Seis sermones sobre el
Sacerdocio
Corrector en español Gabriel Blanco
Contenido: Libro 1: Fueron Elegidos. Libro 2: Sacerdocio: Entrega Amorosa. Libro 3: Vida Sacerdotal. Libro 4: Dios Elige Sus Sacerdotes. Libro 5: Elocuencia y Rectitud. Libro 6: Pureza, Virtud y Vigilia.
Contenido: Presentación del Amigo y su Amistad. Una amistad sin Intereses. Se desequilibra la balanza, pero. Comienzo del camino. El sufrimiento de una Madre. No soy digno Basilio. Me has abandonado Juan. Lo hecho tiene su razón. Fue con una intención.
Presentación del amigo y su amistad
Muchos amigos he tenido sencillos, y verdaderos, que entendieron, y guardan escrupulosamente las leyes de la amistad. Pero uno entre estos muchos ha sido, el que señalándose en amarme, ha procurado dejarlos tan atrás, como estos dejaron a los que sólo tenían conmigo una vulgar correspondencia.
Era éste uno de aquellos, que jamás se apartó de mi lado; porque habiéndose aplicado a unos mismos estudios, y tenido unos mismos maestros, era siempre una nuestra inclinación, y cuidado en las ciencias a que nos aplicábamos. Y no diferente el deseo de ambos, porque procedía de unos mismos principios. Ni duró esto sólo aquel tiempo que frecuentábamos las escuelas, continuó también, cuando habiéndolas dejado, fue necesario deliberar sobre el estado más conveniente de vida que debíamos abrazar. Aun en este lance fueron muy conformes nuestros sentimientos.
Fuera de éstas, había otras muchas causas, por las que se conservaba entre nosotros invariable, y constante esta uniformidad. Ninguno de los dos podía vanagloriarse sobre el otro por la nobleza de su patria, ni a mí me sobraban conveniencias, ni él se veía acosado de una extremada pobreza. Sino que a la proporción de nuestros haberes correspondía la uniformidad de nuestras voluntades e igualmente honrada nuestra familia. Finalmente, no había cosa que no conspirase a formar la unión estrecha de nuestros ánimos.
Se desequilibra la balanza, pero...
Pero cuando llegó el tiempo de que aquel hombre feliz abrazase el instituto monástico, y siguiese la verdadera filosofía, ya desde entonces quedaron desiguales nuestros pesos. Su balanza se levantaba en alto, al paso que yo, enredado en los deseos del siglo, hacia bajar la mía, y la violentaba a que quedase oprimida, cargándola de pensamientos juveniles. Aun entonces permanecía entre nosotros, del mismo modo que antes, una firme y constante amistad, pero debía interrumpirse nuestro trato. ¿Cómo era posible que pudiésemos mantenerlo continuo, siendo nuestras ocupaciones tan diversas?
Pero luego que comencé yo también, poco a poco, a sacar la cabeza de entre las tempestades de la vida, me recibió en esta ocasión con los brazos abiertos. Pero ni aun así pudimos conservar nuestra primera igualdad: porque habiéndome prevenido en el tiempo, y manifestado un ardor de ánimo increíble, se levantaba todavía sobre mí, llegando a tocar un punto de elevación muy grande.
Sin embargo, siendo él de una índole muy buena, y haciendo gran aprecio de mi amistad, abandonó la compañía de todos los otros, por pasar en la mía todo el tiempo. Esto es lo que ya mucho tiempo antes vivamente había deseado. Pero por mi desidia, como dije, habían quedado burlados sus deseos.
¿Cómo podía yo, asistiendo continuamente a los tribunales, y andando a caza de diversiones en el teatro, tener gusto en conversar familiarmente con aquél, cuyo pensamiento estaba fijo sobre los libros, y que no se dejaba ver jamás en público? De aquí es, que habiendo estado hasta entonces separados, luego que me admitió al mismo género, y método de vida, sin perder un instante de tiempo, me descubrió aquel deseo, que muy anticipadamente había concebido. Y no apartándose de mi lado ni una brevísima parte del día, me exhortaba sin cesar, a que dejando cada uno su casa particular, eligiésemos una habitación común. Llegó a persuadirme, y quedamos determinados a ponerlo ya en ejecución.
Pero los continuos halagos de mi madre, fueron causa de que yo no le concediese esta gracia, mejor diré, que no recibiese de él este beneficio. Luego que ésta llegó a entender la deliberación que yo quería tomar, asiéndome de la mano, me introdujo en un cuarto retirado de la casa. Y haciéndome sentar junto a la cama, en donde me había parido, prorrumpió en un mar de lágrimas, y añadiendo palabras, que movían más que su llanto. Comenzó a lamentarse de esta suerte: "Hijo mío, dijo, no me fue permitido disfrutar largamente las virtudes de tu padre, porque Dios así o dispuso. A los dolores que yo tuve cuando te parí, sucedió su muerte, dejándote a ti huérfano y a mí viuda antes de tiempo y entre los males y trabajos de una viudez, que sólo pueden comprender las que los han experimentado.
¿Qué palabras pueden bastar para explicar aquella tempestad, y turbación que sufre una mujer joven, cuando apenas salida de la casa de su padre, y sin experiencia alguna de las cosas, repentinamente se halla en medio de un dolor insoportable? ¿Y se ve obligada a entrar en pensamientos superiores a su sexo, y a su edad?
Porque debe, según yo pienso, atender a corregir el descuido de los domésticos, observando sus malos procederes. Haciendo frente a las asechanzas de los parientes, y soportando con generosidad de ánimo las molestias de aquéllos que administran los intereses del público, y su dureza en exigir los tributos.
Y si el que ha muerto deja sucesión, si es femenina, aun así, deja un cuidado no pequeño a la madre; pero libre de gasto, y de temores. Mas si es varonil, cada día la aumenta nuevos sobresaltos, y mayores cuidados. Deja a un lado el consumo de dinero que se necesita hacer, si desea que tenga una educación correspondiente a su estado. Con todo, ninguna de estas cosas ha podido inducirme a que yo abrazase un segundo matrimonio, y que introdujese otro esposo en la casa de tu padre. Sino que he permanecido en esta tempestad, y torbellino, y no he rehusado el trabajoso ardor de la viudez, asistida principalmente de la gracia del Señor. Ni contribuyó poco para esto el gran consuelo que recibía, viendo continuamente tu semblante, en donde registraba vivamente copiada la imagen de tu difunto padre. De aquí es, que siendo tú niño, y que no sabías aun articular las palabras, que es cuando más gusto reciben los padres de los hijos, yo tenía en ti un grandísimo consuelo.
Ni tú podrás decirme, o culparme con verdad, que aunque generosamente haya soportado la viudez, no obstante por las incomodidades de ésta, te he disminuido el patrimonio, como sé que ha sucedido a muchos, que han tenido la desgracia de quedar huérfanos como tú. Pues yo te he conservado intacto todo lo que era tuyo. Ni he perdonado a gastos en todo lo que pertenecía a tu decoro, gastando de lo que era mío, y de lo que tenía cuando salí de la casa de mi padre.
Ni te persuadas que te digo esto por sacarte los colores a la cara, solamente te pido por todo esto una gracia. Y es, que no me envuelvas en una segunda viudez, despertándome un dolor, que está ya enteramente adormecido, sino que esperes mi muerte, que tal vez ya no tardará. Se puede esperar que los jóvenes lleguen a una larga vejez, pero nosotros, que hemos comenzado ya a envejecer, solo podemos esperar la muerte.
Luego que me hayas enterrado, y puesto mis huesos junto a los de tu padre, puedes emprender largas peregrinaciones. Entra en el mar que quisieres, pues no tendrás alguno que te lo impida, pero mientras que yo respiro, sufre el vivir en mi compañía. No quieras temerariamente, y sin consejo ofender a Dios, poniéndome en tan grandes trabajos, sin que de mi parte hayas tenido motivo para ello. Y si tú puedes culparme de que yo te arrastro a los cuidados de la vida, y de que te obligo a atender a tus cosas, niégate enhorabuena a las leyes de la naturaleza. A la educación que te he dado, a la compañía, y a todos los otros motivos. Huye de mí, como de un enemigo que te pone asechanzas. Pero si no omito diligencia, para que te sea más fácil, y llevadero el camino de esta vida, ya que no otro respeto, a lo menos este lazo te detenga junto a mí. Pues aunque tú digas ser infinitos aquéllos que te aman, ninguno podrá hacer que goces de una libertad como ésta. Porque ninguno hay que estime tu decoro como yo.
Éstas, y otras cosas me dijo mi madre, y yo se las repetí a aquel generoso varón, que no sólo no se movió de semejante discurso, sino que insistió con mayor tesón en su primera resolución e instancia.
[1] El eruditísimo Rollin en el tratado de la "Elocuencia de los Predicadores" propone, y con razón, el presente capítulo, por modelo de una perfecta elocuencia.
Hallándonos, pues, en estos términos, e instándome él continuamente a que condescendiese con sus súplicas, pero sin acabar yo de resolverme, nos puso a los dos en confusión un rumor que se esparció por la ciudad. Era éste, que seríamos promovidos a la dignidad episcopal.
Luego que yo oí semejante voz, quedé sorprendido de temor, y perplejidad. De temor porque no me obligasen a abrazar contra mi voluntad aquel estado, y de perplejidad, porque no acababa de entender cómo pudo venir al pensamiento de aquellos varones el resolver una cosa como ésta de mi persona. Pues volviendo a mirar sobre mí mismo, no encontraba en mí cosa que fuese digna de tal honor.
Por lo que toca a aquel joven valeroso, vino a buscarme a solas. Me dio parte de las voces que corrían y creyendo que yo las ignorase, me rogaba que en esta ocasión, como en todas las antecedentes, se viese que nuestras acciones y deliberaciones eran unas. Que él por su parte estaba dispuesto a seguir con prontitud de ánimo, cualquier camino que yo le mostrase, ya conviniese rehusar, ya abrazar aquel estado.
Viendo, pues, una resolución tan noble, y creyendo que podría causar no pequeño daño a todo el común de la Iglesia, si por mi debilidad privaba al rebaño de Jesucristo de un joven tan bueno y tan útil para el gobierno de los hombres, no le descubrí lo que sentía de estas cosas. Aunque hasta entonces, jamás había podido sufrir el ocultarle alguno de mis sentimientos. Y añadiéndole ser muy conveniente dejar para otro tiempo (por no ser cosa que urgiese mucho) el resolver sobre este negocio, lo persuadí sin dificultad a que dejase por entonces este pensamiento y a que confiase, que si llegaba el caso de abrazar aquel estado, yo le acompañaría en la determinación.
Pero no pasó mucho tiempo, cuando llegó allí el que nos había de ordenar. Yo me oculté, y él, ignorante de lo que pasaba, fue con otro pretexto conducido a recibir el yugo. Esperando, por lo que yo le había prometido, que sin dificultad lo seguiría, o que tal vez era él el que me seguía, pues algunos de los que se hallaban presentes, [2] viéndole inquieto por esta especie de violencia, lo engañaron. Diciendo que era cosa indigna, que aquél a quien todos tenían por atrevido, (señalándome a mí) hubiese cedido con tanta sumisión al juicio de los Padres; y que él, que era más modesto y prudente, se mostrase soberbio y amigo de vanagloria, rehusando, repugnando, y contradiciendo.
Habiendo cedido a estas razones, luego que supo que yo me había ocultado, fue a buscarme. Y entrando en mi cuarto con un aire de semblante muy triste, se sienta junto a mí, queriendo decir alguna cosa. Pero impedido por la angustia, no podía manifestar con palabras la violencia que padecía. Luego que abría los labios para proferir alguna, la opresión interna se la cortaba antes que pasase de los labios.
Viéndolo tan afligido y tan lleno de turbación, y sabiendo yo la causa, no pude dejar de prorrumpir en risa por el gran gusto que sentía. Y cogiéndolo de la mano, me arrojaba a abrazarle, glorificando a Dios, de que mis artificios hubiesen tenido el feliz suceso que yo siempre había deseado.
Luego que advirtió en mí una alegría tan extraordinaria, conociendo que yo hasta entonces lo había engañado, tanto más se inquietaba, y lo sentía.
[2] Esto es de los electores
.Finalmente, volviendo algún tanto sobre sí de aquella turbación de ánimo dijo: Ya que tú enteramente has abandonado mis intereses, y que tan poco caso haces de mí, sin que yo pueda entender el motivo, debías, a lo menos, atender a tu reputación. Tú al presente has abierto la boca a todos, y todos a una voz dicen, que llevado del amor de una gloria vana, has rehusado este ministerio; no hay alguno que té libre de este cargo. Yo no me atrevo a presentarme en público: muchos son los que vienen a encontrarme, y los que cada día me acusan. Luego que llegan a descubrirme en cualquier parte de la ciudad, tomándome separadamente los que tienen alguna familiaridad con nosotros, cargan sobre mí la mayor parte de esta culpa. "Sabiendo, me dicen, el ánimo de éste, (pues te eran patentes sus secretos) no convenía que nos lo hubieses ocultado, sino que debías haberlo comunicado con nosotros. Pues no nos hubiera faltado modo de cogerle en sus mismas redes."
Yo por mi parte no me atrevo, antes me avergüenzo de responderles, que he ignorado la resolución, que tú ya mucho antes habías tomado, para que no crean que es pura ficción nuestra amistad. Pues aunque ello sea así, como verdaderamente lo es, lo que tú mismo no podrás negar, por lo que acabas de hacer conmigo. Con todo, es bueno que se oculten nuestras faltas a los de afuera, que tienen de nosotros un mediano concepto. Yo no tengo cara para descubrirles la verdad del hecho, ni el estado de nuestras cosas; por lo que no me queda otro recurso, sino callar, fijar la vista en el suelo, y evitar, retirándome, el encuentro con los que me pueden preguntar. Y aun en el caso de que pueda librarme de la primera acusación, con todo es necesario que me convenzan de embustero. ¿Cómo podrán darme crédito, cuando me oigan decir, que tú has puesto a Basilio en el número de aquéllos a quienes conviene ocultar tus cosas?
