay trasgresión (Rm 4:10-15).

Los hebreos veían su ventaja en la descendencia y origen de Abraham. El Apóstol Pablo explica que además de un parentesco físico hay uno espiritual, que es más importante. A los hombres, los acercan más las cualidades espirituales que las físicas. A pesar de que los hebreos tenían su origen en Abraham, muchos de ellos estaban completamente apartados de él espiritualmente ya que se negaban a tener fe y hasta eran contrarios a Dios. En cambio los paganos sin vínculos de parentesco con Abraham, se tornaban sus herederos espirituales gracias a la fe. En esto se cumple plenamente la promesa Divina: que de Abraham se iban a originar muchos pueblos. Estos no serán tanto los descendientes físicos como los espirituales (ver el mismo pensamiento en Gal. 3:7). A este parentesco espiritual se refería el Señor Jesucristo cuando le dijo a los hebreos respecto a la fe del centurión romano: "Muchos vendrán del este y oeste y se recostarán con Abraham, Isaac y Jacobo en el Reino de los Cielos, mientras que los hijos del Reino (hebreos — los descendientes físicos), serán echados a las tinieblas externas. Allí habrá lágrimas y rechinar de los dientes" (Mt. 8:11-12).

El Apóstol Pablo menciona más adelante un ejemplo todavía más extraordinario de la fe de Abraham, cuando Dios le exigió que sacrificara a su hijo Isaac. Este emocionante caso está descrito en el capítulo 22 del Génesis. Isaac tenía entonces unos 12 años. Los sacrificios humanos no se conocían en la religión hebrea. Los realizaban algunos pueblos paganos sólo en los períodos de mayor decadencia de sus creencias religiosas. Sin tomar en cuenta la terrible extrañeza y la tragedia personal de esta orden, Abraham obedeció a Dios. Le hizo llevar a su hijo un atado de leña para el sacrificio y comenzó a subir a la cima de la colina de Mória. Según la tradición en ese mismo lugar crucificaron más tarde al Señor Jesucristo. Cuando alcanzaron la cima Isaac, que no sospechaba nada, le preguntó a su padre: "He aquí el fuego y la leña, ¿dónde está, el cordero para el sacrificio?" Conteniendo las lágrimas, Abraham contestó: "Dios encontrará para Sí, el cordero para el sacrificio, hijo mío." Recién cuando Abraham levanta el cuchillo para matar a Isaac, Dios a través de Su Ángel retuvo a Abraham de sacrificar a quien tan ardientemente amaba y por el que pidió tantos años. Y entonces el Señor le dijo a Abraham: "Juro por Mí, — dijo el Señor — que como tú hiciste eso, y no escatimaste a tú único hijo, Yo bendiciéndote, bendeciré, y multiplicando, multiplicaré a tu semilla como estrellas en el cielo y arena en el borde del mar y serán bendecidos de tu Semilla (tu Descendiente, o sea Cristo, Ga 3:16) todos los pueblos de la tierra, porque tu obedeciste a Mi voz." De este acontecimiento, el apóstol saca la conclusión:

Por tanto, es por fe, para que sea por gracia, a fin de que la promesa sea firme para toda su descendencia; no solamente para la que es de la ley, sino también para la que es de la fe de Abraham, el cual es padre de todos nosotros (como está escrito: Te he puesto por padre de muchas gentes /Gn 17:5/) delante de Dios, a quien creyó, el cual da vida a los muertos, y llama las cosas que no son, como si fuesen. Él creyó en esperanza contra esperanza, para llegar a ser padre de muchas gentes, conforme a lo que se le había dicho: Así será tu descendencia (Rm 4:16-18; Gn 15:5).

Y no se debilitó en la fe al considerar su cuerpo, que estaba ya como muerto (siendo de casi cien años), o la esterilidad de la matriz de Sara. Tampoco dudó, por incredulidad, de la promesa de Dios, sino que se fortaleció en fe, dando gloria a Dios, plenamente convencido de que era también poderoso para hacer todo lo que había prometido; por lo cual también su fe le fue contada por justicia (4:19-22).

Y no solamente con respecto a él se escribió que le fue contada, sino también con respecto a nosotros a quienes ha de ser contada, esto es, a los que creemos en el que levantó de los muertos a Jesús, Señor nuestro, el cual fue entregado por nuestras transgresiones, y resucitado para nuestra justificación (4:23-25).

Aquí el Apóstol explica que preparándose a cumplir la orden Divina, Abraham creía que Dios cumpliría Su promesa sobre la descendencia y haría resucitar de los muertos a Isaac. Aquella era una fe tan fuerte que incluso puede servir de ejemplo en tiempos de Nuevo Testamento.

El Apóstol aclara que escribe todo esto con el fin de que nosotros, los cristianos, creamos en la fuerza de la muerte redentora de Cristo, Quien resucitó para absolvernos y hacernos herederos de las promesas dadas a Abraham.

El Apóstol Pablo vuelve al ejemplo de la fe de Abraham en las epístolas a los Gálatas (Cap. 3) y a los Hebreos (Cap. 11). El Apóstol Pablo usa a Abraham justamente como ejemplo de fe viviente — fe que se manifiesta en obras de bien: Abraham obedecía activamente a la orden Divina (St 2:20-23). Los protestantes, que contraponen la fe a las obras, tratan de debilitar el argumento usado por el Apóstol Pablo. M. Lutero, fundador del protestantismo, incluso negaba la autenticidad de la epístola conciliar al Apóstol Pablo. Con el argumento que en esta epístola se subraya la necesidad de las obras de bien, que según Lutero contradice a la fe justificadora.