Pero sobre esto no quiero alargarme más, porque tú así lo has querido. Paso a otras cosas, que de ningún modo podremos sufrir sin vergüenza, porque unos te acusan de arrogante, otros de vanaglorioso, y los que no son tan moderados en la censura, nos culpan de uno y otro. Añadiendo al mismo tiempo injurias contra los que nos han hecho este honor, diciendo que les está muy bien, aunque por nuestra causa tuvieran más que sufrir. Porque habiendo despreciado a tales, y a tantos varones, han promovido de repente a una dignidad de tanto honor, que ni aun por sueños la hubieran podido esperar, a unos jovencillos, que no hace dos días que se hallaban envueltos en los cuidados de la vida. Porque de poco tiempo a esta parte comenzaron a arrugar la frente, a vestir de negro, y a fingir tristeza en su semblante. Y que los que se han ejercitado en la vida ascética desde sus primeros años hasta la edad más decrépita, se ven obligados a obedecer, y a que los manden sus mismos hijos, que ignoran las leyes con que se debe administrar este empleo. Éstas y otras muchas cosas oigo continuamente de los que se acercan a mí. Ahora yo no sé qué he de responder a todos estos cargos, por lo que te ruego me sugieras alguna cosa. Pues yo no me puedo persuadir que, temerariamente y sin consejo hayas hecho esta fuga, y querido granjearte una enemistad tan grande con varones tan esclarecidos. Sino que esto lo has hecho con toda reflexión y movido de alguna razón particular; por lo que conjeturo que tú las tendrás muy prontas para la defensa. Dime, pues, ¿qué excusas justa podremos dar a los que nos acusan?
De lo que tú me has ofendido no pido satisfacción, ni de que me has engañado, ni de haberme vendido, ni tampoco del bien que has disfrutado en el tiempo pasado. Yo por mi parte, por decirlo así, he llevado y puesto mi alma en tus manos. Tú has usado conmigo de la misma cautela que pudieras con aquellos enemigos, de quienes debieras guardarte. Si sabías que era útil este tu consejo, no debías rehusar la utilidad que de él resultase; y si por el contrario lo conocías nocivo, podías librar también del daño a quien siempre decías estimar sobre los otros. Pero tú todo lo has dispuesto para que yo cayese en el lazo. ¿Necesitabas tú usar de engaños y de ficciones con aquél que ha acostumbrado decir y hacer todas sus cosas sin recelarse de ti, y con la mayor sencillez? Pero de nada de esto, como ya te he dicho, te acuso al presente, ni te doy en cara con la soledad en que me has dejado. Habiendo cortado aquellos ratos de conversación, de que sacábamos tan gran utilidad, y entretenimiento.
Dejo todo esto, y lo sufro con silencio, y con paciencia, no porque tú hayas faltado levemente contra mí; sino porque desde aquel día en que comencé a frecuentar tu amistad, me puse la ley de no ponerte en obligación de responder, ni defenderte de aquellas cosas, en que quisieras causarme sentimiento. Que no ha sido pequeño el que me has dado, tú mismo lo puedes conocer, si es que tienes presentes los discursos que frecuentemente hacían de nosotros los extraños, y los que pasaban también entre los dos. Éstos se reducían, a que nos sería muy útil el permanecer unidos de voluntades, y defendidos con una mutua amistad. Todos los otros decían que la concordia de nuestros ánimos traería no pequeña utilidad a otros muchos.
Yo, por lo que toca a mí, estaba persuadido, que de ningún modo podría ser útil a alguno; pero decía que nos resultaría no poca ganancia de una tal concordia. Esto es, la dificultad con que nos podrían vencer los que intentasen combatirnos. Yo no cesaba de traerte continuamente a la memoria estas cosas, ser los tiempos trabajosos, crecido el número de los que nos ponen asechanzas, haberse perdido la sinceridad en el amor, y haber entrado en su lugar la peste de la envidia. Caminar nosotros en medio de los lazos y pasearnos sobre las almenas de las ciudades, ser muchos, y de muchos lugares, los que estaban prevenidos para alegrarse de nuestros males, si nos acaecía alguna cosa contraria. Ninguno, o muy pocos los que se compadeciesen de nosotros. Mira, pues, no sea que nuestra desunión cause la risa de muchos, o algún mal mayor todavía que la risa:[3] Un hermano asistido por otro, es como una ciudad fuerte, y como un reino bien pertrechado. No quieras deshacer la sinceridad de esta hermandad, ni romper esta firmeza.
Éstas y otras muchas cosas te decía yo continuamente, no sospechando de ti una cosa semejante Sino que creyendo enteramente que tú me tuvieses un ánimo sincero, yo por un exceso de amor, quería curarte, aun estando sano; pero no reperaba, como he visto por experiencia, que aplicaba medicinas a un enfermo. Y ni aun así, ¡miserable de mí! he adelantado cosa alguna, ni he sacado algún fruto de esta tan exquisita providencia.
Porque tú, desechando enteramente todo esto, y no queriendo darle entrada en tu ánimo, me has entregado a un mar inmenso, como un navío sin lastre, y sin considerar la furia de las olas, que necesariamente había de padecer. Y si en lo sucesivo acaeciere que muevan contra mí una calumnia, o que me hagan alguna burla, afrenta, o algún otro daño (pues es necesario que sucedan estas cosas muchas veces) ¿a quién he de recurrir? ¿Con quién comunicaré yo mis turbaciones de ánimo? ¿Quién querrá defenderme? ¿Quién podrá contener a los que me den que sentir o hará que no lo hagan en lo sucesivo? ¿Quién me dará consuelo, o me preparará para sufrir con paciencia las insolencias de otros? Ninguno por cierto, habiéndote apartado tú tan lejos de esta tan peligrosa guerra, que no podrás jamás oír, ni aun mis clamores.
¿Sabes tú, por ventura, el grande mal que has hecho? ¿Conoces siquiera, después de haberme herido, qué herida tan mortal es la que me has dado? Pero dejemos estas cosas, (pues no es posible deshacer lo que ya está hecho, ni hallar camino para lo que no le tiene) ¿qué diremos a los extraños? ¿Qué responderemos a sus acusaciones?
[3] Prov. 18. c.
Ten buen ánimo, le dije yo, porque no sólo estoy dispuesto a darte cuenta de estas cosas, sino que procuraré defenderme, en cuanto pueda, de todas aquéllas de que tú has querido dejarme libre. Y si lo quieres así, de la defensa de estas daré principio a mis razones. Pues sería un hombre muy necio, y sin consideración, si haciendo caso de la opinión de los extraños, y no omitiendo diligencia para que dejasen de acusarme, no pudiera también persuadir de que en nada he ofendido al que entre todos estimo. Y que conmigo usa tal respeto, que ni aun quiere acusarme de las ofensas que dice haber recibido de mí, y que descuidando enteramente sus intereses, sólo atiende a los míos. Y al mismo tiempo, si se viese que yo he tenido con él más descuido, que el cuidado que él ha manifestado de mí.
¿Qué es, pues, en lo que yo te he ofendido? Porque he determinado entrar desde aquí en el piélago de mi defensa. ¿Es acaso porque te he engañado, y te he ocultado mi determinación?
Pero esto lo he hecho atendiendo a tu utilidad, que has sido engañado, y a la de aquéllos en cuyas manos te he puesto, engañándote. Y si, universalmente hablando, es malo todo engaño, y no es permitido usar de él alguna vez para una cosa útil, yo estoy pronto a sufrir la pena que tú quisieres darme. O mejor diré (pues no tendrás valor para tomar satisfacción de mí), yo mismo me condenaré a aquellas penas a que condenan los Jueces a los malhechores, cuando sus acusadores los convencen de algún delito.
Pero si éste no es siempre dañoso, sino que viene a ser bueno o malo, según el fin e intención de quien lo usa; dejando a un lado el que yo te haya engañado, me has de probar que lo haya hecho con fin malo. Y si nada de esto hay, justa cosa será, que los que pretenden parecer rectos en sus juicios no solamente no muevan acusaciones y cargos, sino que alaben al que usa semejantes artificios. Es tan grande la utilidad que resulta de un engaño de estos, hecho a tiempo, y con rectitud de intención, que muchos, por no haberlo usado, frecuentemente han pagado la pena.
Y si quieres buscar con diligencia los capitanes que han florecido en todos los siglos, hallarás que la mayor parte de sus trofeos son frutos de un ardid, y que han merecido mayor alabanza que los que vencieron en campo abierto. Pues éstos dan fin a las guerras con mayor dispendio de hombres y de dinero. De modo que no les queda alguna utilidad de la victoria, padeciendo los vencedores no menor pérdida que los vencidos, destruida la gente y agotados los erarios. Fuera de esto, los vencidos no los dejan disfrutar enteramente de la gloria de la victoria, no siendo pequeña la parte que toca a los que cayeron en el campo. Porque quedando vencedores en los ánimos, sólo fueron vencidos en los cuerpos, de suerte, que si hubiera estado en su mano el no ser muertos, y la muerte que sobrevino no los hubiera hecho cesar de su ardor, de ningún modo hubieran desistido de él.
Pero aquél que ha podido vencer por alguna astucia, no solamente envuelve a sus enemigos en la miseria, sino que los expone a la risa del mundo. Así como en el primer caso no llevan los unos y las otras iguales alabanzas por su fortaleza, así tampoco aquí por su prudencia, sino que todo el premio es de los vencedores. Y lo que no es menos apreciable que lo dicho, conservan entero a sus ciudades todo el gusto que resulta de la victoria. Ni pueden compararse de algún modo la abundancia de dineros, o el número de los cuerpos con la prudencia del ánimo. Porque aquéllos, al paso que sin cesar se consumen en la guerra, se apuran, y faltan a sus poseedores, pero esta, cuanto más se ejercita, tanto más se aumenta naturalmente.
Y no solamente en la guerra, sino también en la paz se encontrará muy necesario, y conveniente el uso de los engaños. Lo es en los negocios públicos, y en los domésticos, al marido respecto de la mujer, a la mujer respecto del marido, al padre con su hijo, al amigo con el amigo, y aun a los hijos con su mismo padre. La hija de Saúl[4] no hubiera podido librar de otra suerte a su marido[5] de las manos de Saúl, sino engañando a su padre. Ni el hermano de ésta, [6] que ya la había librado, viéndola en peligro nuevamente, y queriéndola salvar, uso de otras armas, que de las que se valió la mujer"[7].
[4] Esta fue Michol.
[5] David.
[6] Jonatás, hermano de Michol.
[7] Michol, mujer de David: 1 R 19; 20
Pero nada de esto me toca a mí, dijo Basilio, pues yo no soy enemigo oculto, ni declarado, ni de aquéllos que intentan ofender a otro, sino todo lo contrario. Pues he dejado siempre a tu arbitrio todas mis cosas, habiendo seguido por aquel camino, por donde tú me has mandado.
Juan: Por lo mismo, ¡Oh varón bueno, y admirable!, con prevención te he dicho que no solamente en la guerra y con los enemigos, sino en la paz y con los más amigos, es bueno usar de la astucia. Y en prueba de que ésta sea útil, no sólo a los que engañan, sino también a los engañados, acércate a algunos de los médicos, y pregúntales cómo curan a los enfermos. Y te dirán que no se contentan solamente con el arte sino que hay ocasiones, en que valiéndose del engaño, y acompañando su socorro, restituyen por este medio la salud a los enfermos. Cuando el hastío de éstos, y la gravedad de la dolencia no dan lugar a los consejos de los médicos, es necesario en tal caso ponerse la máscara del engaño para poder ocultar, como sucede en una escena, la verdad del hecho.
Y si quieres, yo te contaré uno de los muchos que acostumbran usar. Se vio uno en cierta ocasión acometido de calentura muy ardiente. Crecía el ardor y el enfermo rehusaba tomar todo aquello que pudiese mitigar el fuego, y por el contrario apetecía, y hacía grandes instancias, pidiendo a todos los que entraban a visitarle, que le alargasen vino puro con abundancia y le diesen con qué saciar este mortal deseo. No hay duda que si alguno hubiera condescendido con su gusto, lejos de mitigarle el ardor, hubiera puesto fuera de sentido a aquel desgraciado. Viéndose, pues, el arte perplejo, y no encontrando algún otro medio, y quedando enteramente inútil, entró en su lugar el engaño, y dio tales pruebas de su virtud, y eficacia, como oirás ahora de mí.
Tomando, pues, el médico una vasija de tierra que acababa de salir del horno, y habiéndola puesto en una buena cantidad de vino hasta empaparse, la sacó vacía, y llenándola de agua, mandó que oscureciesen el cuarto donde yacía el enfermo, poniendo muchas cortinas para que la luz no descubriese el artificio y se la alargó para que bebiese, como si estuviera llena de vino puro. El enfermo antes de tomarla en las manos, engañado luego del olor que salía del vaso, no se detuvo a indagar curiosamente qué era lo que se le había dado, sino que persuadido del olor, y deslumbrado por la oscuridad, agitado del deseo, tragó con gran ansia lo que le habían presentado, y saciándose, apagó en el punto aquel ardor, y evitó el peligro que le amenazaba.
¿No ves la utilidad de un engaño? Y si quisiera alguno reducir a número todas las astucias que usan los médicos, alargaría infinitamente su discurso. Se hallará también, que no solamente los que curan los cuerpos, sino también los que atienden a las enfermedades del alma, han aplicado frecuentemente esta medicina. De este modo redujo[8] el apóstol San Pablo aquellos tantos millares de judíos. Con este fin circuncidó a Timoteo, [9] el mismo que amenazó a los gálatas, [10] que Cristo nada aprovecharía a los que se circuncidasen. Por esto permanecía bajo el yugo de la Ley; bien, que juzgaba demérito, después de la fe en Jesucristo, [11] la justificación que proviene de la Ley.
Grande es la fuerza de un engaño, como este no sea con fin dañado. Ni se puede esto llamar engaño, sino una cierta economía, una sabiduría, y arte propia, para buscar camino donde no le hay, y para corregir los vicios del alma. Ni podré yo llamar homicida a Phinees, aunque de un solo golpe mató a dos, [12] ni tampoco a Elías después de los cien soldados[13] con sus oficiales, y después de aquel abundante arroyo de sangre[14] que hizo correr con la muerte de aquéllos que se habían consagrado a los demonios. Si esto concediéramos, y pretendiéramos examinar las cosas en sí mismas, y desnudas del fin e intención de los que las ejecutaron, podría cada uno, sin dificultad, condenar a Abraham de parricidio, [15] y del mismo modo acusará a su nieto y biznieto de malicia y engaño. Pues aquél se usurpó la primogenitura[16] y el otro[17] pasó al campo de los israelitas las riquezas de los egipcios.
Pero no es esto así, no. No permita Dios semejante atrevimiento. Pues no sólo no culpamos a estos tales, sino que por el contrario los admiramos por semejantes hechos. Pues ellos por los mismos merecieron la aprobación divina. Será digno de ser llamado engañador, aquél que use del engaño con fin torcido, pero no el que lo hace con buena intención. Muchas veces es necesario usar de la astucia y por medio de este artificio ocasionar grandísimo bien. Aquél, pues, que camina sin esta cautela, ocasiona gravísimos daños a quien no ha querido engañar.