Aquí, sin duda, se muestra su total incomprensión del pensamiento principal del Apóstol Pablo sobre la fe y las obras. Al hablar de la inutilidad de las obras de la ley el Apóstol no niega las obras de bien sino la utilidad de las ceremonias. En el contexto de todo lo dicho sobre la fe de Abraham, se ve que toda su fuerza y su grandeza fueron demostradas justamente en las acciones de Abraham. No era ésta una fe teórica, sino una fe viva. Él derrota sobre si, durante más de 50 años, las dudas en la veracidad de la promesa Divina sobre el heredero. No se permitió murmurar contra Dios ni siquiera cuando Dios le exigió sacrificar a su hijo tan largamente esperado, sino que obedeció humildemente la voluntad Divina. Abraham mostró su fe en Dios con una total obediencia y entrega a Él. Dios espera de nosotros no un reconocimiento fríamente mental, ni un momentáneo vuelo de inspiración, sino un total viraje hacia Él, como guía de nuestros pensamientos, deseos y acciones. Hay que tender a una armonía entre las convicciones internas y la actividad exterior. La fe verdadera siempre actúa con amor (Gl 5: 6). No se la puede contraponer a las obras de bien ya que ambas constituyen una unidad, como el alma y el cuerpo constituyen al hombre vivo.

La justificación con la Sangre de Cristo.

(Rm. 5:1-11)

El Apóstol, después de haber aclarado la necesidad de la fe, vuelve a su tema principal, los frutos de la obra redentora de Cristo. Con Su muerte en la cruz, nuestro Señor Jesucristo no sólo nos liberó de la condena sino que nos dejó grandes bienes: la reconciliación con Dios, el acceso a la Gracia del Espíritu Santo y la eterna felicidad en el Reino de los Cielos. La Gracia Divina llena el corazón del creyente con una paz inexpresable y un sentimiento de amor hacia Dios, nos otorga fuerzas espirituales para superar las pruebas de la vida. El Apóstol lo expresa así:

Justificados, pues, por la fe, tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo; por quien también tenemos entrada por la fe a esta gracia en la cual estamos firmes, y nos gloriamos en la esperanza (participación) de la gloria de Dios. Y no sólo esto, sino que también nos gloriamos en las tribulaciones, sabiendo que la tribulación produce paciencia; y la paciencia, prueba; y la prueba, esperanza; y la esperanza no avergüenza; porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos fue dado (5:1-5).

Al hombre todavía inmaduro espiritualmente se le hace difícil aceptar sus congojas "lo confunde el pensamiento:"Si Dios efectivamente me ama y se preocupa por mí, ¿por qué permitió que me ocurriera esta desgracia? El Apóstol explica que las penas son necesarias para nuestro crecimiento espiritual y por eso entran en el plan Divino de nuestra salvación. En primer término con las congojas se desarrolla la paciencia. El cristiano se hace más constante, firme y valiente. Paralelamente se enriquece con la experiencia espiritual y se torna más apto para la vida espiritual. Al crecer espiritualmente comienza a percibir más claramente la cercanía de Dios y Su amor reconfortante. Como respuesta a estas percepciones en su alma nace un sentimiento, de ardiente amor a Dios: el hombre se hace más apaciguado e iluminado. Ahora aquellos tesoros espirituales, que él conocía solo teóricamente o a través de la palabra de otros, se tornan una propiedad personal perceptible. Sin penas él habría quedado inexperto, un niño espiritual. Los Apóstoles Pablo (1:2-4) y Pedro (1 P 1:7; 2 P 1:6) hablan también sobre la necesidad de las penas para el crecimiento espiritual del cristiano. Al hablar de dicho crecimiento, el Apóstol Pablo menciona el ejemplo de nuestro Señor Jesucristo:

Porque Cristo, cuando aún éramos débiles, a su tiempo (determinado por Dios) murió por los impíos. Ciertamente, apenas morirá alguno por un justo; con todo, pudiera ser que alguno osara morir por el bueno. Mas Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros. Pues mucho más, estando ya justificados en su sangre, por él seremos salvos de la ira. Porque si siendo enemigos, fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo, mucho más, estando reconciliados, seremos salvos por su vida. Y no sólo esto, sino que también nos gloriamos en Dios por el Señor nuestro Jesucristo, por quien hemos recibido ahora la reconciliación (5:6-11).

Más adelante el Apóstol vuelve sobre el problema del pecado pero ya no desde el punto de vista de un incumplimiento personal de la voluntad Divina sino desde la perspectiva de su fuerza destructora, que penetró en la profundidad de la naturaleza humana y la descompone desde el interior.

Por Adán — la muerte, Por Cristo — la vida.

(5:12-21)

El Apóstol explica que la causa primaria de nuestra mortalidad no son nuestros pecados personales sino la moral vulnerable que hemos heredado de Adán. El Apóstol lo explica así:

Por tanto, como el pecado entró en el mundo por un hombre (Adán), y por el pecado la muerte, así la muerte (de uno) pasó a todos los hombres, por cuanto todos (en Adán) pecaron. Pues antes de la ley (de Moisés), había pecado en el mundo; pero donde no hay ley, no se inculpa de pecado. No obstante, reinó la muerte desde Adán hasta Moisés, aun en los que no pecaron a la manera de la trasgresión de Adán, el cual es figura del que había de venir (Adán — Cristo; 5:12-14).

Los hebreos suponían que los hombres morían porque vulneraban los mandamientos Divinos. El Apóstol replica a esto diciendo que antes del Profeta Moisés no había ley y por consiguiente nada que vulnerar. Por otro lado el incumplimiento de la ley no escrita, la de la conciencia, en muchos casos no era tan seria como para castigar con la muerte. Sin embargo todos, sin excepción, morían tarde o temprano, inclusive los niños. Por esto la causa de la muerte de los hombres no debe estar en los pecados personales sino por el hecho de que todos nacen con una naturaleza mortal. Esta mortalidad es la herencia de Adán.

La relación entre la muerte del hombre y el pecado fue establecida ya en el Paraíso. Creando a Adán y ubicándolo en el Paraíso, Dios le ordenó: "De todo árbol del jardín, podrás comer, pero del árbol de la ciencia del bien y del mal, no comerás; porque el día que comerás de él, morirás." (Gn 2:16-17). Es verdad que la muerte como destrucción biológica existía en el mundo vegetal y animal antes de la aparición del primer hombre y por consiguiente antes del pecado. Se puede pensar que el hombre, teniendo mucho en común con el mundo animal, también estaba sujeto a la ley de la muerte física. Pero en la Biblia se lee, que al crear al hombre a Su imagen y semejanza, Dios pensaba liberarlo de la ley común de la destrucción física y por eso creó en el Paraíso el árbol de la vida. Aparentemente, los frutos de ese misterioso árbol tenían la cualidad de renovar el organismo humano de manera tal que eliminaban o compensaban el proceso natural de envejecimiento celular. Aquí hay que mencionar que la biología contemporánea sabe que no todas las células orgánicas están sujetas al proceso común de envejecimiento y muerte. Así por ejemplo, mientras las células normales del cuerpo, con cada nueva división y multiplicación envejecen hasta que después de unos 60 ciclos aproximadamente se tornan inútiles para el organismo, en cambio las células cancerosas pueden dividirse y multiplicarse en cantidades aparentemente ilimitada. Es posible que comer el fruto prohibido haya contribuido en algo a que el cuerpo humano acelerara el proceso de envejecimiento celular. De todos modos, del libro de Génesis se puede concluir que después de no cumplir la orden de Dios, Adán tenía todavía la posibilidad de alargar su vida física comiendo los frutos del árbol de la vida. Pero Dios no lo permitió (Gn 3:24) — "para no hacer el pecado inmortal" como lo explica San Gregorio el Teólogo. Con la muerte física del hombre muere también el pecado que vive en él. De manera tal que por una misteriosa disposición del Creador el castigo se torna un remedio, aunque sólo parcial. La plena sanación de nuestra naturaleza tiene como condición la resurrección de Cristo.

El problema de la herencia es muy complejo y la biología recién ahora comienza a penetrar en algunos de sus secretos. El pecado original vulneró al hombre no sólo físicamente sino también (y sobre todo) espiritualmente. Así, después de la trasgresión del mandamiento, el alma le cedió a la carne la posición dominante. Y como consecuencia de esto el hombre se hizo espiritualmente débil, cediendo fácilmente a sus desordenadas tendencias carnales. Sólo raros héroes de espíritu, como Abraham, Moisés, el profeta Elías y otros semejantes, lograban elevarse por encima del nivel moral del medio que los rodeaba. Pero ni siquiera estos justos eran totalmente irreprochables, como lo sabemos en la Biblia. Sin Cristo toda la humanidad habría quedado condenada a la esclavitud del pecado y de la muerte.

Pero como existe la herencia física también está la herencia espiritual. Cristo se hizo el Progenitor de un hombre nuevo y renovado. Y la Gracia del renacimiento es más fuerte que la opresión del pecado. El Apóstol escribe:

Pero el don no fue como la trasgresión; porque si por la trasgresión de aquel uno (Adán) murieron los muchos, abundaron mucho más para los muchos la gracia y el don de Dios por la gracia de un hombre, Jesucristo. Y con el don (de la Gracia) no sucede como en el caso de aquel uno que pecó; porque ciertamente el juicio vino (para los descendientes) a causa de un solo pecado (de Adán) para condenación, pero el don (de Gracia) vino a causa de muchas transgresiones para justificación. Pues si por la trasgresión de uno solo (hombre) reinó la muerte, mucho más reinarán en vida (eterna) por uno solo, Jesucristo, los que reciben la abundancia de la gracia y del don de la justicia (5:15-17).

En otras palabras, la Gracia Divina y regeneradora de Cristo muestra su superioridad sobre el pecado en el hecho de liberar al hombre no sólo del pecado original, que fue recibido como herencia sino también de todos los pecados personales y de sanar todas las dolencias del alma. De lo dicho el Apóstol saca la siguiente conclusión:

Así que, como por la trasgresión de uno (hombre) vino la condenación a todos los hombres, de la misma manera por la justicia de uno (Cristo) vino a todos los hombres la justificación de vida. Porque así como por la desobediencia de un hombre (Adán) los muchos fueron constituidos pecadores, así también por la obediencia de uno (Cristo), los muchos serán constituidos justos. Pero la ley (de Moisés) se introdujo para que el pecado abundase; mas cuando el pecado abundó, sobreabundó la gracia; para que así como el pecado reinó para muerte, así también la gracia reine por la justicia para vida eterna mediante Jesucristo, Señor nuestro (5:18-21).

En los tiempos de Moisés el nivel de moralidad cayó al punto que los hombres dejaron de discernir claramente entre lo correcto y lo incorrecto. La finalidad de los mandamientos dados por Dios al profeta Moisés era la de ayudar a los hombres a analizar los problemas morales y comenzar a vivir en forma justa. Pero los mandamientos sólo podían enseñar y aconsejar, pero no podían darle al hombre las fuerzas morales para luchar contra las tentaciones. A su vez el pecado actuaba en la naturaleza misma y obligaba al hombre a actuar contra los mandamientos, es decir a pecar conscientemente. Por eso la situación moral de la humanidad después del profeta Moisés empeoró aún más y el pecado, en lugar de debilitarse, se potenció.