[8] Ech 21. 26
[9] Ech 16. 3
[10] Ga 5. 2 ; Ech. 15. 1
[11] Flp 3. 7
[12] Zambri y a Gozbi por haberse mezclado con los madianitas contra el precepto de Dios. Nm 25. 8
[13] Que le había enviado Ococías y que hizo morir con fuego bajado del cielo. 2 R 1. 10
[14] Fueron 850 los falsos profetas que mandó matar Elías. 1 R 18. 40
[15] Obedeciendo a Dios que le mandó sacrificar a su hijo. Gn 22. 3
[16] Jacob, hijo de Isaac, a quien su hermano Esaú vendió la primogenitura por un plato de lentejas. Gn 27. 19
[17] Moisés. Ex 11. 2
Contenido: Basilio, apacienta mis ovejas. La Grandeza de quien Gobierna. Persuádelo de pecar, no lo fuerces. Prudencia y Misericordia. El Temor de quien Ama. El Amor Discipular. La mayor Caridad: El Amor. Por amor a Dios, y no a los hombres. Se honesto, no adules, y amarás a Dios.
Pudiera detenerme a probar más largamente, que se puede usar para un fin honesto de la eficacia de la astucia; y que esta no debe llamarse engaño, sino una cierta admirable economía. Pero bastando lo expuesto hasta aquí para demostrarlo, sería una cosa molesta y enfadosa alargar superfluamente mi discurso. A ti sí que tocaría ahora el hacerme ver que yo no he usado de ésta, atendiendo únicamente a tu provecho.
A esto respondió Basilio: ¿Y qué utilidad me ha venido de esta tu economía, sabiduría, o como quieras llamarla? ¿Pretendes acaso persuadirme con esto, que no me has engañado?
Juan: Pues qué utilidad mayor, le dije yo, que practicar aquellas cosas que el mismo Cristo dijo ser las pruebas del amor hacia sí. Hablando, pues, al Príncipe de los Apóstoles, Pedro, le dijo, ¿me amas?[18] Y habiendo éste confesado que sí, añade: Si tú me amas, apacienta mis ovejas.
El Maestro pregunta al discípulo si lo amaba, no para saberlo, ¿qué necesidad tenía de esto, quien penetra los corazones de todos? Sino para manifestarnos cuán grande es el cuidado que tiene de que se apacienten estos rebaños. Lo cual, siendo por sí tan claro, igualmente lo será también ser grande e inefable aquel premio que está reservado para los que trabajan en aquellas cosas que tanto aprecia Jesucristo.
Y si nosotros, cuando vemos que algunos miran con cariño a nuestros domésticos o bestias, contamos este cuidado como un testimonio del amor que nos tienen, aunque todas ellas sean cosas que se adquieren por dinero; el que no por dinero, ni por cosa semejante, sino que con su misma muerte compró este rebaño, dando por precio de él su misma sangre, ¿qué dones no tendrá preparados para los que se emplean en apacentarlo?
De aquí es que respondiendo el discípulo: "Tú sabes, Señor, que yo te amo," y poniendo por testigo de su amor al mismo que amaba, el Salvador no se paró aquí, sino que añadió la prueba del amor. No quería manifestar entonces, cuánto era lo que Pedro lo amaba; (porque esto ya se había conocido en muchos lances) sino que quiso, que Pedro, y todos nosotros supiésemos cuánto era lo que él amaba a su Iglesia, para que nos aplicásemos a esto con el mayor esmero.
¿Y cuál fue la causa de no haber perdonado Dios a su Hijo Unigénito, [19] sino que aun siendo único lo entregó? Para reconciliar a aquéllos que eran sus enemigos, y formarse un Pueblo escogido. ¿Y por qué derramó su Sangre? Para tener la posesión de aquellas ovejas que encomendó a Pedro y a todos sus sucesores.
Justamente decía Cristo:[20] ¿Quién es el siervo fiel y prudente a quien el Señor ha puesto para gobernar su casa? He aquí por segunda vez palabras de uno que duda, y el que hablaba, las profería sin dudar. Si no que como cuando preguntando a Pedro, si lo amaba, no lo preguntaba porque necesitase saber el amor del discípulo, sino porque quería manifestar el exceso de su amor. Así en nuestro caso, cuando dice: ¿Quién es el siervo fiel, y prudente? No dijo esto porque ignorase quien es este siervo fiel y prudente, sino que quería manifestar lo raro del ministerio, y la grandeza de este grado. Observa ahora cuán grande es el premio: le pondrá en la administración de todos sus bienes. Querrás acaso porfiar aún que yo no he hecho bien en engañarte, debiendo de ser puesto en la administración de los bienes de Dios y practicar aquellas cosas, que practicando Pedro, afirmó el Señor, había de sobresalir entre los demás Apóstoles, diciéndole: Pedro, ¿me amas más que estos? Apacienta mis ovejas. Podía muy bien hablarle de esta suerte, si me amas, ayuna, duerme sobre la tierra desnuda, vela sin cesar, asiste a los que padecen injustamente, sé Padre de los huérfanos y sirve de marido a la madre de estos. Ahora, pues, dejadas a un lado todas estas cosas, que es lo que dice: Apacienta mis ovejas.
[18] Jn 21.15
[19] Rm 8. 32 ; Rm 8. 32 ; Jn 3. 16 ; Rm 5. 6
[20] Mt 24. 45
Todas las cosas que acabo de decir pueden fácilmente practicar muchos de aquéllos que son súbditos, y no solamente los hombres, sino también las mujeres. Pero cuando se trata de gobernar la Iglesia, y de tomar a su cargo el cuidado de tantas almas, sepárese de la grandeza de este ministerio todo el sexo de aquéllas, y la mayor parte de los hombres, y sean presentados aquéllos que sobresalen entre todos con exceso, siendo tantos más altos que los otros en la virtud del ánimo, cuanto lo era Saúl sobre toda la nación de los hebreos en la altura del cuerpo, y aun mucho más. Ni se busque aquí solamente la medida de la estatura, sino que cuanta es la diferencia que hay de los brutos a las criaturas racionales, otro tanta distancia ha de haber entre el pastor y las ovejas. Por no decir, que ha de ser aun mayor, pues el peligro es de cosas mucho mayores. Porque aquél que perdió las ovejas, o porque las cogieron los lobos, o asaltaron los ladrones, o las sorprendió la peste, o alguna otra desgracia de estas, podrá tal vez esperar algún disimulo del dueño del ganado; y cuando éste quiera pedirle satisfacción, el daño se recompensa con dinero. Pero aquél a quien están confiados los hombres, que son el rebaño racional de Cristo, padece en primer lugar el daño, no en el dinero, sino en su misma alma por la pérdida de las ovejas.
Le queda demás de esto una contienda mayor y más difícil: no son lobos a los que ha de hacer frente, ni tiene que recelarse de ladrones, ni que procurar apartar el contagio del rebaño. ¿Pues con quién tiene esta guerra? ¿Con quién debe pelear? Oye al bienaventurado Pablo, que dice:[21] "Nosotros no tenemos guerra con la sangre, y con la carne, sino con los principados, y con las potestades. Con los mundanos rectores de las tinieblas de este siglo, contra las espirituales malicias en las partes celestiales." ¿No has visto la terrible muchedumbre de enemigos, los atroces escuadrones, no armados de hierro, sino que en lugar de toda la armadura, tienen bastante con su propia naturaleza? ¿Quieres ver aún otro ejército cruel y fiero que pone asechanzas a este rebaño? Este lo verás desde la misma atalaya. El mismo que habló de aquellas cosas nos muestra estos mismos enemigos, hablando de esta suerte:[22] "Son manifiestas las obras de la carne, las cuales son: la fornicación, el adulterio, la impureza, la deshonestidad, la idolatría, los maleficios, las enemistades, las riñas, los celos, las iras, las contiendas, las detracciones, los chismes, las hinchazones de ánimo, las sediciones, y otras muchas cosas." No las redujo todas a número, sino dejó que estas se comprendiesen a las demás.
Y por lo que toca al pastor de los irracionales, los que quieren destruir el rebaño, si ven que huye el que lo cuida, no se detienen a combatir con él, sino que se contentan con llevarse el ganado. Pero en nuestro caso, aun después de haber cogido todo el ganado, no dejan al que lo apacienta, sino que lo acometen con mayor furia y toman mayor ardor, no desistiendo de su empresa, hasta haberle derribado o quedar ellos vencidos. Se junta a todo esto que las enfermedades de las bestias se conocen fácilmente, ya sea hambre, ya peste, ya herida, o cualquiera otra cosa que las infeste; lo que no sirve de poco alivio para librarlas de los males que las molestan. Y aun se encuentra otra mayor ventaja que esta, la que hace que se apresure la curación del mal. ¿Y cuál es? Que los pastores, con gran potestad, obligan a las ovejas a recibir la curación, cuando de buena voluntad no la admiten. Pues sin dificultad las atan cuando conviene aplicar el fuego, o el hierro; y las tienen cerradas mucho tiempo, y las conducen de un pasto a otro y alejan de las aguas, cuando todo esto les es conducente. Del mismo modo sin el menor trabajo aplican todas las otras cosas, que creen pueden conducir para su curación.
[21] Ef 6. 12
[22] Ga 5. 19 ; 1 Rm 1. 29 ; 2 Cor. 12. 20
Persuádelo de pecar, no lo fuerces
Pero por lo que respecta a las enfermedades de los hombres, no es fácil al principio que un hombre las conozca:[23] "Porque ninguno conoce las cosas del hombre, sino el espíritu del hombre que está dentro de él." ¿Cómo, pues, podrá uno aplicar el remedio a una enfermedad, cuya condición no conoce, y que muchas veces, ni aun puede saber si está enfermo aquél a quien lo aplica? Aun cuando el mal se manifiesta, no es por eso menor la dificultad. Porque no se pueden curar todos los hombres con la misma facilidad con que cura el Pastor las ovejas. Se puede muy bien atar aquí, apartar del pasto, usar del hierro y del cauterio;[24] pero la libertad de recibir la curación está no en quien aplica la medicina, sino en el enfermo. Conociendo esto aquel varón admirable, decía a los de Corinto: "Nosotros no dominamos vuestra fe, sino que somos cooperadores de vuestro gozo." [25]
Principalmente a los cristianos, es a quienes entre todos es menos permitido el corregir con la fuerza las caídas de los pecadores. Los jueces externos, [26] cuando cogen a los delincuentes que han faltado contra las leyes, ejercitan su gran poder, y por fuerza los obligan a mudar de costumbres. Pero en nuestro caso, la persuasión, y no la fuerza es lo que ha de mejorar a este hombre. Porque ni las leyes nos han dado facultad tan grande para reprimir a los delincuentes. Y aunque nos la hubieran dado, no tendríamos ocasión en que emplear esta autoridad, porque Dios corona a aquéllos que se abstienen del pecado por elección, y no por necesidad.
De aquí es que se necesita una gran habilidad para que los que están enfermos puedan ser persuadidos a que voluntariamente se sujeten a la curación de los sacerdotes. Y no solamente esto, sino que conozcan la gracia que reciben en curarlos. Y si alguno, estando atado, él mismo se golpea, (pues está en su mano el hacerlo) hará el mal más incurable; y si no hiciere caso de las palabras que cortan a semejanza de cuchillo, con este desprecio añadirá otra herida, y la ocasión de la cura vendrá a ser materia de enfermedad más difícil. Pues no hay alguno que le obligue, ni que pueda contra su voluntad curarle.
[23] 1 Cor 2. 11
[24] Estas palabras se explican mas abajo y no perjudican a lo que sienta poco después.
[25] 2 Cor 1. 24
[26] Esto es seculares.
¿Qué es, pues, lo que aquí se puede hacer? Si te portas con demasiada blandura con aquél que necesita de mucho rigor, y no dieres el corte profundo a quien tiene necesidad de esto, cortarás una parte de la herida, y dejarás otra. Y si dieres sin misericordia un corte justo, sucederá muchas veces, que exasperado aquél de dolor, arrojándolo todo desconsideradamente, la medicina y la ligadura, se precipitará a sí mismo, haciendo pedazos el yugo rompiendo las ataduras.
Pudiera contarte aquí muchos que llegaron a los últimos males por haberles aplicado las penas que merecían sus delitos. Porque no se debe aplicar sin consejo el castigo a proporción de las culpas, sino que es necesario explorar primero el ánimo de los que pecan. No sea que queriendo reparar lo que está roto, lo hagas más irreparable, y queriendo levantar lo caído des ocasión a otra mayor caída.
Los que son débiles, relajados, y que por la mayor parte se hallan entregados a los placeres del mundo, y que pueden blasonar no poco por su nobleza y poder, reduciéndolos blandamente, poco a poco, a que reconozcan sus pecados. Ya que no en todo podrán, a lo menos en parte, librarse de los males que los aprisionan; pero si alguno sin medida aplicare la corrección, los privará aun de aquella menor enmienda.
El ánimo, pues, cuando una vez ha sido obligado a pasar los límites de la vergüenza, cae en la indolencia, después no cede a razones suaves. Ni se dobla por amenazas, o mueve con los beneficios, sino que viene a hacerse peor que aquella ciudad, a quien reprobando el profeta, decía:[27] "Te has hecho semejante a una ramera; has perdido con todos la vergüenza."
De aquí es, que el pastor necesita de mucha prudencia y de mil ojos para considerar por todas partes el estado de un alma. Porque así como muchos se inquietan hasta el extremo de una locura, y caen en una desesperación de su salud, por no poder sufrir los remedios ásperos; así también hay otros que, por no haber pagado el castigo correspondiente a sus delitos, se entregan al desprecio y descuido. Haciéndose mucho peores, y son como llevados por la mano a cometer mayores excesos. Conviene, pues, no dejar cosa alguna de estas sin examen. Después de haberlas considerado todas con la mayor atención, ha de aplicar todo cuanto esté de su parte el Sacerdote, para que su cuidado no le salga inútil. Y no solamente para esto, sino para reunir los miembros que están separados de la Iglesia, conocerá cualquiera que tiene mucho que hacer; porque un pastor de ovejas tiene su rebaño, que le sigue por cualquier parte que lo guíe. Y si algunas se extraviaren del camino recto, y dejados los pastos buenos, se apacientan en lugares estériles y escabrosos, les basta gritar con fuerza para reducir de nuevo, y hacer volver al rebaño la que se había separado. Pero si un hombre se apartare de la verdadera creencia necesita el pastor de mucha industria, constancia y paciencia; porque no podemos traerle por fuerza, ni obligarle con el temor. Sino que es necesario con persuasiones hacer que vuelva a la verdad, de donde desde el principio se había extraviado. Se requiere, por tanto, un ánimo generoso para no desfallecer, ni desesperar de la salud de los que andan perdidos. De suerte, que continuamente vayan rumiando y diciendo aquello:[28] "Mira no sea que Dios les dé arrepentimiento, para que conozcan la verdad, y queden libres de los lazos del demonio." Por esto mismo, hablando el Señor con sus discípulos, les dijo:[29] "¿Quién es el siervo fiel, y prudente?"