¡Pero todo esto es pasado! En el Nuevo Testamento la Gracia del renacimiento supera a todo pecado y a toda pasión: el antiguo Adán cede su lugar al nuevo Adán: Cristo. Antes los hombres vivían según las leyes de la herencia física, eran cautivos morales del pecado y estaban condenados a morir. Del Nuevo Adán nacen hombres espiritualmente renovados, liberados de los lazos del pecado, llenos de fuerza bienhechora para la vida virtuosa. El Apóstol explica más adelante el camino por el que el hombre se une con la Gracia de Cristo.

 

La fuerza de la Gracia de Cristo.

(6:1 -- 8:39)

Desde el capítulo 6 hasta el capítulo 8 de la Epístola, el Apóstol San Pablo describe detalladamente los cambios profundos que se producen en el fiel bajo la acción del Espíritu Santo. Comenzando por el Bautismo, Dios introduce al cristiano en una nueva y por entonces desconocida esfera de la existencia, donde no actúa la formalidad de la ley sino Su fuerza vivificadora. La Gracia Divina ilumina la mente del cristiano con pensamientos claros, alegra su corazón con pensamientos puros y elevados, inspira su voluntad hacia las obras de amor. Como punto de inflexión de lo antiguo a lo nuevo sirve el Sacramento de Bautismo.

La fuerza regeneradora del Bautismo.

(6:1-14)

Para refutar una posible conclusión errónea de los judíos de que el cristianismo debilita las normas morales al prometer la libertad, el Apóstol explica que para el cristiano pecar es una total contradicción con su Bautismo, en el que la persona murió para el pecado y nació para la vida santa.

¿Qué, pues, diremos? ¿Perseveraremos en el pecado para que la gracia abunde? En ninguna manera. Porque los que hemos muerto al pecado, ¿cómo viviremos aún en él? ¿O no sabéis que todos los que hemos sido bautizados en Cristo Jesús, hemos sido bautizados en su muerte? Porque somos sepultados juntamente con él para muerte por el bautismo, a fin de que como Cristo resucitó de los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en vida nueva (6:1-4).

Porque si fuimos plantados juntamente con él en la semejanza de su muerte, así también lo seremos en la de su resurrección; sabiendo esto, que nuestro viejo hombre fue crucificado juntamente con él, para que el cuerpo del pecado sea destruido, a fin de que no sirvamos más al pecado. Porque el que ha muerto, ha sido justificado del pecado. Y si morimos con Cristo, creemos que también viviremos con él; sabiendo que Cristo, habiendo resucitado de los muertos, ya no muere; la muerte no se enseñorea más de él. Porque en cuanto murió, al pecado murió una vez por todas; mas en cuanto vive, para Dios vive. Así también vosotros consideraos muertos al pecado, pero vivos para Dios en Cristo Jesús, Señor nuestro (6:5-11).

Adán pecó y por eso murió. Nosotros heredamos de él su naturaleza pecadora y naturalmente también debemos morir. Pero Cristo no dependía de la ley de la muerte por ser ajeno al pecado y por eso podía vivir eternamente en Su cuerpo humano. Pero Él murió voluntariamente por nosotros. Su muerte no era consecuencia del pecado personal sino una obra de amor máxima, para liberar a otros de los pecados. Por eso, al morir en la cruz Cristo le dio un nuevo sentido a la muerte, donde esta dejaba de ser el castigo por el pecado para ser la abolición del pecado. En el primer Adán el pecado y la muerte eran amistosos acompañantes en el camino, en el segundo Adán — Cristo, el pecado y la muerte se hicieron enemigos irreconciliables. Al sumergirse en el agua bautismal el hombre creyente comulga con la muerte redentora de Cristo y muere para el pecado.

De esta manera el Bautismo tiene dos facetas: la exterior, simbólica y la interior, espiritual. La triple inmersión simboliza la sepultura con Cristo y la salida del agua la resurrección con Él. Simultáneamente con estas acciones externas en el Bautismo actúa la invisible fuerza Divina regeneradora, que purifica al hombre de toda polución moral, vierte en él nuevas fuerzas espirituales y hace al recién bautizado, hijo de Dios por la Gracia y miembro del Reino de Dios. Aquí el fiel cambia internamente para realmente mejorar y no sólo simbólicamente. Desde ese momento, comienza a sentir la necesidad del contacto con Dios, las ganas de hacer el bien y tiene sed de virtud. Recibe un flujo de energía espiritual, que lo lleva hacia lo celestial. Es por eso que es tan importante para los hombres que se preparan para el bautismo tratando con todo respeto a este gran Sacramento y, una vez bautizados, tratar de vencer las costumbres pecaminosas y tratar de retener por más tiempo y fijar las fuerzas de gracia recibidas. El Apóstol escribe:

No reine, pues, el pecado en vuestro cuerpo mortal, de modo que lo obedezcáis en sus concupiscencias; ni tampoco presentéis vuestros miembros al pecado como instrumentos de iniquidad, sino presentaos vosotros mismos a Dios como vivos de entre los muertos, y vuestros miembros a Dios como instrumentos de justicia. Porque el pecado no se enseñoreará de vosotros; pues no estáis bajo la ley, sino bajo la gracia (6:12-14).

Aquí el sentido es que todas las acciones del hombre dejan una cierta impronta sobre su carácter. Las acciones buenas crean buenas costumbres, las acciones pecaminosas engendran los vicios. El Bautismo, al limpiar la polución moral y sanar las úlceras del pecado, cura pero no inmediatamente las cicatrices de las costumbres pecaminosas de muchos años. Esto se debe a que estas costumbres se unieron a nuestro carácter y se entretejieron con nuestra voluntad. Por eso las costumbres malas pueden empujar al hombre a sus pecados anteriores pero no pueden forzarlo. La Gracia del Bautismo le otorga al cristiano las fuerzas espirituales para vencer los malos hábitos, pero exige su personal esfuerzo de voluntad y también la constancia para destruir en el alma todos las síntomas de las pasiones pasadas. Dios le propone al enfermo el remedio; es necesario usarlo para recibir provecho de él.