Porque aquél que tiende a perfeccionarse a sí mismo, reduce solamente a sí toda la utilidad. Pero el provecho del ministerio pastoral se extiende a todo el pueblo. Y aquél que distribuye el dinero a los necesitados, y que por otra parte defiende a los que padecen injustamente, en la realidad no deja de aprovechar a sus prójimos, pero tanto menos que un sacerdote, cuanta es la distancia que hay entre el cuerpo y el alma. Justamente dijo el Señor, que el cuidado de su rebaño es una señal de amor hacia él.
¿Pues qué, tú no amas a Cristo? dijo Basilio.
Juan: Yo le amo, y nunca dejaré de amarlo; pero temo enojar al mismo que amo.
Basilio: ¿Y qué enigma más oscuro que éste? Porque si Cristo ha ordenado que apaciente sus ovejas aquél que le ama, ¿cómo dices que tú no las apacientas, porque amas al mismo que manda esto?
Juan: No es enigma, respondí, este modo de hablar, sino muy claro, y sencillo. Porque si yo, hallándome con las fuerzas suficientes que Cristo pide para administrar este cargo, con todo lo rehusase, podías, en tal caso, dudar de lo que digo. Pero haciéndome inútil para tal ministerio la debilidad de mi ánimo, ¿qué duda puede quedar de mis palabras? Temo, pues, no suceda, que recibiendo el rebaño de Cristo, grueso, y bien alimentado, por mi falta de experiencia lo eche a perder, irritando contra mí a un Dios, que lo ama con tanto extremo, que se dio a sí mismo por precio de su salud, y redención.
Basilio: ¿Te burlas cuando dices esto? Porque si hablas de veras, yo no sé verdaderamente con qué otras razones podría probar mejor ser justo mi sentimiento que con las que has procurado apartar de mí esta tristeza. Porque yo, aunque desde el principio he visto muy bien que he sido engañado, y vendido por ti; pero ahora que has querido dar satisfacción a mis cargos, conozco y entiendo mucho más claramente en qué abismo de males me has metido. Porque si tú has huido de este ministerio por el conocimiento que tenías de que tu ánimo no podría sufrir el peso de este cargo, debías haberme librado de él a mi el primero. Y esto, aun en el caso de haber yo manifestado mucho deseo de alcanzarlo, y no en el de haber puesto en tus manos todas mis deliberaciones. Pero ahora veo, que atendiendo solo a tu comodidad, has olvidado enteramente la mía. ¡Y ojalá fuera sólo haberla olvidado! así me daría por contento! Pero me has puesto asechanzas, para que con mayor facilidad me pudiesen coger los que quisieran hacerlo.
Ni tienes que recurrir a la disculpa de haber sido engañado del concepto de muchos, por el cual quedaste persuadido de algunas grandes y admirables prerrogativas que en mí hayan hallado. Porque yo no puedo entrar en el número de los que pueden ser admirados o llamarse ilustres, y aunque todo esto fuera así, debía prevalecer en tu estimación la verdad a la opinión del vulgo. Si yo nunca te hubiera dado pruebas de lo mismo, por mi trato, podía quedarte algún pretexto razonable para haber sentenciado, siguiendo la opinión del vulgo. Pero si ninguno ha sabido tan bien todas mis cosas, antes bien tenías conocido mi ánimo, mejor aun que los mismos que me engendraron, y criaron, ¿qué razón probable podrás dar, con que puedas persuadir a los que te oigan, que tú involuntariamente me has puesto en este peligro? Pero dejemos a un lado todo esto, porque yo no intento obligarte a responder sobre ello. Dime solamente, ¿qué excusa hemos de dar a los que nos culpan?
Yo no pasaré antes, le respondí, a hablar de estas cosas, sin que primero dé satisfacción a las que pertenecen a ti, aunque tú mil veces quieras librarme de responder a tus cargos.
Tú dices, que por la ignorancia podía tener algún perdón, y aun quedar libre de todo cargo, si ignorante de tus cosas, te hubiera reducido a estos términos. Pero que por haberte entregado, no ignorante, sino bien informado de todas ellas, no me queda algún pretexto razonable con qué defenderme justamente. Pues yo digo todo lo contrario. ¿Y por qué? porque semejantes cosas necesitan de mucha consideración; y aquél, que debe dar un sujeto idóneo para el sacerdocio, no ha de atender sólo a la fama, y opinión del pueblo, sino que juntamente con ella, se debe, sobre todo, informar del modo de portarse de aquel sujeto.
Diciendo el bienaventurado San Pablo:[30] "Conviene que tenga también un buen testimonio de aquéllos que son de fuera," no quita el diligente, y cuidadoso examen, ni lo pone como principal indicio de semejante pesquisa. Porque habiendo apuntado antes otras muchas circunstancias, añade por último ésta, manifestando que no le debe bastar ésta sola para tales elecciones, sino que necesita acompañarla con las otras; porque sucede, no pocas veces, ser falsa la opinión del vulgo. Pero cuando han precedido unas pruebas diligentes, no queda que temer para lo sucesivo algún peligro por aquélla. De aquí es, que después de otras muchas calidades, añade el testimonio de los extraños. Porque no dijo simplemente, conviene que tenga un buen testimonio, sino que insertó la voz, también, queriendo significar, que antes de la opinión de los extraños, se debe hacer una inquisición diligente de su persona. Justamente, pues, por esto; esto es, por saber yo todas tus cosas, mejor aun que los mismos que te engendraron, como tú mismo has confesado, sería justo que yo quedase libre de toda culpa.
Justamente por esto, dijo Basilio, no podrás ser absuelto si alguno quisiere acusarte. ¿No te acuerdas, y no me has oído decir frecuentemente, y por las mismas obras has podido conocer cuán poca es la fortaleza que se halla en mi alma? ¿No me has burlado continuamente como a hombre de poco espíritu, porque yo, fácilmente, al menor contratiempo perdía el ánimo? Juan: Bien me acuerdo, respondí yo, haberte oído muchas veces semejantes discursos, ni yo lo negaría. Pero si alguna vez me he burlado de ti, ha sido por chanza, y no seriamente.
[27] Jer 2. 20 ; Jer 3. 3 ; Is 1. 21
[28] 2 Tim 2. 25.
[29] Mat 24. 45.
[30] 1 Tm 3. 1- 7
Al presente no es mi ánimo altercar contigo sobre este punto. Te pido sí, que uses conmigo de igual sinceridad, cuando yo quiera hacer memoria de alguna de las cosas buenas que en ti se hallan. Aunque tú pretendas redargüirme de que falto a la verdad, no me detendré en demostrar, que tú más hablas así por modestia que por hacerla obsequio. Y para confirmación de lo dicho, no me valdré de otro testimonio, que del de tus mismas palabras y de tus hechos.
Quiero, en primer lugar, que me respondas a esto: ¿sabes bien cuál es la fuerza del amor? Cristo, dejando a un lado todos los milagros que debían ser obrados por los apóstoles dijo:[31] "En esto conocerán los hombres, que vosotros sois mis discípulos, en que os amáis mutuamente." Y Pablo dice:[32] "Que el cumplimiento de la ley es el amor"; y que faltando éste, son inútiles todos los dones de Dios. Este singular bien, este distintivo de los discípulos de Cristo, y que se pone sobre todos los dones divinos, lo he visto fuertemente plantado en tu alma, y brotar frutos muy copiosos.
Yo confieso, respondió Basilio, que no es pequeño el cuidado que tengo sobre este punto; y confieso también, que pongo la mayor atención en este mandamiento. Pero que yo, ni aun la mitad de él haya cumplido, tú mismo podrás ser buen testigo, si dejando a un lado toda lisonja, quisieres hacer honor a la verdad.
[31] Jn 13. 35
[32] 1 Cor. 13. 3
Juan. Con que me volveré, dije, a los argumentos, y cumpliré ahora lo que te tengo amenazado, manifestando, que tú más das a la modestia, que a la verdad. Contaré un caso que sucedió poco hace tiempo, para que ninguno tenga que sospechar que trayendo aquí cuentos viejos, intento, por el mucho tiempo que ha pasado, oscurecer la verdad. No permitiendo ésta, que yo añada alguna cosa aun a lo que dijese sólo por gusto.
Cuando uno de nuestros confidentes fue, por calumnia, acusado de ultraje y de soberbia, se vio en el último peligro; tú entonces, sin que ninguno te llamase a la causa, y sin que te lo rogase el mismo que había de peligrar, tú mismo te arrojaste en medio de los peligros. El hecho fue de esta suerte.
Y para convencerte con tus mismas palabras, haré también aquí memoria de lo que tú dijiste. Porque no faltando unos que desaprobaban aquel ardor tuyo, y otros, que por el contrario lo alabasen, y admirasen: "¿Qué otra cosa, pues, debo yo hacer?" Dijiste a los que reprendían tu conducta, "yo no sé amar de otra suerte, sino es ofreciendo mi vida, cuando fuere necesario, para salvar alguno de mis amigos." Repetiste, aunque con diferentes palabras, pero en el mismo sentido, lo que Cristo dijo a sus discípulos, queriendo señalar los términos de un perfecto amor:[33] "Ninguno tiene, dijo, mayor caridad que ésta; que es poner su propia vida por sus amigos." Pues si no se puede encontrar mayor que ésta, llegaste ya al término de ella, y por lo que ejecutaste, y dijiste, has llegado ya a la cumbre. Este es el motivo que he tenido por haberte vendido, y por esto he urdido aquel engaño. ¿Quedas ahora persuadido, que ni por mala voluntad, ni por querer ponerte en peligro, sino por saber que serías muy útil, te hemos traído a este estadio?
Basilio: ¿Y piensas tú, dijo, que pueda ser bastante la fuerza del amor para la corrección de los prójimos?
Juan: Sin duda, respondí, que puede éste contribuir en mucha parte para esto; y si quieres que yo produzca aquí también pruebas de tu prudencia, pasemos a hablar de ésta, y manifestemos, que eres aun más prudente que amante.
Basilio se sonrojó al oír estas razones, y cubierto su rostro de vergüenza dijo: déjense ahora a un lado nuestras cosas, porque yo ya desde el principio no te he pedido cuenta de ellas. Si tienes alguna causa razonable con qué poder responder a los de fuera, de ésta te oiría hablar con mucho gusto. Por lo que omitido este inútil contraste, dime qué defensa podré yo alegar a los otros, tanto a los que nos han hecho este honor, como a los que se compadecen de ellos, como ultrajados por nosotros?
[33] Jn 15. 13
Por amor a Dios, y no a los hombres
Juan: Yo ya, respondí, me apresuraba a llegar a esto; porque concluido el discurso por lo que pertenece a ti, fácilmente me volveré también a esta parte de defensa. ¿Qué es, pues, en lo que estos nos acusan, y cuáles son los delitos?
Basilio: Dicen que nosotros los hemos injuriado, y que han recibido un ultraje muy grave, porque no hemos aceptado la honra que nos han querido hacer.
Juan: Pues, lo primero que digo, es, que no se debe hacer caso de la injuria que resulta a los hombres, cuando por conservarles el honor, nos vemos obligados a ofender a Dios.
Ni puedo tampoco creer, que puedan, sin peligro, indignarse los que llevan esto mal. Antes bien estoy persuadido, que encierra en sí un gravísimo daño. Porque aquéllos que están dedicados a Dios, y que miran a él solo en todas sus acciones, deben estar tan religiosamente dispuestos, que no cuenten por injuria una cosa de esta clase; y esto, aunque mil veces fueran ultrajados. Pero que yo, ni aun por pensamiento, haya tenido semejante atrevimiento, lo puedes conocer de lo que diré: Si yo por soberbia, o por vanagloria (de lo que tú has dicho, que con frecuencia nos calumnian muchos), hubiera venido a esto, sería, sintiendo con mis acusadores, uno de los que hubieran faltado más gravemente, por haber despreciado a unos varones grandes, y admirables, y sobre todo nuestros bienhechores. Y si es digno de castigo el ofender a aquél que no te ha ofendido, ¿cuánta pena merecerá el corresponder con obras contrarias, a los que por sí mismos se movieron a honrarnos? Ni alegue alguno, que por haber recibido de mí algún beneficio, o grande o pequeño, han querido premiar este servicio.
Ni aun en tiempo alguno nos ha pasado semejante cosa por el pensamiento, antes bien, hemos huido tan grave carga por otro fin muy diverso. ¿Por qué, ya que no nos perdonan, no quieren aprobar mi hecho? Sino que nos acusan de que hemos mirado por nuestra alma.
Yo, pues, he estado tan distante de injuriar a tales varones, que por el contrario, estoy por decir, que han recibido de mí un gran honor, con rehusar el que me hacían. Y no te admires, si te parece alguna paradoja lo que digo, oirás muy prontamente la razón de todo esto.
En este caso, ya que no todos, a lo menos, algunos que encuentran su gusto en maldecir, hubieran tenido ocasión de sospechar y de hablar muchas cosas de mi, que era el ordenado, y también de los que me habían elegido. Dirían, que atendiendo a las riquezas, y admirando la nobleza de la cuna, y lisonjeados por mí, me habían promovido a este grado. Y no me atrevo a asegurar, si se hallaría tal vez alguno, que sospechase haber sido inducidos por dinero. Cristo, añadirían, ha llamado a esta dignidad pescadores, artífices de tiendas, y publicanos; pero estos no se dignan admitir a los que se mantienen con su trabajo cotidiano. Y encontrando alguno que se haya aplicado a las letras humanas, y que pase en ocio toda la vida, a este alaban, y a este admiran. ¿Por qué, pues, desprecian a los que han sufrido innumerables sudores en utilidad de la Iglesia, y en un punto han elevado a semejante honor, al que ni aun ligeramente ha gustado jamás alguno de estos trabajos, sino que ha gastado toda su vida en la vana aplicación a las ciencias profanas?
Se honesto, no adules, y amarás a Dios
Estas, y otras muchas cosas hubieran podido decir, si hubiéramos admitido esta dignidad, pero no al presente. Pues con esto se les ha cortado todo pretexto de maldecir. Ni pueden acusarme de adulación, ni tampoco a aquéllos de haber recibido regalos, sino es que haya algunos, que voluntariamente quieran dar en semejante manía. ¿Cómo puede componerse, que el que sigue la adulación, y gasta el dinero por llegar a un puesto de honor cuando está a punto de conseguirlo, lo ceda a los otros? Esto sería lo mismo, que si un hombre después de haber tolerado muchos trabajos en cultivar la tierra, para que la mies viniese cargada de mucho fruto y el vino rebosase en los lagares después de innumerables fatigas y excesivo gasto de dineros, llegado el tiempo de segar, y de recoger la uva, dejase a los otros la cosecha de los frutos.
¿Ves como en este caso, aunque sus discursos fueran muy distantes de la verdad, con todo quedaba algún pretexto a los que quisieran calumniarlos de haber hecho la elección sin un recto discernimiento de razón? Pero ahora no les hemos dejado lugar para respirar, ni aun para abrir simplemente la boca.