De la esclavitud a la nueva vida.

(6:15--7:12)

El Apóstol Pablo llama más adelante a los recién bautizados a cambiar sus anteriores malas costumbres por otras buenas. La naturaleza del pecado es la de esclavizar al hombre. Antes del Bautismo el pecador, a pesar de sufrir y saber que actúa mal, no encuentra fuerzas en si para liberarse de la pasión que lo esclaviza. El Apóstol llama a los fieles que vacilan a transformarse de esclavos del pecado en esclavos de la virtud. Ahí mismo explica que la obediencia a la virtud no es esclavitud, sino la máxima libertad interna.

¿Qué, pues? ¿Pecaremos, porque no estamos bajo la ley, sino bajo la gracia? En ninguna manera. ¿No sabéis que si os sometéis a alguien como esclavos para obedecerle, sois esclavos de aquel a quien obedecéis, sea del pecado para muerte, o sea de la obediencia para justicia? Pero gracias a Dios, que aunque erais esclavos del pecado, habéis obedecido de corazón a aquella forma de doctrina a la cual fuisteis entregados; y libertados del pecado, vinisteis a ser siervos de la justicia. Hablo como humano, por vuestra humana debilidad; que así como (antes) para iniquidad presentasteis vuestros miembros para servir a la inmundicia y a la iniquidad, así ahora para santificación presentad vuestros miembros para servir a la justicia (6:15-19).

Porque cuando erais esclavos del pecado, erais libres acerca de la justicia. ¿Pero qué fruto teníais de aquellas cosas de las cuales ahora os avergonzáis? Porque el fin de ellas es muerte. Mas ahora que habéis sido libertados del pecado y hechos siervos de Dios, tenéis por vuestro fruto la santificación, y como fin, la vida eterna. Porque la paga del pecado es muerte, mas la dádiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús Señor nuestro (6:20-23).

El pensamiento básico del Apóstol es que para el cristiano esclavizarse por las pasiones del pasado es una insensatez. Considerando la cuestión del bien y del mal en forma abstracta no hay duda que es necesario elegir. Pero lo malo es que el diablo es un hábil hipnotizador, que esconde lo mortal del pecado bajo una atrayente envoltura del placer. Sugiere al hombre que esta pequeña debilidad no es nada terrible, que Dios es misericordioso y al final todo estará bien. Pero cuando logra apresar al hombre, el diablo no lo suelta más y lo atrae hacia pecados cada vez más graves, insinuando que el hombre es demasiado débil para luchar contra su propia naturaleza. Así el cristiano, por su propia ligereza, puede caer de nuevo en las redes del pecado.

Los judíos no podían no estar de acuerdo con las deducciones del Apóstol Pablo sobre lo pernicioso del pecado. Sin embargo no les quedaba demasiado claro en qué consiste precisamente la ventaja del cristianismo sobre la ley de Moisés. Pues la ley también condena al pecado y llama a la vida justa. ¿Para qué bautizarse si la ley de Moisés puede llevar a los mismos resultados? Ellos veían las normas de la ley de Moisés como conceptos eternos y al cristianismo como una enseñanza nueva y todavía no verificada.

El Apóstol explica que la ley de Moisés podía tener la significación obligatoria sólo hasta la llegada de Cristo. La ley tuvo bastante tiempo para ayudar a los hombres de renovarse moralmente. Pero como resultó ineficaz al hacerlo, Dios decidió anularla y ahora le propone a los hombres un camino nuevo de salvación. El Apóstol ilustra su pensamiento con el ejemplo de la ley de matrimonio:

¿Acaso ignoráis, hermanos (pues hablo con los que conocen la ley), que la ley se enseñorea del hombre entre tanto que éste vive? Porque la mujer casada está sujeta por la ley al marido mientras éste vive; pero si el marido muere, ella queda libre de la ley del marido. Así que, si en vida del marido se uniere a otro varón, será llamada adúltera; pero si su marido muriere, es libre de esa ley, de tal manera que si se uniere a otro marido, no será adúltera (7:1-3).

Así también vosotros, hermanos míos, habéis muerto a la ley mediante el cuerpo de Cristo, para que seáis de otro, del que resucitó de los muertos, a fin de que llevemos fruto para Dios. Porque mientras estábamos en la carne, las pasiones pecaminosas que eran por la ley obraban en nuestros miembros llevando fruto para muerte. Pero ahora estamos libres de la ley (de Moisés), por haber muerto para aquella en que estábamos sujetos, de modo que sirvamos bajo el régimen nuevo del Espíritu y no bajo el régimen viejo de la letra (7:4-6).

En otras palabras, Cristo nos libero tanto de la esclavitud del pecado como de los lazos de la ley de Moisés. Ahora podemos servir a Dios con el alma renovada y no con un ciego cumplimiento de reglas antiguas y obsoletas.

El Apóstol previene de la conclusión falsa de que en la ley estaba la causa del pecado: como si de no haber ley no hubiese habido pecado. No, la causa del pecado está en el hombre mismo. La ley, por si misma, es santa y sus mandamientos son santos, justos y conducen al bien.

¿Qué diremos, pues? ¿La ley es pecado? En ninguna manera. Pero yo no conocí el pecado sino por la ley; porque tampoco conociera la codicia, si la ley no dijera: No codiciarás (Ex. 20:16-17). Mas el pecado, tomando ocasión por el mandamiento, produjo en mí toda codicia; porque sin la ley el pecado está muerto (7:7-9).