Estas, y aun otras cosas mucho mayores hubieran dicho en el principio. Pero después de haber comenzado a ejercitar el ministerio, no hubiéramos bastado a defendernos cada día de los acusadores, y esto, aunque en todo nos hubiéramos portado irreprensiblemente, ¿qué sería cuando por la poca experiencia, y por la corta edad nos hubiéramos visto obligados a errar en muchas cosas?
En nuestro caso los hemos librado de este cargo, y en el otro, los hubiéramos expuesto a innumerables oprobios. Quién en tal caso no hubiera dicho: han fiado a muchachos sin juicio cosas grandes, y maravillosas, han destruido el rebaño de Dios. ¿Las cosas de los cristianos, se han convertido en juegos de niños, y en irrisión?
Pero ahora[34] toda la iniquidad cerrará su boca. Y si por lo que toca a ti dijeren todas estas cosas, prontamente los harás conocer por las obras, que ni la prudencia se mide por la edad, ni se hace prueba por las canas de la vejez. Ni se debe apartar enteramente al joven de tal ministerio, sino sólo al que es neófito, habiendo entre uno y otro grandísima diferencia.
[34] Sal 106. 42
Contenido: La soberbia es hija de la carne. Conócete a ti mismo, y serás admirable. No saben lo que dicen. La pureza del Sacerdote. La Gracia que se le confiere al Sacerdote. El Sacerdote engendra la vida venidera. La responsabilidad de la Gracia Sacerdotal. Fortaleza del Sacerdocio. Las bestias que asechan al Sacerdote. Elección responsable de candidatos. La ambición ofende a Dios y esclaviza al Sacerdote. Vigilancia y virtud. La ira daña la Fe. El Sacerdote: ejemplo de costumbres. La envidia, enemiga de la Piedad y Prudencia. Cualidades del que preside el gobierno. Servicio a las viudas: se buen administrador. Enfermos y peregrinos: se piadoso, prudente y buen ecónomo. Se con las vírgenes un buen custodia celestial.
La soberbia es hija de la carne
Para probar que no hemos rehusado este honor con ánimo de injuriar a los que nos han honrado, ni pretendiendo por esto hacerles algún ultraje, pudiéramos alegar lo que dejamos dicho. Pero que tampoco lo hemos rehusado, arrebatados de alguna especie de soberbia, procuraré ahora, en cuanto me sea posible, hacerlo también patente. Porque si se dejara a mi elección el aceptar un gobierno militar, o un reino, y yo abrazara este sentimiento, con razón podría alguno sospechar esto de mí; o en tal caso, ninguno me culparía de soberbia, sino que todos me tendrían por un loco.
Pero proponiéndoseme el sacerdocio, que es tanto más excelente que un reino, cuanta es la distancia que hay entre el espíritu, y la carne; ¿tendrá alguno el atrevimiento de acusarme de soberbia? ¿No es, pues, una cosa absurda, tratar, y acusar como a locos a los que desprecian cosas de poca monta, y a los que hacen esto con otras de mucho mayor consideración, absolviéndolos de locura, acusarlos de soberbia? Esto es lo mismo que tratar, no como a soberbio, sino como a hombre privado de sentido, a aquél que rehusara gobernar una torada, y que no quisiera ser vaquero. Y el que se negase a recibir el imperio de todo el mundo, y el mando de todos los ejércitos de la tierra, se asegurase, no que estaba loco, sino poseído de soberbia.
Pero no, no es esto así. Los que hablan de este modo, se desacreditan más a sí mismos, que a nosotros. Porque el pensar solamente que la naturaleza humana pueda despreciar tan gran dignidad, es un indicio suficiente de la opinión que tienen de ella, los que profirieron esto. Porque si no la tuvieran por una cosa de poca consideración, y monta, de ningún modo les hubiera venido al pensamiento una sospecha semejante. ¿Cuál es, pues, la causa, de que ninguno jamás ha tenido el atrevimiento de formar semejante pensamiento sobre la naturaleza de los ángeles, y de decir, que hay un alma humana, que por soberbia no se dignaría de aspirar a la dignidad de aquella naturaleza? Son grandes las cosas que nos figuramos de aquellas potestades; y esto no nos permite creer, que pudiese el hombre pensar cosa mayor que aquel honor. Por tanto, con más razón pudiera alguno acusar de soberbia a nuestros mismos acusadores, porque no podrían sospechar de los otros una cosa como ésta, si ellos primero no la despreciasen como de ningún valor.
Conócete a ti mismo, y serás admirable
Si después dicen que hemos hecho esto, atendiendo a la gloria, se manifiestan repugnantes, y se contradicen a sí mismos. A la verdad, yo no sé qué otras razones más eficaces que estas podrían alegar, si quisieran defendernos de ser acusados de vanagloria.
Si hubiera entrado en mi ánimo semejante deseo, debía yo antes haberlo aceptado, que rehusado, ¿y por qué? Porque de esto me hubiera resultado mucha gloria. Porque hallándome en tal edad, y que hace poco aparté de mí los pensamientos del siglo, si de repente hubiera comparecido para con todos tan admirable, que pudiese ser preferido a los que han consumido toda su vida en tan grandes fatigas. Y hubiese tenido más votos que ellos, ¿no hubiera sido ésta una cosa, que a todos los hubiera movido a pensar, que en mí se hallaban prerrogativas tan grandes y admirables, y que me hubiera granjeado el respeto, y veneración de todos? Pero ahora, a excepción de algunos pocos, la mayor parte de la Iglesia no me conoce, ni aun por el nombre. De modo, que no todos saben, sino algunos pocos, que yo lo haya rehusado, y de estos, no creo que todos sepan la verdad del hecho. Y aun es verosímil, que muchos se persuadirán, que no hemos sido elegidos, o que después de la elección, se nos ha removido por habernos juzgado incapaces, y no que voluntariamente nos hemos retirado.
Basilio: Bien está esto, pero aquéllos que están informados de la verdad, no podrán menos de admirarse.
Juan: Pero estos, tú decías, que nos acusaban de vanagloria, y de soberbia. ¿De dónde, pues, podemos prometernos alabanzas? ¿Del vulgo? Éste no sabe bien la verdad del hecho. ¿De algunos pocos? Pero aun en este caso nos ha salido todo al contrario. Ni tú por otro motivo has entrado en este discurso, sino por saber qué podríamos responder a éstos. ¿Mas por qué trato estas cosas con tanta sutileza? Aunque todos supiesen la verdad, quiero que esperes un poco, y que conozcas claramente, que ni aun así debíamos ser condenados de soberbia, o de vanagloria.
Fuera de esto, verás también claramente, que no es pequeño el peligro que amenaza, no sólo a los que tengan semejante atrevimiento, si es que se encuentra alguno, que no lo puedo persuadir, sino también a los que tienen esta sospecha de los otros.
Porque el sacerdocio se ejercita en la tierra, pero tiene la clase de las cosas celestiales, y con razón. Porque no ha sido algún hombre, ni ángel, ni arcángel, ni alguna otra potestad creada, sino el mismo Paráclito el que ha instituido este ministerio. Y el que nos ha persuadido, a que permaneciendo aun en la carne, concibiésemos en el ánimo el ministerio de los ángeles.
De aquí resulta, que el sacerdote debe ser tan puro, como si estuviera en los mismos cielos entre aquellas potestades. Terribles a la verdad, y llenas de horror eran las cosas que precedieron el tiempo de la gracia. Como las campanillas, [35] las granadas, las piedras preciosas en el pecho, y en el humeral. La mitra, la cidaris, o tiara, el vestido talar, la lámina de oro, el sancta sanctorum, y la gran soledad[36] que se observaba en lo interior de él. Pero si alguno atentamente considerase las cosas del Nuevo Testamento, hallará, que en su comparación son pequeñas aquéllas tan terribles y llenas de horror. Y que se verifica aquí lo que se dijo de la ley:[37] "Que no ha sido glorificado el que lo ha sido en esta parte por la gloria excelente."
Porque cuando tú ves al Señor sacrificado y humilde, y el sacerdote que está orando sobre la víctima, y a todos teñidos de aquella preciosa sangre, ¿por ventura crees hallarte aún en la tierra entre los hombres, y no penetras inmediatamente sobre los cielos, y apartado de tu alma todo pensamiento carnal, con un alma desnuda, y con un pensamiento puro no registrar las cosas que hay en el cielo?
¡Oh maravilla! ¡oh benignidad de Dios para con los hombres! ¿Aquél que está sentado en el cielo juntamente con el Padre, en aquella hora es manoseado de todos, y se da a sí mismo a todos los que quieren, para que lo estrechen, y abracen? Y esto lo hacen todos con los ojos de la fe.
¿Te parecen, por ventura, dignas de desprecio estas cosas, o ser tales, que alguno pueda levantarse contra ellas? ¿Quieres también por otra maravilla conocer la excelencia de este sacrificio? Ponme delante de los ojos a un Elías, [38] y una innumerable muchedumbre que le cerca. La víctima puesta sobre las piedras, y a todos los otros en una gran quietud y silencio, y sólo al profeta en oración. Después, en un punto, el fuego que se desprende de los cielos sobre la víctima, maravillosas son estas cosas, y llenas de pasmo.
Pasa después de allí a las que se hacen al presente, y las encontrarás, no sólo maravillosas, sino que exceden todo asombro. Se presenta, pues, el sacerdote, no haciendo bajar fuego del cielo, sino al Espíritu Santo. Y permanece en oración, no para que consuma las cosas propuestas, una llama encendida en lo alto, sino para que descendiendo la gracia sobre la víctima. Por medio de ella se enciendan los ánimos de todos, y queden más brillantes que la plata purificada en el fuego. ¿Quién, pues, podrá despreciar este tremendo misterio, si no es que sea enteramente furioso, o que estuviere fuera de sí? ¿Ignoras, acaso, que el alma humana no pudiera sufrir aquel fuego del sacrificio, sino que todos serían enteramente destruidos sin un fuerte auxilio de la divina gracia?
[35] Ex 28 Véase la misteriosa explicación de todos estos ornamentos en Agustín Calmet y en el Tabernaculum foederis de Bernardo Lamy.
[36] Sólo el Sumo Sacerdote entraba una vez al año en lo interno del Santuario, en la Fiesta de la Expiación.
[37] 2 Cor 3. 10
[38] 3 Rerg 18. f
La Gracia que se le confiere al Sacerdote
Porque si alguno considerase atentamente lo que en sí es, el que un hombre envuelto aún en la carne y en la sangre, pueda acercarse a aquella feliz e inmortal naturaleza; se vería bien entonces, cuán grande es el honor que ha hecho a los sacerdotes la gracia del Espíritu Santo. Por medio, pues, de éstos se ejercen estas cosas y otras también nada inferiores, y que tocan a nuestra dignidad y a nuestra salud. Los que habitan en la tierra, y hacen en ella su mansión, tienen el encargo de administrar las cosas celestiales y han recibido una potestad que no concedió Dios a los ángeles ni a los arcángeles. Porque no fue a estos a quienes se dijo:[39] "Lo que atareis sobre la tierra, quedará también atado en el cielo, y lo que desatareis, quedará desatado." Los que dominan en la tierra tienen también la potestad de atar, pero solamente los cuerpos. Mas la atadura de que hablamos, toca a la misma alma y penetra los cielos, y las cosas que hicieren acá en la tierra los sacerdotes, las ratifica Dios allá en el cielo, y el Señor confirma la sentencia de sus siervos.
¿Y qué otra cosa les ha dado, sino toda la potestad celestial?[40] "De quien perdonareis, dice, los pecados, le son perdonados, y de quien los retuviereis, les son retenidos." ¿Qué potestad puede darse mayor que ésta?[41] "El Padre ha dado al Hijo todo el juicio." Pero veo que toda esta potestad la ha puesto el Hijo en manos de éstos. Como si hubieran sido ya trasladados a los cielos, y levantándose sobre la humana naturaleza, y libres de nuestras pasiones, así han sido ensalzados a tan gran poder.
Fuera de esto, si un rey hiciese tal honra a uno de sus súbditos, que a su voluntad encarcelase, o por el contrario librase de las prisiones a todos los que quisiese, ¿no sería éste mirado como feliz, y con respeto por todos? ¿Y el que ha recibido de Dios tanta mayor potestad, cuanto es más precioso el cielo que la tierra, y las almas que los cuerpos, podrá parecer a algunos que ha recibido una honra de tan poca consideración, que pueda, ni aun pasarles por el pensamiento, que a quien se confiaron estas cosas, pueda despreciar el beneficio? ¡Oh, vaya fuera semejante locura!
Lo sería, sin duda, manifiesta el despreciar una dignidad tan grande, sin la cual no podemos conseguir, ni la salud, ni los bienes que nos están propuestos.[42] Porque ninguno puede entrar en el reino de los cielos, si no fuere reengendrado por el agua, y por el espíritu.[43] Y aquél que no come la carne del Señor, y no bebe su sangre, es excluido de la vida eterna. Ni todas estas cosas se hacen por medio de algún otro, sólo por aquellas santas manos, quiero decir, por las del sacerdote, ¿Cómo, pues, podrá alguno, sin estos, escapar del fuego del infierno, o llegar al logro de las coronas que están reservadas?
Estos pues son a quienes están confiados los partos espirituales y encomendados los hijos que nacen por el bautismo. Por estos nos vestimos de Cristo y nos unimos con el Hijo de Dios haciéndonos miembros de aquella bienaventurada cabeza. De modo que para nosotros justamente han de ser mas respetables, no sólo que los potentados y reyes, sino aun que los mismos padres. Porque estos nos han engendrado de la sangre y de la voluntad de la carne, pero aquéllos no son autores del nacimiento de Dios y de aquella dichosa regeneración de la verdadera libertad y de la adopción de hijos según la gracia.
[39] Mt. 18. 18
[40] Jn. 20. 23
[41] Jn. 5. 22
[42] Jn. 3. 5
[43] Jn. 6. 54
El Sacerdote engendra la vida venidera
Los sacerdotes[44] de los judíos tenían potestad de curar la lepra del cuerpo, mejor diré, no de librar, sino de aprobar solamente a los que estaban libres de ella. Y tú no ignoras con qué empeño era apetecido entonces el estado sacerdotal. En cambio nuestros sacerdotes han recibido la potestad de curar, no la lepra del cuerpo, sino la inmundicia del alma. No de aprobar la que está limpia, sino de limpiarla enteramente.
De modo que los que a estos desprecian, son mucho más execrables y merecen mayor castigo que Dathan y quienes le siguieron.[45] Aunque aquéllos pretendían una dignidad que no les correspondía, tenían de ella al mismo tiempo una opinión maravillosa, lo que manifestaron con el mismo hecho de desearla tan ardientemente. Éstos en cambio, en el tiempo en que el sacerdocio se halla en un grado de tanto honor y ha tomado tan gran incremento, han manifestado un atrevimiento mucho mayor que aquéllos, aunque de diverso modo. Porque no es lo mismo, por lo que toca a razón de desprecio, el desear un honor que no te conviene, o el despreciarlo. Sino que esto es tanto peor que aquello cuanta es la diferencia que hay entre el despreciar una cosa y admirarla. ¿Cuál es, pues, aquella alma desgraciada, que desprecie bienes tan grandes? Yo no diré que hay alguna, sino es que fuere agitada de un furor diabólico.
Pero nuevamente vuelvo al lugar de donde salí. No solamente por lo que toca a castigar sino también para beneficiar, dio Dios mayor potestad a los sacerdotes que a los padres naturales. Y hay entre unos y otros tan gran diferencia como la que hay entre la vida presente y la venidera. Porque aquéllos nos engendran para ésta, y éstos para aquélla. Aquéllos no pueden librar a sus hijos de la muerte corporal, ni defenderlos de una enfermedad que los asalte. Pero estos han sanado muchas veces nuestra alma enferma y vecina a perderse, haciendo a unos la pena más llevadera y preservando a otros desde el principio para que no cayesen. No solamente enseñándoles y amonestándoles, sino también socorriéndolos con oraciones. Y esto, no sólo cuando nos vuelven a engendrar, sino porque después de esta generación, conservan la potestad de perdonarnos los pecados. [46] ¿Enferma alguno entre vosotros? llame a los ancianos de la Iglesia, y estos rueguen sobre él, ungiéndole con óleo en el nombre del Señor, y la oración de la fe salvará al enfermo, y el Señor le aliviará; y si hubiere hecho pecados, le serán perdonados. Fuera de esto, los padres naturales, si sus hijos ofenden a algún gran príncipe, o potentado, en nada los pueden favorecer; porque los sacerdotes los han reconciliado, no con los príncipes, o con los reyes, sino con el mismo Dios enojado. ¿Y habrá alguno, después de todas estas cosas, que se atreva a acusarnos de soberbia?
Yo creo que, por lo que dejo dicho, quedarán las almas de los que me escuchen tan ocupadas de religioso temor, que no condenarán de soberbia o atrevimiento a aquéllos que huyen, sino quienes por sí mismos se apresuran a procurar este honor. Porque si aquéllos a quienes se encomendó el gobierno de las ciudades las arruinaron cuando no se han portado con la mayor prudencia y cautela, y se perdieron a sí mismos, ¿cuánta virtud, tanto propia como sobrenatural, te parece que necesita para no errar aquél a quien tocó por suerte el adornar la Esposa de Cristo?
[44] Lv. 14. 1
[45] Nm. 16. 32 Estos fueron Core y Abiron, los cuales movieron una sedición contra Moisés y Aarón, pretendiendo serles iguales; pero la tierra, que se abrió bajo de sus pies y los tragó vivos, castigó su soberbia.
[46] St. 5. 14
La responsabilidad de la Gracia Sacerdotal
Ninguno amó más a Cristo que San Pablo, ninguno dio muestras de mayor cuidado que él, ninguno fue hecho digno de mayor gracia. Con todo, después de tantas prerrogativas, teme aún y tiembla por esta potestad y por aquéllos que le están encomendados. [47] "Temo, dice, no sea que como la serpiente engañó a Eva con su astucia, así se aparten vuestros pensamientos de aquella simplicidad que teníais para con Cristo." Y en otro lugar:[48] "He estado con grande temor, y temblor por lo que toca a vosotros." Un hombre arrebatado al tercer Cielo, y hecho participante de los Arcanos de Dios, y que sufrió tantas muertes como días vivió después de su conversión. Un hombre que no quiso usar de la potestad que había recibido de Cristo, para que no se escandalizase alguno de los fieles. Si él, que aun se excedía en la custodia de los divinos mandamientos, y que de ningún modo buscaba lo que era suyo sino el bien de sus súbditos estaba siempre con tanto temor cuando volvía la consideración a la grandeza de este ministerio, ¿qué será de nosotros, que frecuentemente sólo buscamos nuestros intereses, que no sólo no sobrepasamos los divinos mandamientos sino que por la mayor parte no los cumplimos?[49] ¿Quién, dice él, enferma, y yo no enfermo? ¿Quién se escandaliza, y yo no me siento abrasar? Tal ha de ser necesariamente el sacerdote, y no solamente así, porque estas cosas son de poca, o de ninguna consideración, respecto de las que diré.
¿Y cuáles son estas?[50] Yo deseaba, dice, ser anatema de Cristo por mis hermanos unidos a mí según la carne. Si alguno puede proferir semejante palabra, si alguno tiene un alma que toque en este deseo, merece justamente ser reprendido, si es que huye. Pero si alguno se halla tan necesitado de esta virtud como yo me hallo, justo es que sea abominado, no cuando huye sino cuando acepta. Porque si se propusiese la elección para una dignidad militar, y los que hubieran de conceder este honor, poniendo en medio un herrero, o un zapatero, u otro artesano de esta clase, le confiasen el mando del ejército, yo no alabaría a este infeliz, si no huyera e hiciera cuanto estuviera de su parte, para no caer en una ruina inevitable. Porque si basta simplemente el ser llamado pastor, y desempeñar de cualquier modo que sea este ministerio, ni en este se encuentra peligro alguno, puede enhorabuena acusarnos de vanagloria todo aquél que quisiere.
Pero si el que toma sobre sí este cuidado necesita tener una gran prudencia, y aun más que ésta, una gracia muy grande de Dios. Rectitud de costumbres, pureza de vida, y mayor virtud que la que puede hallarse en un hombre, ¿me negarás el perdón, porque no he querido sin consejo, y temerariamente, perderme? Porque si uno, conduciendo una nave mercantil, bien pertrechada de remeros y colmada de inmensas riquezas, y haciéndome sentar junto al timón, me mandase doblar el Mar Egeo o Tirreno, yo, al oír la primera palabra, rehusaría semejante comisión. Y si alguno me preguntase, por qué, le respondería, que por no echar a pique el navío.
[47] 2 Cor. 12. 20
[48] 2 Cor. 11. 3
[49] 2 Cor. 12. 2-4
[50] Rom. 9. 3
Pues si donde la pérdida se extiende tan solamente a las riquezas, y el peligro a la muerte corporal, ninguno puede acusar a los que usan de la mayor cautela. Cuando a los que naufragan, les espera no caer en este mar sino en un abismo de fuego, y les aguarda una muerte, no la que separa el alma del cuerpo, sino la que envía la una juntamente con el otro a una pena eterna. Te enojarías conmigo, y me aborrecerías, porque precipitadamente no me había arrojado a tan grande ruina; no así, te ruego, y suplico. Conozco bien este ánimo débil, y enfermo, conozco la grandeza de aquel ministerio, y la dificultad grande que encierra en sí este negocio. Son, pues, en mucho mayor número las olas que combaten con tempestades el ánimo del sacerdote que los vientos que inquietan el mar.
Las bestias que asechan al Sacerdote
Y sobre todos los males, aquel terribilísimo escollo de la vanagloria, más peligroso que los prodigios que fingen los poetas. Muchos, en la realidad, pudieron, navegando, pasar éste sin recibir daño alguno. Pero a mí me parece tan peligroso, que aun ahora, cuando ninguna necesidad me arrebata a semejante abismo, apenas puedo verme libre de este mal.
Si alguno pusiese en mis manos semejante carga, sería lo mismo que si me atase las manos atrás, y me diese por presa a las bestias que habitan en aquel escollo, para que cada día me despedazasen.
¿Y cuáles son estas bestias? La ira, la tristeza, la envidia, la altercación, las calumnias, las acusaciones, la mentira, la simulación, las asechanzas, las imprecaciones contra los que no han hecho mal alguno. La alegría en los trabajos de los ministros, la tristeza por su buen porte en el cumplimiento de su obligación, el amor de las alabanzas, el deseo de honra (que es lo que sobre todas cosas precipita el ánimo humano). Las doctrinas acomodadas al gusto de los oyentes, las viles adulaciones, las lisonjas bajas, el desprecio de los pobres, los obsequios a los ricos, los honores inconsiderados y las gracias dañosas, que igualmente son peligrosas a los que las hacen y a los que las reciben. El temor servil, y que solamente conviene a los esclavos más viles, el no tener libertad para hablar; una humildad toda aparente, pero ninguna en la realidad. El no aplicar las reprensiones y el castigo, o tal vez emplearlas sin medida contra personas humildes, no habiendo quien se atreva, ni aun a abrir la boca contra aquéllos que tienen el gobierno.
Estas son las bestias, y otras aun mayores, que mantiene en su seno aquel escollo. De las cuales, los que una vez llegaron a ser sorprendidos, caen por necesidad en una esclavitud tan grande, que no pocas veces hacen a gusto de las mujeres muchas cosas, que tengo por conveniente no explicar.[51] La ley divina las ha excluido de este ministerio, pero ellas procuran con el mayor tesón introducirse en él. Y ya que por sí mismas nada pueden, lo hacen todo por medio de otros, y es tan grande el poder que se han arrogado, que a su voluntad aprueban, o excluyen los sacerdotes. No se ve bien cumplido aquí lo que se dice proverbialmente el mundo al revés:[52] los súbditos guían a los superiores. Y ojalá fueran hombres, y no aquéllas a quienes no se ha permitido el enseñar. ¿Y qué digo el enseñar?, [53] ni aun hablar en la Iglesia les permitió San Pablo. Yo he oído contar a alguno, que se han tomado tanta libertad, que reprendían a los prelados de las Iglesias y les gritaban más ásperamente que los señores a sus propios esclavos. Ni crea alguno, que yo pretendo comprender a todos en los cargos que acabo de decir; porque hay muchos, sí, muchos hay que se libraron de estas redes, y son en mucho mayor número, que los que han quedado aprisionados en ellas.
[51] 1 Cor 14. 34
[52] 1 Tm 2. 12
[53] 1 Cor 14. 34
Elección responsable de candidatos
Ni tampoco podría acusar al sacerdocio de estos males, no sería yo tan desatinado. Porque todos aquéllos que tienen juicio, no culpan del homicidio al puñal, ni al vino de la embriaguez, ni a la fuerza de la injuria, ni a la fortaleza de un atrevimiento inconsiderado. Sino a los que abusan de los dones que recibieron de Dios, a éstos son a quienes castigan. Porque el sacerdocio justamente nos acusará, que no le tratamos con rectitud. No es esta causa de los males que dejamos dichos, sino nosotros, que en cuanto está de nuestra parte, lo afeamos con tantas manchas, confiándolo a cualquier persona.
Estos, pues, sin entrar primero en el conocimiento de sus propias almas, y sin atender a la gravedad del negocio, reciben alegremente lo que se les da. Pero cuando llegan a la práctica, deslumbrados de su poca experiencia, envuelven en mil males a los pueblos que les han sido confiados. Esto, pues, esto es lo que ha faltado poco para sucederme a mí, si Dios prontamente no me hubiera preservado de tales peligros, mirando por su Iglesia, y por mi alma. ¿De dónde, dime, juzgas que nacen tan grandes inquietudes en las Iglesias? Yo creo que no proceden de otra parte, sino de hacerse sin consejo, y sin reparo las elecciones de los prelados. Porque es necesario que sea muy robusta la cabeza, para que pueda regir, y poner en orden los malos vapores que suben de la parte inferior del restante cuerpo. Pero sí por sí misma es débil, y enferma, y no puede desechar aquellos insultos, que engendran las enfermedades, se debilita de día en día más y más. Y juntamente consigo pierde lo restante del cuerpo, pero, para que no sucediese esto al presente, me ha conservado Dios en el orden de los pies, que por suerte me tocó desde el principio. Otras muchas cosas hay, ¡oh Basilio! otras muchas cosas hay además de las dichas, que deben hallarse en el sacerdote, y que nosotros no tenemos. Y la primera de todas es, que ha de tener el alma enteramente pura del deseo de este grado, porque si se inclina con un afecto desordenado a semejante dignidad, después de haberla conseguido, enciende una llama mucho más vehemente. Y dejándose llevar por la fuerza, a trueque de hacérsela estable, se ve obligado a incurrir en infinitos males, ya siguiendo la adulación, ya sufriendo cosas indignas y serviles, ya derramando y consumiendo mucho dinero. Porque no parezca tal vez a algunos que cuento cosas increíbles, paso ahora en silencio, que muchos peleando por esta dignidad, han cubierto de cadáveres las Iglesias y han dejado desiertas las ciudades.
Debía, pues, según yo pienso, mirarse con tanta religión este ministerio que debía rehusarse al principio como carga. Después de hallarse en ella, no esperar los juicios de los otros, si acaeciese incurrir en algún delito que mereciese la deposición, sino previniéndolo, eximirse por sí mismo de esta dignidad. Porque así es probable, que se inclinaría Dios a misericordia. Pero el retener con obstinación esta dignidad contra lo conveniente, es privarse de todo perdón, es irritar más la ira de Dios, añadiendo al primer pecado otro mayor; pero no, no habrá alguno tan obstinado. Porque mala cosa es sin duda, mala, el apetecer esta dignidad. Ni yo me opongo, diciendo esto, a lo que escribe San Pablo. Antes entiendo, que voy enteramente conforme con sus palabras. ¿Qué es, pues, lo que dice?[54] (a) "Si alguno desea el obispado, desea una buena obra." No digo que es malo el desear la obra, sino el apetecer la autoridad, la dominación.