Y yo sin la ley vivía en un tiempo; pero venido el mandamiento, el pecado revivió y yo morí. Y hallé que el mismo mandamiento que era para vida, a mí me resultó para muerte; porque el pecado, tomando ocasión por el mandamiento, me engañó, y por él me mató. De manera que la ley a la verdad es santa, y el mandamiento santo, justo y bueno (7:9-12).

Como vemos el Apóstol vuelve al problema del pecado. En el principio de su Epístola, (Rm 1:18; 3:20) constató la pecaminosidad de los hombres. En la segunda parte (Rm 5:12-21) explicó que todos los hombres nacieron con la naturaleza vulnerada por el pecado. Ahora explica muy convincentemente que nadie puede librarse del pecado y de su acción destructiva únicamente con sus propias fuerzas naturales.

El conflicto interno.

(7:13-25).

El Apóstol señala una clara contradicción: cuando Dios le dio a los hombres Sus Santos mandamientos los pecados de los hombres no sólo no disminuyeron sino que, por el contrario, incluso aumentaron. La causa fue que el pecado se había apoderado de nuestra naturaleza.

¿Luego lo que es bueno, vino a ser muerte para mí? En ninguna manera; sino que el pecado, para mostrarse pecado (por naturaleza), produjo en mí la muerte por medio de lo que es bueno, a fin de que por el mandamiento el pecado llegase a ser sobremanera pecaminoso (7:13).

Porque sabemos que la ley es espiritual; mas yo soy carnal, vendido (como esclavo) al pecado. Porque lo que hago, no lo entiendo; pues no hago lo que quiero, sino lo que aborrezco, eso hago. Y si lo que no quiero, esto hago, apruebo que la ley es buena. De manera que ya no soy yo quien hace aquello, sino el pecado que mora en mí. Y yo sé que en mí, esto es, en mi carne, no mora el bien; porque el querer el bien está en mí, pero no el hacerlo. (7:14-18).

Porque no hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero, eso hago. Y si hago lo que no quiero (esto significa), ya no lo hago yo, sino el pecado que mora en mí (7:19-20).

Este es uno de los pocos lugares de las Sagradas Escrituras donde con toda nitidez y tragedia se muestra la indefensión moral del hombre antes de que viniera el Salvador, nuestro Señor Jesucristo.

Así que, queriendo yo hacer el bien, hallo esta (siguiente) ley: que el mal está en mí. Porque según el hombre interior, me deleito en la ley de Dios; pero veo otra ley en mis miembros, que se rebela contra la ley de mi mente, y que me lleva cautivo a la ley del pecado que está en mis miembros (7:21-23).

¡Miserable de mí! ¿Quién me librará de este cuerpo de muerte? Gracias doy a Dios, por Jesucristo Señor nuestro. Así que, yo mismo con la mente sirvo a la ley de Dios, mas con la carne a la ley del pecado (7:24-25).

La última frase aquí mencionada saca la conclusión de todo lo dicho arriba: el hombre está moralmente dividido en dos, su naturaleza física lo obliga a pecar, el alma trata de dirigirlo al bien pero no le alcanzan las fuerzas para vencer a la carne. Así en siete capítulos completos el Apóstol mostró con gran solidez toda la fuerza y la agresividad del pecado para convencer al lector de la necesidad de buscar ayuda sobrenatural para la lucha contra el mal dentro de uno mismo. Ni la voz interior de la conciencia, ni las indicaciones directas de la ley, ni el miedo del castigo eterno han podido contener al hombre de los actos del pecado. Esto lo puede hacer sólo la fuerza Divina, que llega al hombre a través de la fe en Cristo Salvador.

Es necesario hacer notar aquí que las enseñanzas mencionadas por Apóstol no son menos actuales ahora que 2000 años atrás. La sociedad humana sigue sufriendo sus problemas morales: injusticias, engaños, violencias, guerras y diversos crímenes. Los dirigentes sociales no entienden que la causa principal de todos estos desastres está en la vulnerabilidad moral en la naturaleza humana. Se pueden redactar cualquier cantidad de hermosas leyes y crear organizaciones para la lucha contra la criminalidad y otros desórdenes sociales. Pero estas medidas humanas son iguales a las compresas frías en la lucha contra el cáncer. Es necesario un potente remedio para destruir las raíces mismas del mal en el hombre. Ese remedio lo da nuestro Señor Jesucristo. En esencia se repite el error de los antiguos seguidores de la ley de Moisés, quienes sin aceptar la ayuda del Señor; con sus propias fuerzas trataban de llegar a la virtud. En su autoengaño se hicieron tan crueles que rechazaron y condenaron a muerte al máximo Justo de todos los justos.

Sanar nuestro corazón espiritual sólo lo puede Aquel que lo creó. El Señor Jesucristo destruye en nosotros las raíces mismas del mal y nos da fuerzas para vivir en forma virtuosa. Un gran obstáculo para resolver los problemas sociales son las enseñanzas seudo científicas y religioso-filosóficas que rechazan la misma existencia del pecado y enseñan que todos nuestros deseos son naturales y normales. Estas enseñanzas están de moda. Si alguien se equivoca en algo o hace algo en forma incorrecta, se dice que es por su inmadurez e ignorancia. Esperemos un poco y él mismo entenderá como corregirse. ¡Justamente una situación así, en la que todos piensen que el mal es una ilusión o un desvío temporal en el camino de la evolución espiritual es muy propicio para el diablo! Sin la comprensión del problema del pecado y sin una penitente apelación a Cristo todos quedarán esclavos de diablo, condenados a la perdición. ¡Sin Dios se producirá la degeneración y no la evolución!

En el capítulo siguiente el Apóstol habla más detalladamente sobre la Gracia Divina y la vida espiritual.

La vida en Espíritu Santo.