[54] 1 Tm 3. 1
La ambición ofende a Dios y esclaviza al Sacerdote
Este es aquel deseo, que juzgo yo se debe desterrar del ánimo con el mayor cuidado, procurando no dar lugar desde el principio, a que quede ocupado de este deseo, para poder obrar con libertad en todas las cosas. Aquél que no se deja arrastrar de alguna ambición de manifestarse brillante con esta potestad, tampoco teme él dejarla; y no temiendo, puede obrar en todo con aquella libertad que conviene a los cristianos. Pero los que están recelosos, y temen el ser removidos, sufren una esclavitud amarga, y llena de muchos males. Viéndose obligados frecuentemente a ofender a Dios, y a los hombres. Conviene, pues, que no tengamos un ánimo dispuesto de esta suerte; sino que así como en las guerras vemos combatir con denuedo, y morir con fortaleza a los soldados valerosos, del mismo modo los que entran en este ministerio, deben estar dispuestos a ejercer los empleos del sacerdocio y a dejar la dignidad como corresponde a hombres cristianos, y que saben que semejante dejación no trae consigo menor corona que el mismo ministerio. Porque cuando uno sufre y padece un caso semejante, por no incurrir en una cosa indecente e indigna de aquella dignidad, atrae mayor castigo a los que injustamente le han depuesto, y para sí consigue un premio más colmado. Dice la Escritura:[55] "Vosotros sois bienaventurados, cuando os ultrajaren, persiguieren y dijeren todo mal contra vosotros, mintiendo por ocasión mía, alegraos, y regocijaos, porque vuestro premio es grande en los cielos." Y esto cuando sea depuesto por los de su mismo orden, o por envidia, o por congraciarse con otros, o por odio, o por otro motivo poco justo. Pero cuando sucede sufrir esto de los contrarios, creo que no se necesitan palabras para demostrar la utilidad que les ocasionan con su malicia. Lo que conviene, pues, observar por todas partes con la mayor atención es que no quede escondida alguna centella de este deseo. No será toco de estimar que los que desde el principio tienen pura el alma de esta pasión, puedan librarse de ella cuando lleguen a este grado. Pero si alguno, aun antes de conseguirle, alimenta dentro de sí esta cruel y terrible fiera, no te podré explicar en qué incendio tan grande se arroja después de haberlo conseguido. Nosotros, pues, (ni creas que por modestia quiero en modo alguno disimularte la verdad) tenemos el alma muy poseída de este deseo; y este es el motivo, que no nos ha espantado menos que todos los otros, y que nos ha dado ocasión para esta fuga. Porque así como los que aman los cuerpos mientras pueden estar cerca de las personas amadas, sufren su pasión con mayor impaciencia. Pero cuando les sucede estar apartados, cuanto les es posible, de los objetos de su cariño, destierran al mismo tiempo aquella manía. Del mismo modo los que apetecen este grado, cuando se acercan a él se les hace un mal insoportable. Pero cuando han depuesto la esperanza, juntamente con ella han apartado de sí el deseo. Esta, pues, es una causa no despreciable, la que aunque fuera sola, bastaría por sí misma para tenernos lejos de esta dignidad.
[55] Mt 5. 11
Pero se añade otra, que no es menor. ¿Cuál es ésta? Es necesario que el sacerdote sea vigilante, [56] perspicaz, y que por todas partes tenga innumerables ojos, como aquél que no vive para sí solo, sino también para tan gran muchedumbre. Ahora bien, tú mismo confesarás que yo soy perezoso, omiso, y que apenas basto para procurar mi salud, aunque por el amor que me tienes procuras, más que todos, ocultar mis defectos. No me tienes que alegar aquí el ayuno, las vigilias, el dormir sobre la tierra desnuda, ni otras austeridades y maceraciones del cuerpo porque sabes muy bien cuán lejos estoy yo de todas estas virtudes. Aunque con diligencia las practicara, ni aun así por esta lentitud me podría aprovechar cosa alguna para este ministerio. No hay duda que podría ser muy útiles a un hombre, que metido en su aposento, atendiese y cuidase solamente de sus cosas. Pero respecto de aquél que está dividido para atender a tan gran muchedumbre, y que tiene sus particulares cuidados sobre cada uno de sus súbditos, ¿qué utilidad de alguna consideración pueden traer para el provecho de estos, si no tiene un ánimo muy fuerte y varonil?
[56] 1 Tm 3. 2
Y no te admires si juntamente con tan gran tolerancia, pido en el alma otra prueba de valor. Vemos, a la verdad, que muchos, sin dificultad desprecian los manjares, las bebidas, la cama blanda, y particularmente, aquéllos que tienen una naturaleza un poco agreste y que se han criado así desde sus primeros años. Y a otros muchos también, a quienes por la disposición del cuerpo y por la costumbre es fácil y llevadera la aspereza que se encuentra en estos trabajos.
Pero el sufrir una injuria, un daño, una palabra molesta, los dicterios de los inferiores, vengan, o no vengan al caso, las quejas vanas e inconsideradas, tanto de los superiores como de los súbditos, no es de muchos sino de uno u otro. Y verás, que aquéllos que se manifiestan fuertes en aquellas cosas padecen en éstas tales vahídos que se enfurecen mucho más aun que las bestias más feroces. A este género de sujetos, los tendremos principalmente apartados del sacerdocio.
Porque de que un obispo no sea inclinado a la abstinencia de las viandas, ni a caminar descalzo, no por esto dañará al común de la Iglesia. Pero una ira desordenada, ocasiona grandes males a los que son poseídos de ella, y a los prójimos. Contra los que no ejercitan aquellas cosas, no hay amenaza alguna de parte de Dios, pero a los que inconsideradamente se dejan llevar de la ira, se les amenaza con el infierno, [57] y con el fuego del infierno.
Así el que ama la vanagloria cuando llega a tener la dominación de muchos suministra al fuego mayor materia. Del mismo modo, el que ni consigo mismo, ni en una conversación de pocos puede dominar la ira, fácilmente se deja transportar por ella. Y si llega el caso de que se le fía el gobierno de todo un pueblo, como una bestia fiera acosada por todas partes de innumerables personas, no podrá jamás vivir en quietud y ocasionará males infinitos a los que están confiados a su fe.
[57] Mt 5. 22
El Sacerdote: ejemplo de costumbres
Ninguna cosa, pues, impide tanto la pureza del ánimo, ni embota la perspicacia del entendimiento como una ira desordenada y que se transporta con gran ímpetu. Porque ésta, dice la Escritura, [58] pierde a los prudentes
Del mismo modo que en una batalla dada de por noche, ofuscada la vista del alma, no sabe distinguir los amigos de los enemigos, ni a los que tienen honor de los que no lo tienen. Sino que los trata a todos sin diferencia alguna, aunque deba recibir algún mal, todo lo sufre fácilmente por saciar el placer del ánimo. Es el ardor de la ira un cierto placer que tiraniza al alma con más rigor que el mismo deleite, turbando enteramente toda la tranquilidad de su constitución. Pues con facilidad la levanta a la soberbia y la excita a enemistades fuera de propósito y a un odio inconsiderado, y con frecuencia la dispone a hacer ofensas temerariamente, y sin juicio. Obligándola a ejecutar y decir otras cosas semejantes, siendo entretanto, el alma arrastrada a la furia de la pasión, sin tener donde, apoyando su fuerza, pueda resistir a un ímpetu tan fuerte.
Basilio: No puedo sufrirte ya más tiempo que hables con tal disimulo. ¿Quién es, pues, dime, el que ignora, cuán ajeno estás de semejante enfermedad?
Juan ¿Qué quieres?, respondí yo, ¡oh feliz varón! ponerme cerca de la llama, e irritar una fiera que se está quieta? ¿Ignoras, acaso, que no me ha sucedido esto por virtud propia, sino por el amor que tengo a la quietud, y a la soledad? El que se siente tocado de este achaque podrá librarse de aquel incendio, permaneciendo en soledad y frecuentando el trato de uno u otro amigo solamente. Pero no si se mete en un abismo de tantos cuidados. En este caso, no sólo arrastra a sí mismo al precipicio de la perdición, sino a otros muchos también en su compañía y los hace que atiendan menos a cultivar la mansedumbre.
Sucede, pues, naturalmente, que el vulgo de los que deben obedecer, se miren frecuentemente como en un ejemplar original en las costumbres de los que los gobiernan, procurando asemejarse a ellos. ¿Cómo podrá uno que padece tumores, hacer cesar las inflamaciones en los súbditos? ¿Y cuál será en un pueblo, el que deseará moderar prontamente los ímpetus de la ira, viendo al superior iracundo? Porque no es posible, no, que estén ocultos los defectos de los sacerdotes. Antes bien, aun los más pequeños, se hacen públicos prontamente. El atleta puede a la verdad ocultarse, aunque sea muy débil, mientras se está quieto en casa sin entrar en lucha con alguno. Pero cuando despojándose desciende al combate, fácilmente se descubre lo que es. Igualmente, pues, aquellos hombres que pasan una vida privada y libre de negocios, tienen en la soledad un velo que cubre sus defectos. Pero presentándose en público, se ven obligados a despojarse de la soledad que les servía como vestido y a manifestar a todos desnudas sus almas, por los movimientos externos.
Así como sus buenas acciones son a muchos de gran utilidad, convidándolos a una igual imitación, así también sus delitos los hacen más perezosos en la práctica de la virtud y los disponen a que se entorpezcan en las fatigas de las buenas obras. De todo lo cual resulta ser necesario que por todas partes brille la hermosura de su alma para que pueda alegrar e iluminar las de aquéllos que los miran. Porque los pecados de la gente ínfima, hechos como a lo oscuro, sirven de ruina solamente a los que los cometen. Pero el de un hombre de consideración, y conocido de muchos, trae un daño común a todos, haciendo que los que han caído, sean más remisos en los sudores de las cosas buenas, y excitan a soberbia a los que quieren atender a sí mismos.
Fuera de esto, las caídas de la gente ínfima, aunque lleguen a publicarse, a ninguno ocasionan una herida tan profunda. Siendo los que se hallan puestos en lo alto de este grado, están, en primer lugar, patentes a todos, y después, aunque sean muy tenues las cosas en que falten, se descubren estas muy grandes a los otros. Pues no miden el pecado por la grandeza del hecho, sino por la dignidad de aquél que lo ha cometido. Se necesita, pues, que el sacerdote esté pertrechado de un gran cuidado y de una perpetua vigilancia sobre su vida, como de unas armas de diamante, y que vele con la mayor atención, para que no haya alguno, que encontrando algún lado descubierto y abandonado le de una herida mortal. Porque todos le cercan dispuestos a herirle y derribarle. No sólo toda suerte de enemigos, sino muchos también de aquéllos que se le venden por amigos.
Es por tanto necesario que sean elegidas tales almas, como en otro tiempo manifestó la gracia de Dios fueron los cuerpos de aquellos santos en el horno de Babilonia. [59] No es el sarmiento, ni el pez, o la estopa alimento de este fuego, sino otro mucho más nocivo. Porque no es lo que tienen debajo, aquel fuego sensible, sino que es la llama de la envidia, la que lo cerca, y la que consumiéndolo todo, se levanta por todas partes y los asalta escudriñando su vida con más diligencia, que hizo entonces el fuego con los cuerpos de aquellos niños. Luego que encuentra una pequeña porción de estopa, inmediatamente se pega. Y no sólo consume aquella parte débil y viciada, sino que abrasa y oscurece con aquel humo toda la restante estructura, aunque fuera más resplandeciente que los rayos del sol.
Siempre que la vida del sacerdote estuviere por todas partes bien compuesta, no podrá ser cogida por asechanzas. Aunque tuviere el menor descuido, por pequeño que sea, (como es creíble que sucederá a un hombre que pasa este mar de la vida lleno de tantos extravíos) nada le aprovechan todas las otras buenas acciones para poder librarse de las lenguas de sus acusadores. Por el contrario, aquella pequeña falta basta para oscurecer todo lo restante. Todos quieren juzgar al sacerdote, no como a hombre vestido de carne, y a quien ha tocado una naturaleza de hombre, sino como a un ángel libre de toda otra enfermedad.
Así como todos temen y lisonjean a un tirano mientras se mantiene en el dominio, porque no pueden derribarle de aquel puesto pero cuando ven que sus intereses toman otro semblante contrario, dejada la máscara de aquel fingido honor, los que poco antes se manifestaban sus amigos, se le convierten de repente en contrarios y enemigos declarados. Registrando cuál es el lado que tiene más flaco, le embisten y privan del Imperio. Así con los sacerdotes, aquéllos que poco antes, y cuando se hallaba sobre el candelero, le honraban y respetaban. Luego que encuentran un mínimo pretexto, se preparan fuertemente para derribarlo, no sólo como a tirano, sino como a una cosa peor aun que tirano. Y así como aquél teme principalmente a los que le hacen guardia a sus costados, así éste teme también, más que a todos, a los que le sirven en el ministerio. Porque ningún otro desea tanto su dignidad, ni sabe sus cosas tan bien como estos estando a su lado, si sucede alguna cosa de éstas, la saben antes que los otros, y pueden fácilmente ser creídos. Aunque sea calumniándolos, y haciendo grandes las cosas de poco cuerpo, pueden cogerle sorprendido con este engaño. Así se verifica en sentido contrario el dicho del Apóstol: [60] "Si padece algún miembro, se alegran todos los miembros, y si es honrado un miembro, padecen todos los miembros." A no ser que alguno de señalada piedad pueda mantenerse fuerte contra todas estas cosas.
¿Y es posible que nos envíes a una guerra tan grande? ¿Has juzgado, acaso que mi ánimo bastará para mantener una batalla tan varia y de tan diferentes especies? ¿De dónde y de quién lo supiste? Porque si Dios te lo ha revelado, muéstrame el oráculo y obedezco. Y si no puedes mostrármelo, sino que das tu voto siguiendo el concepto de los hombres, aparta tu ánimo de semejante error. Porque por lo que toca a nuestras cosas, es justo que sigamos antes nuestro juicio que el de los otros, [61] "Pues ninguno conoce las cosas de un hombre, sino el espíritu que está dentro de él." Que nosotros nos hubiéramos hecho ridículos a nosotros mismos, y a los que nos hubieran elegido, en el caso de haber aceptado esta dignidad, y que con gran daño hubiéramos tenido que volvernos a este estado de vida, en que al presente nos hallamos. Ya que no antes, a lo menos al presente, creo que quedarás persuadido por estos discursos. Porque no solamente la envidia, sino otra cosa más terrible aun que la envidia, suele armar a muchos contra aquél que la tiene. Porque así como los hijos codiciosos de dinero no pueden sufrir la larga vejez de sus padres, así algunos de estos tales, cuando ven que el sacerdocio dura mucho tiempo, ya que el matarlo no porque esto sería una iniquidad, procuran derribarlo de aquel grado, deseando todos entrar en su lugar, y esperando cada uno, que recaerá en él el ministerio.
[58] Pr 15. 1
[59] Dn 3. 46
[60] 1 Cor 12. 26 Las palabras del Apóstol son estas: Et sive patitur unum membrum, compatiuntur omnia membra: sive glorificatur unum membrum, congaudent omnia membra.
[61] 1 Cor 2. 11
La envidia, enemiga de la piedad y prudencia
¿Quieres que te muestre otro género de esta contienda llena de mil peligros? Ve, pues, y atiende a las fiestas públicas en que se acostumbran hacer las elecciones de los prelados de la Iglesia y verás al sacerdote acosado de tantas acusaciones, cuanto es el número de aquéllos a quienes preside. Todos los que tienen parte en la colación de esta dignidad se dividen en esta ocasión en muchos partidos, sin que alguno pueda ver aquel congreso de presbíteros. Ni concordes entre sí, ni con aquél que ha obtenido el obispado, sino que cada uno forma su partido, queriendo uno a este y el otro al otro. La causa de esto es el que no miran todos a una cosa, que es a la que sólo debían mirar, esto es, a la virtud del ánimo. Sino que se mezclan otros motivos, por los que se confiere esta dignidad. Como por ejemplo: uno dice, elíjase éste, porque es de ilustre nacimiento; el otro, porque posee inmensas riquezas, y no tendrá necesidad para mantenerse de las rentas de la Iglesia; otro, porque del partido de los enemigos ha pasado al nuestro. Quién procura adelantar su amigo a los otros, quien al pariente, quien al lisonjero y ninguno quiere atender al que es idóneo, ni hacer la prueba de la virtud del ánimo.