(8:1-11)

Habiendo aclarado la grandeza de la hazaña redentora de Cristo el Salvador, el Apóstol convence a los cristianos de vivir con aspiraciones espirituales, con la ayuda de la Gracia de Cristo. Él escribe:

Ahora, pues, ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús, los que no andan conforme a la carne, sino conforme al Espíritu. Porque la ley del Espíritu de vida (que da) en Cristo Jesús me ha librado de la ley del pecado y de la muerte. Porque lo que era imposible para la ley (de Moisés), por cuanto era débil por la carne, Dios, enviando a su Hijo en semejanza de carne de pecado y a causa del pecado, condenó al pecado en la carne; para que la justicia de la ley se cumpliese en nosotros, que no andamos conforme a la carne, sino conforme al Espíritu. Porque los que son de la carne piensan en las cosas de la carne; pero los que son del Espíritu, en las cosas del Espíritu. Porque el ocuparse de la carne es muerte, pero el ocuparse del Espíritu es vida y paz. Por cuanto los designios de la carne son enemistad contra Dios; porque no se sujetan a la ley de Dios, ni tampoco pueden; y los que viven según la carne no pueden agradar a Dios (8:1-8).

Este párrafo se puede parafrasear así. Hasta la llegada de Cristo el diablo se sentía en su derecho de dominar el cuerpo humano ya que el hombre al pecar voluntariamente se subyugó a él. El diablo tomó para sí el papel de verdugo de los culpables y desde el punto de vista formal tenia razón: él condenaba a la perdición a lo que era digno de ella. Pero he aquí apareció Cristo encarnado. En lugar de replegarse ante la Santidad de Cristo, el diablo se armó contra Él con todo su terrible odio y al fin, a través de sus esclavos-pecadores, logró la muerte de Cristo, Quien al no-tener pecado no dependía de su poder ni de la ley de la muerte. Al sobrepasar claramente sus derechos el diablo rompió con toda la justicia. Por ello fue privado por la justicia Divina de su anterior dominio sobre el cuerpo humano, que se unió con Cristo en el Sacramento del Bautismo. De esta manera el diablo fue vencido justamente por el cuerpo de Cristo. Precisamente debido a la resurrección de Jesucristo los hombres se liberaron de la violencia del diablo y recibieron el acceso al modo espiritual de la vida. El Apóstol escribe:

Mas vosotros no vivís según la carne, sino según el Espíritu, si es que el Espíritu de Dios mora en vosotros. Y si alguno no tiene el Espíritu de Cristo, no es de él. Pero si Cristo está en vosotros, el cuerpo en verdad está muerto a causa del pecado, mas el espíritu vive a causa de la justicia. Y si el Espíritu de aquel que levantó de los muertos a Jesús mora en vosotros, el que levantó de los muertos a Cristo Jesús vivificará también vuestros cuerpos mortales por su Espíritu que mora en vosotros (8:9-11).

La alegría de ser hijos de Dios.

(8:12-17).

Conducidos por el Espíritu Santo nosotros somos hijos de Dios y por eso herederos de Su gloria, a condición de que no reneguemos a participar de Sus sufrimientos.

Así que, hermanos, deudores somos, no a la carne, para que vivamos conforme a la carne; porque si vivís conforme a la carne, moriréis; mas si por el Espíritu hacéis morir las obras de la carne, viviréis. Porque todos los que son guiados por el Espíritu de Dios, éstos son hijos de Dios. Pues no habéis recibido el espíritu de esclavitud para estar otra vez en temor, sino que habéis recibido el espíritu de adopción, por el cual clamamos: ¡Abba, Padre! El Espíritu mismo da testimonio a nuestro espíritu, de que somos hijos de Dios. Y sí hijos, también herederos; herederos de Dios y coherederos con Cristo, si es que padecemos juntamente con él, para que juntamente con él seamos glorificados (8:12-17).

La gloria venidera.

(8:18-30)

Así como es más fácil resbalar sobre una superficie inclinada, que subir a una montaña, también es más fácil ser vicioso que virtuoso. Por nuestra experiencia sabemos que para lograr algo bueno son necesarios el trabajo y la constancia. Por eso no hay que temer a las dificultades y a las pruebas, como hechos anormales, y es mejor aceptarlas como peldaños por los cuales subimos al Reino de los Cielos. El Apóstol explica eso en el contexto de la renovación de toda la naturaleza:

Pues tengo por cierto que las aflicciones del tiempo presente no son comparables con la gloria venidera que en nosotros ha de manifestarse. Porque el anhelo ardiente de la creación es el aguardar la manifestación de los hijos de Dios. Porque la creación fue sujetada a vanidad, no por su propia voluntad, sino por causa del (Dios) que la sujetó en esperanza; porque también la creación misma será libertada de la esclavitud de corrupción, a la libertad gloriosa de los hijos de Dios. Porque sabemos que toda la creación gime a una, y a una está con dolores de parto hasta ahora; y no sólo ella, sino que también nosotros mismos, que tenemos las primicias del Espíritu, nosotros también gemimos dentro de nosotros mismos, esperando la adopción, la redención de nuestro cuerpo. Porque en esperanza fuimos salvos; pero la esperanza que se ve, no es esperanza; porque lo que alguno ve, ¿a qué esperarlo? Pero si esperamos lo que no vemos, con paciencia lo aguardamos (8:17-25).

En otras palabras, toda la creación, todo el mundo vegetal y animal siente el peso de la vanidad actual y espera la renovación. Por supuesto esa espera no es consciente pero es posible que algunos animales más desarrollados tengan una tendencia vaga hacia una vida más perfecta. El pensamiento básico del Apóstol es que toda la naturaleza fue creada por Dios imperfecta, porque el hombre, esa corona de la creación, debe lograr todavía la perfección por el camino del esfuerzo personal. Cuando la parte fiel de la humanidad alcance esta meta con la ayuda de Dios, todo el mundo físico será renovado y transfigurado en una nueva tierra y nuevo cielo (ver 2 P 3:13). Ante la total resurrección de los muertos, toda la naturaleza será renovada y las criaturas, junto con el hombre, serán liberadas de las leyes actuales de envejecimiento y destrucción. ¿Qué aspecto tendrá la naturaleza? ¿Estarán en ella los animales y las plantas que conocemos? El Apóstol no responde estas preguntas. En la Biblia hay insinuaciones de que en el nuevo mundo habrá algo parecido a lo que vemos aquí (Ex. 11:6-9; Is 65:17-25; Ap 21; 22). Pero todo esto son sólo presunciones ya que en aquel mundo espiritual el tiempo, el espacio y todas las leyes de la naturaleza tomarán un contenido completamente nuevo.

A cada paso en nuestra ascensión hacia Dios el Espíritu Santo nos acompaña y nos ayuda. Él nos enseña hacia donde ir, qué desear y qué pedirle a Dios y también lleva nuestra oración al Altar de Dios.

Y de igual manera el Espíritu nos ayuda en nuestra debilidad; pues qué hemos de pedir como conviene, no lo sabemos, pero el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos indecibles. Mas el que escudriña los corazones sabe cuál es la intención del Espíritu, porque conforme a la voluntad de Dios intercede por los santos (8:26-27).

El Apóstol nos hace recordar que desde la eternidad Dios tuvo el designio de salvarnos, se preocupa continuamente por nosotros y todo es dirigido para nuestro provecho y nos conduce hacía la salvación, tanto lo agradable como las amarguras.

Y sabemos que a los que aman a Dios, todas las cosas les ayudan a bien, esto es, a los que conforme a su propósito son llamados. Porque a los que antes conoció, también los predestinó para que fuesen hechos conformes a la imagen de su Hijo, para que él sea el primogénito entre muchos hermanos. Y a los que predestinó, a éstos también llamó; y a los que llamó, a éstos también justificó; y a los que justificó, a éstos también glorificó (8:28-30).

Aquí se tiene en vista no una predestinación incondicional, como enseñan algunas sectas, sino una predestinación basada en la omnisapiencia Divina. Dios no predestinó espontáneamente, por azar y contra la voluntad de los hombres, a unos a la salvación y otros a la perdición sino que sabía por Su omnisapiencia como usará cada persona la libertad que se le otorga.

El amor de Dios es todo para nosotros.

(8:31-39)

Como conclusión de la enseñanza de la justificación por la Gracia de Cristo, el Apóstol eleva los pensamientos y los sentidos de lectores a la percepción del omnipotente amor Divino, en la forma de un himno victorioso:

¿Qué, pues, diremos a esto? Si Dios es por nosotros, ¿quién contra nosotros? El que no escatimó ni a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará también con él todas las cosas? ¿Quién acusará a los escogidos de Dios? Dios es el que justifica. ¿Quién es el que condenará? Cristo es el que murió; más aun, el que también resucitó, el que además está a la diestra de Dios, el que también intercede por nosotros (8:31-34).

¿Quién nos separará del amor de Cristo? ¿Tribulación, o angustia, o persecución, o hambre, o desnudez, o peligro, o espada? Como está escrito: Por causa de ti somos muertos todo el tiempo; Somos contados como ovejas de matadero (Rm 8:35-36; Sal 43:23).

Antes, en todas estas cosas somos más que vencedores por medio de aquel que nos amó. Por lo cual estoy seguro de que ni la muerte, ni la vida, ni ángeles, ni principados, ni potestades, ni lo presente, ni lo por venir, 39 ni lo alto, ni lo profundo, ni ninguna otra cosa creada nos podrá separar del amor de Dios, que es en Cristo Jesús Señor nuestro (Rm 8:37-39).

 

El llamado a Israel.

(Rm 9:1--11:36)

Por amar fuertemente a su pueblo el Apóstol Pablo sufría en el alma que muchos de sus conciudadanos no aceptaran la prédica Evangélica. Aquí el Apóstol veía una contradicción trágica entre lo que debía pasar de acuerdo a las promesas de los profetas y lo que resultaba en la práctica. Preparando a los hebreos a la llegada del Mesías, Dios les otorgo el honor de ser los primeros ciudadanos del Reino de Dios y los predicadores de la fe verdadera entre los otros pueblos. En realidad el Apóstol se convencía cotidianamente de que sus conciudadanos no se portaban como los elegidos de Dios sino más bien como apostatas. En cambio los paganos, que hasta entonces estaban muy lejos de todo lo Divino, resultaban ahora muy buenos receptores del Evangelio.

El Apóstol Pablo era torturado por un pensamiento: ¿no podía ser que el Señor llamará en vano al pueblo hebreo y le prometiera grandes bienes? El Apóstol encuentra la respuesta en el hecho que existen dos categorías de israelitas: los israelitas étnicos y los de espíritu. Todos los que reciben la práctica Evangélica, tanto los hebreos como los paganos, son los verdaderos israelitas e hijos de Abraham. Justamente la fe acerca a hombres de distintas nacionalidades y los une en un pueblo elegido que se llama Israel. Los hebreos sin fe en Jesucristo por su espíritu son completamente ajenos tanto a Abraham, como al mismo Señor Dios. Pero a pesar del endurecimiento de la mayoría, el Apóstol ve que en el pueblo hebreo se conserva una rama viva, capaz de convertirse a Cristo. Esto sucederá cerca del final de los tiempos.

En los capítulos siguientes de su Epístola a los romanos (Cap. 9;11) el Apóstol Pablo discute en detalle esta cuestión que lo inquieta. Esta parte de la Epístola representa una investigación independiente y completa que descubre la providencia Divina en los destinos de los pueblos. El Ap&o