Ahora, estoy yo tan lejos de creer, que son estas causas suficientes para la prueba de los sacerdotes, que ni aun si se encontrara alguno adornado de una gran piedad, que sin duda no conduce poco para este ministerio, ni aun a este me atrevería a elegir inconsideradamente por solo este título, si no juntaba a la piedad una prudencia consumada. Porque yo he conocido a muchos, que habiéndose macerado, y afligido con ayunos, mientras han podido permanecer en la soledad y atender a sus cosas solamente, merecieron la divina aceptación y añadieron cada día a aquella filosofía una porción no pequeña. Pero después que entraron a gobernar un pueblo y se vieron obligados a corregir las ignorancias del vulgo, los unos no pudieron, ni aun a los principios, mantenerse en el ministerio, y los otros obligados a permanecer en él, luego que abandonaron aquella primera diligencia y austeridad, ocasionaron a sí mismos un gravísimo daño y a los otros no sirvieron de algún provecho.
Pero ni aunque uno hubiera permanecido toda la vida en el ínfimo grado de este ministerio, y hubiera llegado así a la última vejez, no promoveríamos a éste inconsideradamente a un grado más alto por respeto de sus años. ¿Pues qué, si pasada ya toda esta edad, permanece aún menos apto? Ni yo digo esto, pretendiendo defraudar las canas del honor que les es debido, ni tampoco establecer una ley por la que enteramente sean removidos de este ministerio los que vienen del orden solitario, habiendo habido muchos venidos de él, que resplandecieron en esta dignidad. Lo que intento demostrar, es que ni la piedad por sí sola, ni una larga vejez son suficientes para hacer digno del sacerdocio al que las posee, mucho menos podrán los motivos que dejamos dichos.
Pero no faltan algunos que proponen otros más absurdos. Unos son alistados en el orden clerical para evitar que se inclinen al partido de los contrarios y otros por su misma iniquidad, para que olvidados, no ocasionen mayores males. ¿Puede darse cosa más inicua que ésta, que unos hombres malvados y llenos de mil vicios sean honrados por aquellas mismas cosas por las cuales deberían ser castigados, y que por las que ni aun podrían atravesar los umbrales de la Iglesia, por estas mismas suban a la dignidad sacerdotal? ¿Y buscamos aún, dime por tu vida, cuál sea la causa de la divina indignación, cuando confiamos las cosas más santas, y más tremendas a hombres inicuos, y de ningún valor, para que todas las trastornen? Porque cuando han llegado a la administración de cosas, que de ningún modo conviene a unos, o son muy superiores a las fuerzas de los otros, o hacen que la Iglesia en nada difiera del Euripo.
Yo, a la verdad, me reía antes de los príncipes seculares porque hacen la distribución de los empleos, no en atención a la virtud y dotes del ánimo, sino a proporción de las riquezas, del número de los años, o patrocinio de los hombres. Pero después que he oído haberse introducido también en nuestras cosas el mismo modo irracional, no he tenido ya por tan grande este desorden. ¿Qué maravilla, pues, que se vean cometer estos errores por unos hombres entregados a los placeres de la vida, amigos de reputación para con la muchedumbre, y que todo lo hacen con el fin de amontonar riquezas? Cuando aquéllos que fingen vivir libres de todo esto, no se hallan más bien dispuestos, sino que altercando por las cosas celestiales, como si se deliberase sobre algunas yugadas de tierra u otra cosa semejante, eligiendo temerariamente a hombres de ninguna consideración, los ponen en el gobierno de unas cosas por las que el Unigénito Hijo de Dios no rehusó evacuar su gloria, [62] hacerse hombre, tomar la forma de siervo, ser afeado con salivas, ser azotado y sufrir, según la carne, una muerte ignominiosa.
Y no paran en esto, sino que añaden otros absurdos mucho mayores, porque no solamente admiten a los indignos, si no que excluyen a los que son útiles. Y como si se debiese arruinar por las dos partes la firmeza de la Iglesia, o como si no bastase la primera causa para irritar la divina indignación, así añaden esta segunda, que no es menos grave. Porque yo juzgo ser igualmente malo el tener apartadas a las personas útiles, que el introducir a las inútiles. Y esto se hace para que el rebaño de Cristo no pueda por parte alguna hallar algún consuelo, ni aun siquiera respirar.
¿No son estas cosas dignas de mil rayos? ¿No merecen un infierno mucho más terrible que el que nos está amenazado? ¿Y con todo, sufre y tolera estos males aquél que no quiere la muerte del pecador, [63] sino que se convierta y viva? ¿Quién podrá admirar bastante su bondad y amor para con los hombres? ¿Cómo no quedará pasmado de su misericordia? Las personas dedicadas a Cristo destruyen la heredad de Cristo mucho más aun que sus mismos contrarios y enemigos. Y el buen Señor usa aún de clemencia y convida al arrepentimiento. Gloria a ti, ¡oh Señor! gloria a ti. ¡Qué abismo de amor para con el hombre hay en ti! ¡qué inmensidad de paciencia! Aquéllos que por tu nombre, de hombres viles y oscuros llegaron a los honores y se hicieron respetables y visibles, se sirven de este honor contra el mismo que los honró. Tienen atrevimiento de ejecutar las cosas más indignas, desacreditan las cosas santas, dejando a un lado y excluyendo a los buenos, para que los malvados puedan sin estorbo, y con la mayor seguridad trastornarlo todo a su placer.
Y si quieres saber las causas de este mal, las encontrarás semejantes a las primeras; pero que tienen por raíz, o digámoslo así, por única madre, a la envidia. Estas, a la verdad, no son de una misma suerte, sino que difieren entre sí. Porque uno dice se deseche aquél, porque es joven; el otro, porque no sabe adular; otro, porque ha ofendido a fulano; el uno, porque fulano no se disguste, viendo reprobado el que él ha propuesto, y elegido éste. El otro, porque es moderado y de costumbres apacibles; el otro, porque es terrible a los que obran mal; y otro por otras causas semejantes, porque no les faltan pretextos, cuantos quieran. Y aun, cuando no tengan otro, traen el de que son en gran número los sacerdotes, y que no conviene conferir esta dignidad inconsideradamente, sino poco a poco, y por sus grados. Tampoco les falta modo de hallar otros motivos, cuantos quisieren.
Ahora, yo aquí blandamente quiero preguntarte: ¿Qué hará el Obispo, combatiendo con tantos vientos? ¿Cómo podrá mantenerse fuerte contra olas tan furiosas? ¿Cómo rechazará todos estos ataques? Porque si dispone la cosa ajustado a las reglas de la recta razón, todos se vuelven enemigos y contrarios suyos, y también de los que han sido elegidos. Todo lo hacen con el fin de mantener su tesón contra él, excitando sediciones cada día e imponiendo mil cosas injuriosas a los que han sido elegidos, hasta conseguir excluirlos o introducir a los suyos. Sucede aquí casi lo mismo, que como cuando un piloto de un navío lleva navegando en su compañía piratas que continuamente, y a cada hora, ponen asechanzas a su vida, a la de los marineros y a la de los pasajeros. Porque si recibiendo gente que no debía admitir, hace más caso de su favor que de la propia salud, tendrá, en lugar de aquéllos, a Dios por enemigo. ¿Qué cosa puede haber más terrible que esta? Y le darán que hacer mucho más aun que antes, ayudándose todos mutuamente y haciéndose con la unión mucho más fuertes. Porque así como cuando soplan de partes contrarias vientos furiosos, el mar que hasta entonces permanecía tranquilo, en un punto se embravece y se encrespa, sumergiendo a los navegantes; del mismo modo la tranquilidad de la Iglesia, recibiendo en sí hombres pestilenciales, se llena de tempestades y de naufragios.
[62] Mt 26. 67 ; Flp 2. 7
[63] Ez 18. 23,32 ; 1P 3. 9
Cualidades del que preside el gobierno
Piensa, pues, cuál debe ser aquél que ha de resistir a tempestad tan grande, y templar de modo tales cosas que no impidan la pública utilidad. Porque es necesario que se muestre grave, pero sin fausto; rígido, pero humano; entero, pero afable con todos, sin aceptación de personas, pero oficioso; humilde, y no servil; de espíritu vehemente, pero blando, para poder combatir fácilmente contra todas estas cosas, y promover con toda libertad al que es idóneo, aun cuando todos lo resistan. Y con la misma, no admitir al que no es tal, aunque todos juntos conspiren a que se admita, y no atender a otra cosa, que a la edificación de la Iglesia, y no hacer nada por odio, o por favor.
¿Te parece que con razón hemos rehusado este ministerio? Pues aún no te lo he expuesto todo, porque tengo otras muchas cosas que decirte. Pretendo que no te sea molesto el ver sufrir a un amigo sincero y fiel, que quiere persuadirte y que se halla fuera de todos aquellos cargos que le hacías. Esto te será muy útil, no sólo para nuestra defensa, sino también para cuando llegares, como sucederá brevemente, a la administración de este empleo. Porque es necesario, que el que ha de pisar este camino de vida, no ponga las manos sobre tal ministerio, sin haberlo primero examinado todo con la mayor madurez. ¿Y por qué esto? Porque ya que no sea otra cosa, hallándose informado de todo, tendrá la ventaja de que nada se le hará nuevo cuando ocurrieren estas cosas.
Servicio a las viudas: se buen administrador
¿Quieres, pues, que vengamos a tratar primero de la presidencia de las viudas, o del cuidado de las vírgenes, o de la dificultad de la parte judiciaria? Porque sobre cada una de estas se pide diverso cuidado, y mayor temor aun que cuidado. Y para dar principio de aquello, que entre todo parece lo más fácil, el cuidado de las viudas parece que no trae otro pensamiento a los que están encargados de ellas, que el consumo del dinero. Pero no es así, sino que se requiere también aquí mucha diligencia, cuando se llegare al caso de ponerlas en lista. Pues de elegirlas sin consideración, y como vienen, se han originado males infinitos, habiendo entre éstas, quienes han corrompido las familias, han causado divisiones en los matrimonios, y frecuentemente han sido cogidas en hurtos y en otras feas ganancias, y han practicado otros tratos poco decentes. Ahora bien, el alimentar con dinero de la Iglesia semejantes mujeres, atrae sobre sí el castigo de la parte de Dios, y de parte de los hombres, el que sea en gran manera blasfemado, y desalienta a aquéllos que están bien dispuestos para hacer bien. Porque, ¿quién querrá, que el dinero que ha mandado se ofrezca a Cristo, se emplee, y consuma con aquéllos que afean y calumnian el nombre de Cristo? Por esto es necesario un diligente examen, para que no consuman la mesa de las que se hallan imposibilitadas, no solamente las que dejamos dichas, sino también aquéllas, que pueden sustentarse con el trabajo de sus manos.
Después de este diligente examen, se sigue otro cuidado no pequeño; esto es, que los alimentos nunca falten, sino que corran abundantemente como de una fuente. Es un mal en cierta manera insaciable la pobreza involuntaria, lleno de quejas, y de desagradecimiento; y se requiere mucha prudencia, mucha atención para cerrarle la boca, quitándole todo motivo de queja.
Muchos hay, que cuando ven a alguno superior a todo interés, sin otro examen lo califican por idóneo para este empleo. Pero yo juzgo que no le basta por sí sola, esta superioridad de ánimo. Bien, que es necesario ver, si tiene ésta antes que las otras; porque sin ella sería un disipador, y no un tutor, un lobo en vez de pastor; o si juntamente con ésta, posee también otra. Esta es la que a los hombres ocasiona todos los bienes; quiero decir, la paciencia, que conduce el ánimo y lo guía como a un puerto tranquilo. Las viudas son una casta de gente, que por su pobreza, por su edad y por su sexo usan de una libertad de hablar (porque es mejor decirlo así) sin medida. Gritan sin venir al caso y se quejan fuera de propósito, lamentándose sobre aquellas mismas cosas de que deberían mostrar agradecimiento, y reprendiendo lo mismo que deberían alabar. A todo esto conviene, que el que las tiene a su cargo, no se mueva por sus rumores intempestivos, ni por sus quejas sin razón. En atención a su infelicidad, es justo que sea compadecido este género de personas, y que de ningún modo sean injuriadas; porque el insultar sus calamidades, y añadir la injuria al trabajo que tienen por su pobreza, sería tocar en lo último de la crueldad.
Por esto un varón muy sabio, que atiende la condición y soberbia de la naturaleza humana, y tiene bien conocida la índole de la pobreza, capaz de acobardar el ánimo más generoso e inducirlo a despojarse de la vergüenza y arrojarlo a pedir muchas veces unas mismas cosas; para que ninguno que se ve acosado de los pobres, se mueva a ira, y quien debe socorrerlos, irritado de verse continuamente envestido de ellos, no se haga su enemigo. Lo invita a ser apacible y de fácil entrada a los necesitados, diciendo: [64] "Inclina de buena gana tus orejas al pobre y respóndele con mansedumbre palabras de paz." Dejando a un lado a aquél que puede ser ocasión de impaciencia, (porque, ¿qué se puede decir a un infeliz, que yace en la miseria?) habla sólo con el que puede soportar su enfermedad, exhortándole, a que antes de darle nada, lo alivie con el agrado de su semblante y con la mansedumbre de las palabras.
Si hubiere, pues, alguno que no usurpe lo que está destinado para el sustento de las viudas, pero que las injurie y se irrite contra ellas, cargándolas de afrentas, no solamente no alivia con su liberalidad la tristeza que nace de la miseria, sino que con las injurias hace el mal mucho mayor.
Pues por la necesidad en que las pone la falta de alimento, se ven ciertamente en la precisión de ser muy descocadas, pero con todo, sienten semejante violencia. Cuando, por temor del hambre se ven obligadas a mendigar; y por mendigar, a ser descaradas; y por ser así, a dejarse cargar de mil villanías, se apodera de su ánimo una violenta melancolía, y que de mil diversos modos las cubre de una gran oscuridad. Es, pues, necesario que el que tiene a su cargo el cuidado de éstas, esté dotado de un espíritu tan elevado, que no solamente no aumente trabajo a su ánimo con la indignación y enojo, sino que por medio de sus exhortaciones y consuelos mitigue la mayor parte del dolor que tienen en su desdicha.
Porque así como aquél que es ultrajado, aunque sea socorrido largamente, no siente la utilidad del dinero, por la herida que le causó el ultraje; así aquél, que tratares con humanidad y blandura, si juntamente con el consuelo recibe alguna dádiva, se alegra y se regocija, y lo cuenta por don doblado, en atención al buen modo con que se le ha dado. Ni yo digo esto por propia autoridad, sino por la de aquél, que ha dado las advertencias que quedan dichas: [6